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A los siete años, en la
cocina de mi casa, en
Madruga, se me apareció
la Virgen de Fátima. Por
eso a veces la gente ve
un halo rosado alrededor
de mi cabeza. Fue una
aparición que marcó mi
vida. La vi en la puerta
de la cocina pero no
estaba de pie, ni en una
roca como dicen que está
ella, estaba sentada en
un taburete y era
mulata. No sé si ustedes
han visto a la Virgen de
Monserrat, una que es
negra y está en un
butacón dorado, bueno,
pues la Fátima que yo vi
era parecida, pero no
tan negra y estaba
sentadita de lo más
oronda en su taburete.
Yo he sido una persona
con suerte y a lo mejor
es por eso. Bueno,
también porque nunca le
he pisado la cabeza a
nadie, ni me he metido
en lo que no me importa.
He hecho lo que me ha
dado la gana, y a lo
hecho pecho. Me mantengo
porque tengo un espíritu
joven y una energía
positiva que viene de
Saturno según dice mi
signo zodiacal. Si me
vieran ahora desnudita
de la cintura para
arriba, pero yo tengo mi
recato y no me dejo ver
por cualquiera. Para
verme hay que soltar el
guano bendito y para
tocarme más. En el fondo
soy una puritana porque
no me gusta que me vean
desnuda en los camerinos
cuando hay función.
Ellas no, ellas se sacan
los trapitos y los tiran
en el piso como si nada.
A mí me dicen la monja,
la Monjita Fátima. Es
que aunque pecadora creo
en los biombos y me
cubro. También en el
Padre, en el Hijo y en
el Espíritu Santo y
hasta voy a la iglesia
los domingos, ahí, al
Carmen porque yo soy de
iglesias grandes y
lujosas y de curitas
graciosos y jóvenes como
ese del Carmen, Virgen
Santa, que con sotana y
todo me lo comería con
mantequilla. El me mira
y yo lo cacho de arriba
abajo pero no, no se da
cuenta porque cuando
quiero soy una mujer muy
seria, de mucho copete.
Claro, se ve en mi ropa,
en mis tacones a lo
militar que me empinan;
si ustedes vieran en la
misa cómo sobresalgo
entre todo el mundo y
son los taconazos esos
que no me quito ni para
dormir. Dicen en el
Parque de la Fraternidad
que yo fui quien los
implantó. Hay que ver a
las de mi cuadrilla con
ellos, no pueden, se van
de lado, no tienen
estilo, parecen zambas.
Nadie camina con ellos
como yo porque ni me
caigo ni pierdo el
equilibrio. Y estoy aquí
arriba, montada en
zancos, como la Reina
Madre de Inglaterra que
era un tapón y parecía
una señorona y es porque
la calzaban con corcho y
le enguataban los pies
para que no le dolieran
los juanetes. La Reina
Madre no soy pero Fátima
en el Parque de la
Fraternidad sí, y me
respetan porque una cosa
es el negocio, la
sobrevivencia y otra es
la exhibición y el
relajo.
Yo soy una reina y
cuando me paro en la
esquina el que se me
acerca es para salir
conmigo y comer en mi
plato porque ya se
decidió, no viene a
hacerme entrevistas ni a
indagar en mi vida,
viene a pasar un buen
rato o a sentarse
conmigo en el banco
hasta que lo caliento
con la mirada o con la
conversación para que la
cosa se les hinche y se
le ponga bien durita,
porque está el tímido,
el que viene por primera
vez, tan tiernecito, tan
sanaco y yo los pongo a
gozar porque yo sí les
busco las cosquillas.
Pero están también las
bichas, las comelonas,
las mandadas, las que se
creen que porque van al
grano se llevan la mejor
tajada.
No, no saben de este
negocio, hay que hablar,
pasarles la mano,
decirles que no se
sientan culpables, que
sus mujeres son sus
mujeres, que su casa es
su casa, y que una lo
que les va a dar es un
regalito, un bombón
pasajero. Y se ríen
porque hay que
desinflarlos; llegan con
millones de problemas,
camuflajeados, con
traumas, traumas que yo
nunca tuve y algunos a
lo que vienen es a
desahogarse y cuando me
quito el vestido se
lanza ahí mismo vestido
se lanzan ahí mismo
desesperados porque
vienen con un atraso...
Dios Santo, líbrame de
esa condena, gracias por
haberme hecho así,
dispuesta siempre a
salir a la calle y
comerme la tierra. Soy
muy suelta, no, no tengo
traumas. Ellos sí, ellos
se ponen a darle vueltas
a la cosa y a hacer
preguntas indiscretas y
dime chica tú te sientes
mujer y cómo es eso si
tienes un rabo como yo y
a lo mejor de cañón
largo y todo. Ahí es
donde yo los agarro y
los voy destapando como
a un paquete de regalo,
les quito las cintas,
los alfileres, todo, y
salen desnuditos,
maricones tapiñados pero
que pagan más que los
hombres porque van a
eso. Y yo no me alegro
de tener lo que tengo,
quiero ser de otra
forma, pero soy como
soy, como Dios me trajo
al mundo.
Podría contar tantas
cosas que he visto, que
me han pasado a mí
misma, no ahora sino
cuando era joven...
Prefiero callar porque
si los médicos y los
curas tienen su ética yo
tengo la mía también.
Para inventar mejor me
callo. Sería una
crueldad ponerle a la
gente el caramelo en la
boca y luego no
dejárselo chupar. Me he
visto en situaciones
negras, eso sí, porque
soy mandada a hacer, me
lanzo en terrenos
difíciles y con gente
dura. Les sé, les sé
mucho, pero callo porque
en el fondo ellos me
buscan a mí para eso.
No te equivoques, yo soy
hombre a todo pero tú me
calientas la cabeza.
Nada que lo que hago es
hablar como una cotorra
en celo y eso les gusta.
Y la imaginación... el
arte mío para volverlos
locos: espejos en el
techo, en las paredes,
en el piso; el salto del
canguro, el palo del
escaparate, un
escaparate bajito y yo
arriba haciendo mi
striptease; les voy
tirando las prendas una
a una y después les pido
que se vayan desnudando
y no los toco, ni me les
acerco. Se ponen a mil,
me quieren enlazar y
tirarme de ahí arriba y
cuando ya me ven como
Dios me trajo al mundo
quieren morirse y ahí es
donde me lanzo y me los
como a mordidas sin
besarlos, les hago
cosquillas, los vuelvo
locos. Todo eso cuesta,
claro está, pero me
divierte porque la
fantasía es la madre de
la cama. Salen contentos
y me regalan lo que se
me antoje. Testigos son
las empleadas de los
hoteles y de las tiendas
nuevas que han abierto
aquí. Fátima, llegaste a
arrasar, mira, lo último
es Humo en la Noche
de Lanvin, pero con
qué se sienta la
cucaracha, si no me lo
regalan...
Tengo una colección de
perfumes para abrir una
boutique. Por eso
le pongo candado a la
puerta de mi mansión
porque al pobre le gusta
lo bueno igual que al
rico, yo diría que más
porque el rico está
saturado, empalagado y
no le coge el verdadero
gusto a las cosas. Esa
es mi teoría sin haber
leído un libro ni haber
abierto nunca un
mataburros. A mí me sale
la verborrea esta que
tengo desde que soy una
niña. En mi casa me
mandaban a callar porque
yo daba sermones en el
portal, me creía dueña
de la situación cada vez
que había bronca o que
mi padre llegaba
borracho a quererle dar
a mi madre. Ahí sí me
volvía una fiera, se me
salía un hombre que yo
me había tragado en una
encarnación anterior,
pero un hombre de pelo
en pecho, porque hasta
lo sonaba, le daba con
la escoba, con la
lámpara de la mesita de
noche, con lo que
tuviera a mi alcance.
