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Tengo el
privilegio de haber
visto “nacer” para la
literatura a varios
escritores de
importancia en las
letras cubanas. Modesto
privilegio, a la vez que
entrañable porque sus
caminos me hicieron ver
mejor mis propios
tropiezos y me propuse
—hasta donde fueran
válidas mis
experiencias— evitarles
algunos trancos y
choques.
Enrique era
periodista en un lugar
pulcro, ecléctico e
inaccesible como un
cake de cumpleaños.
Recordemos con
Carpentier que la
arquitectura hace a las
personas, y Enrique
estaba allí,
“arquitecturizado”
—digamos—, navegando en
la arquitectura de una
labor donde intentaba
trazar otros horizontes
hacia la creación.
De esta forma
hallé a Enrique Pérez
Díaz, perteneciente a mi
generación pero ya
establecido
profesionalmente en los
medios periodísticos del
país, por los cuales
comenzábamos a
reconocerlo y atisbar
que tras aquella firma
latía la vocación por la
literatura. Y en efecto,
no tardaron los textos
suyos para darse a
conocer, revisar o
intercambiar, y acto
seguido, los proyectos
de trabajo.
Era 1983, 84, 85…
y el correo postal daba
mucho espacio para la
literatura. Nuestras
cartas rápidas y
elípticas iban repletas
de cuentos y poemas,
comentarios y
observaciones técnicas o
referencias al devenir
literario anterior y
cuáles podrían ser
nuestros esfuerzos más
genuinos en este campo.
El primer
proyecto surgió del
azar. Fue un libro a
cuatro manos. Como
profesor de Literatura
fui coleccionista de
disparates ortográficos,
sintácticos y de
contenido de mis alumnos
de preuniversitario.
Pero al aparecer en una
prueba final la
revelación sorprendente,
el deslumbramiento
maravilloso del
Deconadico Ateruto
(dos palabras que
podrían significar
cualquier cosa: desde un
conjuro maldito hasta
una supernova recién
bautizada) quedé
petrificado.
Así surgió la
historia de un animal
mágico y fabuloso que
vivía en la mochila
escolar de un niño, que
aprendía en las propias
clases y un buen día
comenzó a hablar,
revelando a los niños el
complejo mundo de los
adultos y sus
contradicciones y
proponiendo salidas
inhabituales, pero
entrañablemente humanas
a los conflictos que
vivían sus amigos. Por
supuesto, llega el
momento en que el
Deconadico Ateruto
sale de la mochila y… La
narración alcanzó varios
capítulos y si no
concluyó fue por mi
complicada labor y
escaso tiempo.
Pero Enrique no
necesita manos ajenas
para componer sus
historias. Escribía con
verdadera pasión y cada
carta revelaba un paso
más y mejor en el
dominio de la expresión,
el tiempo narrativo y el
punto de vista del
narrador. Asimismo, el
acercamiento a cada tema
se hacía más sustancial,
más hondo, más raigal,
despojándose lenta pero
definitivamente de la
inmediatez del hecho,
del comentario
circunstancial, de la
voz pertinaz del
narrador, para crear
personajes sinceros y
plenos de sensaciones y
sentimientos, con sus
propias voces y
actitudes, movidos por
las fuerzas del mundo
que les rodea y por sus
personales energías.
En este punto de
madurez y búsqueda,
labor y pensamiento, no
vacilé en proponerle
publicar algún cuento en
una editorial modesta y
artesanal que
sosteníamos desde hacía
años los escritores de
Bejucal. Era la
Colección Valle y todos
sus títulos pueden
consultarse en la
Biblioteca Nacional.
Así vio la luz
uno de sus primeros
cuentos, en un
mimeógrafo de madera
similar al que Félix
Pita utilizó para su
activismo en el Partido
Socialista Popular y la
emisora Mil Diez. Su
sensación de alegría y
asombro ante aquel raro
ejemplar —recuerdo que
fue ilustrado por José
Mederos Sigler, hoy un
pintor altamente
reconocido— fue, sin
duda, por su obra y tal
vez por el soporte que
la contenía. Era como un
viaje a la semilla. Pero
no sería el único.
Hablaba al
principio del privilegio
de ser testigo del
nacimiento de Enrique
Pérez para las letras.
Hoy le agradezco,
además, poder decirlo
frente a ustedes con la
misma sencillez y
limpieza de quien ve la
semilla convertida en
árbol y a su sombra se
confía.
Palabras
leídas en el homenaje a
Enrique Pérez Díaz
celebrado en el espacio
El Autor y su obra,
organizado por el
Instituto Cubano del
Libro el 16 de noviembre
de 2011. |