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En 1961, cuando
Ediciones El Puente era
solo un proyecto,
Gerardo Fulleda León
estudiaba en un
seminario de Dramaturgia
en la Plaza de la
Revolución. Allí
estrechó por primera vez
la mano de algunos de
los integrantes del
grupo. Y fue justo en
ese instante, sin tener
conciencia de ello, que
su vida cambió para
siempre.
Después vendrían las
pruebas de galera, la
publicación de sus
poemas, cierta foto en
la calle Obispo, los
libros, los paseos por
la Rampa, el feelling,
los jardines de la
UNEAC, la Cinemateca,
los versos arrojados al
mar desde el Malecón de
madrugada, la sonrisa
cómplice de Virgilio,
los duelos a tinta y
siempre, a pesar de
todo, la poesía.
Hoy, luego de cinco
décadas, en su casa de
sobrio decorado y
motivos afrocubanos,
mestiza como él mismo,
Fulleda (dramaturgo,
investigador y director
teatral, Premio Casa de
las Américas en 1989)
accede a conversar sobre
aquellos cuatro años,
quizá los más intensos
de su vida. Sobre lo que
fue, más que un sello
editorial, un grupo de
jóvenes que tuvo una voz
común, por diversa;
autónoma, por
comprometida; y, por su
mirada diferente de una
realidad convulsa, en
muchos casos
incomprendida.
¿Existía una conciencia
de grupo entre los
miembros de El Puente?
Creo que se fue
formando. Había una
necesidad de expresión
de sus dos principales
fundadores: la narradora
Ana María Simo y el
poeta José Mario
Rodríguez. Por otra parte,
una necesidad de dar voz
y espacio a los jóvenes
creadores. No quería
decir que no existiesen
otros lugares que
estaban propiciando
esto, como Prensa
Libre, donde yo
había publicado poemas,
y el suplemento Lunes
de Revolución, donde
estaban a la cabeza,
entre otros, Cabrera
Infante y Virgilio
Piñera, quien creó un
espacio para el cual
publiqué sin conocer
todavía El Puente. El
periódico Hoy
también
había comenzado a
interesarse también por
los jóvenes, mientras
que, Emma Pérez, una
intelectual
antiizquierdista, lo
hacía también desde
Bohemia.
En ese momento yo
limpiaba pisos en la
Estación Experimental
Agrónoma, mi primer
trabajo con el estado,
pero escribía poemas y,
embullado por unos
amigos los envié a
Lunes y lo
publicaron en la sección
“A partir de cero” que
comandaba Virgilio. Cuando me
publicaron la obra de
teatro, estaba muy
contento, llevé el
periódico al trabajo y
un estudiante de
ingeniería, Hernández
Sabio
—quien luego estrenó
varios textos—
me habló del Seminario
de Dramaturgia del
Teatro Nacional que
habían organizado Mirta
Aguirre y Fermín Borges.
Allí conocí a varios de
los miembros de El
Puente: a José Mario, a
Santiago (Héctor) Ruiz,
Maité Vera, a
José R. Brene, Eugenio
Hernández. Les llamó la
atención que yo había
publicado en Lunes,
porque casi todos
ellos eran inéditos.
José Mario entonces me
habló de su proyecto
para editar.
La Biblioteca Nacional
se convirtió en el
centro de reunión y el
lugar donde se comenzó a
encaminar el proyecto de
José Mario y los otros
jóvenes, quienes no
estaban conformes
simplemente con la
existencia de
aquellos pocos espacios
en la prensa. Con algún
dinero proveniente de la
ferretería de su padre y
otro de las obras
infantiles que ya
escribía José Mario para
un teatro de Marianao,
empezó las
publicaciones. Yo, que
había comenzado a
estudiar en el Instituto
de La Víbora, y tenía
ahorrado un dinerito del
trabajo, le di a José
Mario 80 pesos para la
publicación de mis
poemas, aunque él me
insistió en que no hacía
falta.
