La Habana. Año X.
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Novísima de teatro 45 años después
Inés María Martiatu • La Habana

Cuando poco a poco fueron llegando a mis manos los primeros textos que constituirían esta antología, ellos me trajeron a la memoria aquellos primeros años de la Revolución que coincidieron con nuestra adolescencia. Asistíamos a las reuniones informales en la cafetería de la Biblioteca Nacional, en la sala de la circulante o en el Teatro Nacional. Sara Gómez, Nancy Morejón y yo1, a veces todavía con el uniforme del Instituto de La Habana. Eugenio Hernández, Ana Justina Cabrera, José Mario, Mario Balmaseda y otros. Todos muy jóvenes aún. Todos deslumbrados por los descubrimientos de cada uno de aquellos días prodigiosos, con la necesidad de expresarnos y lo más importante, con la posibilidad de hacerlo. Cada libro que pasaba de mano en mano era un estímulo para la escritura. Cada texto nuevo era compartido con júbilo por todos.

Algunas de las obras incluidas aquí resultaron asequibles por haber sido publicadas anteriormente. Otras tuvieron que ser rastreadas en bibliotecas, centros de  información y en las colecciones particulares de los propios dramaturgos o de algún que otro director o actor que las había conservado. Todas en copias  amarillentas por el tiempo,  mimeografiadas o escritas en frágiles hojas de papel de copia. En algunos casos tuvieron que ser revisadas minuciosamente por los autores. Estas obras son testimonios de aquellos años en que el triunfo de la Revolución produjo una verdadera eclosión en el campo artístico-literario. Debimos revisitarlas no sin cierta nostalgia.

Sin embargo, en esa etapa se presentaron paradojas difíciles de comprender. El teatro  y la cultura cubanos, en general se nos muestran como un universo lleno de violentas contradicciones. Cómo fue posible que años tan luminosos en que parecía que todos los sueños y las realizaciones podrían hacerse realidad, coincidieran con sucesos tan tenebrosos. Una época de florecimiento, de exaltación juvenil, desembocó en hechos que pudieron dar al traste con toda aquella efervescencia creadora. Fueron puestas a prueba la confianza, el optimismo y la propia certidumbre en los destinos de los creadores.

Aparecen las Ediciones El Puente  

En los primeros años del proceso revolucionario, se desarrollaron importantes acontecimientos que caracterizarían en esos momentos y en el futuro el campo cultural cubano y las políticas culturales que se irían definiendo a partir de entonces. Fue un tiempo extraordinario, una etapa de transformación de la sociedad en su conjunto. Surgían nuevas instituciones  y  tendencias. Se debatían determinadas posiciones estéticas y en definitiva se luchaba por la posibilidad de protagonizar y controlar los espacios de representación pública por imponer las cosmovisiones de cada cual dentro de las instituciones que representaban.2

Es en este contexto que surge un proyecto que habría de nuclear a un numeroso grupo de escritores y artistas jóvenes: El Puente. Pero ¿qué fue El Puente. El triunfo de la Revolución había creado un clima de entusiasmo y apertura. Ediciones El Puente fue fundada por José Mario Rodríguez, un joven poeta como respuesta a la necesidad de publicación de los nuevos escritores. Él y otros opinaban que las posibilidades de publicar estaban cerradas para ellos.

Sobre esto el poeta Reynaldo García Ramos escribió:

“Todo el mundo sabía que Lunes de Revolución, el suplemento cultural del periódico Revolución, órgano del gobierno, era un círculo cerrado, controlado por Guillermo Cabrera Infante, el director de ese suplemento. [...] en Lunes no se reflejaban las actividades de nadie que no perteneciera al círculo de Guillermo, no se comentaban libros de escritores jóvenes.”3

Entre 1961 y 1965, Ediciones El Puente publicó numerosos títulos, aparecieron así docenas de nuevas voces en el panorama literario cubano. Ellos se lanzaron a la aventura editorial en un momento en que todavía existían imprentas particulares.  Lo hicieron con sus propios medios, aunque modestos, y lo lograron.

En 1966 entre los meses de abril y mayo se publicó en las páginas de La Gaceta de Cuba, una polémica a propósito de una “Encuesta sobre las Generaciones” que realizó esta publicación. Sus protagonistas fueron Jesús Díaz y Ana María Simo. Jesús Díaz representaba una nueva tendencia apoyada por la UJC e integrada por jóvenes intelectuales que se nuclearon alrededor de El Caimán Barbudo. Ana María Simo representaba por el contrario a los que habían dado vida a las Ediciones El Puente, ya desaparecidas en 1965.

El manifiesto “Nos pronunciamos”, apareció en el primer número de El Caimán Barbudo, junto a un editorial donde se lee:

“Conscientes de la profunda militancia, y que los dogmas no han hecho siempre sino frenar el desarrollo de la cultura, alentaremos la investigación en todas las esferas sin olvidar que somos ‘hombres’ de una época, ‘hombres’ de una revolución, hombres de la Revolución Socialista de Cuba, y que a ella nos debemos.” 4

El manifiesto “Nos pronunciamos” fue firmado también por Víctor Casaus, Guillermo Rodríguez Rivera, Félix Contreras, José Yanes, Helio Orovio, Luis Rogelio Nogueras, Froilán Escobar...5

Este y otros señalamientos sobre la “mala poesía” y el énfasis autoritario y excluyente iban dirigidos, sin duda, a los de El Puente. Pues como señala Roberto

Zurbano en “Re-pasar El Puente”, “[...] otra de sus marcas significativas fue la alta proporción de mujeres, negros, homosexuales, pobres y otros marginados sociales que expresaban sus diversos conflictos e interrogantes literarias”.6

Desde su posición de protagonista y de guardián de la memoria, Gerardo Fulleda León recuerda:

“Molestábamos. Algunos jerarcas ‘comprometidos’ del suplemento Lunes de Revolución ‘nos menospreciaban’ porque solo hacíamos bulla y teníamos muy poca constancia literaria para llegar a ocupar sus espacios.”  

Y más abajo admite:

“Sí, es cierto que hubo robos de libros, por parte de algunos de nosotros, en bibliotecas públicas y privadas; pequeños escándalos de borracheras nocturnas que no llegaban a noticias de viva: la controvertida presencia de Allen Ginsberg entre nosotros.” 7

Todos estos sucesos que refiere Fulleda León hubieran sido solo travesuras de jóvenes dispuestos a disfrutar o a llamar la atención. En otro contexto no hubieran revestido la mayor importancia.

La labor de las ediciones El Puente, fue, sin duda, de gran trascendencia. Numerosos escritores publicaron allí sus primeros o segundos libros solamente, unos pocos abandonaron el país. De hecho muchos de los de El Puente han realizado brillantes carreras literarias. A pesar de ello un silencio denso se ha mantenido sobre ese episodio literario y editorial de la historia de la cultura cubana.

