RESPUESTA A
“ENCUESTA SOBRE LAS
GENERACIONES”
Jesús Díaz
Los términos son
demasiado ambiguos.
Es preciso decir que
una generación nunca
es un todo
homogéneo, y que
existen, sobre todo
en Cuba ahora,
problemáticas y
campos de
confrontación más
fuertes que las
líneas
generacionales, las
ideológicas por
ejemplo. Estos dos
hechos determinan
confrontaciones
suprageneracionales,
donde miembros de
muy diferentes
edades se hacen
solidarios alrededor
de posiciones
comunes. Asumiendo
el término de toda
su esquematicidad,
podría decir sin
embargo que la
confrontación se
produce, y se
produce en dos
niveles: el nivel
teórico, que engloba
la crítica, la
práctica artística y
la teoría
propiamente dicha, y
el nivel práctico,
al que corresponde
la organización y
control de las
revistas,
editoriales,
espectáculos; en
unas palabras, la
organización de la
cultura a través de
la cual se expresan
los criterios de la
generación actuante.
Sí. La Revolución ha
seguido una correcta
política en el
tratamiento de los
problemas
culturales, no ha
intentado resolver
por vía
administrativa
problemas de tipo
ideológico. La lucha
en este campo debe
ser afrontada por
los intelectuales
revolucionarios: no
lo han hecho en la
medida necesaria.
Esto ha repercutido
negativamente sobre
el movimiento
intelectual en
general, lleno de
miserias morales, y,
como expondré más
adelante, sobre mi
generación. Creo que
una de las mayores
responsabilidades de
las generaciones
actuales ha sido su
tremenda incapacidad
crítica, no sólo en
el sentido
ideológico, sino
también en el
sentido estético. No
han cedido ante
populismo, pero sí
ante actitudes
liberaloides, falsas
ante el arte y ante
la vida. Se impone
una lucha por el
equilibrio. El
empuje de la
generación que
avanza ayudará a
crear una
nuclearización
suprageneracional
que enfoque
correctamente estos
problemas.
¿Cómo definiría
usted su generación?
Simplemente no la
definiría. No está
estructurada. Desde
luego, tampoco ha
comenzado a
perfilarse de forma
homogénea. Su
primera
manifestación de
grupo fue la
editorial El Puente,
empollada por la
fracción más
disoluta y negativa,
de la generación
actuante. Hay que
recalcar esto
último, en general
eran malos como
artistas. Ahora se
perfila otro grupo
al
que
se le pueden señalar
las siguientes
características: se
manifiesta desde
dentro de la
Revolución: no es
dogmático; asume la
tarea artística como
un trabajo, con las
técnicas más
avanzadas; no
practica la política
de «bombos mutuos»;
se preocupa, déficit
evidente en las
generaciones
anteriores, del
trabajo teórico.
Tomado de La Gaceta
de Cuba, Año V, No.
50, abril-mayo,
1966.
RESPUESTA A JESÚS
DÍAZ
Ana María Simo
En el último número
de La Gaceta de
Cuba
(abril-mayo, 1966)
El director de El
Caimán Barbudo,
Jesús Díaz, responde
a un cuestionario
sobre el tema
generacional
diciendo entre otras
cosas que su
generación “no está
estructurada”.
“Desde luego
—agrega—tampoco ha
comenzado a
perfilarse de forma
homogénea. Su
primera
manifestación de
grupo fue la
editorial El Puente,
empollada por la
fracción más
disoluta, y negativa
de la generación
actuante. Fue un
fenómeno erróneo
política y
estéticamente. Hay
que recalcar esto
último, en general
eran malo como
artistas. Ahora
se perfila otro
grupo al que se
pueden señalar las
siguientes
características: se
manifiesta desde
dentro de la
Revolución; no es
dogmático; asume la
tarea artística como
un trabajo, con las
técnicas más
avanzadas; no
practica la política
de ‘bombos mutuos’;
se preocupa, déficit
evidente en las
generaciones
anteriores, del
trabajo teórico”.
Hasta aquí la cita
de Jesús Díaz.
Fui corresponsable
de Ediciones El
Puente desde 1961
hasta el 26 de
septiembre de 1964,
fecha en que me
separé de las
mismas. Esto, y el
imperativo
generacional, me
obligan a hacer
ciertas aclaraciones
a lo que dice el
director de El
Caimán Barbudo.
Pero antes quisiera
llamar la atención
sobre su estilo.
Díaz utiliza un
vocablo tan
rebuscado e ingrato
como “empollado”,
que despierta
determinados ecos
sicológicos en el
lector y lo conduce,
automática e
irracionalmente, al
sentimiento que el
autor busca: el de
repulsa. Este
notable manejo de
las técnicas
clásicas de la
calumnia hace
sospechar que,
en
su incesante
búsqueda literaria,
Díaz no solo ha
practicado en
Faulkner, Hemingway
y Dos Passos (como
él mismo admitiera
cándidamente), sino
también en el estilo
de los expertos
libelistas de las
revistas
Time
y
Life.
Paso ahora a las
aclaraciones:
Las Ediciones El
Puente fueron,
efectivamente, la
primera
manifestación
literaria de nuestra
generación. Que
Jesús Díaz haya
tenido que
reconocerlo así es
una prueba del peso
de nuestro trabajo
editorial durante
cuatro años. Sin
embargo, de ninguna
manera fueron la
primera
manifestación “de
grupo”. Ni
estética ni
ideológicamente las
Ediciones formaron
un grupo literario
definido y
homogéneo. Entre
1962 y 1964 se libró
en el interior de
las Ediciones una
batalla por lograr
esa homogeneidad,
ese carácter
específico de grupo.
