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A finales de 1962,
habiendo ya estrenado el
año anterior en la sala
Arlequín mis dos
primeras piezas, Las
pericas y El
palacio de los cartones
(ambas habían sido
publicadas en el
prestigioso suplemento
cultural Lunes de
Revolución), y en
ese mismo año, como
integrante del Seminario
de Dramaturgia había
presentado en la sala
Las Máscaras mi tercera
farsa, La esquina de
los concejales, José
Mario, el creador y
director de las
Ediciones El
Puente, me ofreció
reunir por vez primera
en un libro estas tres
piezas.
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Le solicité entonces a
mi hermano Nelson Dorr,
quien había dirigido
precisamente esos tres
títulos, que me diseñara
la portada, a lo que
José Mario dio
entusiasta aprobación.
Nelson, que había pasado
cursos en la escuela de
pintura de San Alejandro
realizó un dibujo muy
cubano y sugerente: dos
medio puntos pintados en
negro, que remitían
también a grandes
abanicos; de fondo, unos
rectángulos azules a lo
Mondrian. Tal diseño le
dio a la portada un aire
muy atractivo que mucho
gustó a José Mario.
Tuve para esa edición el
privilegio de que el
famoso dramaturgo
argentino Osvaldo Dragún,
precisamente director de
aquel Seminario, me
escribiese un prólogo
con agudas reflexiones.
Todo esto evidenciaba la
actitud abierta del
creador de El Puente de
dejar hacer, para que
las ediciones
complacieran ante todo
al escritor.
Desafortunadamente,
nunca tuve relaciones
estrechas con el grupo
que se aglutinaba en
torno a él; yo era aún
un adolescente recién
salido de la niñez para
tales andares. Sí supe
que ellos se vieron
acosados por
tendenciosos enemigos.
Eso fue lamentable. El
actual acercamiento
reivindicador a ese
valioso movimiento
intelectual y juvenil, y
a esas modestas pero
enérgicas ediciones
de El Puente, es una
decisión muy justa y
revolucionaria. Siempre
recordaré a El Puente
como un hecho cultural
abarcador y
trascendente. |