Empezamos a reunirnos en
cualquier lugar, en la
Unión, por ejemplo, que
se había fundado después
del I Congreso Nacional
de Escritores y Artistas
Cubanos.
Conversábamos,
discutíamos Mario Balmaseda, Eugenio
Hernández, Ana Justina
Cabrera y los otros. Del
grupo de quienes
habíamos obtenido las
becas del Seminario de
Dramaturgia también se
fueron integrando
algunos. El vínculo
nació orgánicamente, de
la pujanza, la libertad
y la posibilidad de
expresarnos que
sentíamos con la
Revolución. No teníamos
idea precisa sobre lo
que queríamos pero ante
sucesos como los de
Vietnam, todos queríamos
que nos dieran un fusil
para irnos a la guerra.
En cuanto a la
literatura, lo que
pretendíamos
sencillamente era
expresarnos. No puedo
afirmar que teníamos un
claro concepto de lo que
queríamos decir, sino el
deseo de reflejar la
realidad, lo que
estábamos viviendo,
nuestros intereses y
aspiraciones. Entre
nosotros, Ana María,
periodista, una mujer
muy clara, era quien
tenía una formación más
sólida,
pues muchos cursábamos
todavía el bachillerato.
Comenzamos a leer, sobre
todo lo sugerido a
partir del seminario de
Dramaturgia, donde
impartían clases
Retamar, Carpentier y
una lista de profesores
increíbles. Nos fuimos
motivando en serio, y
leíamos como locos. En
el Seminario yo ganaba
132 pesos por estudiar y
además de comprarme ropa
nueva todos los meses,
llené mi casa de libros.
El deseo de leer nacía a
borbotones y a la vez
nos íbamos a la
biblioteca, a conciertos
y exposiciones, íbamos a
escuchar a Bola y Elena
a El gato tuerto, nos
reuníamos en las
concentraciones
populares, como aquella
en la que se declaró el
carácter socialista de
la Revolución. En Bellas
Artes, Guillermo Cabrera
Infante dictaba
conferencias sobre cine,
y allá íbamos cada
sábado, porque queríamos
absorberlo todo.
En medio de esto,
evidentemente,
comenzaron las primeras
discusiones, los debates
sobre los principales
estetas y pensadores que
nos impresionaron:
Fanon, Césaire, Marcuse,
Fidel y el Che.
Debatíamos,
intercambiábamos, y eso
nos fue formando. No
éramos tan ingenuos,
pero sí un poco
idealistas al creer que
la Revolución era la
varita mágica que
vendría a arreglarlo
todo, que teníamos el
cetro en la mano. No se
puede decir que fuimos
insolentes, pero sí que
éramos poco conscientes
de lo que estábamos
viviendo. Tratábamos de
disfrutar de aquel
momento en todas las
formas, hasta las más
inimaginables. En medio
de eso, de aquellas
reuniones hasta las
madrugadas en cualquier
lugar de La Habana, de
las lecturas —que podían
llegar a 50 o 60 libros
al mes—, de los
intercambios de textos
para publicar, se fue
creando la conciencia,
el sentido de crítica,
superación y desarrollo.
Próximamente saldrá un
trabajo en la revista
Unión, de José
Mario, muy ingenuo, pero
a la vez tan hermoso y
revolucionario, que
puede dar una idea más
justa de El Puente,
teniendo en cuenta todo
el debate que se generó
con posterioridad.
También está el
Manifiesto, que expresa
el carácter abiertamente
revolucionario del
proyecto, pero a la vez
con un sentido tan
liberal que, por
supuesto, llevó a El
Puente a una serie de
contradicciones y
contratiempos.
