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Desde hace varios años,
cierta crítica
cinematográfica cubana
ha venido convirtiendo
al guion en el totí de
nuestro cine1.
Sospecho que se trata de
una manera fácil para
calificar generalidades
que el periodista o
gacetillero no sabe en
qué otro apartado
encasillar. Un crítico
de cine debería saber
que entre el guion y el
resultado final sucede
un proceso casi siempre
accidentado, a lo largo
del cual el proyecto
sufre transformaciones
que lo alejan, para mal
o para bien, de las
intenciones o propuestas
que le dieron origen.
Cualquiera que haya
tenido la oportunidad de
leer guiones ya filmados
y compararlos con el
resultado de su puesta
en escena sabrá que las
diferencias saltan a la
vista. Es un ejercicio
que estoy seguro los
críticos no acostumbran
a hacer y que yo,
humildemente, les
recomendaría. La
experiencia enseña que
cuando el guion de una
película parece bueno,
en verdad lo era también
el texto previo. Sin
embargo, cuando en la
pantalla el presunto
guion parece malo, el
desastre no siempre se
explica porque se haya
partido de una base
equivocada. La primera
pregunta, ante los
críticos, estaría
dirigida a indagar a qué
se refieren cuando
escriben o dicen la
palabra guion.
El uso de la palabra
guion puede ser ambiguo:
por una parte, se acude
a ella para designar un
resultado narrativo o
dramático, pero ante
todo, se refiere a ese
texto del que parte el
director y en cuya
escritura él también
suele participar.
También, todo hay que
decirlo, a veces esas
opiniones sobre el guion
se refieren tan solo a
los diálogos o al
interés básico de la
anécdota. Lo que ven los
espectadores son
personajes superficiales
o complejos que están
“en la película”, no en
ese texto que incluso
muchos críticos
desconocen; escenas
dramáticamente mal
resueltas “en la
pantalla”;
historias confusas que
tal vez estaban bien
tramadas en el papel.
No voy a hacer aquí
crítica de cine, menos
aún de las películas
cubanas más recientes.
Me valdré, sin embargo,
de la revisión de un
clásico para hacerme
entender. Estoy
convencido de que si
Tomás Gutiérrez Alea
logró el conjunto de
películas más notable
realizado por un cubano
fue, principalmente, por
su respeto al trabajo de
guion. Ese respeto, sin
embargo, no debe
entenderse como
fidelidad a ultranza al
centenar de páginas
previamente escrito,
sino a las necesidades
dramáticas y narrativas
de la historia que se
pretende representar.
Titón dejó testimonios
de cómo un director
transforma el libreto
hasta el último minuto
no ya del rodaje, sino
de todo el proceso de
posproducción. A
propósito de Memorias
del subdesarrollo,
escribió: “El trabajo en
el guion no ha terminado
todavía.
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Memorias
del subdesarrollo |
Continuó durante la
filmación (secuencias
introducidas sobre la
marcha) y continuará
durante la edición y el
doblaje”.2
Y acerca de Hasta
cierto punto, una
película que él mismo
consideró irregular,
imperfecta: “El guion
original tiene muy poco
que ver con la película
terminada”3.
Años más tarde, el texto
de Senel Paz para lo que
luego se titularía
Fresa y chocolate
ganó el Premio al Mejor
guion inédito en el
Festival Internacional
del Nuevo Cine
Latinoamericano y, al
estrenarse la película
en 1993, entre otros
merecidísimos premios,
obtuvo también el Coral
de Guion. Conservo una
versión digital de ese
libreto que, además, ha
sido publicado varias
veces, no solo en Cuba,
y comparar lo escrito y
lo filmado es también
una manera de comprender
la película: hay
hermosas escenas que
faltan, que quizá ni
siquiera fueron rodadas;
otras, en cambio,
alcanzan un mejor
desarrollo en la puesta
en pantalla (la
destrucción que hace
Germán de sus
esculturas, por
ejemplo), y todo el
inicio está montado de
una manera más lineal,
despojando al filme de
las reminiscencias
estructurales del cuento
que le dio origen, en el
que varios flashback
se sucedían, a
manera de caja china.
