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En el principio, es
siempre la idea. Al
menos así funciona en el
cine. Una idea pequeña,
a veces solo una ráfaga
de inspiración, que
luego se convierte en
historia, para después,
mucho después, llegar a
ser imágenes en
movimiento.
Arturo Infante sabe bien
de lo que hablo, pues,
como guionista, esta
experiencia le resulta
casi cotidiana. De
hecho, muchos de sus
trabajos han comenzado
así, por una chispa
diminuta, una frase
suelta en la calle, un
suceso.
Quizá, ese haya sido el
origen de algunos de sus
cortometrajes: El
televisor, Utopía,
El intruso,
Flash Forward y
Gozar, comer, partir.
Todos los ha dirigido él
mismo, aunque el público
suele recordarlo
especialmente por el
segundo, gracias al que
ganó el Premio al Mejor
corto de ficción tanto
en la III Muestra de
Jóvenes Realizadores,
como en el III Festival
Internacional de Cine
Pobre de Gibara.
Ha escrito, además, los
guiones de varios
largometrajes como La
edad de la peseta
—con el que obtuvo una
mención en la categoría
de guion en el
XXV Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano—,
Camino al Edén y
Edén perdido. Era
precisamente sobre esa
parte de su trabajo que
me interesaba conversar
cuando llegué a su casa.
Allí, bajo la mirada
intimidante de los
carteles de dos de sus
películas, Arturo
Infante habló, más que
de un oficio, acerca de
la mejor manera que
tiene de comunicarse con
el mundo: contando
historias.
¿Cómo funciona la
colaboración entre el
guionista y el director?
Con cada director es
diferente. Como
guionista he aprendido
que hay que ser un poco
sicólogo, porque más
allá de la historia que
uno está desarrollando
también tiene que lidiar
con una personalidad que
a veces es insegura o le
cuesta sacar las ideas.
Casi siempre se
establece una relación
de amistad. Para llegar
a conocer a los
directores uno a veces
tiene que hablar de
cosas que van mucho más
allá del guion. Se crea
una relación muy
estrecha durante el
tiempo que se está
trabajando. Al menos en
mi caso es así. Hablo
mucho de todo, llego a
conocer a las personas y
trato de entrar en su
cabeza, adentrarme en su
mundo para ayudarlo a
exteriorizar las ideas.
En ocasiones, los
guiones llegan a mis
manos para que los
arregle. Aquí el
director se siente
inseguro porque no sabe
si la historia es buena
o si no funciona. Otras
veces, en cambio,
hacemos la historia
juntos, al director o a
mí se nos ocurre algo y
a partir de ahí
conversamos y vamos
armando el guion. Por lo
general, con la gente
con que he trabajado, al
final nos hemos hecho
amigos, o sea, no acaba
cuando termina el guion.
Es algo muy intenso,
hacer una historia entre
dos es casi como un
matrimonio, uno tiene
que perder el pudor y
contar experiencias
propias o decir
tonterías para que el
ambiente fluya.
¿Cuáles son las cuotas
de libertad que tiene un
guionista a la hora de
escribir una historia?
No hay una norma,
también depende del
proyecto y del nivel en
que esté la historia en
el momento en que yo
entre. Por ejemplo, si
es una historia que ya
está hecha y que me
piden que arregle, la
libertad es muy
limitada. En otros
casos, cuando vamos a
inventar una historia,
ahí sí tengo libertad
total. Con Daniel Díaz
Torres escribí Camino
al Edén, que fue un
encargo, pero era un
encargo muy amplio: la
historia de una familia
española en la Cuba del
siglo XIX, y ahí pude
hacer lo que quise.
Comenzamos a hablar, a
colegiar intereses y
salió la historia con
una libertad total. Era
como un pie forzado,
pero muy vago, en
realidad muy poco
forzado.
¿Cómo es el proceso
desde el momento en que
se le ocurre una idea
hasta que esta se
convierte en un guion?