No fue posible
conseguirlo. En
aquel momento, las
condiciones
objetivas no lo
permitieron. Un
análisis realista de
la situación
entonces nos
convenció de que
todo intento de
cohesión intelectual
solo servía para
dispersarnos.
Históricamente,
nuestra tarea era la
de mantener abierta
una oportunidad de
expresión para los
jóvenes escritores,
sin discriminaciones
de escuela
literaria. Así lo
comprendimos.
El papel de las
Ediciones fue, por
tanto, más el de una
empresa práctica
que estética e
ideológica.
Sencillamente,
creímos necesario
asegurar a toda
costa
la
existencia de las
Ediciones (o lo que
es igual, de una
tradición
editorial), para
beneficio de los que
vinieran después. La
mayoría de nosotros
no pensó nunca en
utilizar
indefinidamente las
Ediciones para
autoexpresarse. Eso
hubiera sido actuar
como las camarillas
literarias que
tradicionalmente han
asolado la cultura
de nuestro país, que
excluyen y condenan
a todos los demás
desde el momento en
que controlan un
órgano de expresión
y se atribuyen el
papel de salvadores
de la cultura
nacional.
La pérdida de
energías personales
y el riesgo de
cometer errores —que
los cometimos, como
es natural— fueron
el precio de la
acción en aquellos
años difíciles en
los que tantos
prefirieron
mantenerse al margen
con prudencia o no
existían como
escritores.
El espíritu de
responsabilidad
generacional y una
gran correspondencia
emocional y amistosa
sirvió para
identificar al
núcleo director de
las Ediciones
durante esos años,
por encima de las
serias
contradicciones que
se hicieron
evidentes desde 1963
y durante todo el
año de 1964. Ya en
esta última fecha
existían las
condiciones para una
cohesión estética,
ideológica e incluso
en cuanto a métodos
de trabajo y
propósitos
editoriales
concretos.
Discutimos entre
nosotros. La crisis
fue inevitable y se
concentró en un
punto: ¿debían las
Ediciones funcionar
con una dirección
colectiva o
seguirían siendo
dirigidos, como
hasta ese momento,
por una sola persona
con entera libertad
de movimientos? Este
es solo el esquema
de una serie de
complejos debates
que terminaron en
septiembre de 1964
con la renuncia de
algunos miembros de
la dirección.
Inmediatamente se
designó un nuevo
consejo de dirección
cuya autoridad
parece haber sido
solo simbólica. La
autoridad real de
las Ediciones
permaneció en manos
de José Mario
Rodríguez, a quien
pertenece todo el
mérito de haberlas
creado y parte de la
responsabilidad en
el rumbo que tomaron
en sus últimos
momentos.
Como se ve, las
Ediciones no fueron un
fenómeno estático. Ellas
y cada uno de nosotros
por nuestra cuenta,
fuimos evolucionando
poco a poco hasta llegar
a niveles francamente
antagónicos. Fuimos
ingenuos al suponer que
las diferencias podían y
debían ser libradas —o
al menos veladas— por
trabajo práctico en
común y el
convencimiento de
nuestro deber
generacional. Fuimos
demasiado jóvenes y más
honestos de la cuenta
también.
Es peligroso por eso
agrupar bajo una sola
etiqueta de diccionario
puritano a todo un
proceso editorial de
cuatro años y a un grupo
de personas que
discrepaban radicalmente
entre sí.
Disoluto es el individuo
que se entrega
únicamente a los
placeres y que los tiene
como finalidad principal
de su existencia. Sus
sinónimos son:
licencioso, vicioso y
libertino. Son ideas
afines a estas, las de
corrupción, depravación,
perversión, inmoralidad
y pecado. Lo contrario
de disoluto es lo
austero y lo virtuoso.
Disoluto es un
calificativo de orden
moral (en su sentido más
restringido, en el de
moral sexual incluso).
Calificar una empresa
literaria y a un grupo
de escritores en tanto
que escritores (pues se
supone que de esto se
trata), con una
palabrita así, es un
recurso victoriano o un
acto de delación
intelectual.
Si se analiza
objetivamente nuestra
labor editorial y
nuestra postura como
escritores, ¿cabe
calificarnos en bloque
de esta forma? ¿Fue en
realidad “disoluta” y
“negativa” la
fracción empolladora
de Ediciones El Puente?
Y si lo hubiese sido,
¿desde cuándo, a partir
de qué momento? ¿Fuimos
“disolutos” y
“negativos” cada uno de
nosotros? Y de haber
así, ¿acaso ello
invalidaba a las
Ediciones? ¿Cómo se
explica entonces que
gentes como esas se
dedicaran por entero,
desinteresadamente, al
trabajo editorial,
descuidando durante años
su formación personal,
estudios y hasta su
propio trabajo creador?
En sus apreciaciones
Jesús Díaz parece
confundir la actitud que
individualmente (más
aun: privadamente) pueda
tomar, en un momento
determinado, el
responsable de una
editorial, con la
significación histórica
de esta empresa o con la
postura de cada uno de
los que colaboraron y se
comprometieron
moralmente con el
carácter general de la
misma.