El muy cabrón le hizo
horrores a mi pobre
madre. Cuando eso me
viene a la mente me
quiero comer a los
hombres, los abochorno,
los pongo de vuelta y
media si se atreven a
lanzarse conmigo en
cualquier vuelta. Guardo
ese odio y no le perdono
los golpes que me dio y
las veces que tuve que
dormir en el portal o en
el patio, junto al
corral de los pollos con
olor a porquería y
oyendo los gritos que le
pegaba a mi madre. Si yo
debía ser invertida pero
es que los hombres me
gustan demasiado. Pero
los sé llevar cortico.
No les dejo pasar una.
En Madruga me respetan
porque me conocen bien y
saben que al que me hace
daño el daño se le vira
en su contra. Mi Angel
de la Guardia es muy
fuerte. Tengo en mi
favor a la Comisión del
Hielo. Con eso no me
hace falta hacer ninguna
brujería, ningún
bilongo, eso camina solo
y paraliza a cualquiera.
Me basta con saber el
nombre y apellido de la
persona. Cojo un papel,
preferiblemente plateado
porque es tratado de
Obatalá, y dentro le
meto otro con el nombre
del que me ha querido
joder, y lo pongo en el
congelador de la nevera
siete días seguidos. Al
séptimo día lo saco
tieso, ese no levanta
cabeza más nunca. La
Comisión del Hielo es
más fuerte que una
prenda judía. Por eso me
respetan. Y, desde
luego, porque me he
sabido ganar la vida
sola.
Vendí caramelos en el
cine Marta, bombones,
galleticas, refrescos...
me compraban pero luego
me ponían a trabajar
porque iban ruinos. Pss,
pss, pss y era para eso,
nunca usé linterna, los
conocía del barrio,
sabía bien quiénes eran,
todavía tengo la lista
de los teléfonos en la
cabeza porque algunos me
daban el teléfono cuando
se querían pasar de
rosca. Jamás llamé a un
solo número. Caían
mansitos porque las
muchachas eran
prohibidas, tenían
vigilancia en el pueblo,
espías, y ni soñar con
salir de noche. Es
cuando yo hacía la
zafra. Me los llevaba
para las afueras, para
el campo, yo a´lante,
claro está, y ellos
caminando detrás por la
acera opuesta, hasta que
entrábamos en el monte.
Le conozco al monte
todos sus recovecos,
donde hay un bajío,
donde la hierba es fina
y no hay ni guao ni
guisasos, donde nadie te
puede ver. Esas
aventuras mías... Me
pasé al pueblo entero y
todo en silencio porque
al que hablaba, Ave
María, le caía el
Armagedón.
Luego me metía en el
río, me daba un baño
sabroso, y ya despejada
me ponía a hacer
balance. Los tenía a
todos en mi archivo
secreto personal, bajo
mi control absoluto. Al
día siguiente ellos en
el parque con sus novias
y yo zafia, jefa de
campamento, pasando para
mis adentros.
Este la tiene grande,
este chiquita, este es
el del lunar, este es el
de la perla, este es
caballero cubierto... No
me puedo quejar, he
gozado de lo lindo.
A veces quisiera ser
Madonna para salir de mi
casa en un limousine
y por la puerta de
atrás. Y desayunar con
pasteles y hot-cakes,
como los de las
películas y tener mucho
dinero, mucho, mucho,
mucho, para no estar
obligada a verle la cara
a nadie y pasearme con
un mulato claro con
piernas de goma, de esas
de ciclista, como el
marido de ella, un
cubanazo riquísimo que
dicen que la arrolló en
la calle y la recogió
para echarle un polvo,
un polvito y hacerse
millonario. Por
desgracia no soy Madonna
y aunque me gusta mi
barrio, tener que salir
a buscar el pan todos
los días a plena luz con
maquillaje y tufo de la
madrugada me revienta,
pero tengo que hacerlo
porque sin desayunar no
veo, voy ciega, camino
en el aire medio
turulata. En lo único
que soy medio americana
es en eso. Me gusta
desayunar con huevos
fritos y jamonada, con
pan y café con leche,
porque yo desayuno
cuando la gente por lo
general está ya
almorzada y hecha leña
de una mañana trajinada.
Me levanto a las doce
del día o la una vestida
de la noche anterior y
como no tengo teléfono,
ni timbre en la puerta
nadie me molesta, y
saben, saben bien que
trabajo hasta que sale
el sol y que llego
muerta y no me dicen ni
pío porque me temen. Al
más pinto lo pongo de
vuelta y media.
Este cuarto era de un
bongosero de la orquesta
Sensación y cuando él se
murió yo lo pedí, hice
mis gestiones porque yo
vivía en la calle, en el
parque, en la terminal
de trenes; dormir en la
terminal, sentarte en un
banco como una estatua
bostezando y cayéndote
de lado, eso nada más
que lo sabe quien lo ha
sufrido en su carne. No
voy a decir cómo porque
no quiero echar pa’lante
a nadie, pero me dieron
este cuarto y aunque el
baño está afuera es mi
cuarto, mi reino, y aquí
no viene nadie. Aquí
gobierno yo y presiden
la Virgen de Fátima y la
Caridad porque el
caracol dice que soy
hija de Ochún Panchágara.
Por si acaso la tengo en
una maceta enterrada. A
mí me enseñaron en
Madruga que a los santos
se les guarda en
cazuelas y en soperas.
Ochún crece en la
mazorca de maíz tierna y
sale en unas hojitas
verdes paraditas que son
una belleza. Mi tratado
es de Palo Monte, sin
embargo, pero yo a quien
venero es a Fátima y a
la Caridad del Cobre.
Esas son mis guías, las
que están en mi cabeza y
en mi corazón.
Mis clientes jamás han
venido a mi cuarto. Para
eso está El Reguero,
como le pusimos a una
accesoria que hay en
Campanario, donde
gobernamos nosotras, las
abejas de la noche. El
Reguero es un truco, ahí
guardamos el atrezzo
nuestro: plumas de
azufre, de rojo aseptil,
de azul de metileno,
vestidos rehechos,
bueno, inventos del
período especial. Ahí
Versailles se queda
chiquito. Si Campanario
hablara no quedaba
títere con cabeza ni
nadie que pudiera decir
yo levanto la mano.
Todos agachaditos ante
nosotras que somos las
lechuzas del parque, las
linternas, como nos dice
la policía, porque
siempre estamos
alumbrando como los
cocuyos. Claro, no
siempre vamos ahí. Si es
un Pepe con plata nos
lleva a un hotel o a la
Marina Hemingway pero es
un peligro porque si nos
descubren se puede
formar un rollo. En este
país todo se sabe pero
se disimula bien. Y
nadie va a destapar el
gallo. Que cante cuando
le parezca, mientras
tanto seguimos viviendo
de eso que es lo que nos
da para comer y vestir.
Me visto bien. No me
gustan los trapos de
segunda mano, ni las
baratijas, un día entro
a una tienda de ropa
reciclada y si encuentro
algo que me acomode lo
compro, pero eso es de
Pascuas a San Juan
porque entrar allí y
vomitarse es lo mismo,
la peste a ropa de uso
sin lavar es lo último.
Tengo tres trapos pero
buenos y tres pares de
zapatos pero buenos, de
los que no hacen ruido
ni chillan como grillos,
de los que dicen por
abajo puro cuero y son
de seda, seda en el pie.
A mí me han enseñado
mucho las revistas.