Ese es un proceso que a
veces transcurre sin que
uno se dé cuenta. Uno a
lo largo de su vida va
acumulando ideas que se
cocinan solas allá
adentro, fermentándose
como el vino y, de
repente, salen afuera.
Juntas dos ideas y
utilizas cosas que ya
tenías acumuladas, suele
salir muy rápido. Pero
en el guion no hay
recetas y cada historia
surge de manera
diferente.
Por lo general, en mi
caso funciona así. Son
cosas que uno tiene
dentro sin siquiera
saberlo y un buen día
aparecen. A veces vienen
de situaciones que oigo,
que me inspiran. Como
guionista también
reciclo mucho, escribo
muchas ideas que nunca
llegan a materializarse.
De vez en cuando reviso
todo lo que tengo y
encuentro algo que había
escrito que me gusta y
le doy otra vuelta. O
personajes que deseché
en una versión y luego
aparecen en otra.
Diría que el tiempo para
escribir un guion nunca
debe ser menos de tres
meses, ni más de un año,
porque suele envejecer
muy rápido, no es como
una novela que puedes
pasarte diez o 15 años
escribiéndola. En el
caso del guion, aunque
haga distintas
versiones, siempre trato
de terminarlo rápido.
A pesar de tener
elementos en común, la
literatura y el guion
cinematográfico manejan
códigos distintos.
Además de la calidad de
la historia, obviamente,
¿qué elementos debe
tener un guion para
considerarse que está
bien escrito?
En mi opinión, el guion
debe tener mucha
visualidad. No puede ser
solo palabras, sino
incluir imágenes y
sonido, poseer fuerza
visual. También hay que
tener en cuenta la
restricción del tiempo,
que no puede exceder la
hora y media o las dos
horas. Debe ser conciso,
sin importar la historia
que estés contando, ya
sea una del oeste o la
de una vieja sola en un
cuarto. En ese tiempo de
que dispone tiene que
enganchar y entretener,
tratar que el público no
pierda el interés. Decía
Jean-Claude Carrière que
esa era la única regla
en la escritura del
guion: interesar
siempre.
¿Cuando escribe los
guiones suele ser
detallista con los
planos y otras
cuestiones técnicas o
prefiere concentrarse en
los diálogos y la
historia? Le pregunto
por su formación en el
teatro.
El guion tiene su oficio
y uno no tiene que
incluir elementos de
cámara porque ese es
trabajo del director.
Sin embargo, cuando
hablo de escritura
visual uno tiene que
redactar de manera que
el que lo lea vea las
imágenes y se meta
dentro de la historia.
Por ejemplo, si digo que
Juana fuma y tiene un
lunar en la comisura de
los labios, eso implica
un plano cerrado. En
cambio, si digo que su
casa está entre dos
colinas implica un plano
abierto. Uno sugiere la
visualidad de los planos
desde la misma
escritura. Con los
diálogos pasa lo mismo,
deben tener una cualidad
visual, uno no escribe
solo para informar. Pero
en esto no tiene nada
que ver mi formación
teatral, de hecho, no me
gustaba mucho el teatro.
Usted ha dicho que
cuando escribe intenta
hacer guiones-cebolla,
con diferentes capas o
niveles de lectura. Al
final, ¿no es a eso a lo
que debe aspirar toda
obra artística, a ser polisémica?
Sí, claro que el arte
debe aspirar a eso; pero
cuando hablo de ello en
el guion, quiero decir
que sea algo que
funcione para distintos
tipos de público. Por
ejemplo, con el arte
abstracto, alguien que
no esté habituado a ese
tipo de cuadros, los
rechaza. En el caso de
una película debe ser
diferente, se trata de
que todo el que vaya a
verla, sin importar el
nivel cultural, pueda
disfrutar de la historia
y se entretenga. Ahora,
la historia puede tener
niveles de lectura más
profundos, pero ese
espectador, incluso sin
llegar a decodificarlos,
tuvo una buena
experiencia. Al tiempo
que el que tenga otras
competencias de lectura
pueda encontrarle otros
elementos. En el cine
también hay películas
muy herméticas, pero ese
no es el tipo de cine
que quiero hacer.