Es necesario precisar el
camino recorrido por las
Ediciones. Al inicio
(1961) tuvieron un
carácter romántico y
vagamente populista. Los
dos primeros libros
publicados hablaban de
Hiroshima y de la
Reforma Agraria. Se
anunciaba un poema de
Mayakovski y el de
Ferlinghetti en contra
de Eisenhower. La
calidad literaria era
tan escasa como la edad
(18, 19 años) de los
editores. Las
intenciones eran
ingenuas. Exagerábamos
entonces,
desmesuradamente, el
poder de la literatura
para hacer Revoluciones.
Gracias a eso nunca nos
tocó el pasar por ser
escritores y no gente de
acción.
A principios de 1962
aparece entre nosotros
la conciencia literaria.
Al mismo tiempo, se hace
crítico en el país el
fenómeno del sectarismo,
que luego denunciara
Fidel. Creo que esta fue
una coincidencia clave.
Ella determinó que nos
plegáramos
intelectualmente sobre
nosotros mismos, en un
justificado exceso de
protección hacia nuestra
obra y que
desconfiásemos
sistemáticamente de
ciertos aspectos de
realidad, por miedo al
panfleto. Aunque este
fenómeno afectó en
general a casi todos los
escritores cubanos en
activo entonces, a
nosotros nos marcó en
plena formación.
Con la compilación y el
prólogo de la
Novísima poesía
cubana I, en
octubre de 1962, los
autores quisimos dar la
voz de alarma y al mismo
tiempo iniciar la
crítica de una actitud
como esta en la cual hay
que buscar el fondo
remoto de la orientación
que asumieron las
Ediciones en su última
etapa.
En todos estos años, las
Ediciones costearon la
publicación de los
libros. Ningún autor
aportó un centavo. La
distribución la
realizábamos nosotros
mismos a pie, por toda
la ciudad. Los libros se
hacían contra viento y
marea en una imprenta
vieja, calurosa y en
malas condiciones,
enfrentando las
exigencias de dinero de
sus dueños y en perpetua
batalla por conseguir
papel y materiales.
Invertimos en esto miles
de pesos de nuestros
sueldos personales (nada
elevados, por cierto)
que luego se recuperaron
solo parcialmente cuando
el MINCIN comenzó a
distribuir nuestros
libros, por gestión de
la Unión de Escritores.
Subrayo el aspecto
práctico del asunto
—aunque la realidad fue
infinitamente más dura
que este recuento—,
porque no es
lo
mismo hacer una labor
como aquella, que ser un
burócrata de la cultura,
como no es igual hacer
la reflexión
generacional en plena
Crisis de Octubre a
realizarla en la
relativa comodidad del
año 1966.
En agosto de 1962 la
UNEAC nos llamó para
encargarnos la formación
de las Brigadas Hermanos
Saíz. No nos pusimos de
acuerdo con ella en un
punto que nos pareció
fundamental; la
autonomía de la nueva
organización. Pero en
cuatro meses de trabajo
presentamos, entre otras
cosas, un proyecto de
estatutos y el primer
número del periódico de
las Brigadas. Hago
alusión a ambos, porque
ellos ofrecen un corte
vertical de nuestra
posición en ese momento
y en todo 1963.
La preocupación central
era que los jóvenes
creadores,
todos,
participaran y no
se conformaran con ser
elementos socialmente
pasivos. Así, en un
punto de los estatutos
proponía que pasara
parte del año trabajando
en fábricas o granjas.
Otro estaba dirigido a
establecer nexos con los
miembros de
nuestra
generación que no fueran
escritores ni artistas.
Pensábamos
que con esto se evitaría
la repetición del
trágico cisma
generacional que en la
generación anterior
(para citar solo un
caso) se abrió entre los
creadores, aun los
simpatizantes, y los
hombres de la Revolución.
Una vieja admiración por
el teatro ambulante
lorquiano —y
el
principio de difusión
cultural a las masas que
este tipo de trabajo
presupone— nos impulsó a
planear para las
Brigadas
un
taller literario, un
sistema de participación
del público
(fundamentalmente
estudiantes secundarios
y preuniversitarios) y
una serie de actividades
que relacionaran los
distintos aspectos de la
creación (música, artes
plásticas, literatura,
etc.). La literatura, en
fin, saldría a la calle,
pero sin ceder
posiciones. La demagogia
literaria no era la
única vía para alcanzar
un gran radio de acción.
Queríamos oponer a ella
la confrontación
violenta y retadora de
la obra de arte con un
público virgen a esta y
prejuiciado por el
comercialismo, el
panfleto y los esquemas
de la propaganda civil.
El año 1964 estuvo
conformado por la
incorporación de las
Ediciones al lentísimo
mecanismo de la
Editorial Nacional de
Cuba a través de la
UNEAC. Económica y
técnicamente, era la
única forma de seguir
publicando. Había
concluido de manera
definitiva la etapa
artesanal y espontánea.
Ese mismo año
organizamos el primer
recital de poesía y
feeling y se
recopiló, al fin, el
Resumen Literario El
Puente, que no llegó
a salir de la imprenta.
Con el Resumen
cristalizaba una vieja
ambición: la de una
publicación periódica
cuyo eje fuera el
material de tipo crítico
y teórico y que suponía
una rigurosa definición
ideológica. El objetivo
del primer recital era
reconocer públicamente
el efecto de “la
vastedad emotiva del
movimiento del
feeling” en los
jóvenes poetas: iniciar
una colaboración
enriquecedora entre
poetas y compositores
populares y recuperar
para la poesía su
función agitadora, al
ponerla en sano contacto
oral con un público
amplio y creciente. Se
tomó un tema único (el
amoroso) tratado de tal
forma que pudiera
crearse una atmósfera
común con el feeling.
