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Ante esta muerte súbita
de José Mario, solo
siento un dolor inmenso,
traído como por esos
vientos leves que van
dejando los tornados y
hasta los ciclones; ese
dolor es muy profundo
porque me ha hecho
entender los nexos entre
la geografía, los
espíritus, el tiempo y
el corazón. Yo no lo
olvidé nunca y, aunque
quizá no llegó a saberlo
por mi boca, ha estado
presente en mi fervor
por la poesía de esta
ciudad nuestra que tanto
amó. Con su melena
inmensa, brillosa y
negra, igual que las de
los primeros indígenas
de Baracoa, confundida
tantas veces con ese
mismo viento que me
trajo la triste noticia
de su fallecimiento.
Cuántas cosas pasaron,
cuántas cosas cambiaron.
Descanse en paz, mi
amigo, mi primer
editor.
Publicado en La
Jiribilla Nro. 78,
noviembre de 2002. |