El niño de mi cuento no
le teme a las brujas,
los vampiros o los
editores de libros.
Creer en las hadas, la
magia, los duendes y las
cigüeñas funciona como
un conjuro para paliar
los horrores de la vida;
sin embargo, la voluntad
y el amor de los seres
humanos le han resultado
siempre el mejor
argumento desde el cual
desatar su imaginería.
De pequeño, podía
convertirse en un gato y
subirse a los árboles
para hacer travesuras
con los amiguetes sin
importar los consejos de
la madre y la abuela de
no hacer disparates que
despertasen el asma.
Otras veces, le salían
ojos de búho con los que
hurgaba en la biblioteca
escolar, donde encontró
libros que lo
sumergieron en parajes
ignotos y lo hicieron
vivir como suyas las más
increíbles aventuras
ideadas por hombres de
otras épocas como Salgari, Verne y Mark
Twain.
Aquel afán de lectura lo
llevó un día a crear sus
propias historias,
distintas a las líneas
fantásticas usuales en
la literatura para niños
y niñas. Quería mostrar
los conflictos de las
personas en las primeras
edades de la vida con la
sinceridad como única
fórmula, despojado de
viejos tabúes y mitos
que menosprecian la
capacidad intelectiva de
la infancia. Para qué
más héroes buenitos,
obedientes y sabios en
los libros cuando se
mantenían casi ausentes
otras miradas a la
familia, el divorcio, la
incomprensión de los
adultos, la lucha contra
la intolerancia y el
autoritarismo, la
defensa de los sueños,
la ilusión y el
desarrollo del albedrío
humano; asuntos narrados
por él con un
aliento que los críticos
llamaron “renovador,
insolente y
posmoderno”.
En medio de esa
búsqueda, el personaje
de esta historia,
Enrique Pérez Díaz
(1958), creció y se
convirtió en escritor de
cuentos, novelas,
ensayos, poemas y
artículos. Pasó primero
por el periodismo,
siguiendo en sus tiempos
de reportero del
periódico Tribuna de
La Habana y la
Agencia de Información
Nacional (AIN) el
riquísimo contexto
cultural de la década
de los 80.
Los estudiosos coinciden
en llamarlo el más
fecundo narrador
contemporáneo para
niños, niñas y jóvenes
de Cuba y algo de ello
habrá si cuenta con casi
cien libros publicados y
premios como La Edad
de Oro, Pinos
Nuevos,
Ismaelillo, Abril,
La Rosa Blanca de
la sección de Literatura
Infantil de la UNEAC y
la Mención Especial del
Premio Iberoamericano
Para Leer el XXI,
del IBBY, entre otros.
Muchachos y muchachas de
EE.UU., España,
Argentina, México,
Martinica y República
Dominicana han leído sus
obras como parte de los
programas escolares, y
también está traducido
al inglés, portugués,
japonés, alemán, euskera
e italiano.
Minicuentos de Hadas
(1991), Mensaje
(1991), ¿Se jubilan
las Hadas? (1995),
Inventarse un amigo
(1993), País de
Unicornios (1999),
Escuelita de los
horrores (2000),
El niño que conversaba
con la mar (1997),
Minino y Micifuz son
grandes amigos
(2000) y Las cartas
de Alain (2001) son
algunos de esos libros
que han marcado la
literatura infantil en
Cuba y Latinoamérica.
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De mayor, Enrique no
perdió la capacidad
mágica de multiplicar el
tiempo para ser además
presidente de la sección
de literatura infantil
de la UNEAC por 15 años,
miembro del Comité
Cubano del IBBY y, desde
2007, director de la
editorial Gente Nueva,
donde se ha enfrascado
en actualizar el
catálogo con las nuevas
tendencias de la
literatura infanto-juvenil
en Cuba y el mundo.
Cuando es necesario, el
hombre-niño corre veloz
como los unicornios y
afila su cuerno ante las
injusticias, la
insensatez y la
mediocridad. Otras
veces, encuentra la
calma y se deja
preguntar, como los
buenos amigos, luciendo
la sonrisa más amplia
que rostro humano es
capaz de albergar. Se
parece a esos muchachos
intranquilos, a punto de
convertirse en paloma y
lanzarse a un vuelo muy
alto; pero se mantiene a
mi lado y me narra sus
hazañas por el reino de
las letras, uno de esos
cuentos atrevidos y
llenos de voluntad.
Enrique en el mundo de
los libros
La cercanía con la
literatura le viene por
vocación familiar. Un
abuelo periodista, una
abuela aficionada a la
lectura y la madre
profesora de inglés y
piano le inclinaron a
convertirse en lector.
