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No he sido un guionista
a derechas, no me
considero un hombre del
cine o la televisión. He
hecho mis incursiones
varias veces y otras he
estado cerca de procesos
creativos audiovisuales;
algo así como un vecino
de al lado que de vez en
cuando entra, participa,
aprende y sigue en su
milenaria “casa”, la del
teatro.
Ya se sabe que en el
cine el autor del texto
no tiene el
protagonismo, el
respeto, la mención
continua que solemos
disfrutar los
dramaturgos. Los
guionistas además
trabajan con otra
técnica y dentro de un
proceso industrial,
colectivo, complejo. Así
y todo, una vez
comentaba con unos
jóvenes estudiantes y
les decía que bien les
vendría saber más de esa
literatura dramática,
ese mundo que “no es”,
lo que no deben hacer
según le insisten sus
maestros, naturalmente
apegados a la narración
en imágenes, la
sobriedad de los
diálogos, el rigor de
las estructuras en el
cine. Después de un par
de horas de intercambio
sobre categorías como el
conflicto, la creación
de personajes y otros
elementos del drama, la
mayoría de los futuros
guionistas estuvo de
acuerdo en que más bien
“sí es básicamente lo
mismo, lo que por otros
caminos y con diferentes
formas”.
De vez en cuando se pone
en la televisión cubana
una serie en la que
participé como
guionista. Me alegra que
me lo recuerden y hasta
que tengan el buen gusto
de pagarme algo, pero
siempre que evoco esa
serie me duele un poco
la espalda. Fueron
muchas las horas de
trabajo frente a una
máquina de escribir que
hoy muchos
coincidiríamos
prehistórica. Ahí me
encargué sobre todo de
los diálogos y en muchas
tardes —amparadas por la
hospitalidad de Nicky,
asesora del programa— me
rompía la cabeza con los
gráficos argumentales de
Nelson Flores,
experimentado en la
televisión y “compañero
de batería” en aquella
empresa.
En una ocasión estuve
como jurado en el
importante concurso para
los guiones inéditos que
organiza nuestro
Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano. Ese
trabajo me permitió
conocer al formidable
guionista argentino
Fernando Castets. Los
medios españoles
insisten en ubicarlo
como el guionista de
El hijo de la novia,
por la suerte de esta
excelente película en
los Oscar y la posterior
suerte comercial. Yo
prefiero Luna de
Avellaneda, otro de
los grandes guiones de
Fernando. Poco después
de esa experiencia como
jurado estuve en la
Escuela Internacional
de San Antonio de los
Baños, en un curso de
guion que imparte el
destacado narrador y
cineasta Juan Madrid.
Esa experiencia
“escolar” resultó
también formidable.
Este último verano pude
cumplir el sueño de
juntar en un Taller que
impartí en Santander —en
la ya clásica
Universidad de verano
Menéndez Pelayo— a mi
“profe” Juan y al tan
admirado guionista
Castets. La lógica de mi
Taller era que yo
ahondaba en el teatro y
en otras formas de
dramaturgia. Para
explicar la labor para
cine y televisión
tendría a mis dos
estelares invitados. De
todas formas, para ser
riguroso al menos estuve
revisando manuales,
libros de técnica,
reflexiones sobre la
creación audiovisual.
Confieso que me
atormenta siempre la
forma en que autores,
hasta los serios como
McKee, insisten en que
se cumpla —o al menos se
tenga en cuenta— casi un
recetario estructural
del que depende la
suerte de la futura
película. Otros van más
lejos y ponen las
páginas exactas en que
deben producirse los
giros o sorpresas.
La intervención de
Fernando ante mis
alumnos —a los que me
sumé inmediatamente
después de presentarlo—
me devolvió la fe en la
poesía, la entrega, la
originalidad que también
pueden vivir dentro de
un guion, sobre todo
cuando el artista
dialoga sin entrega
incondicional a las
estrategias prefijadas
del cine comercial.
También me gustó
reconocer mucho de la
obra teatral original en
los mejores momentos,
las emociones más
intensas de Casa
vieja, la reciente
película de Lester
Hamlet a partir de una
obra de Abelardo
Estorino que es ya un
clásico de nuestra
dramaturgia. A los
guiones para la
televisión y el cine
cubanos les vendría bien
una dosis algo mayor de
literatura, drama,
poesía. Y dicho esto,
me despido con una
sonrisa como los buenos
vecinos que lo mismo
brindan una taza de café
que dan una opinión de
vez en cuando. |