A esto se unió la
presencia del Black
Power en EE.UU. A
pesar de que nos
interesaba mucho lo que
estaba pasando en ese
país, no queríamos
trasladar el Black
Power a Cuba, y
parece que eso no se
entendió. Lo que nunca
hubo entre nosotros fue
distingos por la
procedencia:
Georgina
Herrera era negra,
limpiaba en una casa,
pero llevó unos poemas
increíbles que nos
deslumbraron a todos,
como los de Reinaldo
Felipe o
Nancy Morejón.
Nuestras procedencias,
criterios y color eran
diferentes, pero lo que
importaba era la
juventud, el talento y
el deseo de trabajar por
formar un movimiento de
creadores que estuvieran
por la Revolución.
El Puente quizá haya
sido una de las
experiencias más
inclusivas de la cultura
cubana en aquel momento.
¿Cómo funcionaba entre
ustedes ese respeto a la
diversidad?
Muy joven, en Santiago
de Cuba, supe qué era la
discriminación. Lo
sentía desde que era
niño, porque compartía
la mesa de la escuela
con un galleguito que me
decía “negro de mierda”
cuando nos fajábamos. No
sabía lo que era el
racismo, pero podía
percibirlo. Recuerdo una
conversación con un
amigo que no quiso ir a
la fiesta de 15 de una
muchacha que jugaba
siempre con nosotros,
porque no nos habían
invitado al resto por
ser negros. Con 13 años
comencé a tener una idea
de lo que significaba la
discriminación.
Pero entre la gente de
El Puente nunca me sentí
diferente. Tal vez era
una cuestión de
condición humana y de la
situación que estaba
viviendo el país. Las
diferencias que podían
darse entre nosotros
tenían que ver con la
cantidad de libros que
leíamos, la cantidad de
películas que veíamos, o
que alguno tenía más
condiciones que otro
para el teatro.
Diferencias eróticas
existían todavía menos,
cada cual tenía su vida
amorosa como quería o
podía y se le respetaba.
Teníamos una conciencia
muy grande de la
diversidad, porque
creíamos que la
Revolución se había
hecho para eso, para que
cada cual se manifestara
y ocupara el lugar que
le correspondía en la
sociedad. Eso lo
defendíamos a capa y
espada, tanto es así que
en el primer número de
la revista que íbamos a
publicar aparecía, por
primera vez en Cuba, una
traducción de Ginsberg.
Su libro Aullido
era excelente, pero a la
vez un bofetón para la
época por el lenguaje
que utilizaba.
El Puente se iba de un
lado al otro. En esa
misma revista iba a
publicarse “La nube en
pantalones”, un poema de Maiakosvki. No había
censura, sino que se
creía necesario abrir el
diapasón para hablar y
mostrar lo que sucedía
en el mundo del arte.
Tal vez, mirándolo con
distancia, después que
ha pasado el tiempo,
aquella voluntad de El
Puente era demasiado
osada. No obstante, se
trataba de una elección
y una decantación
natural, y uno publicaba
cosas que ahora querría
desaparecer, pero en ese
entonces todo era muy
espontáneo.
Ninguno de mis poemas
apareció en la primera
antología de El Puente,
aunque muchos no se lo
explicaron nunca. José
Mario, que era un gran
amigo, decía que yo
necesitaba más
entrenamiento. En el año
64, él mismo me dijo que
me incluiría en la
segunda antología. Le
enseñé un libro de
poemas en el hotel
Habana Libre, él
seleccionó dos, y
salimos. Dejé el libro
olvidado allí, y cuando
regresé a recogerlo,
había desaparecido. Eso
fue una advertencia para
no seguir escribiendo
poemas y dedicarme
definitivamente al
teatro, porque en mi
generación había
excelentes poetas, mucho
mejores.
No tenía sentido
entonces distinguir a El
Puente por su
composición racial…
Nosotros siempre
estuvimos conscientes de
que en Cuba no vivimos
en guetos. En Cocosolo,
Pogolotti o en Santiago
de Cuba donde nací,
había gente de todas las
razas. El único gueto
que existía era por un
problema social, no
racial. No fue igual que
en EE.UU. Ahora, sí nos
parecía que el
pensamiento, por
ejemplo, de Césaire, del
propio Fanon, podría
servirnos de alguna
manera para conocer
nuestros antecedentes.