Ahora mismo estoy de
luto porque la princesa
Diana era mi ídolo, y ya
ven se mató en París en
un Mercedes Benz negro
con un millonario
egipcio. Hicieron bien
en La Habana Vieja en
levantarle un parque
porque ella fue una
santa dadivosa. Yo
estuve en la
inauguración: el cuerpo
diplomático, las
señoronas, los señores,
la gente grande, alabado
sea Dios, aquello fue un
success. De
lejos, porque yo no
tenía invitación, pero
vi el show y oí
el discurso del
historiador y del
embajador de Inglaterra.
Todo muy chic.
Cuando la high se
fue en sus carros negros
yo entré al parquecito,
frente a la bahía, y le
dije, Diana, te fuiste
sin pedirle permiso a
tus admiradores, te
adoré porque eras bella
y buena y te sabías
vestir como nadie y le
diste por el culo al
príncipe Charles y a
toda su parentela.
Figúrate, que has puesto
a la reina a tomar
cerveza en un bar con la
caterva de los bajos
fondos. Nada más que tú
hija, por eso te pongo
esa flor, y le tiré ahí
mismo un príncipe negro.
Lloré a Lady Di y a
madre Teresa de Calcuta,
para que después digan
que las que nos
dedicamos a esto somos
una bandoleras y unas
desalmadas. La gente es
muy mala y no reconoce
el mérito ajeno. Te
encasquetan un sanbenito
y ya.
Leo mucho, sobre todo
las revistas que me
traen de España porque
uno de mis clientes es
piloto de Iberia y tiene
más horas de vuelo que
yo de calle. El me
adora, pero tiene un
defecto y es que le
gusta intercambiar su
ropa conmigo. A mí eso
me molesta, me saca de
quicio, porque es un
hombrón de seis pies,
macho macho, de Valencia
pero le gusta ponerse
mis vestidos y mis
tacones y se pinta la
boca y se mira al espejo
y dice qué mona estoy,
ahora ven que te voy a
coger y vas a saber lo
que es bueno. Y yo de
piloto, con la gorra y
todo me tengo que dejar
follar como dice él tan
gracioso con esas zetas
que le quedan tan ricas
y ese olor a colonia. Mi
gallego es valenciano y
el paco de revistas que
me trae llenaría la
Biblioteca Nacional
hasta el tope. Sí, yo
las presto, y también si
son nuevas las
intercambio. Tengo mi
revisteca o como se
diga, a mí me gusta
compartir lo mío. No es
igual que tú le estés
hablando a una estúpida
de estas de la Reina de
Inglaterra, de la
Preysler o de Isabel
Pantoja y que no sepan
de la misa la media, a
que te puedan al menos
contestar y opinar si es
que tienen cerebro. Eso
de que la más bruta es
obispo es mentira,
mentira. Las hay
alcornoques. Lista yo,
espabilada yo. Estoy en
lo que estoy porque me
gusta la farándula y
porque me da para vivir,
pero estudié, aproveché
mis años juveniles y me
preparé para la vida.
Soy mecanógrafa bilingüe
y trabajé varios años en
una empresa de
computación hasta que
conocí a Andrés. Esa fue
mi desgracia. Andrés
Hidalgo, Vaselina, como
le dicen porque se pone
la porquería esa en el
pelo para que le brille.
Es el Travolta cubano,
yo lo reconozco, pero me
desgració porque me
enamoré de él hasta la
pared de enfrente.
Antes de conocer a
Andrés yo era Manolo o
Manolito para mis
íntimos; unos pocos por
cierto.
Nunca me gustó mi nombre
porque era nombre de
torero, de policía, de
carnicero, qué se yo, de
hombre, y me lo quise
cambiar por René que es
más suave pero Andrés me
dijo que lo que tenía
que cambiarme no era el
nombre si no los
huevitos. Al principio
yo me reía pero luego la
cosa empezó a coger
fuerza y ya él no me
decía Manolo sino mi
Reina, Mamita... Y en la
cama yo era su bombón.
Es verdad que soy más
lampiño que un perro
chino pero era hombre y
él me convirtió en
mujer. Yo sí no fui al
hospital Ameijeiras, ni
llené planillas para la
operación, nada de eso.
Le tengo terror a las
cuchillas. El me
transformó poco a poco
con sus mimos y sus
exigencias. Me pedía que
me vistiera de azul, y
de amarillo pollito con
ropas que fui
consiguiendo de amigas
mías de la empresa que
sabían que yo estaba
loca por él. Ellas me
ayudaron, fueron mis
cómplices aunque yo sé
que a ellas también les
gustaba Andrés pero no
me lo confesaban. ¡Cómo
no les iba a gustar
aquel hombre alto,
musculoso, de ojos de
tigre y con unas manos
que parecían de mármol!
La piel de Andrés es
única, de vinil y de un
tono rojizo precioso.
Manolito, qué color es
ese hijo, me preguntaban
mis amigas y yo les
decía que se quedaran
ellas con Robert De Niro
y con Sylvester Stallone
que yo tenía mi Andrés.
Le regalé una cadena de
oro con una santa que
nunca supimos quién era
porque la traía un
italiano en el cuello y
yo se la quité. Ahí fue
donde empecé a conocer
gente ajena a Andrés,
extranjeros, para darle
por la vena del gusto.
Todavía yo era Manolo,
Manolito en La Habana.
No me había realizado en
lo que soy hoy: Fátima,
la reina de la noche.
Andrés y yo nos
estuvimos viendo como
seis años. Fueron los
seis años más felices de
mi vida porque en toda
La Habana no había uno
más castigador que él y
yo lo retuve frente a
toda la manada de
jineteras asquerosas y
locas travestis que le
hacían la corte. Yo como
hombre, con mis
huevitos, nada de
disfraces, nada de
mentiritas. Cuando me
decidí a cambiar él se
desilusionó un poco
porque lo que hacíamos
de noche, mis locuras no
las quería compartir con
nadie pero la panza es
la panza y yo tenía el
estómago pegado al
espinazo. Me lo gastaba
todo porque a Andrés le
gustaba lo bueno, bebía
su poco y empezaba con
el rollo de la
marihuana. No me quedó
más remedio. Lo que
ganaba se lo daba
completico a él.
Oye que Vaselina te va a
dejar como el gallo de
Morón, sin plumas y
cacareando. Seguía mi
camino, no le hacía caso
a nadie, pensaba y lo
pienso todavía que era
la envidia verde que me
tenían todas esas
cairoas del Parque de la
Fraternidad. Digo de la
Fraternidad porque yo
empecé a frecuentarlas a
ellas allí, en los
bancos del parque, a
partir de las once o
doce de la noche. Caí en
esto espontáneamente. Y
Andrés se benefició
porque era el único modo
que yo tenía para
amarrarlo; ni babalao,
ni cartomántica, ni
espiritista, ni Juan de
los Palotes. Era el
guano bendito, el owó,
como dicen los santeros,
lo que le gustaba a él.
Le metí owó hasta
por los oídos. Le salían
los billetes por cada
huequito que tenía en el
cuerpo. Era mi santo, mi
rey, mi todo. Iba con
extranjeros y me
repugnaban y los mismos
cubanos me eran
indiferentes,
antiflogitínicos. Mi
vida era él. Andrés
Hidalgo, y mi perdición.
Cuando me dijo, Mami
tienes que dejar este
mostrador y salir a la
calle con tu carita y tu
culito para que yo pueda
seguirte adorando, no lo
pensé dos veces.
