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Durante sus años
de vida, Ediciones El
Puente publicó ocho
libros de cuentos: Ni
un sí ni un no
(1962), de Guillermo
Cuevas Carrión; Las
fábulas
(1962), de
Ana María Simo;
La mutación (1962),
de Mariano Rodríguez
Herrera; Soroche y
otros cuentos
(1963), de Jesús
Abascal; Cuentos para
abuelas enfermas
(1964), de Évora Tamayo;
Mateo y las sirenas
(1964), de Ada Abdo;
La nueva noche
(1964), de Ángel
Luis Fernández; y
Noneto (1964),
de Antonio Álvarez.
A esta nómina habría que
añadir otros dos libros:
el de Manuel Ballagas,
Con temor, el
cual se encontraba entre
los libros en imprenta,
que fueron confiscados
al cierre de la
editorial; así como el
de Ana Garbinsky,
Osain de un pie,
(1964). No sé por qué
raras convenciones
recogido como poesía,
pero que
indiscutiblemente, es un
libro de relatos.
Para estos
jóvenes narradores, este
constituye su primer
intento editorial. Sin
embargo, más allá de lo
arqueológico o de la
mera curiosidad
histórico-literaria,
existen otras razones
que me compulsan a esta
exploración en torno a
la producción
cuentística dada a
conocer a través de
Ediciones El Puente.
Digamos que, por primera
vez, en la historia del
cuento cubano, nos
hallamos frente al
discurso emergente de un
grupo de narradoras con
sus peculiares orbes
fictivos (Ana María Simo,
Ada Abdo, Évora Tamayo,
Ana Garbinky). Por otra
parte, me llaman la
atención las fisuras, el
cuestionamiento, que
hacen estos libros al
supuesto crítico e
historiográfico, que
sitúa el nacimiento de
la joven narrativa
cubana a partir de 1966.
O a ese otro que señala
que las vertientes del
absurdo y del
existencialismo
inauguradas, entre
nosotros, por Virgilio
Piñera con sus
Cuentos fríos (1956)
no encontró seguidores
entre los más jóvenes
narradores cubanos
durante la década de los
60.
Después de
conocer estos datos,
coincidirán conmigo en
que estamos frente a un
fenómeno literario que
merece ser explorado con
detenimiento.
A lo anterior
agreguémosle que muchos
de los títulos arriba
mencionados fueron
reseñados por
importantes críticos
como Virgilio Piñera,
Mercedes Antón, Salvador
Bueno,
Ambrosio Fornet y Calvert Casey, quienes
los incluyen en sus
mapas o cartografías de
la joven cuentística de
aquellos años. Por
ejemplo, Salvador Bueno
en su artículo “La
cuentística cubana
(1959-1963)” al realizar
el balance crítico de
los libros de cuentos
aparecidos durante
aquellos cinco primeros
años posterior al
triunfo de la Revolución
señala:
“Desde 1962
las Ediciones El Puente
se dedicaron a
divulgar las obras de
los escritores más
jóvenes en el campo de
la poesía, la narración
y el teatro. También en
esa colección
encontramos el interés
de los más jóvenes por
el cultivo del cuento.
Cuatro volúmenes han
aparecido en estas
ediciones: Ni un sí
ni un no, por
Guillermo Cuevas
Carrión; Las fábulas,
de Ana María Simo;
La mutación, de
Mariano Rodríguez y
Saroche y otros cuentos
por Jesús Abascal.”
1
Este fenómeno de
la narrativa de
Ediciones El Puente
tampoco escapa a la
mirada de un crítico tan
perspicaz como Ambrosio
Fornet, quien comienza
su reseña al libro de
Mariano Herrera, La
mutación comenta:
“En Cuba, como en todas
partes, no hay
adolescente con
vocación literaria que
no tenga escrito su
libro de poemas. Con una
diferencia: aquí se
publican. Se publican
ahora. La
editorial de los más
jóvenes (algunos no
llegan a 20 y ninguno a
30) es "El Puente".