Decir que Gutiérrez Alea
respetaba el guion, no
significa que se
mantenía fiel a su
letra, sino que tenía
una conciencia
excepcional en nuestro
medio en torno a las
necesidades expresivas
de la obra en
desarrollo, y que sabía
que, en el centro de
esas necesidades, está
la de contar una
historia compleja y
dramática.
Un guion, insisto, es un
dispositivo previo, de
transición, destinado a
disolverse en la
película, y que se
enriquece o empobrece en
el proceso de
promiscuidad creativa
que es inherente al
cine. ¿Qué debe darle
ese libreto a un equipo
de realización? Ante
todo, un apoyo para
contar: una estructura.
Luego, la
caracterización de un
conjunto de personajes
que den vida a esa
trama. Parecería muy
poco, pero ahí está la
base para la labor
creativa del director,
el productor, el
fotógrafo, los actores,
el sonidista, el editor…
En el cine, para colmo,
arte y técnica se
mezclan, se confunden: a
veces colaboran entre
sí; en otras se
confabula la una contra
lo otro. Hay filmes que
exhiben historias
perfectamente
estructuradas, donde
todo ocurre según lo
aconsejan los manuales:
la sucesión de
conflictos crece, los
obstáculos aparecen en
el segundo necesario,
los espectadores no
podemos movernos de
nuestros asientos… y son
obras artísticamente
mediocres, aunque la
técnica con que han sido
realizadas sea
irreprochable. Volviendo
a Hasta cierto punto,
Titón reconocía que
partió de unas bases
estructurales a partir
de las cuales investigar
las posibilidades de una
historia en la que
podían enfrentarse
mundos y prejuicios
diferentes entre sí. En
el arte, lo sabemos, el
riesgo puede ser más
valioso que la
corrección. Para fijar
lo “bueno” y lo “malo”
no hay instrumentos de
precisión, sino la
sensibilidad de los
espectadores, su capital
cultural acumulado, la
capacidad para
comprender, para mirar
por encima de los
prejuicios del dogma y
los automatismos.
Visto el asunto desde
otro ángulo, decir que
el problema de una
cinematografía es de
guion podría equivaler a
afirmar que es de
dirección. En última
instancia, son los
directores quienes
escogerían filmar un
guion deficiente o
aceptarían comenzar el
rodaje de un libreto
cuyas posibilidades
expresivas no estén bien
exploradas. Un director
puede ser víctima de
muchísimos
inconvenientes, durante
el rodaje o incluso la
posproducción, que dañen
el resultado final. La
escritura del guion, en
cambio, se realiza por
lo general durante meses
o años (y su proceso no
es muy diferente del que
sufre una novela), y
atraviesa por etapas de
investigación,
reescritura, asesorías,
que deberían acercarlo a
un resultado final
satisfactorio… para el
director o el productor.
El guionista, no lo
olvidemos, es casi
siempre un escritor de
servicio, que trabaja
para complementar o
satisfacer las
necesidades creativas de
otros, y solo
excepcionalmente puede
decirse a sí mismo que
su trabajo está
terminado.
Todo lo anterior no está
dicho en defensa de los
resultados dramáticos o
narrativos del cine
cubano contemporáneo,
sino de los guionistas.
Yo también, ante muchas
obras cubanas, encuentro
estructuras que me
parecen inadecuadas,
personajes mal
construidos, animados
por motivaciones torpes,
gratuitas.
Sin embargo, no recuerdo
haber leído o escuchado
jamás, al valorar una
película, que su
producción sea
deficiente. Y es el
productor quien puede
permitir o no que el
rodaje comience sin que
todos los recursos
necesarios estén listos.
Me refiero, como es
natural, no al productor
de campo, que, al menos
en el sistema que suele
aplicar el ICAIC, es
contratado o designado
cuando la preproducción
está a punto de
comenzar, sino al que,
como un miembro más del
equipo de creación,
debería acompañar el
filme desde su
nacimiento. ¿Cuánto
dinero invierten las
productoras cubanas de
cine en ese rubro que
suele llamarse
“desarrollo de
proyectos”? ¿Hasta dónde
se emplea la figura del
analista (scrip
doctor en el mundo
anglosajón) no ya en los
dictámenes, sino en la
fatigosa labor de
reescritura? Es sabido
que Gilda Santana
colaboró en el análisis
del guion de Fresa y
chocolate (“dramatista”
se hizo llamar en aquel
momento), pero a
solicitud de Senel Paz
(no de la casa
productora), y esa
fórmula, aunque
esporádicamente, a veces
se repite: son los
guionistas o directores
quienes solicitan, casi
siempre apelando a la
amistad, la colaboración
de personas que aporten
nuevas miradas al
proceso, o gestionan su
participación en
talleres donde los
libretos son analizados.