Una tarde llegué a la
oficina y le dije al
jefe, Vega, me voy, pido
la baja. Pero Manolito,
si tú eres el más
cumplidor, el único que
se queda aquí hasta las
ocho de la noche y no se
queja, tú sabes el hueco
que me vas a hacer. No
te creo, dime qué te
pasa. Es verdad que yo
eché el buche en esta
oficina. Vega era un
hombre mayor, calvo como
una bola de billar y feo
que era un insulto
público. Los niños le
decían Vega, chipojo,
porque tenía la cabeza
alargada y la barba
medio verdosa. Era la
reencarnación del indio
Putumayo. Pues me voy a
dar la baja porque tengo
una situación moral. Te
aumento el sueldo con
cincuenta pesos. No,
Veguita, no es eso. Yo
necesito más, mucho más
porque tengo que
mantener a mi familia.
Ese es Vaselina,
Manolito, confiésamelo,
yo puedo ser tu padre.
En esta ciudad machista,
de machos por donde
quiera, que un hombre de
su respeto me dijera
esto, me sacó las
lágrimas, pero le conté
hasta donde la vergüenza
me lo permitió y él
entendió o hizo que
entendía y me dio la
baja. Vega, donde quiera
que estés te guardo mi
cariño, que la Caridad
del Cobre y la Virgen de
Fátima te protejan. Tú
sí me comprendiste. Tú
fuiste el padre que no
tuve.
Al día siguiente, ya con
mi cuarto asegurado y la
ropa que había comprado
a mis amigas de los
shows de Bejucal y
de Cojímar, más lo que
tenía de mis bacanales
con Andrés, salí a la
calle, por la noche,
claro está, como Fátima.
Me decidí porque siempre
he sido una persona
temeraria. No conozco el
miedo. El barrio me
reconoció y cuando
empecé a salir vestido
de mujer empezaron los
murmullos y los insultos
pero yo me hice de la
vista gorda. Los viejos
no me decían nada, eran
los jóvenes, los jóvenes
los que me gritaban
loca, descarrilada,
mamalona, ven que tengo
para ti; en fin, que
tuve que cruzar el
Niágara en bicicleta,
salté obstáculos de
candela y heme aquí,
dueña y señora de mi
vida, pero en el fondo
sola, sin Andrés, sin
amigos porque esta vida
da para comer y vestir
pero se las trae. Aquí
nadie quiere a nadie.
Esta es la pelea del
perro y el gato.
A veces me digo, le
echaría ácido muriático
a este barrio para que
no quedara nada. Y otras
veces, en mi cola del
pan, me reconcilio con
la gente, que en el
fondo sabe que mi oficio
es el más viejo de la
humanidad y que con
preservativos chinos no
se le hace daño a nadie,
al contrario.
Mira que me han dicho,
muchacha, con ese
cuerpazo vete a Miami,
ahí puedes trabajar de
modelo. Qué Miami ni qué
niño muerto. Cuando vi
las balsas en Cojímar,
en las mismas rocas, y
las mujeres con niños de
brazos que se iban a
lanzar a los tiburones
cogí pánico, terror
pánico y le dije a
Andrés, Andrés de mi
alma por ti lo he hecho
todo, me he vuelto una
bandolera, me he
prostituido pero yo ahí
no me monto. El me miró
a los ojos. Fue la
primera vez que me miró
a los ojos fijamente y
me dijo: allá tú,
corazoncito, porque lo
que es a mí aquí no se
me ha perdido nada. Caía
una lluvia torrencial y
yo iba vestido normal,
quiero decir de calle,
como hombre, pero
llevaba de todas maneras
mis pelucas que eran,
que son, qué diablos,
muy requetebuenas porque
me las manda Yanairma de
Roma, una amiga mía y de
Andrés, que se casó con
un viejo hotelero y que
vive de señorona en una
villa.
Entre la lluvia que no
me dejaba verle la cara
a Andrés y el
nerviosismo y la noche
que estaba cayendo me
turbé y salí corriendo
de ahí con tan buena
suerte que agarré una
guagua hasta La Habana
del Este a donde me bajé
y me guarecí en un
paradero con techo. Me
aflojé todo por dentro
pero no pude llorar. El
no iba a quedarse en
Cuba. Debía mucho dinero
y ya la policía lo tenía
chequeado: cartas de
advertencia,
peligrosidad, droga, el
diablo y la vela. El
caso es que yo me quedé
sola como Magdalena
mártir y dije para mis
adentros, ahora a vivir
la vida y a conocer la
verdad de la calle.
No voy a decir que no me
dieron una mano, me la
dieron pero a cambio de
pasarles clientes y de
otras cosas que no le
confieso ni a mi madre
si se arrodillara frente
a mí. Hay cosas que me
humillan, que por muy
desvergonzada que una
sea abochornan, pero hay
que echar pa´alante y el
que está en eso no lo
puede pensar dos veces.
Yo soy una tumba
egipcia, por eso vienen
a mí, ay Fátima, mi
hermana, contigo sí que
me desahogo porque tu
boca es un cerrojo. Y
así es. A mí no me verán
en la Rampa, ni en el
Coppelia, ni en la
puerta de los hoteles.
Yo aquí, en mi guarida,
o en la Fraternidad, que
es mi cuartel general,
porque en este oficio
hay que tener cojones,
si no cualquier noche,
debajo del árbol que uno
menos se lo imagina te
destripan y aquí paz y
en el cielo gloria.
Porque no pasa nada,
como eres una jinetera y
de contra travesti les
da igual que te repartan
en trocitos como a la
descuartizada de
Marianao o cuando menos
que te amarren a la
ceiba del parque que
tiene tierra de todos
los países de América.
Un parque limpio por el
día cuando no estamos
las lechuzas que lo
cagamos todo. Si esos
bancos hablaran...
Es verdad que las
piedras son mudas. Así
debían de ser las
personas. Pero no, la
lengua es el peor
enemigo del hombre. El
chisme es un castigo de
Dios a la desvergüenza
humana y a la falta de
respeto. Cuántas
amistades he perdido por
un enredo. Mucho más
cuando entra la envidia;
no se callan, qué va, no
se callan, eso es más
fuerte que nada, se
desbocan y vienen los
dime que te diré y hasta
he visto navajas sacadas
de las medias, tijeras
sacadas del ajustador de
estas alimañas que tengo
que ver todas las noches
para poderme rociar un
perfume y tirarme un
trapo bueno arriba.
El otro día la Fornés,
sí, una que se cree que
es la Fornés llegó muy
creída y le dio un
homenaje a la que ganó
un festival de teatro,
que se ha puesto un
nombre nuevo porque
algunas no respetan ni
el calendario y se
cambian de nombre como
de marido. Pues llegó
con una rabieta y la
otra que es flaca y fea
como un sijú le sacó una
navaja, sí señor, una
navaja y se formó un
salpafuera en el parque
que fue el acabose. Hubo
sangre, policía y todo.
Fátima, ve echando,
dale, zampa. Cogí la
guagua y me guardé en mi
mansión. Puse música de
Cheo Feliciano, me tomé
mi traguito de ron
bueno, añejo comprado
por mí, para mí sola y
me puse a pensar por
primera vez cómo sería
mi vida si yo saliera de
este nido de víboras.
Aunque ya estoy
acostumbrada a esto, ya
la rueda me cogió y
estoy señalada como
quiera que sea. Tendría
que encontrar a alguien
que me mantuviera, me
sacara de este cuartucho
y me diera lo que
necesito para estar en
forma. A estas alturas
no me voy a dejar caer,
primero muerta.
Como show-woman
me las arreglo. Estoy
considerada entre las de
primera línea porque no
doblo, canto con mi voz
y no imito a nadie.
Tengo un repertorio muy
variado; boleros,
rancheras, baladas
italianas, “Maravilloso
corazón maravilloso”, no
sé si la han oído, ese
es mi número de cierre
de cortina. No soy
Rosita Fornés ni Donna
Summer ni Isabel Pantoja,
soy Fátima en La Habana.
