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Literatura y cine.
Algunos los toman como
opuestos, como un
matrimonio mal llevado,
dos que no debían ni
mirarse a las caras. La
literatura como
kriptonita del cine o el
cine que banaliza y
convierte a la
literatura en muñequitos
que intentan decir algo
sin lograrlo. Para
otros, cuando el cine
abre la puerta a la
literatura comienza a
dejar de ser. El cine
como mar y la literatura
como poderoso afluente
de agua dulce. Molesta
menos la relación del
cine con las artes
visuales, aunque al
séptimo arte lo afecta
como a nadie aquello de
“Dime con quién andas y
te diré quién eres”. Si
anda con la literatura
le dicen literatura; si
anda con la plástica lo
confunden con esta; si
anda con el teatro le
llaman teatral. Al final
no escapa de la
interrogante ¿Quién eres
tú, Polly Magoo? Un arte
joven con problemas de
identidad.
Todos estos puntos de
vista pueden ser
razonables y también los
contrarios. Quizá todo
depende de los conceptos
de literatura y cine que
se manejen. Pienso que
hay una zona de la
literatura que se
relaciona felizmente con
una zona del cine, y que
esas zonas son amplias y
la relación intensa y
fértil y además hermosa.
Lo demás queda a los
teóricos y a los
críticos. A veces uno
entiende que son los
críticos de cine más que
los cineastas quienes
aspiran y reclaman el
“cine puro”. Los demás
preferimos el poema de
Guillén.
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Memorias del
subdesarrollo |
La zona del cine con la
que se relaciona la
literatura, es
principalmente el cine
de argumento, aquel que
se interesa por crear
personajes y contar
historias, que se ve a
sí mismo como arte
narrativo donde “una
idea habrá de viajar a
través de un núcleo
argumental”. No está por
demás repetir que la
narración no es el único
ámbito en el que el cine
se manifiesta, como
tampoco que la narración
cinematográfica es cine,
incluso “cine puro”, muy
diferente de la
literatura, muy “otra
cosa”. El cine es el
cine, así de sencillo.
Es difícil de explicar,
pero no de entender.
Digo yo.
Ahora, ¿es el cine el
que se relaciona con la
literatura o la
literatura con el cine,
quién va a casa de
quién? Creo advertir dos
campos bien delimitados.
Primero, la literatura
como fuente de historias
y personajes, de
argumentos y también de
densidades, lo que nos
lleva a las
complejidades de las
adaptaciones y a los
guiones construidos a
partir de una obra
preexistente; y segundo,
los aportes literarios a
la estrategia narrativa
del cine. Esto último me
parece fundamental y
aunque en la actualidad
vive un momento de
apogeo, quizá se le
presta menos atención
porque solemos entender
la estructura
cinematográfica
principalmente como una
estructura dramática (la
dramaturgia
cinematográfica), un
arte que parte de un
texto concebido y
estructurado según las
posibilidades de la
dramaturgia y cuya
finalidad es ser
representado aunque no
para un público, sino
para una cámara, para
dar lugar al acto de la
filmación sin el cual el
texto, la escena, no se
convierte en material
fílmico susceptible de
continuar su camino por
los restantes procesos
de posproducción hasta
devenir filme, relato
cinematográfico
susceptible de ser
proyectado o reproducido
por alguno de los medios
existentes.
Volviendo a la
literatura como fuente
de argumentos
(personajes, trama,
temas) habría que
apuntar que el guion que
parte de una obra
literaria, no se ahorra
dificultades, sino que
suma nuevas, como el
posible, no obligatorio,
intento de captar y
expresar un mundo ya
definido, personajes,
tono y atmósferas
establecidos por el
primer autor. Recrear un
Shakespeare, un Chejov,
un García Márquez. El
guion original está
libre de ese compromiso,
se permite operar con
una libertad idéntica a
la del autor literario,
pero con el reto de
procurar la densidad de
la literatura, pero con
recursos más exiguos y
limitados. El escritor
pinta y el guionista
esboza, o reduce a
esbozos la pintura del
otro, y esos esbozos
solo podrán recuperar la
dimensión inicial a
través del acto de
filmación y
posproducción, es decir,
en la película. Pero, en
rigor, todo guion es una
adaptación. O adaptas un
argumento ya existente o
adaptas el argumento que
creas en tu mente, la
historia que imaginas y
que en la cabeza del
guionista no es cine, ni
siquiera guion, solo
ideas en proceso que
primero alcanzarán
cuerpo en el guion, como
propuestas de contenido
y forma, y luego en al
acto de la filmación, de
la realización total de
la película. No sé si
me explico, pues yo
mismo no acabo de
entenderlo. En la
adaptación, el esfuerzo
de imaginar la novela,
de crear el argumento,
lo hace otro, el
escritor, aunque el
guionista tenga que
reordenar, reconsiderar
y hasta recrear lo
existente; pero en el
guion original la novela
que nunca existirá la
debe crear (imaginar) el
guionista. Debe crear un
argumento y ordenar este
en una trama, buscarle
una estructura narrativa
a la vez que dramática,
lo que implica la
construcción mental,
espiritual de los
personajes, y también
del discurso en torno al
tema de que se trate. Y
todo esto con la mira
puesta en la eficacia y
belleza no solo del
relato fílmico
resultante, sino también
en la de la puesta en
escena para la
construcción de ese
relato. Queda ausente el
acto de “escribir”, pero
no el de concebir y
armar historia,
personajes y discurso, y
esto puede ser tan
difícil y apasionante
como la escritura misma.