El Puente constituye ese capítulo perdido de la historia de la literatura cubana en el período revolucionario que nuestros grandes textos críticos e historiográficos —léase diccionarios, antologías,  panoramas, bibliografías y memorias— silencian con la mayor tranquilidad. 8

Sus propios protagonistas han sido renuentes a ofrecer sus testimonios. Las heridas de aquella época parecen no haber sido restañadas todavía. Nancy Morejón en entrevista en Opus Habana, refiere.

Yo viví acomplejada muchos años […] porque éramos considerados algo así como seres endiablados. Te digo que a mí todavía en un Consejo Nacional de la UNEAC me da trabajo levantar la mano para decir algo, porque me parece que va a salir alguien y me va a decir: “Cállese usted, porque los de El Puente...” Ahora te lo puedo contar, pero antes no se hablaba de esas cosas...9

Estas circunstancias han ayudado a hacer más denso ese silencio. Una excepción es la de Gerardo Fulleda León que escribió un valioso testimonio para La Gaceta de Cuba.10

Curiosamente han sido algunos miembros de la generación más joven de estudiosos de la cultura los que se han dado a la tarea de rescatar, de hacer justicia en este caso. Uno de los primeros gestos fue el dossier que el crítico cultural Roberto Zurbano publicó en La Gaceta de Cuba,11 que reúne las contribuciones del propio Roberto Zurbano, Gerardo Fulleda León, Arturo Arango, Isabel Alonso y Norge Espinosa. Todos ellos, desde diferentes puntos de vista arrojan luz sobre el tema propuesto.

No es casual que la ensayista Graziella Pogolotti cierre su libro Las polémicas culturales de los 6012  con la discusión que en 1966 sostuvieron Jesús Díaz y Ana María Simo. Por otro lado, el crítico cultural Alberto Abreu dedica un extenso y esclarecedor capítulo de Los juegos de la escritura  o  la reescritura  de  la historia 13  al caso de Ediciones El Puente.

El catálogo de ediciones El Puente no es nada despreciable por su cantidad y calidad. En el breve espacio de tiempo que va de 1960 a 1965, vieron la luz 36 títulos de más de 20 autores. Publicaron poesía, narrativa y teatro.

Muchas de estas obras resultan altamente significativas dentro del panorama editorial de la época. En poesía: El grito, de José Mario Rodríguez (1960); La marcha de los hurones, de Isel Rivero (1960); Novísima poesía cubana (1960); G.H., de Georgina Herrera (1962); El orden presentido, de Manuel Granados (1962); Tiempos de sol, de Belkis Cuza Malé (1963); Poesía yoruba, de Rogelio Martínez Furé; Hiroshima, de Santiago Ruiz; El largo canto, de Mercedes Cortázar; Poemas de Santiago, de Joaquín G. Santana; Mutismos, de Nancy Morejón; Algo en la nada, de Gerardo Fulleda León, Isla de güijes, de Miguel Barnet, y otros.

En narrativa: Las fábulas, de Ana María Simo; Cuentos para abuelas enfermas, de Évora Tamayo; La mutación, de Mariano Rodríguez; La nueva noche, de Ángel Luis Fernández. Teatro: Santa Camila de la Habana Vieja, de José Ramón Brene; 15 obras para niños, de José Mario Rodríguez; Teatro infantil, de Silvia Barrios y otros.  Un logro editorial  notable fue la publicación de la Novísima Poesía Cubana I  (antología poética).

Jesús Díaz, ya por esa fecha director de El Caimán Barbudo y miembro del Consejo de Redacción de la revista Pensamiento Crítico, ante la pregunta de la

“Encuesta sobre las Generaciones” ¿Cómo definiría usted su generación? responde:

Simplemente no la definiría. No está estructurada [...] Su primera manifestación de grupo fue la Editorial El Puente, empollada por la fracción más disoluta y negativa de la generación actuante. Fue un fenómeno erróneo política y estéticamente. Hay que recalcar esto último, en general eran malos como artistas. 14

Al decir “no está estructurada” trata de descalificar la labor de los de El Puente y deja claro que es el grupo emergente de los de El Caimán Barbudo el que  está  llamado a  “estructurarla”. Se  atreve a calificar el proyecto de El Puente como “erróneo política y estéticamente”. Al recalcar, “eran malos como artistas”, en tiempo pasado, ya los estaba dando por eliminados del campo cultural cubano y merecedores, según él, de ese “castigo”. El tiempo como sabemos le quitó la razón.

Gerardo Fulleda en su texto de La Gaceta de Cuba se refiere de forma explícita a estas acusaciones:

Más tarde, del otro lado surgió “la camada” del primer Caimán Barbudo, quienes nos declararon la guerra de exterminio no solo desde sus páginas, donde no se le permitía publicar a nadie sobre el que hubiera alguna sospecha de homosexualidad o relación con alguien de tal signo, pero donde sí se daban el lujo de atacar todo aquello que de algún modo lo rozara, como también de lanzar insidiosas y bajas maquinaciones que costaron más de una víctima en la depuración universitaria.15

Ante semejantes ataques e insinuaciones de Jesús Díaz, como era de esperarse, sobrevino la respuesta de Ana María Simo:

Las Ediciones El Puente no fueron un error político. Surgieron en respuesta a una necesidad de publicación de los jóvenes. Ahora, si lo que Jesús Díaz impugna es no solo la factura, sino la posición estética de cada uno de nosotros, sería interesante saber desde qué posición lo hace. En este caso debería tener presente que la ideología no es un estricto equivalente de posición estética, ni esta lo es, mecánicamente, de escuela literaria. Entre unas y otras hay una interacción dialéctica. O sea, que el hecho de tener agarrada por la cola la suma verdad ideológica (es una hipótesis nada más), no le asegura a un grupo que su estética y escuela literarias sean las únicas válidas y revolucionarias.16

El desenlace de esta historia, o al menos de esta parte de ella, es conocido por todos... La marginalización de los miembros de El Puente, (que ya en 1965 había dejado de existir) y el liderazgo del grupo de jóvenes escritores y artistas nucleados en torno al Caimán Barbudo.

Algunos de los jóvenes escritores agrupados alrededor de El Puente sufrieron duras represalias. Fueron depurados de la Universidad y otros centros de estudio. Acusados, entre otras cosas, de propagar la homosexualidad, el Black Power, de publicar a exiliados y de tener relaciones con extranjeros. Varios fueron detenidos, y/o se les envió a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción.

Así terminó una de las aventuras intelectuales más significativas de los 60,  la de las Ediciones El Puente.

Entre los proyectos pendientes, quedaron Segunda Novísima de Poesía Cubana, El Puente, Resumen Literario II'(revista literaria) Manuel Ballagas, Con temor (historias) y la Primera Novísima de Teatro.

