Aguas
de tiempo
Me fui entre el
agua,
volví en el viento:
mi llama busca
para nutrirse
tierra o sustento.
Sí, son aquellas
aguas de fuego
las que arrastraron
en su resaca
mis elementos.
Las mismas aguas
que ahora contemplo
desde lo alto
de la aeronave
irme en reverso.
Aguas en fuga,
aguas de tiempo
que insisten siempre
con sus oleajes
llevarme dentro.
Y yo las siento
yendo y viniendo
de costa a costa,
hasta mi centro.
Y yo las dejo,
siempre sediento,
que así me
arrastren.
No me arrepiento.
Me fui entre el
agua,
volví en el viento:
mi llama busca
para extinguirse
tierra o sustento.
Las palabras
para Tereza, que
también las ama
No, no mueren las
palabras.
A veces, sí, se nos
pierden,
se trasparentan o
esfuman
de la vista,
se esconden o
prefieren
refugiarse en sus
pares;
y creemos que han
muerto,
que si buscamos aquí
o allá,
solo hallaremos sus
ruinas
dispersas, sordos
sonidos huecos,
ciegos susurros,
nada.
Y cambiamos el tema:
encendemos
la radio, ideamos un
viaje
o llamamos a un
amigo de infancias
para quejarnos del
clima,
del presidente de
turno,
de un malestar
pasajero.
Pero nada le
decimos, jamás,
de las palabras
—incluso
las que usamos con
él
nos resultan
cobardes
desertoras, calladas
cómplices de una
traición
intrusa, endebles
columnas aún en pie
de una hecatombe
que no
experimentamos
pero tampoco pudimos
prevenir.
Y luego,
cualquier noche
después,
como un amor o un
bello
cuerpo que vuelve,
regresan
las palabras,
inéditas,
sonrientes,
como si nunca se nos
hubieran
malogrado.
No, no mueren las
palabras:
solo nos dejan
saber, a veces,
cuánto
las necesitamos.
Desviatus
ille
Estimado editor:
Quisiera aquí
advertirle de una
grave
errata en el poema
de Nicolás Guillén
“Digo que yo no soy
un hombre puro”.
Donde
se lee
“la pureza
/
de la mujer que
nunca lamió un
glande”,
debió decir “la
pureza
del que nunca lo
hizo
/
ni ha pensado alguna
vez en hacerlo.”
Ojalá que usted
mismo en persona
sea capaz de
hacer la corrección,
si es que ya no lo
ha hecho.
Sexo-política 1
Hay leyes de
gravitación
política,
como leyes de
gravitación física.
Presidente John
Quincy Adams, 1823
¡Qué decepción la
mía cuando me
dijeron
que la teoría de la
“fruta madura”
(que cae, y solamente
tenemos
que estar abajo
esperándola)
no era –como
pensaba–
esa
estrategia
sexo-amorosa
que
se les
aplica a los efebos
cuando estrenan su
mayoría de edad,
sino una
política
incipiente
del decimonónico
imperialismo
estadounidense!
De cualquier forma,
si ya por sí es
difícil renunciar
a un viejo concepto
errado,
más difícil resulta
si este ha sido
eficazmente probado.
Malecón
De día, un
iridiscente
azulmarino.
De noche, un hoyo
negro.
Jesús
J. Barquet.
Autor de los
poemarios Sin
decir el mar
(1981), Sagradas
herejías (1985),
Icaro (1985),
Un no rompido
sueño (2do.
Premio de Poesía
Chicano-Latina)
(1994), El Libro
del desterrado
(1994), El Libro
de los héroes
(1994),
Naufragios /
Shipwrecks
(1998-2001) y Sin
fecha de extinción
(2004), entre otros.
En 2010 aparece en
La Habana, bajo el
sello de Letras
Cubanas, su
compilación poética
Cuerpos del
delirio (Sumario
poético, 1971-2008).
Como crítico
literario cuenta con
Consagración de
La Habana
(Premio Letras de
Oro, 1991),
Escrituras poéticas
de una nación
(Premio Lourdes
Casal, 1999) y
Teatro y Revolución
Cubana: subversión y
utopía en “Los
siete contra Tebas”,
de Antón Arrufat
(2002). Como editor
y/o traductor de
poesía cuenta con
Ediciones El Puente
en La Habana de los
años 60 (2011),
La Brasiliada
(de Nicolas Behr,
2009), José Ángel
Valente: A Selection
of His Poetry
(2005), Haz de
incitaciones
(co-ed. Maricel
Mayor Marsán, 2003),
Poesía cubana del
siglo XX (co-ed.
Norberto Codina,
2002), The Island
Odyssey (co-ed.
K. West, 2009) y
Más allá de la Isla
(co-ed. Rosario
Sanmiguel, 1995).
Desde 1980 reside en
los EE.UU., y desde
1991 es profesor de
literatura y cultura
hispánicas en la New
Mexico State
University.