Tiene dieciséis títulos
en la calle de los
cuales doce son,
naturalmente, de
poesía. El hecho de que
aún los más jóvenes
publiquen lo que en
otros tiempos tenía que
pasar por la prueba de
la gaveta —lo que
significa, por otra
parte, que ahora ninguna
vocación literaria
morirá engavetada—
merece ser analizado. Es
magnífico e inquietante
a la vez. En todo caso,
se trata de un fenómeno
único en América, como
la Revolución que lo ha
hecho posible.”2
Esta reseña de
Ambrosio Fornet apareció
en la sección
“porlalibre” del
suplemento
Rotograbado de
Revolución, y está
firmada con el seudónimo
de Héctor. El párrafo
que acabo de citar
contiene varias ideas
que me interesa
subrayar. La primera de
ellas, tiene que ver con
la juventud de estos
autores. La segunda de
estas ideas intenta
contextualizar o
insertar, dentro de la
escena cultural
latinoamericana de
aquellos años, el
fenómeno de la Editorial
El Puente como un hecho
cultural novedoso
asociado a la
Revolución. La tercera,
es más bien un llamado
de atención a la
comunidad intelectual
cubana sobre este suceso
literario.
Sin embargo,
pocos años después estos
libros de cuentos
aparecidos bajo el sello
de la editorial fueron
suprimidos de las
antologías, panoramas y
discursos
historiográficos de la
narrativa cubana
posrevolucionaria.3
Hasta el punto que en la
actualidad resultan
desconocidos. Tal
pareciera que aquella
muerte decretada por
Jesús Díaz en su
polémica con Ana María
Simo cuando afirmó:
“Sería bastante triste
ser conocido como el
asesino de un muerto”,
se hiciera realidad.
¿Qué razones explican
semejante desatención o
tachadura? ¿La falta de
rigor literario de estos
libros? ¿A un proceso de
desgaste de la norma
estética o de los
códigos narrativos
vigentes antes del1966?
¿Al silencio y la
censura que
posteriormente recayó
sobre estos autores y
los libros publicados
por Ediciones El Puente?
En la primera
parte de mi ensayo, voy
a intentar responder a
estas interrogantes. Me
interesa, sobre todo,
constatar cómo la
consolidación del nuevo
canon narrativo, que
ubica los comienzos de
la nueva o joven
cuentística
posrevolucionaria a
partir de 1966 más que a
razones inmanentes
(continuidad-ruptura,
automatización-desautomatización
de los códigos
narrativos y estéticos
vigentes) fue el
resultado de las luchas
interpretativas de los
años 60, por el
monopolio y el control
de la representación. Un
aspecto, sin duda,
importante dentro de
aquel proceso fueron los
silencios y tachaduras
sobre los que dicho
orden narrativo se
legitimó. Pretendo,
además, constatar el
lugar tenso, conflictivo
que ocupa el discurso
narrativo y el nuevo
sujeto literario que
propone Ediciones El
Puente en estas
confrontaciones y
discursos circulantes
sobre el futuro deber
ser de la literatura
revolucionaria y que,
posteriormente, esta
“nueva cuentística”
revolucionaria legítima.
Si bien, la primera
parte de este ensayo se
mueve dentro del ámbito
de los discursos, la
segunda y última parte,
busca una mirada hacia
lo interior literario,
propia del análisis
textual y estructural de
estos cuentos.
La
construcción de un canon
narrativo
Llama
poderosamente la
atención en cómo, hasta
ya casi entrada la
década de los 90 del
siglo pasado, los
estudios consagrados al
análisis de los procesos
evolutivos de la
narrativa
posrevolucionaria
coinciden en señalar el
período que transcurre
entre 1966 y 1970 como
el Quinquenio de Oro de
la cuentística cubana.