Debemos aclarar aquí que los términos “nueva, nuevo, novísima y novísimose utilizaron mucho en los años 60. Respondían a los paradigmas de la nueva era que se iniciaba. En los 80, Salvador Pedro Redonet Cook recolocó “novísimos” para referirse a un grupo de escritores que él estudió y promovió. Sin embargo, otra parte de la crítica lo consideró ya en ese momento obsoleto por excluyente de lo que les antecedió.

La eclosión del teatro de los 60 y el Seminario de Dramaturgia

Sabemos que el teatro de los 50 se desarrolló principalmente en el ámbito de las llamadas “salitas”. Eran grupos que hacían teatro con el mayor de los sacrificios.  Contaban con la asistencia de un público de entendidos y amigos, casi siempre muy exiguo. Todos, directores, actores, actrices y técnicos desempeñaban otros empleos para poder sobrevivir. Los autores ya establecidos se podían contar con los dedos de las manos.

A pesar de esos antecedentes, el teatro gozó del entusiasmo y la adhesión de los jóvenes que se acercaban al arte y a las oportunidades que ofrecieron de inmediato las instituciones culturales creadas por la Revolución. Un ejemplo fueron los Instructores de Arte que tuvieron en el teatro muchos de sus más apasionados y numerosos miembros. Y, por supuesto, el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba. Coincidieron en obras y propósitos las Ediciones El Puente y el Seminario de Dramaturgia.

Me han preguntado si se trata de la antología de El Puente o de la antología del Seminario de Dramaturgia. En realidad se trata de las dos cosas. Entre los alumnos del Seminario y los miembros de El Puente se habían establecido   numerosos vasos comunicantes en lo generacional principalmente. Algunos de estos alumnos van nucleando un grupo que estaría alrededor de El Puente. Eugenio Hernández Espinosa afirma que El Puente  no solo fue fundado por poetas y narradores, sino también por dramaturgos17. En algunos casos, autores del Seminario ya habían publicado en las Ediciones El Puente, tales como José Milián,

Nicolás Dorr y José A. Brene. Por ese y otros motivos era lógico que si se  trataba de planear una antología con la producción de los alumnos del Seminario, fuera El Puente la editorial encargada de ello. Ya existía el precedente de la aparición de la Novísima Poesía Cubana I, antología aparecida en 1960.

El Teatro Nacional de Cuba

El edificio del Teatro Nacional forma parte del conjunto de edificaciones que luego constituirían la Plaza Cívica y a partir de 1959, la llamada Plaza de la Revolución. La idea de incluir un teatro entre los diferentes edificios públicos que la integraban comenzó a gestarse a partir de 1951 durante el gobierno del presidente Carlos Prío Socarrás. Su hermano, Antonio Prío Socarrás fungió como presidente del Patronato del Teatro Nacional y se hizo pública la convocatoria para el concurso del proyecto arquitectónico que  lo haría realidad. El 29 de julio de 1952 fue colocada la primera piedra.18. Sin embargo, en el año 1959 el teatro no había sido terminado aún. 19

El 12 de junio de 1959 la Ley No.379 disuelve el Instituto Nacional del Teatro creado en 1955. Queda bajo la jurisdicción del Ministerio de Educación el Teatro Nacional Gertrudis Gómez de Avellaneda.20 En junio de 1959 fue nombrada como directora Isabel Monal. 21

A pesar de no estar terminada la construcción, comenzó a funcionar y se convirtió en aquella época en el centro de donde emanaba toda la organización e iniciativas  referentes a las Artes Escénicas en Cuba. En esa edificación todavía inconclusa se iniciaron con el mayor entusiasmo las labores de los diferentes departamentos.

El Departamento de Música fue dirigido por el compositor Carlos Fariñas. El de aficionados por Irene Reloba. El de Danza le fue confiado al maestro Ramiro Guerra.

“…se produjeron las primeras presentaciones del grupo de  Danza Moderna, fundado por el destacado bailarín y coreógrafo Ramiro Guerra con estrenos como “Mulato”, “El milagro de Anaquillé” y la trascendental “Suite yoruba”. Con estas y otras obras de esa etapa, Ramiro Guerra nos muestra la síntesis, el sincretismo de nuestra cultura y utiliza las técnicas de la danza moderna para dar los primeros pasos de una danza cubana, nacional.”22 

Todavía queda la impresión de deslumbramiento en los espectadores que tuvimos  la suerte de asistir a aquellos primeros espectáculos.

Al frente del Departamento de Folclor estaba el músico, musicólogo y profesor Argeliers León. Como una de sus tareas más urgentes organiza el Seminario de Etnología y Folclor con el objetivo de ir preparando investigadores en ese campo. En el Seminario participaron como alumnos Rogelio Martínez Furé, Miguel Barnet y Alberto Pedro Díaz. También otros artistas como el músico Jorge Berroa, la prematuramente desaparecida cineasta Sara Gómez y la autora de estas líneas. El departamento organizó:

Los estrenos de “Bembé”, “Abakuá” y “Yímbula” […] Estos espectáculos danzarios constituyeron un verdadero acontecimiento. Por primera vez se presentaban ante el  público, en un escenario fuera de sus contextos  habituales y sin la función religiosa que los caracteriza, las danzas y cantos de la Santería, el Palomonte y la Sociedad Secreta Abakuá. […] la relación entre profesores y alumnos de ambos seminarios habrían de dar como resultado importantes trabajos de colaboración y una indeleble influencia que fructifica hasta nuestros días.23

El Seminario de Etnología y Folclor contó con un capacitado claustro de  profesores. Argeliers León, María Teresa Linares, Manuel Moreno Fraginals, Isac Barreal y John Du Molin estuvieron entre ellos.

Estos acontecimientos que se estaban produciendo en aquella época en la danza  tuvieron un efecto enorme en las artes escénicas en general y por supuesto en los dramaturgos en ciernes que se estaban formando en el Seminario del Teatro Nacional de Cuba.  No solo como hechos artísticos, sino como un importante logro en la búsqueda y expresión de nuestra identidad. De pronto, un mundo que se nos mostraba en toda su potencialidad dramática y espectacular, unido a una música de una expresividad inusitada, y a ilimitadas posibilidades en el resto de los componentes de la puesta en escena. Todo ello en grande, en un escenario donde el espacio producía también una eclosión con respecto a aquel teatro de cámara a que estábamos acostumbrados. “Surgía para la escena un mundo nuevo y mítico que habría que descubrir”.24

En junio de 1959, Fermín Borges es nombrado director del Departamento de Artes Dramáticas. Enseguida se sumaron a su equipo numerosos creadores. Se extendieron contratos a directores, actores y técnicos y se estrenaron producciones de la mayor importancia. Las funciones de los primeros espectáculos se efectuaban en aquella Sala Covarrubias, aún sin todos los detalles constructivos y con el lunetario todavía entre andamios. Recuerdo las puestas de Santa Juana de América, de Andrés Lizárraga con la actriz Miriam Acevedo como protagonista; La  ramera respetuosa, de Jean Paul Sartre, por esa misma actriz; El Retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla y muchas otras puestas memorables. Sin embargo, uno de los proyectos más caros para Fermín Borges fue el del Seminario de Dramaturgia.25

El Seminario de Dramaturgia

El ya mítico Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba se menciona muy a menudo por la crítica. Se repiten los nombres de algunos de sus participantes más conocidos y de otros pocos profesores. Sin embargo, la  mayor parte de la información sobre ese importante momento de la historia del teatro cubano contemporáneo todavía está por investigar. Trataremos aquí de reconstruir con la ayuda de testimonios de los participantes, al menos en parte, lo que fue el Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional.