Si vuelvo atrás sería un
desgraciado porque yo
odio mi cuerpo, yo odio
mi cara de hombre, la
poca barba que tengo y
hasta mi propia voz. Lo
que menos me gusta es mi
voz, si pudiera pedirla
prestada o comprarla me
compraba la de Daisy
Valmas, la locutora del
canal de por la tarde.
Qué voz tan linda tiene
esta muchacha, se la
envidio. Así que atrás
ni para coger impulso.
Lo único que me gusta de
mí es mi piel. Yo tengo
piel de melocotón.
De mujer sí me gusto, es
otra cosa, me veo
diferente, hablo con más
naturalidad, me siento
en mi piel como el pez
en el agua. Eso no todo
el mundo lo comprende.
Hay que meterse dentro
de uno que es como se
sabe de verdad, ese es
mi problema, el mío. Y
quién soy yo para
pedirle a nadie que pase
una escuela.
Hay quien vive una doble
vida, como yo antes.
Quien se viste solo para
trabajar o para
divertirse. Yo no, ya lo
mío es una naturaleza,
lo he asimilado así. No
me siento bien de
hombre, no me concibo.
Me gusta que me hagan
las cosas, que me
chiqueen, perfumarme,
maquillarme ¿qué es esto
madre mía? ¿Por qué
habré nacido así? El
mundo está al revés,
nadie tiene la felicidad
completa. Gracias a Dios
tengo mi fe, mi voluntad
y mucha energía
positiva. Me concentro
profundamente y nadie me
puede convencer de que
soy un hombre. Soy un
caso, está bien, pero no
me arrepiento. Me gusto
así, como mujer, aunque
a veces se me sale el
Manolo que llevo dentro.
Cuando estoy ante la
bóveda espiritual mucho
rato pido por mis
antepasados difuntos,
elevación y paz, energía
y misericordia. Lleno el
cuarto de flores blancas
que despejan mucho y
hasta he caído en trance
varias veces pero no me
acuerdo de nada. Me
dicen que vengo como una
monja, con mucha
serenidad, yo que soy un
volcán. No me conozco.
Otras veces se me monta
el espíritu de un congo
llamado Ramón y me sale
una voz ronca. Lo mío no
es teatro, lo mío es un
tratado muy viejo.
Teatro el de una
descarada que ha venido
aquí a decir que a ella
se le monta el espíritu
de Rita Montaner y que
baja cantando “El
Manisero”. Esa aquí no
tiene entrada.
En bóveda me transformo
como cuando estoy en la
pista. Solo que pierdo
la memoria pero hasta de
espíritu me gusta venir
al plano tierra como
mujer, es mi letra. Por
eso digo que el mundo
está mal hecho y que
Dios me perdone.
El peor mal rato que he
pasado en mi vida fue
cuando en casa de Olena
Valle, la muertera, caí
en trance por primera
vez. Me bajó un indio
apache que está conmigo
también y viene a
caballo. Cuando él va a
bajar me entra una
corriente extraña en la
cabeza y se me ponen las
manos y las muñecas
moradas; el cuello se me
inflama y las venas
también. Viene con mucha
candela y puedo
destruir, llevarme lo
que se me ponga por
delante. Olena es una
tumba egipcia como yo y
no suelta nada. Lo de
ella es ver y callar y
sobre todo tratar de
quitarme ese muerto
antes de que acabe con
la quinta y con los
mangos.
Pero esa vez no pudo,
parece que porque él se
inauguraba en esa casa y
quería lucirse. Yo iba
con una peluca negra
nuevecita, francesa
ella, más suave y sedosa
que las que me mandaban
de Italia. Y la peluca
se quedó en la casa,
quién sabe dónde porque
yo salí de ahí tarde en
la noche toda
desmelenada; era un
despojo humano.
¡Qué vergüenza, madre
santa! aquellas mujeres
cogidas de la mano en
oración y yo con ellas
que ni sospechaban mi
verdadero sexo y de
pronto el indio maldito,
jodedor, venirme a
encuerar allí montado a
mi caballo y dando
alaridos.
Más nunca volví a casa
de Olena Valle. Esas son
las cosas que me ponen
mal, que no me debían
pasar. El espiritismo lo
saca todo, es más fuerte
que un siquiatra. El
muerto no se deja pasar
una y no cree ni en su
madre, no respeta.
Cuando hay rueda
espiritual voy de hombre
o no llevo peluca, me
dejo el pelo que Dios me
dio que total no es
corto y es mi pelo
aunque nadie está
conforme con lo que
tiene. Por eso digo que
el mundo está mal hecho.
Mi único deseo es volver
a nacer como lo que soy
como espíritu, no como
lo que soy como cuerpo.
Mal hecho es poco. El
mundo está al revés.
Lo veo venir todo. Ver y
sentir son cosas
diferentes. Hay quien
siente corrientes
eléctricas, quien se
eriza de pies a cabeza,
quien se paraliza, o a
quien incluso la halan
los pies en la cama. Lo
mío no es eso. Yo veo.
Veo sobre todo muchas
monjas reunidas en un
convento rezando o
envueltas en gasas
bajando de las nubes o a
la intemperie hasta que
caen y se vuelven humo
en el espacio. Dicen que
es por complejo de culpa
que yo veo tantas
monjas. Es posible
porque al final es
verdad que estoy en algo
prohibido pero tengo que
comer. He tratado de
venir al plano tierra
como monja: me pongo a
rezar, me concentro,
tomo valeriana, hoja de
tilo, llantén, cañasanta,
pero nada; siempre
vienen a caballo el
congo Ramón o el indio
de las películas
americanas. En ese
sentido soy una
desgraciada. Pero al que
no quiere caldo tres
tazas, o ¿no es así?
Que se haga la voluntad
de ellos que son mi
cuadro espiritual y
hasta ahora no me han
hecho daño, al
contrario, me han dado
fuerza y seguridad.
Están conmigo a todas
horas.
Veo a mi abuela
asturiana planchando
ropa blanca de casa de
ricos. Es lindísimo
porque la veo planchar
con una serenidad y
luego tender la ropa en
unas tendederas largas
que se pierden en el
horizonte. Me encanta
ver a mi abuela Pilar.
Veo también muchos
ángeles, como una danza
de ángeles; y cuando
cuento esto se me ríen
en la cara aunque ellas
dicen que son artistas,
para mí que son unas
orilleras de apéame uno
que lo único que saben
es comprar pelucas
usadas, pestañas baratas
y medias caladas.
Pero cuando yo digo que
veo algo en el ambiente
se espantan porque me
tienen un respeto... Y
es que donde yo pongo el
ojo pongo la bala.
Olena Valle es una de
mis mejores amigas. Esa
sí que no tiene pelos en
la lengua. La tengo como
a una segunda madre. Le
digo, Olena, tú eres mi
cura confesor. Ella se
ríe pero sabe que no le
miento. Cuando estoy
triste, pocas veces
porque yo no me dejo
caer, acudo a ella.
Pañito de lágrimas,
vengo porque estoy con
el moco caído. Muchacha,
deja eso, vamos a hacer
oración y tú verás cómo
sales de ese hueco.
¡San Judas Tadeo,
hacedor de lo imposible,
Fátima de mi alma!, y me
alivio, es como si
cogiera aliento.
Olena me conoce bien
porque cuando aquí la
caña estaba a tres
trozos hizo la calle y
hasta cayó en el barrio
de Colón con las
hermanas Aspirina, que
según ellas eran las que
le aliviaban la cabeza a
los muchachos de buena
familia. Me ha hecho
unos cuentos divinos, ni
en el circo se ven
tantos fenómenos. El
mejor de ellos es el de
un chofer de taxi
cienfueguero que iba
siempre a verse con una
guajirita del bayú amiga
de ella. El chofer iba
con frecuencia hasta un
día en que la matrona le
llamó la atención porque
se demoraba horas en el
jaleo de la guajirita.