Se trata de un momento,
afirma Salvador Redonet,
signado por “un viraje
capital para la actual
cuentística cubana.”4
Francisco López Sacha va
allá al extender este
período dorado de
nuestra cuentística
hasta 1972 y considerar
este segmento temporal
como el punto de
arrancada de la Nueva
Cuentística Cubana.5
Este punto de
partida de la “nueva
cuentística cubana” o su
Quinquenio dorado
coincide con lo que se
ha dado en llamar la
“literatura de la
violencia”, cuyos libros
más emblemáticos son:
Los años duros
(1966), de Jesús Díaz;
Tute de Reyes
(1967), de Antonio
Benítez Rojos;
Condenados de Condado
(1968); La guerra
tuvo seis nombres y
Los pasos en la
hierba, de Eduardo
Heras León; Escambray
60, de Hugo Chinea.
Ambos rótulos se me
tornan sospechosos al
conocer que fue,
justamente, entre
1959-1966 cuando la
narración fantástica, no
realista, vive dentro de
la literatura cubana,
uno de sus períodos de
mayor esplendor.6
Además de los publicados
por Ediciones El Puente,
se pueden citar entre
otros: La guerra y
los basiliscos
(1962), de Rogelio
Llopis; Libro de los
epílogos (1963), de
Ezequiel Vieta;
Circulando el cuadro
(1963), de César López;
La reja (1965),
de María Elena Llana.
Amén de otros libros de
cuentos aparecidos en
este período en cuyas
páginas el cuento
fantástico y el realista
parecen convivir sin
tensiones.
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Voy a abrir las
páginas del ensayo “Para
ser lo más breve
posible”, de Salvador
Redonet que sirvió de
prólogo a la antología
de novísimos cuentistas
cubanos: Los últimos
serán los primeros,
con el objetivo de
examinar las razones que
lo llevan a aceptar este
rótulo de “Quinquenio
dorado”. Entre las
conquistas de los libros
antes mencionados,
(Díaz, Heras León,
Norberto Fuentes,
Chinea…) Redonet señala
las siguientes: su
“recreación
desautomatizadora de los
acontecimientos
revolucionarios” y la
“efectiva cristalización
de los nuevos asuntos,
el hallazgo de temas
medulares que en ellos
subyacen”, al tiempo que
celebra la asimilación
que hacen estos textos
de las técnicas
instrumentadas por el
boom de la narrativa
latinoamericana.
¿Cómo evalúa,
entonces, el autor de
“Para ser lo más breve
posible” el período
previo? Es decir, el que
va de 1959 a 1965 y
dentro del cual se
enmarcan los libros de
cuentos publicados por
Ediciones El Puente.
“En general, la
cuentística cubana
posrevolucionaria de la
primera mitad de los
años 60 no iba más allá
de la norma literaria,
especialmente en lo que
a voz narrativa y
estructuración de la
secuencia argumental se
refiere: un desarrollo
fundamentalmente
cronológico; un narrador
equisciente en primera
persona, o uno más o
menos omnisciente en
tercera, organizador de
la narración, ordenador
y principal portador de
la información recibida
por el lector; y
personajes dócilmente
guiados por estas
actitudes narrativas,
predominan en la
cuentística de estos
años.”7
Para Salvador
Redonet, por ejemplo, en
“Para ser lo más breve
posible”
semejante desplazamiento
de esta línea
imaginativa,
fantásticas, con sus
exploraciones de
carácter metafísico,
existencial, por esta
otra documental,
realista, es el
resultado de un proceso
de desautomatización, de
desgaste de los códigos
narrativos precedentes.