El 10 de enero de 1960 sale en la prensa la convocatoria para el Seminario de Dramaturgia José Antonio Ramos, que comenzaría sus labores en febrero.26 En este caso, el testimonio de Eugenio Hernández Espinosa resulta muy valioso. Hernández Espinosa fue el único de los participantes que se mantuvo asistiendo durante todas las etapas por las que transitó el Seminario. Al principio participaron   dramaturgos ya establecidos y otros que comenzaban… pero no todos se mantuvieron yendo. Según Hernández Espinosa, “el primer curso fue de teatro cubano impartido por Natividad González Freyre y José Antonio Escarpenter, enseñaban obras de teatro cubano y analizaban también escenas escritas por los alumnos”27. Los alumnos fueron Gloria Parrado, Bebo Ruiz, Videlia Rivero, Haydée Arteaga, Xiomara Calderón, Rafael de Acha, Eduardo Sandoval, Emilio Taboada, Arturo Videla, Marcos Portal, Reinaldo Hernández Savio, Roberto Ferrer, Jorge Luis Castro, Ray Pelletier, Mario Balmaseda, William Bush, entre otros. Las clases se impartían en sesiones nocturnas dos o tres veces a la semana. También se ofrecían conferencias a cargo de intelectuales de la talla de Manuel Moreno Fraginals, Virgilio Piñera, Mirta Aguirre, Julio Matas y Alejo Carpentier.

Durante la segunda etapa del Seminario, Mirta Aguirre impartió Análisis y creación Dramática. Este período resulta importante porque se incorporan alumnos que  llegarían hasta el final. Casi todos ellos se incorporarían al movimiento teatral. Comienzan Gerardo Fulleda León, José Mario Fernández, Ana Justina Cabrera, Rogelio Martínez Furé, René Ariza, Maité Vera, José R. Brene, Mario Balmaseda,  Carlos Santos Franco, Humberto Padilla, Santiago Ruiz, Pepe Santos, Jesús Gregorio, Armando Luis Charón, Miguel Benavides Ramírez, Rolando Buenavilla, Carmelo de la Paula y Roberto Anaya.28 Samuel Feldman, profesor argentino, impartía clases de Teoría y composición dramática paralelamente en días alternos. 

Cuando el Seminario pasó a ser dirigido por el dramaturgo Osvaldo Dragún se reestructura y se ofrecen becas con estipendio. Son seleccionados para recibir estas becas algunos de los que ya habían comenzado en la primeas etapas y que  habían obtenido resultados satisfactorios. Se incorporan entonces Tomás González, Joaquín Cuartas, René Marín, Nicolás Dorr, José Milián, Carlos Barceló, René

Fernández Santana, Rafael Ruiz, Heusder Hernández Pérez, José Corrales, Mercedes Antón, Mary Caleiro, Miguel Collazo, Karla Barro y Emilio Taboada. Algunos de ellos que procedían  de provincia, fueron albergados en una casa en la 5ª. Avenida de Miramar. Se les asignó un estipendio de 140 pesos a los de provincia y cien a los que residían en La Habana.

Los profesores que se hicieron cargo de impartir las clases del Seminario y/o  dirigir las lecturas fueron Gustavo Robreño, Rolando Ferrer, Manuel Moreno Fraginals, Alejo Carpentier, Rogelio Martínez Furé, Miguel Barnet, Ugo Ulive, María Teresa Linares, Isaac Barreal, Eraclio Zepeda, Virginia Cruttel, Roberto Fernández Retamar, Enrique Pineda Barnet, Rogelio París, Luisa Josefina Hernández, Argeliers León, Wanda Garatti, Irene Campodónico y Osvaldo Dragún.29

Las asignaturas del currículo dan una muestra del interés en ofrecer a los alumnos un amplio espectro cultural, así como los instrumentos teórico-prácticos propios de la escritura teatral. Se hacía énfasis en la cultura y el teatro cubanos. Estas asignaturas fueron: Literatura Universal, Español, Historia de Cuba, Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico, Teatro Universal, Teatro Cubano, Psicología, Sociología, Etnología y Folclor, Teoría y composición dramática, Dialéctica del drama y Géneros teatrales.30 Durante las diferentes etapas fueron responsables del Seminario Emilio Taboada, Eugenio Hernández Espinosa y Osvaldo Dragún.31 

Las conferencias y clases tenían un carácter informal. Los alumnos podían interrumpir, preguntar. De acuerdo con los testimonios de algunos de los participantes el Seminario se desenvolvía en un clima de armonía entre profesores y alumnos. Para muchos fue una etapa inolvidable en sus vidas juveniles y en su formación como artistas y seres humanos.

Debo confesar, a mis años, que pocas veces he visto un sentido de hermandad tan grande, de unión y solidaridad como entre los miembros de este Seminario. Entre profesores y alumnos. Hasta del personal docente. Hasta el propio Osvaldo Dragún terminó uniéndonos en su casa para comer espaguetis que yo cocinaba, cada vez que visitaba Cuba, decía sentirse como la gallina con sus pollitos. Un éxito de un alumno era un éxito de todos, desde Santa Camila de la Habana Vieja (de Brene) hasta Permiso para casarme (de Balmaseda), y en medio de este colectivo un Rey negro como Tomás, que se empeñaba en reinar, aún por encima de otros.32

José Milián

La casa en que se albergaban los alumnos del Seminario era hogar y escenario de camaradería entre ellos. Allí podían vivir una especie de bohemia muy favorable a la creación. Todos eran procedentes de provincia. El testimonio de José Milián refleja la atmósfera que se respiraba en aquel ámbito y su relación entrañable de amistad con Tomás González.

Tomás y yo llegamos a ser más que hermanos. No solo compartimos la casa, las penas, las novias, la comida y por supuesto, los delirios. Tuvimos todo el tiempo del mundo para delirar. El Seminario funcionaba por las noches, el día era para la creación, los trabajos de clase, las lecturas, la investigación y los delirios. Podíamos encender inciensos a un santo chino al que le pedíamos sabe Dios cuántas cosas, mientras discutíamos un texto teatral o mientras nos contábamos el argumento de la próxima obra.33  

José Milián

Una de las características de  la producción que se iba forjando entre los alumnos del Seminario fue su diversidad. Eran diferentes personalidades y diferentes experiencias de vida y  tendencias las que se expresan entre ellos a pesar de la coincidencia de su formación en el Seminario. Es cierto que algunos ya tenían cierta experiencia teatral. Es el caso de Nicolás Dorr que aunque muy joven al ingresar en el Seminario en 1961, ya había estrenado en la sala Arlequín sus dos primeras obras. Las pericas, dirigida por Nelson Dorr, en un programa de los Lunes de Teatro Cubano y también El palacio de los cartones. Las dos fueron publicadas en Lunes de Revolución.34 René Fernández Santana y José Milián, ambos matanceros, habían hecho sus primeras incursiones en esa ciudad. Milián había asistido a la Academia de Artes Dramáticas de Matanzas.