Acostumbro a decir a mis
estudiantes de guion que
si escogieron esa
especialidad para
hacerse famosos, están
cometiendo un gravísimo
error. Cuando se exhibe
una película, en el
nombre del guionista
solo se fijan, en el
mejor de los casos,
además de sus familiares
y amigos, los
espectadores
especialmente
interesados en la
escritura para cine.
Cualquier persona
medianamente informada
podría recordar sin el
menor esfuerzo los
nombres de decenas de
directores y actores,
pero, ¿cuántos podrían
citar fluidamente la
obra para el cine de
Tonino Guerra, Rafael
Azcona, Jorge Goldenberg?
Si el guionista es
subestimado, los
analistas, al menos
entre nosotros, son
desconocidos por
completo. Sus nombres,
en la mayoría de los
casos, van a parar al
listado de los
agradecimientos. Y la
obra principal de muchos
escritores para cine se
ha realizado en ese
fatigoso proceso de
revisiones que, como
cualquier trabajo,
necesita ser remunerado
(y lo es —en otras
cinematografías) y
reconocido en su justa
medida. ¿Cuánto han
invertido históricamente
las productoras cubanas
de cine en la
contratación de
analistas o coguionistas
que saquen de la inercia
una historia en la que
ya sus creadores
originales parecen
agotados?
Lo que me resulta más
contradictorio aún de
este estado de cosas es
que hoy Cuba cuenta con
guionistas que no solo
tienen la capacidad y el
ingenio necesarios para
contar historias, sino
que han recibido una
sólida formación
profesional, cultural y
técnica. Lo dramático es
que la industria, las
casas productoras, salvo
contadísimas
excepciones, no pueden
emplearlos o no saben
cómo hacerlo. Muchos de
ellos tienen ya escritos
guiones de posible
interés que envejecen,
cada vez con menos
esperanzas para
realizarse; otros son
contratados por
productoras españolas o
latinoamericanas para
escribir o coescribir
películas; algunos
trabajan como analistas
para proyectos de otros
países latinoamericanos…
mientras las casas
productoras cubanas
suelen desatenderlos, o
los críticos se empeñan
en afirmar que el
problema está en el
guion. También está en
juego el crecimiento de
esos profesionales. Los
guiones no se escriben
como la literatura. Un
guionista que conoce su
oficio solo comenzará a
trabajar en el guion si,
al menos, hay un
director o un productor
(mejor si ambos)
interesado en su idea.
Un guionista desempleado
es un autor que no
ejerce sistemáticamente
su profesión y que corre
el enorme peligro de
anquilosarse.
El problema, quizá, está
en la manera como se
concibe la preparación
de una película: en la
jerarquía que se le
concede al guion, en el
rigor artístico con que
se encamine el
nacimiento y desarrollo
de un filme. Salvo
honrosísimas
excepciones,4
las productoras cubanas,
agobiadas por la falta
de recursos financieros,
parecen atender tan solo
los proyectos que le
caen del cielo. A veces,
daría la impresión de
que los directores que
filman no son
necesariamente aquellos
de mayor talento o
cualidades, o los que
presentan guiones más
atractivos, sino los
favorecidos por la
suerte.
Estamos, desde hace
años, ante un modelo de
producción
cinematográfica agotado:
el del director-autor
protegido por una
institución que, a su
vez, recibe los favores
del mecenazgo estatal.
El cine requiere
estrategias a largo
plazo que ese viejo
modelo ya es incapaz de
brindar. Quizá el
problema del cine cubano
sí sea de guion: no del
de sus películas, sino
del guion a partir del
cual se diseñen esas
estrategias que deberían
dar paso a otros modelos
(y leyes o resoluciones
o dictámenes…), donde la
tríada que forman
director, productor y
guionista disfruten de
la mayor libertad para
concebir y encaminar las
obsesiones que están en
la génesis del arte.
Notas:
Publicado
originalmente en el No.
180, de 2011, de
Cine
Cubano.
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