“Era un niño muy
inquieto, pero a la vez
padecía de asma y eso me
limitaba la actividad
física, aunque no mi
deseo de treparme en los
lugares, escaparme,
subirme por un árbol de
tronco al techo de la
casa, ir a la playa,
etc. Si amanecía con
falta de aire no podía
asistir a la escuela y
leer era entonces mi
salida. Estudiaba en
Ciudad Libertad, y a las
4 de la tarde me iba a
la biblioteca porque ese
era el único escape que
tenía. Además, mi madre
trabajaba en la
Dirección Nacional de
Bibliotecas Escolares en
los primeros años de la
Revolución y allí
llegaban todos los
libros importados para
el sistema de
bibliotecas públicas
gracias a lo cual me leí
un fondo de literatura
infantil muy amplio. Me
gustaba más la
literatura heroica.
Primero leí a Emilio
Salgari, Agatha Christie,
Julio Verne, libros de
misterio y El país de
las sombras largas
que a los cuentos
clásicos”.
Poco a poco fue
canalizando su vocación,
despuntando primero por
sus posibilidades de
expresión oral y escrita
en la vida de
estudiante, hasta que
siendo un adolescente
escribió su primera obra
de teatro para que fuera
representada por los
alumnos que recibían
clases de inglés con su
madre.
“La propia vida me
inclinó a ser escritor y
poco a poco le fui
cogiendo el gusto.
Siempre he escrito por
una necesidad personal,
sin proponerme un
determinado tema. Lo
hago porque me siento
fascinado por una
historia, según mi
estado de ánimo. Ahora
estoy escribiendo poemas
porque tengo poco
tiempo, muchas tensiones
de trabajo y
preocupaciones. Los
problemas de Gente Nueva
no he logrado dejarlos
fuera de mi casa y no
estoy tan concentrado
para escribir como
solía.”
Un periodista no puede
ser tímido
Entre los animales
preferidos por Enrique
se encuentran los gatos
y los búhos, además de
los perros a los que
lleva comida en la playa
cercana a su casa. Por
eso quería estudiar
veterinaria, pero los
amigos y la familia lo
conminaron a optar por
las letras, siguiendo el
camino del abuelo.
“Una amiga me recomendó
ser periodista, pero no
creí que me fueran a dar
la carrera porque era
muy mal estudiante. No
obstante, me aceptaron y
una vez allí la
licenciatura no me
gustaba nada en el
sentido académico y
hasta tercer año estuve
por dejarla”. Fue
entonces cuando comenzó
a colaborar con la
redacción cultural del
recién fundado periódico
Tribuna de La Habana
y le llegó una segunda
escuela, en la que un
día entrevistaba a
Mocedades y otro a Joan
Manuel Serrat.
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En el Presidio
Modelo, durante sus
labores como
reportero de la AIN |
“Existía una vida muy
rica en materia cultural
en la década de los 80 y de
todo eso me nutría. La AIN, a donde llegué
después de graduado, me
permitió un rigor de
trabajo que agradeceré
toda la vida. Era
redactor y reportero, lo
cual me hizo escribir
con una fluidez y
agilidad que ha servido
a mi obra literaria. A
veces la gente no se da
cuenta que desde que
comencé a trabajar
estaba obligado a
escribir de diez mil
cosas y diez mil maneras
a la vez, lo mismo una
noticia, un reportaje o
un servicio especial.
Por eso puedo tener
tantos libros.
“A las personas les
cuesta mucho escribir y
el periodismo me ayudó a
soltarme. Veo a editores
pasarse dos horas para
hacer una nota de
contracubierta y yo la
termino en el momento.
El que se ha tenido que
enfrentar a una página
en blanco sabiendo que
tiene que terminar en
unas horas adquiere un
grado de locura, un
arrojo que le permite
lanzarse al abismo a ver
qué pasa. El periodismo
me dio esa soltura y a
la vez me ayudó a vencer
la timidez ante un
entrevistado, ante un
editor y por supuesto
ante la página en
blanco, que es la peor.”
Escribir realidades
difíciles
Mientras se afanaba como
reportero, la literatura
seguía brotando. Enrique
formaba parte del
movimiento de talleres
literarios existente en
Cuba en la década de los
ochenta. “Aunque el
taller literario no me
hizo daño, tampoco
obtuve mucho bien,
porque proponía una
forma muy establecida de
escribir y aprendí que
uno tiene que ir
encontrando por el
camino su propio
acento”.