Cuando llegué al Seminario sí tenía alguna experiencia teatral. En Matanzas había actuado y participado en grupos y compañías que hacían temporadas en el Teatro Sauto y en el cine Atenas, que también se alquilaba para funciones. Había escrito una obrita llamada El mambí que se representó en el Sauto y que le llamó la atención a mi profesor de música, Rafael Somavilla y me gestionó una beca para estudiar en La Habana.35

José Milián

Tomás González ya en 1957 había intentado su primera obra El lazo o el estorbo. En 1958 estudia en el teatro universitario de Las Villas con Irma Pérez de la Vega, alumna de Seki Sano, uno de los últimos discípulos de Stanislavski. En 1959 Tomás funda el Teatro Experimental de Santa Clara. Luego fue elegido para ingresar en el Seminario.36

Tomás recuerda el Seminario como una experiencia maravillosa, Allí conoció hermanos talentosos que habrían de ocupar un lugar importante en la dramaturgia cubana. Le abrió al contacto con nuevos profesores y, sobre todo, lo estimuló mucho a escribir. Es una época de creación febril.37

Creo que éramos de diversas tendencias. Teníamos una absoluta libertad de creación. Cualquier tema y cualquier estilo. Lo que nos caracterizaba era la audacia. Nos atrevíamos a muchas cosas… Si voy a ser sincero, no éramos bien vistos. Ya he hablado de esto en otras partes. Se nos acusaba de pedantes. Autosuficientes. Chocantes. Pero pienso, a estas alturas, que eran factores de juventud. Ni tampoco éramos todos iguales. Nos sentíamos libres , apoyados y seguros. Pero lo que el tiempo se ha encargado de demostrar es que había talento.38

José Milián

Otros alumnos del Seminario habían tenido más bien experiencias como espectadores fascinados por el arte de las tablas.

Con los aficionados

Uno de los mayores aciertos de la política teatral de aquellos años fue el vincular a los alumnos del Seminario al entonces muy pujante movimiento de aficionados. Algunas opiniones lo conceptúan en muchos casos en igual nivel de calidad y a veces superior a los grupos profesionales. La producción de los nuevos autores del Seminario nutrió el repertorio de los grupos de  aficionados.

El Teatro Nacional creó las Brigadas de Extensión Teatral39 que tuvieron a su cargo la organización de las giras que  recorrían todos los rincones de la Isla así como de los festivales. Con gran éxito se celebran los Festivales de Teatro Obrero  Campesino. Como parte de esta política se convoca a concursos que casi siempre ganan los alumnos del Seminario. Por otro lado, estos podían presentar a la Brigada obras que nutrían el repertorio de la misma. Debían ser textos didácticos,  de poca duración y con pocos personajes. Un factor importante es que eran obras de actualidad, bien escritas y bien montadas. El público emergente de estudiantes de las escuelas, obreros y campesinos, se veían reflejados en escena. Estos textos se discutían en el Seminario y si eran aceptados pasaban al repertorio y se les pagaba cien o 200 pesos. Esto era un estímulo tremendo para estos jóvenes dramaturgos, no solo por el pago, sino por la posibilidad de ver en escena sus obras. Dos obras de Hernández Espinosa que fueron estrenadas fueron Cuando florezca el rosal, promoviendo la campaña de alfabetización y La sorpresa de Virgilia, cuyo objetivo era convencer a los campesinos para que permitieran a sus hijos e hijas incorporarse a los instructores de arte. Fueron muy populares las obras Los ángeles no son dogmáticos, de Joaquín Cuartas; Los cuchillos de 23, de Hernández Savio; Como dijo Fidel, de Videlia Rivero; Algo rojo en el río, del propio Hernández Espinosa y muchas otras. Casi siempre estas obras obtenían premios en los festivales y el favor del público.40

El éxito de Santa Camila

Osvaldo Dragún, como parte de su estrategia para promover a sus alumnos, invitaba sistemáticamente a directores, dramaturgos y actores del teatro profesional a las lecturas y discusiones. La producción de los dramaturgos emergentes del Seminario comenzó a llamar la atención de los teatristas y se hablaba de ellos. Tal fue el caso de Santa Camila de La Habana Vieja, de José R. Brene. Ya esta obra se había discutido entre los alumnos, y debido  a sus valores y actualidad se decidió ponerla a consideración de un grupo de directores de diferentes grupos profesionales. Las opiniones fueron muy favorables. Adolfo de Luis, del grupo Milanés se hizo cargo de su dirección artística con los resultados que todos conocemos. Esto constituyó un gran estímulo para todos. 

Desde el presente hay que valorar el impacto del estreno de una obra como la Santa Camila de La Habana Vieja que estremeció el ambiente teatral. Este, el primer éxito del teatro de la Revolución había tenido su origen precisamente en el Seminario y escrita por un autor joven y desconocido hasta entonces. Fue un  acontecimiento en todos los sentidos. El tema, el contexto, los personajes, la inclusión de la Santería, Santa Camila…. se desarrolla no en una casa de familia de clase media, sino en un solar. Barría, de un golpe, con el teatro más conservador y aún con alguna que otra obra vanguardista de moda entonces. Pero lo más sorprendente fue el éxito arrollador de público. Un teatro Mella  repleto, 20 mil espectadores en la primera temporada. Un público que en su mayoría no había asistido nunca al teatro, ganado de pronto, fascinado de pronto. Viéndose reflejado en la escena. Tuve la suerte de ver esa puesta en varias ocasiones y en su estreno los rostros de sus detractores escandalizados y resentidos. Muchos de ellos consternados al salir del teatro, rodeados de una multitud delirante. No podían creer que fuera cierto ese acontecimiento. Sin embargo, Rine Leal dijo: “ahí hay un dramaturgo”. Años después, en 1967 María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa recibiría la misma acogida de público y la polémica entre defensores y detractores.

Recuerdo que íbamos a estrenos de nuestros compañeros de estudio. Recuerdo cuando la Brigada Covarrubias estrenó Permiso para casarme, de Mario Balmaseda y por supuesto el éxito cuando se estrenó Santa Camila de La Habana Vieja. Lo sentíamos como un triunfo de todos.41

José Milián

Osvaldo Dragún, más allá de la enseñanza a los alumnos, les inculcaba el amor por la cultura nacional y el que fueran legítimos en cuanto a sus expresiones pero sin chovinismos. Creó también un clima muy favorable con el objetivo de insertar al Seminario y sus alumnos no solo dentro del movimiento teatral, sino del cultural en general. Invitaba a personalidades influyentes en cualquier manifestación de la cultura. Sus alumnos llegaron a ser respetados a partir de sus incursiones en el teatro profesional. El Seminario se convirtió en algo importante y se hablaba de ello en todas partes.

