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En más de una ocasión me
he referido a la idea
del títere como arte
autónomo. Es decir, que
con los títeres, de la
misma manera en que
puedo hacer teatro
—desde el más sencillo
al más complejo—,
también puedo hacer, por
ejemplo, función con
títeres, carnaval con
títeres, pedagogía con
títeres, cine con
títeres, televisión con
títeres, ballet con
títeres, musicales con
títeres, ritos con
títeres… En fin, que
puedo hacer con este
medio de expresión lo
que me proponga y sea
capaz de hacer. Esto no
lo digo yo: lo
demuestran los hechos.
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Monsieur Guignol,
títere francés |
Como es natural, cada
uno de estos medios
exige al títere un
comportamiento
específico tanto en el
diseño, como en los
recursos a emplear a la
hora de su confección,
según el lenguaje del
medio que se trate. Todo
esto obliga al
titiritero a una
búsqueda incesante de
los recursos expresivos
de este arte sin igual.
Elementos como los
señalados me han hecho
meditar acerca de las
posibles reglas, o leyes
propias, que pudieran
ser el objeto de estudio
para sustentar una
hipótesis como la
expresada. Una vez, un
periodista, le pidió a
Javier Villafañe, le
diera respuesta a la
pregunta de qué cosa era
para él un títere; y él,
sin hacerse esperar le
respondió: “Un títere es
un títere”. Y no
le dio más explicación.
En otra ocasión leí que
escribió: “Títere, el
más díscolo de la
familia teatral, y al
que más veces han
expulsado de su templo”.
Comparto estas
definiciones. Me
aventuro a decir que:
Primero: Un títere es
solo comparable con otro
títere, por cuanto ellos
constituyen un universo,
un todo, que hasta con
su cosmogonía y su
mitología cuentan, y con
una historia muy propia.
En este punto vale la
pena recordar que,
Freddy Artiles, en su
Maravillosa historia del
teatro universal,
fue contando —en
paralelo—, la otra
maravillosa historia
protagonizada por los
muñecos, y demostró,
quizá sin pretenderlo,
que una y otra tenían
muy poco de común.
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Pelusín del
Monte y Doña
Pirulina,
títeres cubanos |
Segundo: Que son
díscolos ex profeso, y
que si son expulsados
de un templo, es porque
su naturaleza es la de
habitar todos los
templos del arte a la
vez.
Tercero: Que tienen el
don de la asombrosa
adaptabilidad a las
reglas que rijan en el
templo (entiéndase
medio) que los acojan.
De todo esto infiero
entonces que su ley
principal es la de NO
sujetarse a una sola ley
en particular. Por ello,
creo, les es propicio
todo texto escrito a
propósito de sus
facultades, mas no por
esto desechan el banco
de la literatura y de la
dramaturgia universal.
Que no muestran
preferencia alguna por
un público en
específico, aunque los
niños sientan por ellos
una atracción muy
especial, y viceversa.
Que, quiéralo o no el
medio que los acoja,
ellos impondrán el sello
indeleble de su díscola
personalidad.
Y, por último: En cuanto
al asunto de las
tecnologías del siglo
XXI, a pesar de
imaginármelas
avasalladoras, no tengo
preocupación alguna. Si
los siglos precedentes
pasaron dejando su
impronta de formas y
tecnologías, los
títeres se apropiaron
de lo mejor de cada una
de ellas. Por cuanto, el
siglo XXI no será una
excepción Es lo que
digo: Son autónomos, y
esa autonomía los
mantendrá a salvo.
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Punch y Judy,
títeres ingleses |
Lo que sí me preocupa es
la amenaza de extinción
de la especie humana, o
de la extinción de lo
humano dentro de la
especie. Únicamente así
el títere dejaría de ser
autónomo, y mi teoría
perdería su sentido.
Pero la UNIMA (Unión
Internacional de la
Marioneta), con su
visión optimista de la
profesión, alienta la
sobrevivencia de títeres
y titiriteros. Sabe muy
bien que el sentido de
los títeres es animar la
vida, y que ellos, lo
único que piden a
cambio, es que los
quieran, que los vean,
que los oigan y que los
aplaudan,
imperecederamente.
Ponencia leída en el
Foro del Centro Cubano
de la UNIMA, que tuvo
lugar dentro del espacio
teórico del 14 Festival
Internacional de Teatro
de La Habana, realizado
en la Casa del Alba
Cultural.
*Director de programas
infantiles de la
televisión cubana y del
proyecto escénico Barco
Antillano |