Esta fue la única
ocasión en que algunos
poetas relacionados con
las Ediciones (y otros
invitados) alcanzaron,
circunstancialmente, una
cierta coincidencia
estilística.
Ambos hechos, este
recital y el Resumen,
marcan el punto de
crisis en el seno de las
Ediciones.
El segundo recital de
poesía y feeling,
en diciembre de 1964,
fue en apariencia igual
o mejor que el primero.
Pero, en el fondo, la
intención de sus
directores era
radicalmente diferente.
Se renunciaba a toda
apertura, a la crítica,
a la pelea y a la
protesta revolucionaria
en aras de una
comunicación de
“iluminados” con un
sector de intelectuales
y artistas, lumpen
literario y gente de
espectáculos (no me
refiero, por supuesto, a
los creadores de música
popular). A mi juicio,
fue una intención poco
inteligente, suicida y
decadente en el sentido
real de la palabra y no
en el que corrientemente
le asigna el pensamiento
dogmático-terrorista en
nuestro país. La
visita del poeta
norteamericano Allen
Ginberg, en enero de
1965,
solo encauzó este
nihilismo conformista en
las Ediciones por la vía
de la revuelta privada,
tan estéril cuando no se
acompaña o se sobrepasa
con la otra: la
creadora, la de la
inteligencia.
El segundo número del
Resumen Literario El
Puente y los libros
programados para el año
1965, que no terminaron
de editarse, son ya la
repercusión concreta, en
los libros,
de
este desmoronamiento
ideológico y moral.
Las Ediciones
desaparecen,
automáticamente, a
mediados de 1965, cuando
la UNEAC cesa de
responsabilizarse con
ellas, en la práctica,
ante la Editorial
Nacional de Cuba.
La responsabilidad de
que todo esto pudiera
ocurrir no fue solo de
quienes dirigieron las
Ediciones en esta última
fase. Todos los que
participamos antes
fuimos propiciando las
condiciones para este
final
sin lucha.
Durante años permitimos
la centralización
excesiva de las
Ediciones en una sola
persona. En un afán por
ocultar las disensiones
internas, presentamos al
exterior una imagen
monolítica de las
Ediciones, encarnadas
casi exclusivamente en
la personalidad de su
director.
Una cosa se hizo
sinónima de la otra. Por
motivos sentimentales y
miedo a destruir las
Ediciones pospusimos
demasiado la
confrontación ideológica
y estética entre
nosotros, que debió
haber ocurrido antes de
mediados del 64. El
retraso fue vital. Esa
misma falta de decisión
impidió que el
Resumen apareciera
antes. Y este era el
único medio de expresión
para quienes, dentro de
las Ediciones,
sosteníamos la
importancia de la
crítica y la
autorreflexión. En los
momentos decisivos
algunos nos conformamos
con crearnos un
anarquismo personal y
otros se limitaron a
retirarse a sus casas, a
estudiar o seguir
escribiendo, ignorando
los problemas de
supervivencia de las
Ediciones. Nuestro
tiempo lo distribuíamos
torpemente entre los
problemas
administrativos y el
contacto personal, sin
tratar de establecer
alguna actividad que nos
exigiera un mínimo de
estudio y razonamientos
comunes.
Quizá este recuento
crítico, aun muy
esquemático, del
desarrollo de las
Ediciones consiga
socavar en algo la
imagen estereotipada de
nosotros que Jesús Díaz
retoma irreflexivamente,
como si fuera una verdad
absoluta e incluso hace
con ella un slogan
moralizante.
Cuando Jesús Díaz dice
más adelante en su
escrito que El Puente
fue “un fenómeno
erróneo, política y
estéticamente”, da a
entender, ambiguamente,
una de las dos cosas
siguientes (o ambas a la
vez):
1.
Que las generaciones que
actualmente dirigen la
organización de la
cultura en Cuba, los
críticos y quién sabe si
la Revolución misma
cometieron durante
cuatro años el error
político y estético de
tolerar, patrocinar e
inclusive aplaudir,
últimamente, a las
Ediciones.
2.
Que las Ediciones en sí
fueron un error político
y estético. Error
político porque en la
lucha ideológica las
Ediciones se habrían
alineado al abrigo de
esa postura
“liberaloide” que será
aplastada en el proceso
de nuclearización
suprageneracional.
Porque no se
manifestaron, en fin,
desde dentro de la
Revolución, como
según él sí lo hace la
nueva fracción que surge
—o surgirá— en torno a
El Caimán Barbudo.
(Aunque Jesús Díaz
modestamente no lo
nombre, se sobreentiende
que está hablando de
El
Caimán
y que las
características
atribuidas a este
faltaban a Ediciones El
Puente y a ciertos
sectores de las
generaciones
anteriores.) Error
estético porque “en
general eran malos como
artistas”, o quizá
porque nuestras
inclinaciones estéticas
(había tantas como
escritores en las
Ediciones) eran todas
erróneas.
En
el caso número uno, baso
mi suposición en
palabras del propio Díaz
quien en otra parte de
su respuesta reprocha a
los intelectuales
revolucionarios no haber
“afrontado la lucha
ideológica en la medida
necesaria”. “Esto
—continúa diciendo— ha
repercutido
negativamente sobre el
movimiento
intelectual en general,
lleno de miserias
morales y como
expondré más adelante,
sobre mi generación.