Aquí no existió el Ku
Klux Klan, sin embargo,
existió la Guerrita del
12 y mucho antes la
Conspiración de la
Escalera. Hubo un grupo
de gente, no de El
Puente, pero sí
cercanos, que querían
imitar el movimiento del
Black Power de EE
UU.
¿Y por qué escribí
Plácido? Porque
sabía que la Revolución
no era una varita
mágica, como antes dije, el prejuicio
racial no se acabaría ni
hoy ni mañana ni dentro
de 40 años, sino que va
transformándose poco a
poco. Siempre que haya
un problema económico
muy serio, aparecen los
valores de la
diferencia. Cuando hay
mucha distancia entre
los individuos, se
empiezan a valorar las
diferencias, que pueden
ser raciales, morales y
demás. Pero nunca viví
en guetos. Y como me
acostumbré a no vivir en
guetos nunca creí que el
Black Power fuera
el camino. No teníamos
mentalidad de guetos.
Muchos teníamos parejas
que eran blancas,
negras, indistintamente,
no seleccionábamos por
la raza. No me
interesaba hacer un
Black Power, no
quería todo el poder
para los negros, además,
no lo quiero; sino su
adecuada valoración y
ubicación como uno de
los componentes de
nuestra identidad, de
nuestra nación.
Empecé a preguntarme de
dónde había nacido esto
y me acordé de la
Conspiración de la
Escalera. El maestro
José Luciano Franco,
cuando supo lo que
estaba escribiendo, me
mostró una de las
delaciones que firmó
Plácido. Me conmoví
leyendo aquello y fue mi
primera lección de
historia, Luciano Franco
señaló unas manchas en
el papel y me dijo:
“¿Usted sabe qué es eso?
Es sangre, así fue como
lograron la delación,
torturándolo”. Entonces,
con esa obra, traté de
aprehender cuáles eran
las raíces del prejuicio
racial en nuestra
sociedad. Con esa obra
comprendí que la
libertad del ser humano
está condicionada por la
sociedad en que vive, en
cualquier lugar. Si no
estás de acuerdo con
ella, puedes luchar y
tratar de obtener
mayores cuotas de
libertad, o te vas, como
hicieron muchos, y en
aquel momento decidí
quedarme. Tenía que ser
uno más en la
construcción de la
realidad. El hombre es
esclavo de su
circunstancia, es una
esclavitud que padecemos
todos. Si quieres ser
alguien en tu tiempo
tienes que responder a
él, en pro o en contra.
Los que están en contra
por lo general se van,
yo me quedé.
¿Cómo era la relación de
los miembros del grupo
con intelectuales de
otras generaciones como
Lezama, Virgilio,
Retamar, Carpentier…?
Virgilio fue un
benefactor de los
jóvenes; aunque no
fuimos amigos, debo
agradecérselo siempre.
Él, Retamar, Guillén,
Pablo Armando Fernández
y Lezama y otros pocos, siempre nos
consideraron. A Lezama
lo conocí en Palabras a
los Intelectuales.
Ese día estaba con
Sergio Vitier, menor que
yo, pero ambos muy
jovencitos. No puedo
decir que fui amigo de
Lezama, solo conversé
con él dos o tres veces.
La amistad es otra cosa.
También fuimos alumnos
de Carpentier en el
Seminario de
Dramaturgia, que
impartía unas clases
fabulosas de tres horas
sobre la historia de la
literatura. Y de Retamar
y José Brene.
Ellos tenían siempre un
asombro hacia nosotros y
una mirada que yo diría
condescendiente y
amistosa. Para un grupo
de intelectuales no
éramos adversos.