En 1984 una antigua
compañera de su madre
que trabajaba en la
Biblioteca Nacional le
abrió los archivos de
textos que llegaban del
extranjero para que los
valorase. “Fue un
ejercicio crítico muy
importante, porque esos
libros acababan de
entrar en el país y yo
era el encargado de
recomendar si podían o
no pasar a la sala de
lectura infantil”.
Uno de aquellos
volúmenes le cambió la
vida al joven periodista
y escritor. Se trató de
El Papá de Noche,
una novela de María
Gripe cuyo argumento
habla de una niña
llamada Julia, hija de
madre soltera, a quien
cuida un muchacho
que tenía un búho
llamado Contrabando.
Entre ambos se instaura
una relación afectiva
muy fuerte que lleva a
la pequeña a tomar a
quien la cuida como su
papá.
“La obra me impactó pues
abordaba un tema de la
vida real. En aquella
época los libros
infantiles en Cuba
estaban en la cuerda
fantasiosa, como si
todos los niños de aquí
vivieran en un paraíso,
cosa que yo sabía
incierta. Me propuse
entonces escribir sobre
las realidades difíciles
de los niños cubanos,
que es una marca en mi
obra.”
Entre las primeras
personas que Enrique
mostró aquellos cuentos
con los que pretendía
revolucionar la
literatura infantil en
la Isla estuvieron Félix
Pita Rodríguez y Dora
Alonso, a quienes había
conocido en sus labores
como periodista. “Les
mostré la primera
versión de La vieja
foto para
ilustrarles la manera en
que quería cambiar lo
hecho hasta el momento
en este campo según mis
inexpertas armas. Dora
me dijo que aquello no
era literatura infantil,
pero Félix opinó lo
contrario. Tenía dos
caminos, creer a uno u
otro, dos escritores a
los cuales después
admiré y quise mucho”.
El libro resultó mención
única del concurso La
Edad de Oro en 1989,
aunque solo fue
publicado 20 años
después por la editorial
Oriente. Luego Enrique
ganó el premio en 1993
con Inventarse un
amigo y ahí se
desató el éxito como
narrador.
“En la literatura para
niños advertí, como
escritor y como lector,
una apertura temática
mayor que en la
literatura para adultos.
Esta última se inhibe,
se cierra a los temas
aprobados, más reales.
En la literatura
infantil saltas del
realismo para la
fantasía más desbordante
sin que nadie lo
cuestione, porque hay
una amplitud estilística
y temática mayor. Se
rompen mucho más las
fronteras y desde el
primer momento me sentí
más cómodo saltando los
límites.”
Casi cien libros para un
mismo autor
Dicen que no hay quien
logre contar todo los
libros publicados por
Enriquito. Su esposa
Galia lleva la cuenta:
“casi un centenar”, pero
ni siquiera en su casa
han podido guardarse
cada una de sus
incursiones editoriales.
“La publicación es otro
azar”, replica como
quien no ha hecho gran
cosa. “Depende del gusto
de quien te evalúa, de
quien te lee. A lo mejor
mis libros más
entrañables y queridos
no están publicados
todavía, pero los que sí
lo están dependieron de
muchos factores
extraliterarios.
“La cantidad de libros
publicados tiene también
que ver con la voluntad,
dada en parte por el
periodismo. Al vencer el
miedo a escribir
enfrenté la literatura
como un deporte. No es
que la tomara
deportivamente, sino con
seriedad y rigor, como
un reto. Yo he tocado la
puerta de una editorial
hasta diez veces y solo
entonces me han venido a
publicar.
“Siempre lo vi como un
problema de obra, no
personal. Yo soy un
hombre y puedo caerle
bien al editor aunque mi
libro no le guste.
Cuando mando a un
concurso, que es hoy
menos frecuente, lo hago
como un principiante,
porque se trata de un
libro nuevo. El jurado
no está premiando a la
persona sino a la obra
que leyeron. Es
importante saber que la
obra no es uno mismo. La
vida del escritor es
aparte. Hay que ser una
persona, trabajar, tener
contacto con la gente.
Por eso nunca me he
propuesto vivir de mi
literatura, porque
trabajar en algo más me
parece una manera de ser
útil”.
No existen temas
proscritos
La tendencia a tratar en
la literatura para
niños, niñas y jóvenes
conflictos sociales
candentes está marcando
parte de lo que se hace
hoy en la Isla por los
autores de esta
corriente creativa. No
obstante, Enrique no
piensa que la cuestión
radique en el tema, sino
en hacer buena
literatura.
“Todo depende del libro.