Es decir, Redonet se
ubica en una perspectiva
inmanentista. Sin
embargo, un acercamiento
al ámbito de los
discursos circulantes
tanto en Cuba, como en
América Latina, durante
los primeros años de la
década de los 60 sobre
el futuro de la
narrativa y sus vínculos
con las vanguardias
políticas, nos sugieren
otras percepciones de
este proceso no solo en
términos de
continuidad-ruptura,
sino también luchas
culturales, de
posiciones ideoestéticas
y estrategias críticas
que, desde su incidencia
en lo comunicativo,
buscan un nuevo formato
para el arte
revolucionario. Y que
fueron diseñadas por
diferentes agentes
dentro del campo
literario de esos años.
Cierto que en
las obras antes
mencionadas, los nuevos
asuntos, temas y
conflictos de la
realidad social y
política de esos años
adquieren una dimensión
épica, unido a la
experimentación e
incorporación de las
nuevas técnicas
narrativas que introdujo
el boom de la
narrativa
latinoamericana. Pero
este paradigma de
representación no pudo
instaurarse sino a
partir de un corte
abrupto, que condenó a
las márgenes, a la casi
desaparición de la
literatura fantástica,
de aquellos “otros”
modos de explorar la
realidad que privilegian
lo onírico, el absurdo,
lo grotesco, que
exploran la angustia, el
sinsentido de la
existencia humana, la
alienación del ser
humano en la sociedad
moderna prevalecientes
en el quinquenio
anterior. Ellos fueron
tildados de evasivos, de
carente de compromiso
con la realidad, de ser
reflejo de los problemas
de una sociedad
burguesa, los cuales
irían desapareciendo
durante el proceso de
construcción del
socialismo. Confieso que
hoy, no puedo menos que
sonreír ante la
puerilidad de tales
argumentos, y la manera
en que estos sirvieron
de plataforma para
reconfigurar el mapa de
la cuentística nacional,
mientras se condenaba la
periferia del campo
literario a una
vertiente, que ya estaba
en los genes evolutivos
y momentos fundacionales
de nuestra cuentística
nacional, por la
primacía de un modelo de
representación
proveniente de otra
tradición literaria tan
lejana como el realismo
socialista ruso:
Sholojov, Babel.
Ángel Rama al
examinar esta
problemática, señala que
a partir de 1968 y
posteriormente, con la
política cultural
implementada en 1971 por
la Revolución Cubana se
“establecerá un giro
progresivo que relega a
las márgenes la línea
del maravilloso y coloca
en su centro una
narrativa documental,
realista, dura y a veces
programática”8.
A partir de aquí
es posible entender el
estado de extrañeza que
relata Salvador Redonet
en “Tomar el cuento por
asalto”9,
cuando al reflexionar
sobre la evolución de la
cuentística
posrevolucionaria, se
refiere, de este modo,
al impacto que en este
nuevo grupo o generación
de cuentistas conocidos
como novísimos tiene la
obra de Virgilio Piñera10.
Voy a citar sus propias
palabras: “puede ser una
experiencia parecida a
la de José Arcadio
Buendía ante aquel
‘enorme bloque
transparente, con
infinitas agujas
internas en las cuales
se despedazaba en
estrellas de colores la
claridad del
crepúsculo’”. Y aclara
cómo Virgilio Piñera es
un gran desconocido
sobre todo para la gente
más joven y para el
lector de librería.
Más allá del
símil con el pasaje de
Cien años de soledad,
lo que me interesa
constatar es una especie
de agujero negro en
estas propuestas de
periodización y análisis
inmanentista de los
procesos evolutivos del
cuento cubano de las
últimas cinco décadas.