El guionista crea el
alma de las cosas, pero
su acción no aporta el
soplo necesario para que
el cuerpo donde se ha
depositado esa alma
adquiera vida. Se debe
unir al soplo el aliento
del director, el
fotógrafo, los actores,
el editor…
Regresando a la
literatura como
referente para las
estrategias de narración
para una película, hay
que decir que el guion,
si bien se puede
entender como una
composición dramática
con su primer, segundo y
tercer acto (si queremos
llevarnos por esa
fórmula), como
probablemente haría un
dramaturgo, también se
puede entender como un
relato, como una
narración. Te puedes
plantear el guion como
un problema de
dramaturgia, pero
también como un problema
de narración y
resolverlo desde esta
perspectiva porque los
principios de la
dramaturgia también
operan en la narración,
en la novela y el cuento
sobre todo.
En su famoso librito
Cartas a un joven
novelista —librito
por breve y librote por
sustancioso—, Mario
Vargas Llosa señala, me
parece a mí que
asombrado y
asombrándonos, que “la
variedad de problemas a
que debe hacer frente
quien se dispone a
escribir una historia
puede agruparse en
cuatro grandes grupos,
según se refieran: a) al
narrador, b) al espacio,
c) al tiempo y d) al
nivel de realidad.
Asimismo, dice Vargas
Llosa: “puede
‘agruparse’ en cuatro
‘grandes’ grupos…”
Si estos son los
desafíos que se
presentan a quien se
dispone a narrar una
historia, son también
los desafíos que
enfrentará el guionista
si se concibe a sí mismo
como un narrador y se
plantea no como relato
ni como drama la tarea
que tiene por delante.
La mayoría de los
guionistas se ven a sí
mismos como dramaturgos,
una especie particular
de dramaturgos pero
dramaturgos, y por lo
regular se plantean su
trabajo en actos,
conflictos, acción,
progresión y solución
dramáticas, etc. Sin
embargo, la pregunta
fundamental que se hace
el narrador cuando se
dispone a escribir una
historia, sigue vigente
para el guionista aunque
no estemos acostumbrados
a oír hablar de ello en
el medio
cinematográfico. ¿Quién
narra la historia?,
¿dónde, en términos de
espacio y tiempo, está
ubicado ese narrador?,
¿cuáles deben ser los
puntos de vista de
narrador, tiempo y
espacio en el relato que
nos ocupa?
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El siglo de
las luces |
¿Tiene “narrador” una
obra de teatro? No he
meditado sobre ello.
Posiblemente no haya
narrador en una pieza
teatral porque en el
teatro el acto de la
representación es
protagónico, una
representación ante el
público, en la que es el
espectador el que
percibe directamente
desde su butaca el
simulacro que ocurre en
el escenario, es testigo
de los
“acontecimientos”. El
espectador está viendo,
asiste como testigo al
acto de ficción que
nadie tiene que contarle
ni ver por él, y tal vez
desempeña, a un tiempo,
el papel que en la
literatura corresponden
al narrador y al lector.
Nadie le cuenta lo que
sucede, él mismo asiste
a los hechos, los
percibe por cuenta
propia y se forma sus
propios criterios. Pero
tal vez sí hay narrador
porque el teatro, a fin
de cuentas (cierto tipo
de teatro, por
supuesto), ofrece una
historia y esta está
contada de alguna
manera. Aquí la relación
entre Autor, Narrador,
Personajes y Receptor,
tiene sus
peculiaridades.
Pero en el cine no
ocurre así. El
espectador no ve
directamente un
espectáculo, no asiste
como testigo al acto de
ficción, sino que ve la
versión que de ese acto
ha aportado la cámara,
los autores. No puede
ver nada que la cámara
no haya tomado, aunque
pueda recibir
información por otras
vías diferentes a lo
visual como es el caso
de lo sonoro. El
espectador es
independiente en cuanto
a los juicios que se
forma y la impresión que
le causa lo que ve, pero
no puede ver algo
distinto ni desde otro
ángulo que el que la
cámara ha establecido.