Y estaban los
antiizquierdistas como
Emma Pérez, que
cualquier cosa que fuera
en apoyo de la
Revolución lo
consideraban bajo y
pedestre. Nosotros no
éramos hiperrabiosos
revolucionarios; pero
sentíamos el proceso
cada uno en su medida.
Era un momento muy
contradictorio. Había
muchos vasos
comunicantes entre
generaciones, mucha
diversidad y se
entremezclaban todas las
tendencias. No quiere
decir que hubiera
igualdad de criterios,
algo que sucede en
nuestra crítica hoy,
sobre todo en la
teatral. No se puede
ser reduccionista
porque todo
reduccionismo es
limitante. En los más de
30 libros publicados por
El Puente existía de
todo.
¿Qué pasaba con otros
escritores de su misma
generación?
En la segunda antología de
poesía que hicimos en El
Puente aparece
Guillermo Rodríguez
Rivera. Wichy Nogueras
había empezado a
entregar y recuerdo que
José Mario me hablaba
mucho de él y me dijo
que para una tercera
iría también Excilia
Saldaña y otros.
El Caimán…
marcó una tendencia que
no fue tan espontánea
como la nuestra. Fue
algo que se propició
como una forma de
excluirnos, porque no se
puede negar que durante
mucho tiempo nosotros no
podíamos publicar ni
estrenar obras de
teatro. Por supuesto,
eran jóvenes con valores
y también
revolucionarios. Algunos
tenían nuestra edad,
pero era otra etapa.
Luego Jesús Díaz publicó
un trabajo sobre
nosotros casi
insultante. Años
después, cuando gané el
Premio Casa de las
Américas en el 89, él
estaba en la entrega.
Casi a las tres de la
mañana salimos Nancy,
Miguel y yo del brindis y
él vino por detrás, nos
pasó el brazo y nos
dijo: “Discúlpenme, yo
sé que cometí un error
con ustedes”. Nosotros
no respondimos nada,
seguimos caminando. Pero
tiró a matar. Ahí están
sus palabras diciendo
que no éramos
políticamente correctos,
que teníamos que
desaparecer. Él se fue y
algunos de nosotros
tuvieron que irse por
otras causas, pero la
mayoría estamos aquí.
¡Qué ironía, verdad!
Una de las principales
acusaciones que pesaron
sobre los autores de El
Puente es que su poesía
era demasiado intimista
y existencialista. ¿Cómo
dialogaban esas miradas
en una época en que el
espíritu era diferente,
que se proponía otra
estética?
Eso molestaba, pero no
es totalmente cierto que
todos fuéramos así. Se
publicaba textos de José
Mario, de Santiago
(Héctor) Ruiz, de
Manolo Granados y los
míos que tenían una
intención
revolucionaria, y que
alguien venga a
demostrarme lo
contrario. Lo que ocurre
es que también salió una
poesía amatoria de
Lina
de Feria, Nancy Morejón
y Georgina Herrera,
y sobre todo del propio
José Mario, entre otros, quienes tenían poemas
muy sensibles sobre
cuestiones humanas; pero
eso no era un
denominador común. Ahí
están los de Miguel Barnet. Teníamos una
mirada sobre todo hacia
la ciudad, y al
componente humano de
ella.
Se esperaba que
hiciéramos otra poesía,
pero un poema no sale
porque uno se lo
proponga, ni porque
alguien te lo diga. La
literatura es otra cosa
y siempre que sea buena
es revolucionaria.
Revolucionaria porque
trata de criterios de la
existencia y de cómo
transformarla, aunque no
hable solo de la
Revolución.
