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Enrique Pérez
Díaz ha escrito
infatigablemente a lo
largo de su tiempo de
ser y estar en la
literatura cubana, y
esto lo ha hecho desde
su infancia,
convirtiendo su vocación
de lector en oficio de
creador por obra y
gracia de su esfuerzo y
talento propios, por su
gusto por la fabulación,
la investigación y el
sondeo y promoción de
cuanto en su sector se
ha realizado en las
últimas dos décadas. Es
un ser que como colofón
a su niñez ávida de
lecturas de todo lo
humano y lo divino,
acabó rápidamente con
los fondos
bibliográficos de
cuantas bibliotecas
juveniles tuvo entonces
a su alcance, no
quedándole a fin de
cuentas otra alternativa
que hacer sus propios
libros.
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Junto con su
esposa, Alga
Marina y un
amigo |
Esa pasión por
inventar historias y por
analizar las que otros
ofrecen, que es su razón
de ser, unida a su
disciplina,
perseverancia y
capacidad de trabajo
admirables le han
llevado a retroalimentar
tanto las más
importantes vertientes
narrativas
contemporáneas del mundo
de la infancia, como sus
fuentes de investigación
a través de la fantasía,
la crítica, el
periodismo, la edición,
la divulgación y
promoción del libro
cubano infanto-juvenil.
Por todo este
quehacer obvio que ha
realizado, se ha
convertido en el autor
cubano de su género más
actualizado,
multifacético y
prolífico. Sobre todo
esto, imagino que muchos
de los aquí presentes
van a hablar, pero me
parece conveniente
también señalar cuánto
Enrique ha contribuido
al respecto con las
corrientes de avanzada
contemporáneas en la
literatura para niños y
jóvenes desde sus
comienzos y últimamente
mucho más aún desde su
creación de la Colección
Veintiuno de Gente
Nueva, que ha logrado
fundar después de muchos
años rompiendo tabúes,
intolerancias,
condicionamientos
seculares, prejuicios,
etiquetas, luego de
lograr toda una ruptura
con lo que era necesario
superar de la tradición,
resguardando lo mejor
entretanto con su obra
como con la apertura
editorial al
conocimiento de las
figuras más prestigiosas
y atrevidas de la
vanguardia internacional
de diferentes contextos
lingüísticos.
Quiero ser breve
en esta intervención
testimonial sobre
alguien tan querido y
admirado por mí como
Enrique, a quien conozco
desde sus comienzos
literarios y a quien me
une una indestructible
amistad basada en
afinidades electivas no
solo del sector del
libro. Justamente quiero
referirme a algo que
quizá aquí ahora no se
toque y en caso
contrario agregaría que
lo que abunda no sobra
especialmente si es algo
relevante. Me estoy
refiriendo a su
revolucionaria irrupción
en el mundo de las hadas
casi desde sus comienzos
como escritor con un
enfoque transgresor,
contemporáneo, local y
universal muy crítico y
un estilo muy singular,
muy evidentes durante
los 80 y 90, período
durante el cual estuve
muy cercana a él en su
formación e información.
Fue entonces cuando
decidimos armar un libro
con sus textos más
relevantes de ese corte,
que titulamos De
hadas, sombras y
quimeras, que
curiosamente ha
permanecido inédito
aunque algunos de sus
cuentos han aparecido en
otras obras posteriores.
Hoy se me ocurrió que
todavía está a tiempo de
hacerse una selección
del mismo y darlo a la
luz por cuanto considero
que estos cuentos
representan un aporte
valioso en su rol
personal de relevo
generacional que le
pronostiqué en aquella
época a alguien tan
especial para mí como lo
es el autor que hoy
homenajeamos.
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Como no creo en
la casualidad, sino en
las coincidencias
significativas me he
dejado llevar por este
recuerdo que hoy se me
hizo evidente. Este
material que en su
momento fue tan novedoso
y revelador, que
constituyó entonces algo
que se me ocurrió llamar
“perestroika feérica”
caribeña. Esos textos
aún considero que
valdría la pena
revisarlos y seleccionar
una muestra porque
representan tres
vertientes temáticas
estrechamente
interrelacionadas
conformadas por
narraciones cargadas de
arquetipos, alegorías,
intertextualidad y
referencias culturales
ecuménicas, que rebasan
una ubicación espacio
temporal, y que
manifiestan la
asimilación de su
contexto con un estilo a
tono con el universo
convulso y cambiante de
fines del pasado siglo,
que sigue tan campante
todavía durante esta
Nueva Era de comienzos
del XXI, tan presentes
en el imaginario del
autor.
En suma que esa
etapa del autor aporta
considerables temas de
ficción tratados con
modernidad que hacen de
su obra una protesta
artística y social
contra “las furias y las
penas” de las ideas y
los sentimientos, de la
mente y el corazón,
poniendo en entredicho
la intolerancia, el
mecanicismo, la
burocracia y el desamor
que tan afligido tienen
ya a nuestro atribulado
planeta pidiendo a
gritos cambios radicales
y amor incondicional, a
través de una
auscultación y
transformación interna
de cada uno de nosotros
en cuanto a nuestra
escala de valores
espirituales e
intelectuales, ¿por qué
no también por estos
textos y su siembra en
el lector?
Enrique, te
felicito de todo
corazón, doy gracias a
la vida por tu amistad,
por tu obra, y por la
cercanía que mantenemos.
No podría recordar ahora
mismo si viniera al caso
cuántos libros has
publicado, aunque me los
das todos y suelo
leerlos, por la
impresionante cantidad
de tu bibliografía
activa y sin parar de
títulos personales,
además de tus antologías
y compilaciones. No
obstante, me siento hoy
en el deber de
reconocerla y celebrarla
en este merecido evento
a tu persona y a la
calidad de tu trabajo,
agradecerte ese quehacer
inagotable comprometido
con tu tiempo y tu
profesión, esa bella
labor de servicio en el
mejor sentido de la
palabra que hace que
este sea un escudo para
enfrentar los retos
cotidianos de la vida.
Palabras
leídas en el homenaje a
Enrique Pérez Díaz
celebrado en el espacio
El Autor y su obra,
organizado por el
Instituto Cubano del
Libro el 16 de noviembre
de 2011. |