Con clientes así el
negocio no daba
resultado. La matrona da
un golpe en la puerta y
se lo encuentra vestido
de mujer. ¡Qué fue
aquello, la comidilla
del barrio! La
guajirita, claro está,
encantada porque el
hombre pagaba la hora
extra y el showcito
por debajo de la mesa.
El mismo caso de mi
piloto gallego. Vivir
para ver.
Olena me dio siempre
buenos consejos sobre
Andrés. Ella no lo
tragaba porque sabía de
la pata que cojeaba.
Pero poco fue el caso
que le hice, la verdad.
Esa ha sido mi cruz.
Me entretengo en los
shows. Yo misma me
monto mis números y me
maquillo. Maquillarme no
me cuesta trabajo. El
labio de arriba es el
más problemático porque
si el lápiz se desliza
un poco el labio queda
disparejo. Una pintura
corrida es lo más feo
que hay. Da abandono y
suciedad. La boca tiene
que ser perfecta. Odio
las boquitas de corazón
pero más las de pescado.
Naomi Campbell tiene
boca de pescado por eso
la encuentro fea. Yo me
hago un dibujo parejo,
acorde a mi labio
natural aunque lo
acentúo un poco porque
el labio fino no gusta,
dicen que es de gente
mala y chismosa; labio
de buzón. El labio
carnoso tiene su
inconveniente, no sé,
hay a quien no le hace
gracia tanto pellejo.
Tengo la suerte de tener
labios muy bonitos y
rosados natural. Un
labio desteñido; ese
labio que se confunde
con el color de la cara,
que no se ve, es
feísimo, da la impresión
de que uno tuviera una
media puesta en el
rostro. El labio y las
cejas son fundamentales.
Las cejas porque
pronuncian la mirada y
dan el quid de la
conversación, y el labio
porque habla solo. Una
boca bien pintada y con
una buena administración
puede conquistar el
mundo. Nunca he imitado
a nadie pero si alguien
habla con los labios,
los mueve a su antojo es
la Fornés, ésa es la
campeona de las
boquitas, a ella sí me
rindo porque es un
magisterio. ¡Quién
hubiera sido ella!
Si tengo que ensayar
algo lo hago en casa de
Olena, total, para qué
le voy a dar ideas a
nadie; son imitadoras,
no tienen originalidad.
Lo de ellas es doblar y
parecerse a fulanas o
menganas. Lo mío no, yo
me he fabricado mi
propia personalidad como
artista. Olena misma,
por ejemplo, me enseñó
el belly dance
que es el baile del
ombligo. En eso no hay
quien me gane. Es medio
hawaiano pero con el
sabor tropical, no como
lo hacía la Josephine
Baker que según sé era
muy sofisticada, la
época, claro, ahora se
puede hacer más, se
lanza una hasta que la
gente se canse o te
chifle para que hagas
cualquier otra cosa. A
mí me han chiflado, me
han dicho botija verde,
me han tirado semillas,
tomates, de todo, pero
yo como si conmigo no
fuera. Si me regalan
algo lo cojo, qué
carajo, si vienen a
divertirse que suelten,
que el trabajo cuesta
dinero. Todavía la moda
de la propina aquí no ha
llegado, estamos detrás
del palo... Ya
entenderán... Aunque
algunos te ponen ya un
chavito entre los senos.
En este giro hay de todo
como en botica. Está la
engreída, la anciana que
no se deja caer, la
francesita, ligera ella
y de cuerpo muy delgado,
la criolla, que no
abunda porque ellas
quieren ser extranjeras
todas; la española a lo
Sara Montiel o Isabel
Pantoja, cualquier cosa
menos lo que son. Ahí es
donde yo me distingo. Yo
soy yo.
Ninguna te confiesa lo
que hace con su cuerpo.
Te dicen tengo un
amante, un novio, un
enamorado, o mi marido
tal o más cual cosa y
muchas trabajan la calle
como yo porque del
espectáculo no se puede
vivir.
La soviética, bueno digo
la soviética porque así
lo conocen, esa sí que
es un libro abierto.
Ella a veces sale
conmigo y me presenta
sus clientes, todos
hombres bastante
mayores, tembas y viejos
viejos de verdad. Ella
dice que son los que
mejor pagan y los menos
exigentes. Katiuska,
cómo tú te puedes tomar
ese purgante. Y es que
la rusa tiene el
estómago de acero.
Son hombres desahuciados
que no pueden ir con
mujeres y que la chola
se les enfermó. Van con
ella porque es gorda y
bajita y de todas
nosotras es la que más
da el tipo de mujer. Si
ella no se maquillara
tanto y no se pusiera
peluca, con su cara de
torta y su pelo rubio
natural daba una mujer
medio tiempo igual. Pero
ella se unta de todo
para cubrirse los
cañones y cuando suda
aquello es un espanto;
se le cae la base y se
le ve la barba que a la
pobre le crece con una
fuerza...
Olena y Katiuska son
íntimas, excepto en el
espiritismo. Katiuska es
atea, según ella pero va
a las sesiones y se
entrena. Ella dice que
quisiera creer pero que
no ha visto ni oído
nada. Ni en el arte ni
en el espiritismo se
destaca la muy bruta, no
se deja llevar, se
tranca pero es legal y
yo prefiero a una amiga
así que a una bandolera
o una farsante que son
las que abundan. Si le
hablo de Andrés me
insulta. Ella lo detesta
porque dice que yo me
dejo explotar. Me lo
dice en mi propia cara.
No anda con rodeos, pero
a mí, la verdad, me
entra por un oído y me
sale por el otro.
¿Por qué será que a
nadie le he hecho caso?
¡Qué fuertes son los
sentimientos! Andrés me
llamó a casa de la China
Ilán, el peluquero de la
calle San Lázaro que
dicen que es el decano
de los travestis de Cuba
porque por los años
cuarenta ya era famoso
en París y Hamburgo. Fue
el catorce de febrero de
este año, una fecha muy
señalada. En mi covacha
no tengo teléfono, tengo
cucarachas, goteras y
también perfumes
franceses, y mi ropa de
pista, pero no tengo
teléfono, así que fui a
carenar a casa de la
China para esperar su
llamada. Me corto las
venas que algunos de sus
amigos se lo aconsejó.
El se fue con unos
cuantos de ellos. Todos
aquí eran tiburones pero
allá ninguno ha
levantado cabeza. Me
entero de lo que pasa en
Miami porque tengo la
desgracia de que me lo
vienen a soplar.
Manolo, Manolito, tú me
oyes; esta vez yo no
podía contestar, solo
quería oír su voz que se
me derretía por dentro y
al tercer Manolo le
dije, soy yo mi vida qué
tú quieres. Te llamo
para felicitarte por el
día de hoy y para
decirte que estoy
jodido, que te extraño y
que necesito que me
mandes algo con la madre
de el Gato, que va a ver
a su hija, la que
trabaja en la casa
comisionista de Zanja y
Galiano, tú me oyes,
Manolo, no te quedes
mudo que me estoy
comiendo un cable.
Colgué porque tenía las
lágrimas en los labios y
no podía hablar, ni
tragar, ni nada. Unas
lágrimas ácidas y tibias
que no pude llorar
cuando se fue con los
balseros. Le mandé unos
dólares y en el fondo
maldije la hora en que
lo conocí porque a mí el
que logra correrme el
maibelline me la
paga caro. Pero yo no me
quiero porque daría
cualquier cosa por
volverlo a ver.