A lo mejor alguien
escribe diez veces sobre
la prostitución y hay
una divertida, otra dan
ganas de llorar y otra
parece abominable. No es
que el sexo, la muerte o
la deserción escolar
tengan que estar
proscritos en la
literatura infantil.
Pero lo primero que
tienes que tener es una
historia, y los temas
salen después. Con lo
que sí no estoy de
acuerdo es con la
ñoñería de la literatura
infantil cubana de algún
momento, sobre todo
durante el quinquenio
gris.”
“Mis historias salen
como soy yo, agitado,
haciendo 20 cosas a la
vez, casi
cinematográficamente. Yo
era muy solemne en mis
libros, muy nostálgico,
y un buen día escribí
Escuelita de los
horrores, que es una
dura crítica a la
escuela como institución
en cualquier país del
mundo y adquirió una
interpretación diferente
según la experiencia de
cada lector. Incidí
mucho tiempo con el tema
del divorcio, pero desde
las secuelas que deja en
los niños, en la
familia, la manera en
que se refleja
creativamente en sus
vivencias. Hay que ser
verosímil en lo que uno
cuenta, el tema saldrá
después.”
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En cuanto al sufijo,
pues sobra. “Se trata de
literatura, solo que en
este caso toma como
objeto creativo el
universo infantil. A
veces me preguntan que
cuándo voy a escribir
para adultos y yo
respondo que toda mi
vida he estado
escribiendo para todas
las edades. La
literatura para niños es
aquella con la que mayor
cantidad de adultos
están trasegando. El
libro que se lee un niño
lo lee primero el
adulto, que es siempre
el que te premia, te
publica y te edita.
Desde ese punto de vista
es que la haces más
creíble, más rica. Mi
literatura no es tan
infantilista, sino que
está escrita pensando
también en los padres,
porque me interesa que
me lean además los
grandes”.
Quienes escriben para la
infancia aún siguen
siendo juzgados desde
ese otro espacio, como
si por el tipo de
público se tratase de
una literatura menor,
disminuida. “En el mundo
de la literatura adulta
no significamos nada.
Solo somos ‘aquellos que
escribimos para niños’.
Se hacen eventos de
narrativa y no se
invitan a narradores
infantiles, sin darse
cuenta que actuamos con
las mismas armas porque
la literatura es una.
Eso repercute en el
nivel de invisibilidad
que tiene el llamado
género, que no es tal
porque son muchos
géneros dentro de un
movimiento. Por eso
apenas hay premios
nacionales de escritores
infantiles aunque
existen figuras
establecidas como Nersys
Felipe, Julia
Calzadilla, Ivette Vian,
Enid Vian, Luis Cabrera,
etc. No hay en los
grandes escritores
cubanos una
concientización de que
lo que nosotros
escribamos va a permitir
que los lean a ellos
mañana.
“A veces en la
literatura para niños se
han dicho cosas antes
que en la de adultos,
más ciertas y con más
trascendencia. Lo que
pasa es que nadie nos ve
ni nos oye, salvo los de
nuestro mismo
movimiento. Eso también
se circunscribe a un
panorama de crítica
literaria que es
bastante escaso y eso
conspira a favor de esa
invisibilidad.”
¿Qué hace falta para
escribir para la niñez?,
le pregunto.
“Lo primero es haber
leído buena literatura.
Luego hay que tener
ritmo, ser ameno,
interesante, tener mucha
contradicción. Los
diálogos son algo que se
debe trabajar mucho, al
igual que las
contradicciones de los
personajes, porque el
más malo tiene alguna
arista buena y si logras
que el lector adivine
eso ya estás
convenciendo. No puede
ser ni maniquea, ni
esquemática, ni
falsamente educativa.
Debe educar a trasluz,
no directamente.”
El arte de vender libros
“La literatura infantil
se ha convertido en un
gran negocio”, me
explica. “Todas las
grandes editoriales que
distribuyen en América
Latina tienen un fondo
diferente para cada
país. Los autores que
lees en Argentina por
Alfaguara no los lees en
Chile, Perú o Brasil. Lo
que está mandando no es
la calidad ni el
movimiento, sino la
distribución comercial. ”
Desde ese punto de
vista, quienes escriben
en Cuba tienen más
difícil insertarse en
mercados internacionales
y, por tanto, darse a
conocer.
“Somos un país bloqueado
y eso nos limita.
Depende mucho la
literatura del mercado,
pero nosotros, que
estamos ajenos a ese
mundo, no podemos ni
pensar en llegar ahí.