Algunos invitados no solo dieron conferencias sino que  participaron como oyentes interesados  en el teatro. Tales fueron los casos de Alberto Pedro Díaz y de Rogelio Martínez Furé, alumnos del Seminario de Etnología y Folclor. En el caso de Martínez Furé como participante llegó a escribir alguna obra. Los conocidos compositores, integrantes del binomio autoral Piloto y Vera, Giraldo Piloto y Alberto Vera, asistieron como oyentes y se interesaron por las técnicas de la escritura teatral con vistas a incursionar en el teatro musical. Lo hicieron con gran éxito en Las yaguas, comedia musical escrita por Maité Vera y estrenada en 1963, por el Grupo Rita Montaner bajo la dirección de Cuqui Ponce de León.

Las publicaciones

Dos de los alumnos habían publicado antes de ingresar en el Seminario. Gerardo Fulleda León, La muerte diaria en la sección A partir de cero, del importante semanario literario Lunes de Revolución.42 Las pericas43 y El palacio de los cartones44, de Nicolás Dorr aparecieron también en Lunes de Revolución. Otros dramaturgos que dieron a conocer sus obras de teatro gracias a las Ediciones El Puente  fueron José Mario, Obras para niños (teatro, 1ª y 2ª ed.), Nicolás Dorr, (teatro), J. R. Brene, Santa Camila de La Habana Vieja' (drama), José Milián, Mani Omi Omo (teatro).

La idea de publicar una Novísima de Teatro con obras seleccionadas de la producción de los alumnos del Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional fue de Eugenio Hernández Espinosa. Luego fue secundada por Gerardo Fulleda León y acogida por José Mario.

En un recuento de esos años puede apreciarse la mayoría de estrenos de jóvenes talentos y la importancia en número y calidad de los del Seminario. En ese momento se adujo una supuesta “crisis” del teatro cubano que daría paso a los llamados “parámetros”45 y a profundos cambios en la política teatral.

…es precisamente en este momento en el que se observa un desarrollo ascendente de la dramaturgia nacional. Los llamados dramaturgos de transición estrenan o reestrenan obras importantes, que no habían subido a escena, algunas escritas con anterioridad: Virgilio Piñera, Aire frío (1962); Carlos Felipe, Réquiem por Yarini, (1965) y Rolando Ferrer, Las de enfrente (1964). Junto a estos tres nombres ya consagrados, aparecen  los de Abelardo Estorino, El robo del cochino (1961); Nicolás Dorr, Las pericas (1961); José R. Brene, Santa Camila de La Habana Vieja (1962); Manuel Saumell, Recuerdos de Tulipa (1963); Héctor Quintero, Contigo pan y cebolla (1964) y El premio flaco (1966); José Triana, La noche de los asesinos (1965), Eugenio Hernández Espinosa, María Antonia (1964,1967),  José Milián Vade retro (1967 ), Tomás González, Yago tiene feeling (1962) y otros estrenos que harían muy extensa esta relación. Junto con estos dramaturgos, directores como Adolfo de Luis, Roberto Blanco, Gilda Hernández, Vicente Revuelta y otros hicieron posible el éxito de estas memorables puestas en escena. ¿Estaban en crisis autores con tan brillante debut y perspectivas, y con edades que hacen pensar en todas las potencialidades de su desarrollo?46

Hay algo que debo destacar y esto vale tanto para todos los escritores que publicaron en El Puente, como para los alumnos del Seminario y era su juventud. 

Creo que en ninguna etapa ha surgido una generación de artistas y escritores tan jóvenes y con tan impresionantes resultados. Ellos cambiaron dramáticamente el panorama del teatro que se hacía en Cuba en aquellos momentos. Sin exagerar creo que aquella fue la etapa más brillante del teatro cubano de todos los tiempos. Los dramaturgos del Seminario hicieron una importante contribución a ello. No podemos negar que ni siquiera en muchos años de enseñanza artística han surgido tantos y tan importantes dramaturgos.

La mayoría de los autores formados en el Seminario permanecieron en Cuba e hicieron sus obras aquí durante estos años. Algunos como Jesús Gregorio, José Ramón Brene, Tomás González, Mercedes Antón, Miguel Collazo, Ana Justina Cabrera, Carlos Santos Franco y Miguel Benavides Ramírez ya no están con nosotros. René Ariza y José Mario vivieron hasta sus últimos días en el extranjero.

Finaliza el Seminario

Las Ediciones El Puente desaparecieron en 1965. El seminario ya había cesado sus  actividades en 1963.47 El fin del Seminario debería sobrevenir de una forma u otra. Para los alumnos de provincia fue más traumático porque terminaba la vida de becados con su camaradería. Algunos regresaron a sus ciudades de origen y se incorporaron al trabajo teatral. Para todos fue el comienzo de la madurez, de su incorporación al movimiento teatral y de carreras importantes para la cultura nacional. Eugenio Hernández Espinosa comenzó a trabajar en el grupo de Teatro Guernica, que dirigía Dumé. Gerardo Fulleda León se empleó en el Grupo Milanés. Maité Vera, regresó por poco tiempo a su trabajo en Cartografía y Catastro para luego pasar a la televisión sin abandonar el teatro. Jesús Gregorio pasó a ser alumno de pantomima con Pierre Chaussac y enseguida a trabajar en el Teatro Musical de La Habana como asesor. José R. Brene y Mario Balmaseda se incorporaron a las Brigadas Covarrubias. El primero como asesor y el segundo como actor. Otros alumnos también se insertaron en los colectivos de diferentes  grupos teatrales. Comenzaron así una etapa de aprendizaje ya en la práctica escénica.