A mí me dicen la
extraterrestre por mi
labia y porque me gusta
mi país. Nuestro vino es
agrio pero es nuestro
vino. Aquí la cosa no es
suave, cuando dicen a
cogerla con una... me
piden el carné de
identidad, me llevan a
cada rato a la estación,
me buscan la boca, pero
cuando están solos se
ponen a hablar conmigo
de lo más campantes y
hasta me han dado la
razón muchas veces. Yo
podría ser abogada o
senadora porque
convenzo. Cuando ellos
van a hacer recogidas
soy la primera en
enterarme y si me cogen
les digo, mira hijo, qué
daño le hago yo a la
sociedad, si es que le
presto un servicio. Daño
hacen los delincuentes,
los rateros que
persiguen a los turistas
para arrancarles un
bolso o una cámara de
video; esos son el
cáncer de la sociedad,
no quieren trabajar y se
pasan horas y horas
sentados en las
esquinas, inventando,
con las camisas
abiertas, hablando
basura, arreglando el
mundo con mucha
filosofía barata y con
la lengua sucia. Esos si
le venden su alma al
diablo, roban gasolina,
carne de res, lo que
puedan. Yo me tengo que
buscar la vida y no
tengo tiempo para
aburrirme ni para estar
en una esquina
mariposeando. A mí no se
me enfría el cuerpo ni
se me mosquea.
Cuando engancho a un
viejo de esos que llegan
desahuciados de sus
países, viejos babosos,
pero paganos, les doy
cariño, les digo qué
inteligente tú eres,
chico, qué piel más
suave y blanquita, a ti
no te salen arrugas, tú
debes haber sido un
castigador de joven, y
se ponen loquitos porque
nadie les habla así, ni
sus mujeres, ni sus
hijos que ya no quieren
saber de ellos. Uno me
confesó que hacía veinte
años que no tocaba a su
mujer y que sus hijos
vivían en no se dónde y
que casi nunca los veía.
¿Qué vida es esa?
Entonces que no me digan
que hago daño a la
sociedad, lo que hago es
humanismo, yo debía ser
trabajadora de bienestar
social porque hay que
ver lo que es zumbarse a
un viejo de esos y
todavía reírles la
gracia. No la paso tan
mal, me pongo al día en
muchas cosas y hasta
practico los idiomas.
Tengo cuatro que son
puntos fijos; un
italiano, Giovanni, un
sueco, Lasse, y dos
Pepes, bueno, dos
españoles. Vienen todos
los años a verme. A
oírme y a contemplarme.
Se les cae la baba
conmigo, entonces,
¿tengo o no la razón?
Ese no es el público de
los shows, qué
va, allí no caen porque
tienen terror de que los
vean. Son babosos y
cobardes porque el
show es de calidad y
nosotras no andamos en
nada sucio. Pero ellos
vienen de turistas y no
quieren buscarse
problemas, quieren pasar
de incógnitos.
Les gusta la película,
bromean, joden como
carajo pero pagan tragos
y se divierten. A veces
el tiro les sale por la
culata como le pasó a un
empresario español que
fue al estreno de una
revista en homenaje a
Rocío Durcal y se
enganchó con un
guajirito que estaba
aprendiendo a
desenvolverse, monísimo
él, creo que de Pinar
del Río, y el español se
cogió fuerte al punto
que lo sacó de allí y lo
quiso reformar pero el
guajirito tiraba pa’l
monte de todas maneras y
la fiesta se acabó mal.
La mujer del español se
enteró de los
acontecimientos y fue a
darle un homenaje al
guajirito en vez de
arreglar el asunto con
el marido. El guajirito
ya despuntaba como
travesti, se había
depilado, se inyectó
hormonas, se empezó a
poner silicona, en fin,
ya era uno más de la
cuadrilla y tenía
marido. La pobre mujer
salió desplumada de allí
porque se atrevió a ir
al antro, que es como le
dicen al teatrico ese de
Bejucal y entre el
guajirito y el marido la
pusieron de vuelta y
media. Digo la pobre
porque ella no fue en
son de guerra. Lo que
ella quería era
verificar si era cierto
que su marido estaba
coqueteando con la
Salmón que es como le
dicen al guajirito
porque es medio
pelirrojo y pecoso a más
no poder. A veces el
antro se pone al rojo
vivo pero nosotras
mismas somos las
apaga-fuego. Por lo
demás, es un lugar
bastante tranquilo. Yo
estoy por creer que
además de artistas
nosotras somos bomberas.
Cuando llegó el Papa me
vestí con lo mejor que
tenía y me paré en la
esquina de Paseo y 23
con dos de mis amigas
íntimas. Hubo quien me
preguntó si yo era de
las camareras de no se
qué congregación porque
como señora doy una
señora muy respetable y
llevaba un vestido
beige brocado y un
crucifijo grandísimo,
que era de mi abuela. El
Papa me encantó. ¡Qué
numerito! Ese Papamóvil
todo forrado en
terciopelo rojo con
visillos dorados y aquel
cardenal sentado atrás
tan regio. A mí que me
quiten lo bailao porque
del tiro, en la
apretujadera aquella
ligué a un alemán y
todavía me está regando
alpiste. Me lo llevé en
la golilla porque hay
que salir a la calle,
echarse fresco con un
abanico, como en la obra
Aire Frío, y salir a
buscar. Nadie te va a
venir a coronar a tu
casa. Si me quedo
encerrada me deprimo y
me pongo a pensar en las
musarañas, aunque cada
día pienso menos. Me he
vuelto un poco
materialista.
No tengo bandera. Igual
voy con un Pepe que con
uno del patio. Con el
que mejor me trate, por
supuesto y no me
enamoro, no puedo darme
este lujo. Ahorro eso
sí, para poderle mandar
algo a ese desgraciado
que no acaba de levantar
cabeza porque no sabe
freír un huevo. Voy
tirando hasta ver si
puedo entrar en algún
teatro, o en turismo
cultural, de animador
para poner a descansar
un poco a mi pobre
culito. Me he
acostumbrado a un tren
de vida alto. Y no sé si
ya sea demasiado tarde
para dar marcha atrás.
Hijo, en qué tu andas,
porque yo le llevo de
todo a mi madre cuando
voy a verla a Madruga, y
le contesto, artista,
mami, yo soy artista. No
te metas en nada malo
hijito, dime de dónde tú
sacas este dinero, tú no
estarás en cosas raras,
¿verdad?, dime que no.
Mami, yo soy artista y
me defiendo. Trabajo en
casas particulares y me
pagan bien, no me
jorobes más y coge eso
que ya tengo bastante
con mi vida para oír tus
descargas. Mi madre es
todo para mí, una madre
es lo más grande que hay
y a veces no tengo
cara...
La droga es mi miedo. El
que entra ahí no sale
más. Dios me libre.
Aunque estoy premiada
porque en aquel parque
hay quien ha cogido su
hierbita y hasta su
coca. Pero a mí no me
nace. La marihuana me da
por reírme y la coca
nunca la he probado. Soy
de perfumes caros,
zapatos de tacón
militar; ese es mi vicio
porque ni joyas. Me
gustaría tener una
esmeralda colombiana con
muchos jardines porque
esa es la piedra de mi
signo zodiacal. La he
pedido muchas veces pero
nadie me ha complacido.
Ay, Cuba, qué será lo
que me espera cuando
llegue a vieja. No
quiero ni pensar.
Caridad del Cobre
apiádate de mí. Soy hija
de la noche por eso me
gusta La Habana. Que no
te modernicen nunca
porque me pongo a
llorar. Eso lo escribió
Bola de Nieve en un
cartel que hay en la
Bodeguita del Medio, a
donde voy mucho y donde
me conocen como Madonna.