Para que te conozcan
internacionalmente no lo
decide ni un libro, ni
una feria. Incluso
algunos ganadores del
Premio Hans Christian
Andersen, el Nobel de la
Literatura Infantil,
quedan olvidados porque
no forman parte de ese
mecanismo. Tendría uno
que convertirte en un
fenómeno Harry Potter
para trascender de esa
manera. La saga no
estaba ni escrita y ya
era promovida”.
|
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Desde la Editorial Gente
Nueva Enrique se ha
propuesto un
replanteamiento de las
colecciones para dar a
conocer lo más reciente
que se hace en el mundo
de la literatura infanto-juvenil.
“Durante 40 años esta
editorial había sido muy
clásica pues publicaba a
los mismos autores
cubanos y los mismos
extranjeros. Rompimos un
poco con eso y tratamos
de poner más autores
contemporáneos cubanos y
extranjeros en la
nómina. Eso tiene el
inconveniente de
batallar por los
derechos, pues los
libros a veces no son de
los autores sino de los
editores. Pero cuando
logras que te cedan la
publicación
desinteresadamente, te
das cuenta del símbolo
que todavía significa
Cuba para la gente.
“A la vez, se amplía el
horizonte del lector
cubano, que no siempre
está preparado porque,
paradójicamente, esos
son los libros que menos
se venden. Como dice el
viejo refrán campesino,
la carreta no puede ir
delante de los bueyes.
La colección XXI queda
también como un hito
para los autores, para
que cotejen lo que se
está haciendo en el
extranjero. Es una
manera de actualizarnos
un poco.
“Por otra parte,
tratamos de flexibilizar
colecciones ya
establecidas como
Primavera, de
novelas de amor, con
obras más
contemporáneas, además
de publicar libros de
Asia, África o el Caribe
sin perder de vista que
tenemos un plan que
incluye libros de
juegos, de ciencias, de
arte, etc.”
El unicornio
De Enrique se ha
escuchado decir que es
irreverente,
hiperactivo, rebelde…
“Sí, pero con causa.
Hiperactivo soy por
naturaleza. Los más
cercanos a mí no pueden
con mi ritmo. Yo mismo
tengo a veces que
regularme los botones
porque tengo un sistema
de encendido y apagado
que he adquirido con la
vida y con la profesión.
Todo el día estoy
haciendo algo. Soy muy
impulsivo.
“La irreverencia no es
innata. Solo me vuelvo
irreverente ante lo
engañoso, lo
convencional, lo
establecido cuando no
vale, cuando es poco
convincente. Soy muy
cuestionador, muy
analítico y hay momentos
en que me puedo poner
violento cuando siento
que algo (o alguien) no
es objetivo o es
injusto. Rara vez siento
aversión por alguien,
incluso por personas que
me hayan dañado. Por lo
que siento aversión es
por la indolencia, por
la apatía, por el
desamor. La vida hay que
llenarla de muchas cosas
y la vaciedad me
trastorna. Cuando hay
que desafiar el peligro
lo hago y trato de ser
fiel a mis amigos y a
las causas en que creo,
pero lo que siempre me
preside es la justicia”.
De las criaturas
fantásticas, ¿cuál
prefiere?, inquiero.
“Me gustan los
unicornios por toda la
connotación que tienen.
Quisiera ser un
unicornio porque es una
criatura maravillosa y,
por supuesto, tiene un
cuerno en la frente que
puede utilizar, porque
también es necesario
defenderse. He escrito
cuentos de hadas, de
brujas, pero el
unicornio es una
criatura en la que
encuentro una
espiritualidad muy
grande”.
Epílogo
Este cuento termina en
el futuro. El niño
unicornio, el escritor
alado, sigue
inventándose historias;
escribe poemas; termina
sus libros ahora a
medias, entre ellos uno
con crónicas sobre su
experiencias de lector;
reconstruye una
editorial en la que
radicará la primera
librería especializada
en literatura infanto-juvenil
y una ludoteca para los
niños y las niñas;
aparece un libro de
cuentos que tienen como
leiv motiv las
alas y otro donde solo
hay dragones; le
entregan un premio muy
grande.
Un día, la autora de
este diálogo pasea por
El Vedado de la mano de
una pequeña feliz porque
acaban de comprarle uno
de los libros de Enrique
Pérez Díaz, su escritor
favorito. A la niña se
le ocurre que tal vez
ella, cuando sea grande,
pueda ser escritora de
cuentos porque también
cree en las hadas, los
duendes y en la gente
con bondad. La historia
de magia estará entonces
a punto de recomenzar. |