Creo que una de las
mayores
responsabilidades de las
generaciones actuales ha
sido su tremenda
incapacidad crítica, no
solo en el sentido
ideológico sino en el
sentido estético. No han
cedido ante el
populismo, pero sí ante
actitudes liberaloides
falsas ante el arte y la
vida”.
Las “generaciones
actuales” no podían
realizar ese específico
deslindamiento
crítico-ideológico del
fenómeno El Puente,
porque, en general, su
actitud hacia este fue
el de silenciarlo o
ignorarlo a toda costa
mientras pudieron.
Tampoco tenían por qué
hacerlo entonces. Hasta
1964 la confrontación
generacional fue más
violenta en la cultura
que la confrontación
ideológica dentro de
la Revolución a la
cual supongo que se
refiera Díaz y no a la
otra,
al choque
revolución-contrarrevolución.
En aquella pugna
generacional —en la cual
la generación del
50, llamémosla así,
copaba las posiciones
clave en la crítica y en
la organización de la
cultura no toleraba
compartirlas ni con los
más jóvenes ni con los
más viejos— nosotros
abrimos la primera
brecha y literalmente
las arrebatamos de las
manos al cetro de ser
“los más jóvenes
escritores”.
La aparición de la UNEAC
como organismo unitario
fue un punto de vuelco
en esta batalla. El
interés de ella en las
Ediciones desde fines de
1962 no fue un error
sino una prueba, en ese
momento, de que no había
un conflicto ideológico
antagónico con las
Ediciones y de que el
método de la asfixia
administrativa no habría
de ser utilizado sin
sutilezas para resolver
discrepancias
generacionales o
estéticas.
En el caso número dos,
que las Ediciones en sí
fueran un error político
y estético, habría que
preguntarle a Jesús Díaz
si la treintena de
escritores que se
prestaron a publicar
allí sus obras no se
vieron contaminados
también por el carácter
erróneo de la empresa.
¿Acaso no implicaba una
colaboración moral al
entregar materiales a
una editorial que, según
parece considerar Jesús
Díaz, era un
divertimento de
adolescentes viciosos y
alejados (si no
hostiles) de la
Revolución?
Se publicaron a autores
tan disímiles como
Nicolás Dorr, Mariano
Rodríguez Herrera, J.R.
Brene, Miguel Barnet,
Belkis Cuza Malé,
Rogelio Martínez Furé y
Joaquín G. Santana.
¿Participaron también
ellos del supuesto error
político y “eran malos
como artistas”?
Las Ediciones El Puente
no fueron un error
político. Surgieron en
respuesta a la necesidad
de publicación de los
jóvenes. Fueron un
fenómeno espontáneo y
abierto. Su balance es
positivo. El catálogo de
nuestros libros no puede
ser invalidado. Ahí
está. Ni el juicio de
Jesús Díaz
ni el confuso matiz
ideológico que en sus
últimos tiempos adoptó
la dirección
de
las Ediciones,
pueden enturbiar los
hechos tal como son.
En cuanto al error
estético, si se trata
solo de la calidad
artística no puede, por
desgracia, corregir la
miopía crítica de Jesús
Díaz: la última palabra
sobre cada uno de
nosotros
la
dirá el tiempo, que es
implacable hasta con los
escritores
ultratecnificados. No
olvidemos que el poder
creador es
la
sustancia esencial del
artista. Se tiene o no
se tiene.
Ahora, si lo que Jesús
Díaz impugna es no solo
la factura, sino la
posición estética de
cada uno de nosotros,
sería interesante saber
desde qué posición
estética lo hace. En ese
caso debería tener
presente que ideología
no es un estricto
equivalente de posición
estética, ni este lo es,
mecánicamente, de
escuela literaria. Entre
unas y otras hay una
interacción dialéctica.
O sea, que el hecho de
tener agarrada por la
cola la suma verdad
ideológica (es una
hipótesis, nada más), no
le asegura a un grupo
que su estética y
escuela literaria
favoritas son las únicas
válidas y
revolucionarias.
El empleo del verbo
“eran” en esta parte del
alegato de Díaz,
¿implica acaso que hemos
dejado de ser malos
artistas y que se nos
admite ya en el
delicioso parnaso de la
antiliteratura? ¿O
indica, por el
contrario, que se nos
tira encima una lápida
mortuoria? Frívola
pretensión esta que
escandaliza en boca de
un miembro del
Departamento de
Filosofía de Universidad
de La Habana. Cualquiera
que revise las
publicaciones
literarias de nuestras
universidades,
comprobará que tanto en
el terreno de la crítica
como en el de la
creación, estamos
vivitos y coleando.
Por supuesto, no
pretendo convencer a
nadie de la genialidad
irrefutable de todo lo
publicado por Ediciones
El Puente. Creo que
publicamos, junto a las
cosas de valor, un
montón de la más infame
literatura que un ser
humano pueda concebir.
Con respecto a la
calidad del material
hubo siempre entre
nosotros dos posiciones
irreconciliables: una
consideraba la
publicación antes que
nada, como un medio de
alentar a la creación al
mayor número de jóvenes
posibles, sin tener
estricta cuenta de una
calidad inicial. Era la
tesis de la agitación
generacional. La otra, a
la cual siempre me
adherí, veía el libro
como un fin en sí
proponía otras
soluciones (desde el
taller literario hasta
la agotadora gestión
personal con los
autores) para animar a
los que comenzaran a
escribir. Esto explica
los abismos de calidad
entre los que,
efectivamente, se
debatían los libros de
El Puente. Termino ya,
con unas cuantas
observaciones:
Jesús Díaz dice
tajantemente que las
generaciones anteriores
a la nuestra no se
preocuparon por el
trabajo “teórico”. Esto
es inexacto. La
generación más antigua,
la del Grupo Minorista y
la Revista de Avance,
realizó la labor
crítica más importante
de la República. La que
surge hacia fines de la
década del treinta,
asociada o no a
Orígenes; también
hizo una tarea crítica
aunque ya más
específicamente, de
crítica literaria. La
generación del 50 es la
que más endeble está en
el aspecto “teórico”
aunque no en el docente.