La cámara ocupa el lugar
del narrador, porque
detenta el punto de
vista, un punto de vista
al que todos estamos
obligados, y los
escritores diríamos que
es un narrador en
tercera persona y más
concretamente ese que
identificamos como
“narrador objetivo”
dentro de las múltiples
variantes del narrador
omnisciente, en el
ámbito de la tercera
persona. Cuando se
quieren poner ejemplos
de este tipo de
narrador, casi todo el
mundo acude a la
literatura
norteamericana y a
Ernest Hemingway en
primer lugar.
Andando por talleres y
centros de formación
Onelio Jorge Cardoso,
uno ha escuchado
repetidas ocasiones —ser
amigo de Francisco López Sacha influye
notablemente en el
número de veces que lo
hayas oído decir— la
afirmación de que la
historia de la
literatura es también la
historia de la evolución
del narrador y el punto
de vista, que los
esfuerzos de esta por
encontrar la libertad y
la ubicuidad absoluta
del narrador ha dado
lugar a toda la
literatura conocida. Y
estando presente en el
cine desde sus inicios
la voluntad de narrar
así como los escritores
—los narradores—, es
lógico que el afán por
la libertad narrativa,
el sueño inalcanzable
del narrador absoluto,
esté presente también en
el séptimo arte y sea
una de sus fuentes
principales de
renovación y vitalidad.
Como arte narrativo, el
cine no pudo quedarse
confinado a las
posibilidades que ofrece
el narrador objetivo y
procuró aproximarse a
los beneficios de otras
variantes de la tercera
persona y la
omnisciencia en general.
No pretendo extenderme
mucho en esto, pero los
planos, ángulos y sobre
todo los movimientos de
cámara, como narrador se
me revelan como
esfuerzos de la cámara
para alejarse del
narrador objetivo y
acercarse al narrador
omnisciente parcial, con
intimidad particular con
algún personaje, no
siempre el mismo. Del
mismo modo, las
subjetivas de los
personajes suelen
devenir puntos de vista
de la primera persona o,
en ocasiones, de modo
más abarcador,
narraciones en primera
persona, como lo pueden
ser los off, los
monólogos y muchos otros
parlamentos en los que
el personaje que habla
se torna narrador en
alguna medida. Una
primera persona que
nunca es pura, que
siempre tiene que
asociarse a la tercera,
la cámara, con un efecto
similar a lo que
llamamos estilo
indirecto libre, un
discurso a caballo entre
la primera y la tercera
personas. El único
momento en que la
primera y tercera
personas coincidirían
totalmente en el cine
sería si la cámara y los
ojos de un personaje se
fundieran por completo,
lo que solo puede
ocurrir en
circunstancias muy
especiales y como
excepción, porque
condena prácticamente a
la invisibilidad del
personaje-narrador. La
voz en off es un
recurso que ha
transitado por el
aprecio y el desprecio y
hoy goza de
reconsideración. El
cineasta ha aprendido a
hacerlos
cinematográficos en
todos los procesos: la
escritura, la
interpretación y la
filmación de los mismos.
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Aventuras de
Juan Quin Quin |
Por su parte, el actor
representa para el
guionista no solo el
intérprete que dará
cuerpo y alma a sus
personajes, sino otra
importante carta de
triunfo para conseguir
libertad narrativa y
beneficiarse de las
posibilidades de la
primera persona, el
relato de personaje y la
multiplicidad de puntos
de vista. Los actores
son para el guionista un
recurso narrativo que le
facilitan acceder a la
subjetividad de
personajes en asuntos
propios o ajenos o
adentrarse en su mundo
interior en la cuerda de
la primera persona, el
monólogo interior y
hasta el fluir de la
conciencia. El buen
actor, el actor con
variados recursos,
miradas y silencios, es
sumamente apreciado por
el guionista. Cuando
escribes para buenos
actores, puedes escribir
con mayor libertad y
atrevimiento.
El guion con frecuencia
se confunde o limita a
la fábula, o cuando más
a la estructura y los
diálogos, cuando su
alcance es mucho mayor
porque implica el
despliegue de recursos y
estrategias narrativas,
e incluso malabares, en
busca de una libertad y
novedad que no solo
permiten contar mejor y
de modo más atractivo,
sino también alcanzar
mayor densidad en la
construcción de los
personajes, el contexto
y el tema en los que se
esté moviendo el relato
fílmico. En este
sentido, el abrazo y los
intercambios de caricias
entre el cine y la
literatura, habrá de ser
permanente, no ha hecho
más que comenzar.
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