Porque es precisamente,
en esta vertiente de lo
fantástico, en
particular del absurdo y
el existencialismo
piñeriano desde donde la
mayoría de los
cuentistas de El Puente
empiezan a articular sus
respectivos orbes
fictivos. No por
casualidad es el propio
Piñera en su reseña
sobre el libro de Évora
Tamayo, Cuentos para
abuelas enfermas,
quien califica a esta
autora de pequeño
demonio literario. En
cambio para Mercedes
Antón:
“Évora Tamayo
aspira a entrar en el
reino de lo
estrambótico, de lo
demoníaco, armada de una
personalidad siniestra
—‘el colmillo superior
izquierdo montado sobre
el último incisivo y el
premolar; un absceso en
una muela y careadas
hasta la perforación
profunda siete más sin
contar una piorrea
crónica’, según ella se
retrata literariamente
en la contraportada del
folleto— con el
propósito bien acusado
de arremeter airada e
iracunda desde esa
posición adoptada como
valladar infranqueable,
contra todo orden de
cosa instituida hasta el
presente.”11
Por otro lado,
en la información que se
les brinda a los
lectores en nota de
contracubierta al libro
de Antonio Álvarez,
Noneto, se señalan
como influencias las
siguientes: “Kafka,
Borges, Virgilio Piñera,
la literatura de
ciencia-ficción
clasificación:
literatura fantástica,
imaginativa, de fábulas,
en ocasiones bordeando
el tema —únicamente el
tema— absurdo.” En la
solapa de otro de estos
libros de cuentos
editados por El Puente:
Ni un sí ni un no,
de Guillermo Cuevas
Carrión, se nos
informa que su autor “en
cierta época leía a
Martí y a Virgilio
Piñera, nadie sabe por
qué”. Mientras Calvert
Casey comienza su reseña
del libro de Ana María
Simo, celebrando la:
“[…]
imaginación, sentido del
humor (la fiesta de
Albertina es puramente
imaginaria, la celebra a
solas una solterona
reclusa y ligeramente
demente, en el fondo de
un patio), ironía,
compasión, talento para
elegir y emplear
palabra, gusto por el
idioma (que no tiene
nada que ver con el
gusto por la retórica).
Con estos elementos
trabajan los verdaderos
escritores. Todos ellos
están presentes en
Las fábulas.”12
Entre las
diferentes lecturas que
sugieren la
polémica
sostenida entre Jesús
Díaz y Ana María Simo en
las páginas de La
Gaceta de Cuba hay
una que me llama
particularmente la
atención. Está
relacionada con los
respectivos paradigmas o
modelos de
representación que
encaran tanto la Simo y
Díaz, como narradores, y
que los ubican en
lugares divergentes
dentro del espacio de
las posturas y toma de
posiciones en estas
luchas y debates
intelectuales por el
control de la
representación. El
propio Jesús Díaz en su
respuesta a la “Encuesta
sobre las generaciones”,
comienza admitiendo que
existen problemáticas y
campos de confrontación
más fuertes que el
generacional. Y cita
como ejemplo el caso de
la confrontación
ideológica, que se
produce en dos niveles:
uno teórico, el cual
engloba la crítica, la
práctica artística y la
teoría propiamente
dicha. Y otro nivel, que
rotula como práctico, en
el cual se inscriben la
organización y control
de las revistas,
editoriales, en resumen:
la organización de la
cultura a través del
cual se expresan los
criterios de la
generación actuante.13
El primero de
estos dos niveles me
resulta sumamente
provocativo a la hora de
entender por qué en las
impugnaciones de Díaz a
Ediciones El Puente se
equiparan tanto lo
ideológico y lo
estético. Cuando, en su
contrarréplica a Ana
María Simo reafirma:
“[…] la Editorial El
Puente “fue un fenómeno
erróneo político y
estéticamente”, ese es
mi punto de vista”.14
Semejante
crítica no escapa a la
respuesta de la Simo
quien la considera
ambigua. “Error estético
porque “en general eran
malos como artistas”, o
quizá porque nuestras
inclinaciones estéticas
(había tantos como
escritores en las
Ediciones) eran todas
erróneas.”15
Es decir, Ana
María reconoce la
pluralidad estética de
los jóvenes autores
congregados en torno a
las Ediciones El Puente
y se pregunta si esa
pluralidad es acaso lo
que Díaz llama un error
estético. Al llegar
aquí, voy a abrir un
paréntesis para añadir
algunos datos. El
primero, se trata del
libro de Ángel Luis
Fernández: La nueva
noche, y la
información que aparece
en la contracubierta del
mismo donde se lee: “Tal
vez la mayor virtud (y
error) de este libro
consiste en pasar por
alto a Joyce, Proust,
Kafka, Sarraute, y Robbe-Grillet,
y estar escrito al
parecer como si no
hubiera ocurrido casi
nada en la literatura
del siglo XX. Cosa no
obstante que no le
impide al autor poseer
un talento narrativo
para ordenar sus
observaciones, y darle
un carácter estético.”