No vivíamos ajenos a la
realidad. Es verdad que
José Mario publicó
demasiado y nosotros
mismos lo criticábamos
por eso, porque a todos
nos parecía que podría
ser mesurable. De ahí
salieron las primeras
contradicciones. Ana
María era una mujer muy
lúcida que respetaba la
individualidad, pero
pensaba que la
literatura era algo más
serio que un simple
desahogo espiritual. Ahí
tuvieron las primeras
confrontaciones internas
y Ana María renunció. La
difunta Ana Justina y yo
fuimos los editores de
El Puente por dos o tres
semanas. Enseguida José
Mario volvió a coger la
dirección, porque él era
un ser maravilloso pero
se quería salir siempre
con la suya. Ana María
se apartó y él volvió a
sacar los últimos
libros, uno de ellos de
Manolo Ballagas, con
cuentos eróticos muy
candentes. Ahora alguien
lo lee y le sorprendería
por qué se horrorizaron.
El erotismo cambia según
los tiempos. Más
importante que lo que se
ve es lo que se expresa.
El arte no es una
reproducción banal ni
literal de la
existencia, es una
interpretación reflexiva
de la realidad. El
problema no es solo
despertar sensaciones,
sino despertar criterios
y formas de ver la
realidad.
Para demostrar cosas
escriben los filósofos.
Un poeta, un novelista,
un dramaturgo escribe
para descubrir. Si
después que le pongo el
punto final a una obra
no sé un poco más de la
condición humana, de mis
semejantes, no valió la
pena.
No hay una obra que haga
una revolución ni que la
tumbe. Ninguna obra de
arte logra eso. Nosotros
podemos incidir en el
ser humano, hacerlo
pensar y sentir. Estoy en contra
de cualquier cosa que
sea un panfleto en arte. El arte
no se puede conformar
con mostrar ni las
esencias ni las
apariencias, sino la
contradicción que se
manifiesta entre ambas.
Marx, Engels, Mao,
Luckas, Benedetto, Groce
y Bretch, entre otros,
nos enseñaron a pensar
así.
¿Cuáles fueron las
contradicciones que a su
juicio surgieron
alrededor de El Puente?
Las internas eran más
bien estéticas, y con
respecto a la forma de
conducir El Puente. Con
la realidad eran otras y
con la gente de El
Caimán… también.
Éramos aborrecibles,
éramos la perdición,
éramos nocivos e
innecesarios. Así lo
escribieron.
Por otra parte, invitan
a Allen Ginsberg. Él
había hablado muy bien
de la Revolución. Todo
el mundo sabía lo que él
era, pero Ginsberg tuvo
problemas aquí y le
dijeron que se fuera.
Los de El Puente lo
conocimos una tarde en
la Unión de Escritores.
Desde la primera vez que
lo vi, no me gustó su
apariencia, pero era uno
de los más grandes
poetas de la lengua
inglesa.
Además del problema con
Ginsberg, también hubo
una situación con el
libro de Manolito
Ballagas, que ya estaba
en la imprenta, era
bastante atrevido para
el momento porque
hablaba de su
experiencia con su
noviecita. Imaginen eso
combinado con aquellos
que abogaban por el
Black Power. Todo
coadyuvó a la
desaparición de El
Puente.
Nancy estuvo mucho
tiempo sin publicar, yo
no estrené hasta
entrados los 70, a José
Mario se lo llevaron
para la UMAP y el grupo
se desintegró. Ana María
se fue del país, pero
vino a Cuba hace dos
años y sigue siendo
revolucionaria, tiene un
pensamiento de
izquierdas y era
totalmente anti Bush.
¿Cómo es la relación
actual entre los
antiguos miembros del
grupo que se quedaron
aquí y los que se
fueron?
Ana María es mi hermana,
la quiero mucho. En
realidad es más joven
que yo, pero es como si
fuera mi hermana mayor
porque es una mujer de
una inteligencia suprema
y le debo muchas cosas.