Hay que diferenciar una
cosa de la otra. El
dogmatismo literario
aunque sea “amplio” y
utilice las técnicas más
modernas sigue siendo
dogmático, y es aun más
letal que el anterior
sobre todo si va
acompañado de la
soberbia, ese pecado de
lesa inteligencia: no es
necesario hacer
tabula rasa con los
que nos antecedieron
para acentuar el
carácter mesiánico de
nuestra generación o, en
el caso de Jesús Díaz,
de la fracción que él
parece representar y
hasta de él mismo,
personalmente. Al hacer
esto Jesús Díaz
demuestra no tener la
más vaga idea de lo que
es la continuidad
cultural. Si la tuviera,
entendería también que
de no haberse producido
una serie de fenómenos,
entre ellos Ediciones El
Puente, sería
inexplicable la
existencia de El
Caimán Barbudo.
Ediciones El Puente se
responsabilizó durante
los años más duros con
el único medio de
expresión generacional.
Nos comprometimos
abiertamente con la
labor expresiva de toda
nuestra generación
mientras muchos
prefirieron abstenerse,
observar, ir incubándose
bien seguros, algunos
desde las aulas
universitarias. Nosotros
fuimos los primeros en
dar fe de vida de
nuestra generación.
Creamos prácticamente de
la nada la conciencia,
en las generaciones
mayores, de que existía
una, que esta necesitaba
un vehículo propio de
expresión.
A la lucha por crear
esta conciencia se debe,
en cierta medida, que
hoy el órgano de la
Unión de Jóvenes
Comunistas, Juventud
Rebelde, llegue
hasta el punto de editar
un suplemento literario
como El Caimán
Barbudo.
Esto es un paso de
avance, de retroceso o
de costado, pero un paso
al fin. Lo realista y,
desde luego, lo generoso
es verlo así, y esperar
que las energías de su
director no se agoten en
quemar en la hoguera
inquisicional a quienes,
pésele o no somos sus
compañeros de
generación, o en decidir
a priori
quiénes en esta
contienda ideológica y
estética quedarán del
lado de la Revolución y
de la Alta Cultura y
quiénes no.
Nota:
Subrayados de la autora.
(N. del E.)
Tomado de
La Gaceta de Cuba,
Año V, No. 51,
junio-julio de 1966.
RESPUESTA A
ANA MARÍA
SIMO
Jesús Díaz
Se trata de lo
siguiente: “Mi
generación no está
estructurada. Desde
luego, tampoco ha
comenzado a manifestarse
de forma homogénea. Su
primera manifestación
de grupo fue la
editorial El Puente...”,
ese es mi punto de
vista. “Ni estética ni
ideológicamente las
ediciones formaron un
grupo definido y
homogéneo”, ese es el
punto de vista de Ana
María Simo.
Ana María vs. Ana
María. I
Veamos: “el espíritu de
responsabilidad
generacional y una gran
correspondencia
emocional y amistosa,
sirvió para identificar
al núcleo director de
las Ediciones durante
esos años, por encima de
las serias
contradicciones que se
hicieron evidentes
desde 1961 y
durante todo el año
1964”.
“En todos estos años,
las Ediciones
costearon la
publicación de los
libros. Ningún autor
aportó un centavo”.
“Invertimos en esto
miles de pesos de
nuestros sueldos
personales (nada
elevados por
cierto)...”. “A
principios de 1962
aparece entre
nosotros la
conciencia literaria. Al
mismo tiempo, se hace
crítico en el país el
fenómeno del sectarismo,
que luego denunciara
Fidel. Creo que esta fue
una coincidencia clave.
Ella determinó que
nos replegáramos
intelectualmente sobre
nosotros mismos,
en un justificado exceso
de protección hacia
nuestra obra y que
desconfiásemos
sistemáticamente de
ciertos aspectos de la
realidad, por miedo al
panfleto. Aunque este
fenómeno afectó en
general a casi todos los
escritores cubanos en
activo entonces, a
nosotros nos marcó en
plena formación.”
Pongámonos de acuerdo:
si un “núcleo director”
identificado
emocionalmente de tal
modo que antepone su
amistad a “serias
contradicciones”, de
principio como veremos
más adelante; que aporta
miles de pesos de sus
nada elevados sueldos
personales; en quienes
aparece a un tiempo la
conciencia literaria y
cuidan
¿justificadamente? su
obra por miedo al
panfleto, que desconfían
sistemáticamente de
ciertos aspectos de la
realidad en un
determinado momento, que
pospone por motivos
sentimentales una
imprescindible
confrontación
ideológica, y que
propician, todos, ese
“desmoronamiento
ideológico y moral”, ese
“final sin lucha”, como
la propia Ana María Simo
lo califica. Si eso no
es un grupo, que venga
Dios y lo vea. Cuidado,
podrá decir Ana María,
Díaz usa sus peligrosas
técnicas de libelista,
acaba de recibir la
última
Life,
leyó el artículo de
Carlos Fuentes sobre el
PEN. He aquí bien claro
que: “El papel de las
ediciones fue, por
tanto, más el de una
empresa práctica que
estética o ideológica”;
que: “ni estética, ni
ideológicamente las
ediciones formaron un
grupo”. Entonces lo que
ella misma se encargó de
describirnos no era más
que un grupo de amigos
empeñados en una
“empresa práctica”.