Después de leída
esta nota, y los cuentos
que conforman este
volumen me pregunto qué
razones, más allá del
tópico de la sexualidad,
llevaron a los editores
de El Puente a
incluir este libro en su
catálogo cuando no sea
esa búsqueda de
pluralidad estética a la
que alude la Simo, y lo
cual se insinúa en la
cita que acabo de
transcribir cuando se
nos dice: “Tal vez la
mayor virtud (y error)
de este libro...”.
Tampoco perdamos
de vista en esta
discusión que sus
contendientes son
narradores. En el caso
de Ana María Simo, en
1960 con aproximadamente
17 años, publicó en las
páginas de Lunes de
Revolución su relato
“El Ladrillo”, un cuento
breve donde la
repetición de nuestros
actos adquiere un
sentido ritual, que
bordea el absurdo, el
sinsentido. Este cuento,
como ven, privilegia lo
fantástico, lo
inhabitual, lo insólito,
y tiene un curioso
final: el personaje
termina convertido en
una mancha gelatinosa,
un tinte viscoso que va
tiñendo el ladrillo.
Posteriormente, en 1963,
con 19 años, aparece
bajo el sello de
Ediciones El Puente su
libro de cuentos Las
fábulas, que
mereciera la crítica
elogiosa de Calvert
Cassey en las páginas de
La Gaceta de
Cuba. Por otra
parte, ya desde su mismo
título el libro, anuncia
el papel que se le
confiere a la fábula, el
lenguaje, lo
imaginativo.
Jesús Díaz, por
esta fecha (1966) ya ha
sido nombrado director
de El Caimán Barbudo,
y ese mismo año
recibiría el Premio Casa
de las Américas en el
género de cuento con
Los años duros. Un
libro tenido como
fundacional dentro de lo
que se denominaría la
narrativa de la
violencia. Pero lo más
sintomático de estos
relatos que conforman el
libro de Díaz va más
allá de sus novedades
ideotemáticas, y
estructurales. Está en
la emergencia de un
nuevo sujeto literario y
en el modo en que su
discurso narrativo
cristaliza literaria y
estéticamente ese modelo
de hombre nuevo que
propone el discurso
político. Como resalta
Salvador Bueno en su
reseña “Duros, pero
inmensamente
alentadores”, sobre el
libro de Díaz aparecida
en el número 7 de El
Caimán Barbudo.16
Por otra parte,
un abordaje tan ejemplar
de los nuevos asuntos y
conflictos del sujeto
revolucionario no puede
llevarse a cabo sin
afectar el plano de la
representación. Silvia
Miskulin en su libro
Os intelectuais cubanos
e a política cultural da
Revolucao 1961-1975
observa cómo durante el
período que estamos
analizando, al tiempo
que se buscaba elaborar
nuevas producciones
culturales que
respondieran al momento
revolucionario, los
escritores y artistas se
posicionan en diferentes
corrientes literarias o
estéticas que iban desde
la crítica al realismo
socialista hasta la
apertura a la
experimentación formal.