Anteriormente hice un
intento de publicar aquí
a algunos de esos
miembros de El Puente,
ahora en la antología de
teatro sale una obra de
José Mario, se van a
publicar otros textos
seguramente. A Reinaldo
Felipe no he podido
verlo, aunque vino a
Cuba y estuve allá en
Connecticut, pero no lo
vi. Mercedes Cortázar
tenía intención de venir
en algún momento, según
me confesó una tarde su
hermano, el desaparecido
cineasta Octavio
Cortázar. Isel Rivero,
una gran poeta, aun
tiene resentimientos,
igual que Manolo Ballagas,
un buen narrador, algo
que me da mucha pena.
Las cosas que se están
publicando y lo que se
está haciendo aquí, de
alguna forma ha creado
una distensión y muchos
de ellos quieren
colaborar. En otro
momento, cuando les pedí
poemas a Reinaldo y a
Lilliam Moro, muy
finamente me dieron
excusas y se negaron,
pero ambos mantienen
nexos con nosotros.
Cuando le escribí a
Manolo Ballagas tampoco
estuvo de acuerdo. Y
algunos critican el
libro de Barquet. Pero
el resentimiento no
lleva a ningún lugar.
Hay algo siempre por
encima de uno, que es el
bienestar de conciencia,
tener conciencia de que
uno ha servido para
algo. Y si uno tiene
eso, no se encasquilla
en odios y rencillas,
porque serías un ser muy
amargado. Ya ha llovido
demasiado y hemos
perdido muchas cosas,
hemos ganado otras, pero
hemos perdido muchas
para darnos el lujo de
seguir perdiendo. Como
dice Marta Valdés,
ningún amor es infinito.
Eso mismo sucede con el
odio, ninguno puede ser
infinito. Hay que
aprender a perder, a
veces perdiendo se gana.
Y creo que he ganado
bastante en la vida.
¿En su opinión cuál fue
la trascendencia de El
Puente?
Creo que dejó un
sedimento que ahora se
está valorando, tanto
afuera como aquí, y hay
muchos investigadores y
personas que han escrito
libros tratando de ver
la realidad de una
manera más amplia, más
contemporánea, de una
manera creativa y, ¿por
qué no?, reflexiva y
revolucionaria.
¿Qué cree de las
lecturas que, desde el
presente, se le hacen al
fenómeno de El Puente?
Nadie tiene la verdad
absoluta. Creo, y esto
lo aprendí estudiando
Historia con la doctora
Pichardo, que los que
vengan van a saber más
acerca de nosotros que
nosotros mismos. Eso es
lo bueno que tiene este
libro (el de Barquet) y
cualquier otra
investigación que se
haga. Porque al vivir en
el tiempo de la misma
realidad que pretendes
analizar, por muy lúcido
que seas, siempre corres
el riesgo de tener
interpretaciones no
plenas. El tiempo va
decantando y
transformando. Es lo que
pasa con El Puente, como
con muchos otros
fenómenos, que se fueron
decantando de manera
natural y con el tiempo
se puede analizar mejor.
Sobre El Puente me
sorprende mucho la
narrativa que ahora está
estudiando Alberto Abreu,
que tiene razón en las
cosas que dice. O lo que
descubrió Barquet, a
pesar de que todos
nosotros siempre dijimos
que la aversión hacia el
grupo fue por prejuicios
morales, cuando en
realidad estuvo todo
mezclado, pero en ese
momento no lo vimos.
Veíamos aquello que más
peso tenía. Sucedió como
con el iceberg, que solo
se ve la punta, pero no
siempre se puede ver lo
que está bajo la
superficie, hay quien es
capaz de intuirlo, nada
más. Creo que se seguirá
hablando durante algún
tiempo y vendrán nuevas
interpretaciones, nuevos
descubrimientos, nuevos
conocimientos. Porque
tal vez algunas
vivencias se pierdan,
pero a lo mejor otros
elementos que incidieron
en el fenómeno sean
descubiertos por otros
que vengan y escriban.
Serán ellos quienes lo
hagan, yo solamente
trato de vivir mi tiempo
e intento reflexionar
sobre él, pero no soy un
genio ni pienso llegar
más allá, eso le toca a
otro. |