El fin del Seminario fue un error tremendo. Terminarlo, de la forma en que terminó y el mismo hecho de terminarlo. El argumento del entonces Director de Teatro, el uruguayo Amanecer Dotta, era que en Cuba había demasiados dramaturgos y ya no había qué hacer con ellos. ¿Para qué más? […] Cerrar el Seminario significaba quedarnos en la calle sin salario, de golpe. Pero también creo que pasamos de la sensación de seguridad al desamparo. Hasta la casa de becados se perdió. Tuvimos que buscar dónde vivir y dónde emplearnos. […] Yo pasé a trabajar con Rubén Vigón como Coordinador de Producción Teatral.48

José Milián

Su terminación no fue un final ni una historia interrumpida, fue un camino, lo visualizo en mi memoria pasada y presente, fue muy vital, verdadero y aun en mi cotidiana labor creadora continúa integrado a mi educación profesional. El Seminario me acompañará siempre, me ha sido tan necesario, no solamente en la escritura dramática, sino hasta en mi conducta y formación como director artístico. […] Me esperaba mi Matanzas querida, allí me integré al guiñol, a dirigirlo, a convocar y crear un grupo con la particular naturaleza de la lengua, de la escritura para el teatro de títeres. Donde todo lo aprendido se integrara a la escena del retablo. 49

René Fernández Santana

 

El Seminario fue abruptamente cerrado. Ya el seminario no tenía dirección. La mexicana Luisa Josefina Hernández que había sustituido a Dragún se había marchado. No teníamos ningún apoyo. Pero en realidad el Seminario ya había dado sus mejores frutos. Lo inadmisible fue que nos dejaran sin graduación de ningún tipo. Fue como si nos botaran a la calle. Y que toda nuestra entrega y disciplina no hubieran servido para obtener reconocimiento alguno. Lo interesante, curioso y singular fue que 20 años después de estos desmanes recibimos nuestros diplomas, firmados por Dragún y la actriz Raquel Revuelta, entonces presidenta del Consejo Nacional de las Artes Escénicas del Ministerio de Cultura. ¡Con nuestros diplomas, nuestras arrugas y nuestras canas nos fuimos al Cabaret Tropicana a celebrar con Dragún un hecho único en la historia del teatro cubano! 50
 

 Nicolás Dorr

Con solo 16 años, Nicolás Dorr decidió continuar estudiando:

En la biblioteca de la UNEAC estuve un año hasta que me presenté a examen de ingreso en la Escuela de Letras y de Arte de la Universidad de La Habana. El gusto por aprender que había adquirido en el Seminario lo continué en Letras donde tuve la suerte de contar, del 63 al 70, con un claustro de profesores de lo más granado de la intelectualidad cubana. Fueron siete años en los que me aparté absolutamente de los estrenos para dedicarme con una intensidad y un regocijo inolvidables a mis estudios universitarios.51

Nuevos temas y personajes

Las obras que  presentamos aquí son representativas de la producción escrita por los alumnos del Seminario de Dramaturgia. Es evidente, ante todo la diversidad de estilos, géneros, y de experiencias vividas que ellos proponen.

Pero lo que las caracteriza a todas es el impacto que la Revolución tuvo en esas obras teatrales. Fue, como sabemos, un momento de profundas transformaciones y de proyectos en que participaba la juventud, hombres, mujeres y todo el pueblo. La Fundación de las Milicias Nacionales Revolucionarias, el enfrentamiento a los enemigos de la Revolución, la Limpia del Escambray Playa Girón, las movilizaciones durante la Crisis de Octubre. La labor de los maestros voluntarios, la Campaña de Alfabetización, el plan de becas. Los jóvenes se incorporaron masivamente a pesar de que muchos de ellos nunca se habían alejado de sus hogares. Y lo hicieron asumiendo una independencia y responsabilidad que antes no habían imaginado siquiera. Por todo ello podemos decir que el impacto principal tuvo lugar en la institución de la familia, tal y como se la conocía. Se rompieron de momento ciertos prejuicios. Pero también las disyuntivas políticas tuvieron como consecuencia el enfrentamiento de unos y otros y el abandono del país de algunos de los miembros de la familia.

Desde el punto de vista específicamente teatral, irrumpen nuevos temas, personajes y escenarios para el teatro cubano.52  Camila y Ñico, María Antonia y  Julián, La Coreana, Yago, Desdémona y  Ote vienen a mostrarnos un mundo hasta ese momento ausente en la dramaturgia cubana, la de personajes marginados. Negros, pobres, indigentes, artistas marginados de la sociedad. 

Aquí también estos dramaturgos acuden a la subversión de los géneros teatrales.

El vernáculo heredero del bufo, en que los personajes y situaciones sirvieron para mostrarnos una imagen estereotipada y denigrante de los personajes populares,  comenzando por el negrito, la mulata y el gallego aquí sirve para presentarlos en un contexto realista, en toda su complejidad y con el carácter clasista que demandan. Lo mismo ocurre con la farsa, el teatro de la crueldad, el drama y la tragedia, género prestigioso reservado para las clases “altas”.

Todas las características antes expuestas  aparecen en las obras que integran esta antología. En Santa Camila de La Habana Vieja, de José R. Brene, que abre este volumen, el personaje de Ñico es el que sufre la más impresionante evolución. Llevado por los acontecimientos, el trabajo, el estudio y la oportunidad de enrolarse en una aventura marina y convertirse en un héroe, lo transforman completamente. En Las Ulloa, Maité Vera nos muestra los avatares de una familia constituida por un hombre blanco y una mujer negra. Ellos han tratado de sortear el racismo inherente a la sociedad cubana sin lograrlo. Se enfrentan al eterno problema del mestizaje y el blanqueamiento. El comienzo de la superación del prejuicio por la joven generación les abre paso a nuevas perspectivas. Isabel, soltera y perteneciente a una familia conservadora de clase media, ha dedicado su vida a servir a otros. La Revolución irrumpe violentamente en su mundo. La muchacha que ha criado como una hija se va del país sin siquiera despedirse. No le quedan más que dos alternativas: sucumbir o salir a la nueva vida que bulle  fuera de esas cuatro paredes. Es el tema de Isabel está durmiendo, de Jesús Gregorio. En Los cuchillos de 23, Reinaldo Hernández Savio critica sin cortapisas pero en clave de comedia los desaguisados que surgen de la convivencia entre varias familias que tienen que  compartir una casa de vecindad. La actualidad del tema en su momento y el realismo que se vuelve a veces cáustico, sirven para poner a cada uno de los personajes en su lugar. Los ángeles no son dogmáticos,  de Joaquín Cuartas es una muestra de cómo se pueden tratar con un tono fantasioso y convincente los conflictos que una mala interpretación de la ética ocasionan a un matrimonio. Un Ángel viene a resolver el problema. Aquel verano, de Gerardo Fulleda León se desarrolla en un tiempo anterior al triunfo de la Revolución. El ambiente familiar con sus contradicciones se ve enrarecido  por la incertidumbre propia de la lucha clandestina. Se auguran ya los cambios que se avecinan.  El sacrificio, de Eugenio Hernández Espinosa, es una obra temprana de este autor. En ella ya aparecen algunos elementos que habrán de caracterizar el resto de su producción. El argumento se desarrolla en un ambiente humilde, en un solar. Una familia sumida en el ambiente de la Santería. Es notable la caracterización de Matilde, la protagonista. Mujer sumisa ente el machismo de su esposo. Al final, el sacrificio ritual del carnero semeja el intento de suicidio de Matilde. En La esquina de los concejales, Nicolás Dorr, adoptando un tono farsesco muy ligero y eficaz logra ridiculizar al concejal y sus acólitos. El triunfo del pueblo y la restauración de la justicia están muy a tono con el momento en que acababa de caer la tiranía. En El Rey desnudo, José Mario Rodríguez acude al cuento clásico de Hans Christian Andersen. La vanidad del rey es expuesta ante todos por la sinceridad y la astucia del niño. El cuento popular toma fuerza y recuerda también el momento histórico en que lo versiona el autor, con una revolución recientemente triunfante. Romance del papalote que quería llegar a la luna es una fantasía para niños y para los que no lo son tanto, escrita por René Fernández Santana. Hay en esta obra ilusión, esperanza y la certeza del logro de los sueños mediante la persistencia y el amor. Yago tiene feeling, de Tomás González es una obra marcadamente autobiográfica. El autor seguramente se identifica con Yago, con sus inquietudes filosóficas y sobre todo con sus aspiraciones creadoras que coinciden, ¿por qué no? con las del autor y  sus compañeros del Seminario. Con la expresión Vade retro, José Milián trata de espantar la desesperación que llena la vida de la Coreana. La locura, la soledad y el desamparo de este personaje contrastan con  la navidad. La fiesta de la abundancia y la alegría por excelencia. Símbolo de la sociedad que la  rechaza.