Vamos por partes: en
primer lugar era un
grupo. En segundo lugar,
¿en qué sentido puede
una editorial ser una
empresa práctica? Si nos
limitáramos a concebir
esa práctica con un
criterio pedestre y
estrecho, la
definiríamos como hacer
libros
contra viento y marea en
una imprenta vieja y
calurosa. Eso supone
reducirla a su sentido
industrial con lo que
los verdaderos editores
serían los obreros de
taller. Pero como la
especificidad de la
práctica editorial
reside en seleccionar,
promover, escribir y
editar este o aquel
libro; sus
características
fundamentales son las de
una empresa ideológica,
porque imprimen ideas, y
estética, porque estas
ideas tienen formas más
o menos artísticas. En
suma: se editan libros,
no pasteles.
“Las Ediciones El Puente
no fueron un error
político”; eso es el
punto de vista de Ana
María Simo; la Editorial
El Puente “fue un
fenómeno erróneo
político y
estéticamente”, ese es
mi punto de vista.
Ana María me dijo en su
respuesta, que la gran
correspondencia
emocional y amistosa,
entre otras razones,
sirvió para identificar
al núcleo director de
las ediciones por encima
de las serias
contradicciones que se
hicieron evidentes desde
1963 durante todo el año
1964. ¿En qué consistían
estas “serias
contradicciones”?
Nota:
1- Todos
los subrayados son míos.
Ana María vs. Ana
María. II
“[…] nos replegábamos
intelectualmente sobre
nosotros mismos, en un
justificado exceso de
protección hacia nuestra
obra y que
desconfiásemos
sistemáticamente de
ciertos aspectos de la
realidad por miedo al
panfleto”.
En esta actitud no hubo
contradicciones, hubo
unidad de grupo en la
desconfianza.
Más tarde, en octubre de
1962, “los autores
quisimos dar la voz
de alarma y al mismo
tiempo iniciar la
crítica de una
actitud como esta en la
cual hay que buscar el
fondo remoto de la
orientación que
asumieron las Ediciones
en su última etapa”.
Es imprescindible
destacar dos cosas: se
quiso dar no se
dio la voz de
alarma. Existe una
relación entre la
actitud asumida en 1962
y la crisis de 1964. Si
a esto agregamos que el
Resumen Literario El
Puente ...“era el único
medio de expresión
para quienes dentro de
las Ediciones
sosteníamos la
importancia de la
crítica y de la
autorreflexión”; que “en
el segundo recital de
poesía y feeling”,
después de la
“crisis de septiembre”,
“[...] se renunciaba a
toda apertura, a la
crítica, a la pelea y a
la protesta
revolucionaria en aras
de una comunicación de
‘iluminados’ con un
sector de intelectuales
y artistas, lumpen
literario y gente de
espectáculos”; “que fue
[...] una intención poco
inteligente, suicida y
decadente”;
que la visita del
disoluto poeta
norteamericano Allen
Ginsberg “solo
encauzó este nihilismo
conformista en las
Ediciones por la vía de
la respuesta privada,
tan estéril cuando no se
acompaña o se sobrepasa
con la otra: la
creadora, la de la
inteligencia”;
que “los libros
programados para 1965,
que no terminaron de
editarse, son ya la
repercusión concreta, en
los libros, de este
desmoronamiento
ideológico y moral”.
Si a esto agregamos que
en relación con las
publicaciones, una
corriente estaba por
editar “sin tener
estricta cuenta de su
calidad inicial” y la
otra “veía el libro como
un fin en sí”.
La conclusión es obvia:
las contradicciones eran
de orden ideológico,
estético y ético. Ahora
bien, ¿cuál fue la idea
dominante? En primer
término, “el espíritu de
responsabilidad
generacional y una gran
correspondencia
emocional y amistosa”
identificó al núcleo
director por encima de
esas “serias
contradicciones”. La
“responsabilidad
generacional” pesó más
que la responsabilidad
revolucionaria; la
amistad, más que la
definición ideológica.
Ana María Simo me
reprocha el “confundir
la actitud que
individualmente (más
aun: privadamente) pueda
tomar, en un momento
determinado, el
responsable de una
editorial, con la
significación histórica
de esta empresa o con la
postura de cada uno de
los que colaboraron o se
comprometieron
moralmente con el
carácter general de la
misma”.
Ahora bien, la misma Ana
María ha dicho: “durante
años permitimos la
centralización excesiva
de las Ediciones en una
la persona. En un afán
por ocultar las
disensiones internas,
presentamos al exterior
una imagen monolítica de
las Ediciones,
encarnadas casi
exclusivamente en la
personalidad de su
director. Una cosa se
hizo sinónimo de la
otra”. Ha dicho:
“¿debían las Ediciones
funcionar con una
dirección colectiva o
seguirían siendo
dirigidas como hasta
entonces por una sola
persona con entera
libertad de
movimientos?” a
dicho: “La autoridad
real de las Ediciones
permaneció en
manos de José Mario
Rodríguez”. Ha dicho:
“En los momentos
decisivos unos nos
conformamos con crearnos
un anarquismo
personal”...