Y a partir de un texto
de Jesús Díaz, “Notas
sobre la vitalidad de la
cultura”17
aparecido en las páginas
de El Caimán Barbudo,
la historiadora
brasileña analiza las
propuestas literarias y
estéticas del autor de
Los años duros en
relación con el deber
ser del arte y la
literatura en la
Revolución. Díaz, afirma
la Miskulin, no defendía
la transformación del
arte en panfleto, pero
en cambio celebra la
perspectiva
experimental, la mirada
crítica a la sociedad de
los intelectuales de la
vanguardia rusa antes
del triunfo o
instauración de las
normas del realismo
socialista: Maiakowsky,
Babel, Eisenstein.18
Semejante
desvelo de Díaz por la
técnica y su
experimentación también
se hace evidente en su
respuesta a la “Encuesta
sobre las generaciones”
cuando entre los méritos
que atribuye a su grupo
o promoción está la de
asumir “la tarea
artística como un
trabajo, con las
técnicas más avanzadas”
y “se preocupa, déficit
evidente en las
generaciones anteriores,
del trabajo teórico.”19
Semejante percepción
racionalista, que
demanda para el trabajo
cultural la
funcionalidad del
conocimiento científico
y su
utilidad-racionalidad,
en el caso de Díaz,
funciona como una
metáfora de la
estructuración de su
mundo narrativo, cuya
visión racionalista se
consolida en la
fidelidad a la
experiencia ordinaria de
lo real. En el orden
cultural que reclama
Díaz como privativo de
su grupo o promoción: la
razón, la técnica se
constituye en aparatos
reglamentarios que
controlan no solo la
tarea artística, sino
también las conductas
del sujeto creador.
Tal concepto de
la literatura, y en
particular del cuento,
que descansa en la
autoridad y hegemonía
del realismo como modo
de representación es la
que inscriben estos
libros de cuentos en la
escena cultural cubana
en la segunda mitad de
los 60.
Lo significativo
tanto en Las fábulas,
de Ana María Simo, como
en Los años duros,
de Jesús Díaz
no solo está en la
tematización de este o
aquel asunto ni en sus
respectivas
textualidades; sino en
la identidad del nuevo
sujeto literario que
cada uno de ellos
propone. En el caso de
este último, el diálogo
entre el hombre y la
historia, los
conflictos,
contradicciones de los
personajes envueltos en
situaciones límite, van
delineando a un sujeto
(masculino, viril) que
no tolera, dentro de los
límites de la escritura,
el desvío, ni la
fragmentación. Un sujeto
perfectamente
consecuente con aquella
acusación de “la
fracción más disoluta y
negativa, de la
generación actuante”,
que hace Díaz al grupo
literario de Ediciones
El Puente. Lo curioso es
cómo lo estético y la
racionalidad técnica,
para Díaz, devienen
garantes de una nueva
ética del ciudadano, que
no tolera la
desestabilización de la
coherencia del discurso
narrativo ni las
afectaciones.
Aun cuando Díaz
apueste por la defensa
de lo popular y de la
incorporación de sus
giros lingüísticos al
ámbito de lo
literario-narrativo, su
defensa de lo popular es
muy relativa, pues
siempre la opacidad
acechante del otro, va a
ser rechazada, contenida
por la voluntad
disciplinante de
fidelidad a lo real de
estos discursos.
Los datos que
acabo de ofrecer nos
ayudan a entender las
coordenadas desde las
cuales tanto Ana María
Simo, como Jesús Díaz se
configuran como sujetos
de enunciación que
sostienen puntos de
vista divergentes en
relación con esta
búsqueda de nuevos
paradigmas de
representación en el
ámbito narrativo. Por lo
que es posible también
leer esta polémica como
una discusión entre dos
modos encontrados de
imaginar al nuevo sujeto
nacional a través de la
narrativa. Se trata de
un debate que involucra
particularmente a la
cuentística de Ediciones
El Puente.
El presente texto es
solo un fragmento de un
ensayo dedicado al
estudio del discurso
narrativo de las
ediciones El Puente.
Notas:
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