Las obras aquí reunidas, algunas de ellas inéditas, son un testimonio de los comienzos de aquellos autores jóvenes que hoy forman parte imprescindible de nuestro movimiento teatral. La Editorial Letras Cubanas, 45 años después, retoma esta Novísima de Teatro. Este libro viene  nutrir el valioso catálogo de su colección  Repertorio Teatral Cubano. Es un homenaje a aquellos jóvenes talentosos y audaces que ayudaron a consolidar desde el Seminario, la que puede considerarse la etapa más fructífera de la historia de la dramaturgia cubana contemporánea. Por eso es necesaria una antología como esta. Que sirva para romper el silencio y recobrar la memoria.

La Habana, septiembre de 2010.

 

Prólogo a Re-Pasar El Puente. Antología de teatro. Editorial Letras Cubanas, La Habana 2010.

 

Notas:


1- Inés María Martiatu y Sara Gómez ejercieron el periodismo cultural en la revista Mella, de la Juventud Socialista. Tenían una sección llamada Espectáculos, seis páginas que comprendían Notas de Cine, Notas de Teatro, De lo que se ve en TV, Notas de Ballet, Puntillazos (una especie de breves sobre el mundo cultural). Ambas tenían solamente 18 años.

2- Martiatu, Inés María, Una isla para Sara Gómez. (inédito).

3- García Ramos, Reinaldo. (Otoño-Invierno 2002). Ese deseo permanente de libertad: Conversación con José Mario e Isel Rivero en Madrid, el 4 de octubre de 2002. La Habana Elegante. Dallas. Visitado el 16 de diciembre de 2007.

4- Abreu Arcia, Alberto, Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Editorial Casa de las Américas. Colección Premio, La Habana 2007.

5- Ibídem p.79.

6- Zurbano, Roberto, “Re­-Pasar El Puente” En La Gaceta de Cuba, No.4, julio-agosto de 2005,  p.3.

7- Fulleda León, Gerardo, Aquella luz de La Habana, En: La Gaceta de Cuba, No.4, julio-agosto de 2005, pp.4-6

8- Zurbano, Roberto, Ob. Cit. p.2.

9- María Grant: En Los sitios de Nancy Morejón (Entrevista), en Opus Habana, La Habana, Vol. VI, No.1, 2002, p. 16-25.

10 Ob. Cit.pp.4-6.

11- La Gaceta de Cuba, no.4, julio-agosto de 2005.

12- Pogolotti, Graciella, Las polémicas culturales de los 60, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007.

13- Abreu Arcia, Alberto, Los juegos de la Escritura o la (re) escritura de la Historia. Editorial Casa de las Américas. Colección Premio, La Habana 2007.

14- Ibídem. p.81.

15- Fulleda León, Ob. Cit. p.6.

16- Abreu Arcia Ob. Cit.p.82.

17- Sánchez León, Miguel, Esa huella olvidada. El Teatro Nacional de Cuba (1959-1961), p.193. Editorial Letras Cubanas, 2001.

18- Ibídem. p.13.

19- Ibídem. p.11.

20- Ibídem. p.44.

21- Ibídem. p.25.

22- Martiatu, Inés María, Ob. Cit. Ediciones  UNION, 2000, p.32.

23- Martiatu, Inés María, Ob. Cit. 2000, p.32.

24- Martiatu Ob. Cit. p.29

25 25- Sánchez León, Miguel, Ob. Cit, p.158.

26- Ibídem. p.190.

27- Ibídem. pp. 191-192.

28- Para esta relación contamos con la memoria de Eugenio Hernández Espinosa, Gerardo Fulleda León, José Milián, Nicolás Dorr y René Fernández Santana.

29- Entrevista con Eugenio Hernández Espinosa. Inédita.

30- Ibídem.

31- Ibídem.

32- Milián, José,  El rey negro. En Tablas 3-4 de 2008, p.191.

33- Ibídem. p.191.

34- Entrevista con Nicolás Dorr. Inédita.

35- Entrevista con José Milián. Inédita.

36- Martiatu, Inés María, El bello arte de ser Tomás González. Prólogo a Tomás González El bello arte de ser otras obras. Selección y prólogo Inés María Martiatu. Editorial Letras Cubanas, La Habana 2005 p.14.

37- Ibídem.p.14.

38- Entrevista a José Milián. Inédita.

39- Luego se les llamó Brigadas Covarrubias.

40- Sánchez León, Miguel, Ob. Cit. pp.195-196.

41- Entrevista con José Milián. Inédita.

42- Gerardo Fulleda: La muerte diaria (Obra en un acto) Lunes de Revolución. No. 95, 13 de febrero de 1961. pp. 9-11.

43- Nicolás Dorr, Las pericas. Lunes de Revolución, junio 19 de 1961, pp.19-24.

44- Nicolás Dorr El palacio de los cartones Lunes de Revolución, octubre 23 de 1961. pp.21-22.

45- En 1972, en las entrevistas en que se les informaba a los artistas que iban a ser excluidos del movimiento teatral, se les decía: “Usted no tiene los parámetros para trabajar en cultura”. De ahí el irónico sobrenombre de “parametrados” para todos ellos.

46- Martiatu, Inés María, Prólogo a Teatro de Eugenio Hernández, Editorial Letras Cubanas, La Habana 1989, pp.13-14.

47- Entrevista con Eugenio Hernández Espinosa. Inédita.

48- Entrevista con José Milián. Inédita.

49- Entrevista con René Fernández Santana. Inédita.

50- Entrevista con Nicolás Dorr. Inédita.

51- Ibídem.

52- Fuera del Seminario tenemos los ejemplos de Recuerdos de Tulipa, de Manuel Reguera Saumell, (1962), que tiene como escenario y personajes los de un “circo ripiera” y Medea en el espejo, de José Triana, un solar.

 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.