Leyendo eso uno no
entiende qué diablos
hacía Ana María Simo
como ¿corresponsable? de
El Puente. Uno no
entiende cómo puede
intentar responsabilizar
moralmente a
Belkis Cuza, Joaquín G.
Santana, Miguel Barnet,
Mariano Rodríguez
Herrera, Nicolás Dorr y
otros compañeros, con el
carácter general de
semejante empresa.
La misma Ana María Simo
es responsable por
omisión. Cuando me
refería a grupo, no me
refería a todos
los que han publicado
(grupo, fracción, es
parte) me refería al
núcleo y la actitud que
Ana María me ha ayudado
a definir. Uno no
entiende cómo es capaz
de decir que: “quién
sabe si la Revolución
misma” […] “cometió el
error político y
estético de tolerar,
patrocinar o inclusive
aplaudir, últimamente a
las Ediciones”.
Últimamente, en la vida
de las Ediciones, es
Ginsberg, es la relación
disoluta,
negativa, liberaloide;
es lo que Ana María
llama en un alarde de
¿candidez? “confuso
matiz ideológico”. En
realidad era no matiz,
sino una definición; no
confusa, sino obvia,
clara, terminantemente
antirrevolucionaria.
Para decido todo en
junto: El Puente era
dirigido por un grupo.
En ese grupo
(independientemente de
las buenas
intenciones con las
que está empedrado un
camino conocido) se
impuso siempre la línea
personal y la actitud
disoluta y negativa de
José Mario Rodríguez,
pródigo ¿poeta? que
logró publicar La
conquista, De la espera
y el silencio, Clamor
agudo, A través, 15
obras para niños, La
torcida raíz de tanto
daño y Muerte del
amor por la soledad,
en menos de cuatro años;
una fertilidad digna de
Lope o del Indio Naborí.
Todos los libros
fueron editados por El
Puente a pesar de que
“la mayoría de nosotros
no pensó nunca en
utilizar indefinidamente
las Ediciones para
autoexpresarse”. “La
mayoría de nosotros”...,
es decir, el resto del
grupo, permitió, en aras
de no sé qué mítica
amistad, esos hechos.
Como permitió y apañó
toda la errónea
evolución política de la
Editorial. ¿Dónde reside
la corresponsabilidad de
Ana María Simo?
Evidentemente es
corresponsabilidad en el
error, el silencio y la
debilidad ideológica, ya
que no pudo serlo en la
dirección efectiva de la
Editorial.
Harina de otro costal
Me voy a referir
brevemente a los
elogiosos comentarios
que graciosamente Ana
María Simo dedica a mis
supuestas habilidades
verbales: es la vieja
técnica de gritar: ¡Al
ladrón!
Me
interesa también otra
cosa; en su artículo hay
una buena cantidad de
alusiones equívocas. Por
ejemplo, dice “porque
no
es lo mismo hacer una
labor como aquella, que
ser un burócrata de la
cultura, como no es
igual hacer la reflexión
generacional en plena
Crisis de Octubre que
realizarla en la
relativa comodidad del
año 1966”. ¿Es que Ana
María piensa que soy un
burócrata de la cultura?
Si lo piensa, ¿por qué
no lo deja claro? Si no,
¿a qué viene esa frase?
La técnica empleada un
artículo plagado de
insinuaciones, que van
creando insensiblemente
en la mente del lector
la imagen de un
burócrata de la cultura,
jefe de una de las
camarillas literarias
que asolan nuestro país
y que se mantuvo
escondido en las aulas
universitarias hasta
hacerse una especie de
representante oficial
del poder ante los
problemas de la cultura
joven, ¿se debe Life,
o lo aprendió leyéndome?
En todo caso me ha
superado, porque cuando
pensé, como pienso, que
El Puente fue
“empollado”, lo dije
claro. Es cierto que
durante la Crisis de
Octubre no pude
entregarme al peligro de
una profunda reflexión
generacional: estaba
dirigiendo una batería
de cañones antiaéreos.
Siento que esto suene
mal, que suene pedante,
que hasta suene
“dogmático” en boca de
un escritor, Ana María
recordó la Crisis de
Octubre, yo también.
Luego me usa de
dogmático
tecnificado y letal.
Sería bueno que les
preguntara a los
defensores del Indio
Naborí o de los manuales
de marxismo si existe un
pensamiento
dogmático-terrorista,
existe también un
pensamiento
histérico-liberalista.
Son primeros, ninguno
discute ideas, ambos
acusan. Y si se entiende
como dogmatismo luchar
contra las posiciones
ideológicas que,
independientemente de la
opinión de quienes
¿codirigían?, se
impuso en la
editorial hasta el
extremo de la disolución
Ginsberg y desde 1962,
cuélgueseme el
sambenito.
Al final Ana María, cuya
“actuación escrita” en
este proceso me recuerda
por antítesis la
actuación de otra María,
Schell en la película
El último puente, me
libera de un temor: El
Puente está vivo dice
que en las publicaciones
universitarias. Por más
que he revisado las
revistas de nuestras
universidades, no he
podido hallar la prueba,
pero... me hace falta
creer en Ana María.
Sería bastante triste
ser conocido como el
asesino de un muerto.
Tomado de
La Gaceta de Cuba,
Año V, No. 52,
agosto-septiembre, 1966.
Estas
cartas se incluyen en la
selección de la Dra.
Graziella Pogolotti
compilada en el libro de
ensayos Polémicas
culturales de los 60,
Segunda edición,
Editorial Letras
Cubanas, 2007. |