Nadie sabe allí que mi
nombre de guerra es
Fátima y mucho menos que
me llamo Manuel García,
como el Rey de los
campos de Cuba. Nadie
sospecha tampoco que ya
tengo cuarenta y seis
años cumplidos y que soy
la veterana del primer
escuadrón de travestis
habaneras. Tengo la piel
suave y aparento unos
veintiocho o treinta
años. Nunca me han
echado uno de más. De
eso vivo orgullosa
porque con lo que yo he
traqueteado es para que
estuviera hecha un
guiñapo. Me he sabido
cuidar. Mi sueño es
debutar en un teatro
importante de este país
y no perder más tiempo
en tarimas de mala
muerte.
Después de todo el halo
rosado que la gente me
ve por la mañana cuando
salgo a la calle, no
está ahí por gusto. Mi
oportunidad llegará.
Tengo paciencia y sé
esperar. ¿Quién me iba a
decir a mí que iba a ver
al Papa de cerca? Y lo
vi con estos ojos que se
va a comer la Tierra. Ya
nadie me lo puede
contar, lo vi, porque
todo está escrito en el
libro de la vida, hasta
el día en que uno se va
a morir. El metro de La
Habana lo inauguro yo.
Si no, ver para creer.
Lo que hay que ser es
optimista aunque te
pasen carretas y
carretones. Y yo lo soy.
Cuando caigo en baja me
voy al muro del malecón
a la caída de la tarde y
me pongo a contemplar la
puesta de sol. Hay días
en que el sol se hunde
en el mar y se pone rojo
como fuego, otros días
en que se pone blanco y
deja unas vetas color
violeta que son una
belleza. Me extasío con
eso y digo ¡qué ancho es
el horizonte!, para qué
me voy poner triste. Si
alguien me llama y me
conviene voy si no los
dejo pasar para que no
crean que estoy pidiendo
el agua por señas. El
malecón es mi siquiatra
y no me cuesta nada. Me
siento ahí sola y me
pongo a pensar en las
musarañas, que si
tuviera un piano de
cola, que si me
encontrara con alguien
que me llevara a una
premiere de gala en
Hollywood para
estrenarme un vestido de
lamé verde, bueno tantas
cosas que para qué.
Soñar tampoco cuesta
nada. Me pongo hecha una
idiota pero despierto
enseguida, tampoco crean
que me hago demasiadas
ilusiones. Optimista sí,
porque las conozco con
el moco caído que
terminan muy mal, o se
cortan las venas o se
prenden candela. Yo
tengo mis alicientes y a
mano. Me gusta
coleccionar muñecos de
peluche, ositos,
perritos, conejitos,
gatos persa; muñecas de
biscuit tengo dos, una
cubana y otra española;
la española es la más
linda pero tiene la
nariz estropeada, pero
yo la quiero así, es mi
amuleto; ¡ah! y tengo mi
colección de pomos de
perfume franceses de
marca, todos vacíos pero
son tan bellos que yo
con leer las etiquetas
tengo: Coty, Lanvin,
Lancome, Nina Ricci, ¡me
basta! Así me doy yo
misma cuerda para seguir
en la lucha. Porque esto
sí que es luchar. Aquí
no se puede perder ni un
minuto porque la barriga
no perdona. Miren si yo
soy optimista o loca
quien sabe, que ayer me
levanté con una mano
alante y la otra atrás y
cogí la calle con una
alegría que yo misma me
decía, mira que tú estás
loca mujer, de qué te
alegras si no tienes ni
un kilo prieto y es que
hay días así y ayer yo
estaba contenta sin
saber por qué. Otros
días estoy en el piso y
con dinero en la cartera
y teléfonos a donde
llamar y todo. Pero es
que la cabeza no hay
quien la arregle. La
cabeza es como el mundo
que un día está boca
abajo y otro día boca
arriba. ¿Quién entiende
eso? Nadie.
Cuando amanezco con el
Manolo subido soy una
bestia. No se me puede
tocar. Eso me pasa a
veces, aunque cada vez
menos; ya me he hecho la
idea de que soy quien
soy y me quiero así. He
aprendido a controlar
mis arranques. Yo creo
que ya me estoy
acostumbrando a coger
las cosas como vienen
pero sin dejar de soñar.
Estoy ahora mismo en una
racha mala que no se lo
confieso a nadie. El
otro día una que lee la
mano me dijo que veía
peligro, que había una
sombra que me perseguía
y que yo tenía letra de
Ochosi, vamos que iba a
caer presa si no me
recogía un poco, a lo
mejor vio algo que yo no
presiento, quien sabe.
Por si acaso yo me baño
con flores blancas y
hago mis oraciones. Ya
vendrán tiempos mejores,
¿verdad?
En mi pueblo dicen que
siempre que llueve
escampa. Si de niña se
me apareció la Virgen de
Fátima, por algo será.
La noche sí no me falla,
ella está ahí y es mi
reino.
¡Ay Habana, paraíso
encantado! Fátima no se
rinde, Fátima es
inmortal.
Este cuento obtuvo el
Premio Internacional de
Cuento Juan Rulfo, 2006.
Miguel Barnet:
(1940) Escritor,
etnólogo, poeta.
Presidente de la Unión
Nacional de Escritores y
Artistas de Cuba
(UNEAC). Es graduado del
Primer Seminario de
Etnología y Folclore
impartido por el
etnólogo y musicólogo
Argeliers León en 1960.
Formó parte del grupo
fundador de la Academia
de Ciencias de Cuba e
integró el primer equipo
de trabajo de su recién
creado Instituto de
Etnología y Folclore. En
1995, crea la Fundación
Fernando Ortiz, de la
que es Presidente. En
1966 publica su libro
Biografía de un cimarrón.
Su bibliografía exhibe
los siguientes títulos:
La piedra fina y el
pavorreal, Isla de
güijes, La sagrada
familia, Orikis y otros
poemas, Carta de noche,
Mapa del tiempo, Viendo
mi vida pasar, Con pies
de gato y Actas
del final (poesía).
Autógrafos cubanos,
La fuente viva y
Cultos afrocubanos
(crónica, ensayo,
monografía). Akeké y
la jutía (fábulas
cubanas). Biografía
de un cimarrón, Canción
de Rachel, Gallego, La
vida real y
Oficio de ángel
(novelas–testimonio). Ha
escrito guiones de
varios documentales
cinematográficos y de
los conocidos
largometrajes cubanos
Gallego, basado en
su novela homónima, y
La Bella del Alhambra,
inspirado en su novela
Canción de Rachel
y premiado en el
Festival Internacional
de Cine de La Habana,
así como en otros
certámenes
internacionales. Ha
participado en
congresos, eventos
literarios, recitales de
poemas de su propia
obra, y ha impartido
conferencias en
universidades de Europa,
EE.UU., América Latina y
África. En 1996 recibe
el título de Máster en
Historia Contemporánea
que otorga la
Universidad de La
Habana, y en febrero de
1997, a propuesta de la
mencionada institución
de altos estudios, la
Comisión Nacional Cubana
de Grados Científicos le
otorgó el título de
Doctor en Ciencias
Históricas. Ha recibido
numerosas distinciones
en Cuba y en el
extranjero, entre las
cuales destacan: Premio
Nacional de Literatura,
1994. Distinción por la
Cultura Nacional.
Medalla Alejo
Carpentier. La
Giraldilla de La Habana.
La orden Félix Varela de
Primer Grado. La
distinción Juan
Gualberto Gómez. Premio
García Lorca de
Andalucía, España.
Medalla de la Ciudad de
Colonia, Alemania.
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