Entonces, cuando concibe
una historia, ¿lo hace
pensando en un público
en específico o trata de
dirigirse a un
espectador mucho más
universal?
Depende del proyecto en
el que esté trabajando,
porque también tengo mi
faceta de director y ahí
soy un poco más libre.
En ese caso trabajo para
el público cubano,
escribo historias que
tienen mucho más que ver
con la realidad cubana y
las cosas que percibo.
Si se trata de una
comedia, uno aspira a que
la película llegue a más
gente. Pero el público
siempre debe estar
presente a la hora de
escribir, pues ese es el
sentido del cine. Me
gusta que lo que hago
llegue a la mayor
cantidad posible de
gente y, por lo general,
lo concibo pensando en
el público cubano.
Aunque en muchas de sus
historias aborda
problemas sociales
concretos, inmediatos,
siempre se percibe el
intento de conducir a
una reflexión filosófica
mucho más profunda. ¿Tal
vez una manera de
alcanzar verdades
universales, la
trascendencia?
No sé, mi punto de vista
sobre las cosas tiene
mucho que ver con mi
personalidad, siempre
veo la realidad desde un
punto de vista
distanciado, lo que me
hace percibir las cosas
con otro prisma. Eso es
lo que intento reflejar
en mis trabajos. Más que
la trascendencia, es una
mirada diferente de la
realidad, compartir mi
punto de vista. No es
que haya reflexionado
sobre todo, sino algunos
sucesos o fenómenos que
a veces pasan
inadvertidos y por
alguna razón vi algo
interesante en ellos.
Varios manuales de guion
aconsejan que la acción
del personaje debe estar
motivada por la
consecución de
determinados objetivos.
Sin embargo, en trabajos
como La edad de la
peseta, estos
objetivos o conflictos
no se muestran de manera
tan evidente. ¿Ello se
debe a una cuestión
instintiva o fue un
intento deliberado de
romper las reglas?
Ese guion lo escribí
hace diez años y fue de
las primeras cosas que
hice. No tenía la
intención de romper
nada. Simplemente traté
de reflejar la vida de
un niño y mezclarla con
las inquietudes de esa
época, solo eso.
Cualquier cosa que se
pueda encontrar ahí es
puramente instintiva. De
hecho, nunca me propongo
subvertir algo. No tengo
una concepción teórica
que me lleve a
experimentar con
determinadas formas
narrativas, en mi caso
no me funciona de ese
modo. Si algo rompí, no
fue intencional,
simplemente salió de esa
manera.
¿En qué proyectos está
involucrado ahora?
"Ahora soy jurado en el
33 Festival
Internacional del Nuevo
Cine Latinoamericano y
estoy leyendo los
guiones que compiten,
algo que disfruto mucho
porque es como tener un
mapa de lo que se está
contando en el
continente y qué es lo
que interesa.
“Iba a trabajar con Fina
Torres de nuevo y
estamos conversando.
También me propusieron
trabajar en un guion
chileno sobre un robot
que quiere un cambio de
sexo y me pareció
interesante. Además,
quiero hacer otro corto,
algo muy sencillo. Me
siento cómodo trabajando
en varios proyectos a la
vez.”
Al terminar la
conversación, justo
cuando me iba, señalé el
piano. Me dijo que lo
toca desde hace años, lo
ayuda a relajarse, a
descongestionar
atolladeros mentales.
Caprichos del proceso
creativo. Unos se dejan
la salud tratando de
arrancarles notas a las
teclas y a él, en
cambio, le dan paz.
Claro, su campo de
batalla está en otra
parte, en otras teclas y
otro lenguaje.
Mientras bajaba las
escaleras, arriba sonaba
el piano. Era una
melodía lenta, en
adagio,
sospechosamente parecida
a una que, mucho tiempo
atrás, escuché en La
edad de la peseta. |