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Jesús Barquet o la poesía como irreverencia
Virgilio López Lemus • La Habana

La poesía de Jesús Barquet se ha enfrentado siempre con irreverencias, equívocos, dobles lecturas, sentidos rectos, erectos y figurados, y no ha dejado de ser insolente o retadora. Esto no solo en materia expresiva de la sexualidad, sino también de ideologías. A veces ambas se reúnen en poemas que van más allá del épater le burguois ou le prolétarie, para sentar lenguaje de contrariedad incluso frente a fundamentalismos de variados signos. Barquet escribe su poesía con dos factores de primera mano: libertad, sinceridad. Y con ello logra una poesía relevante.

Uno no puede lanzar el libro al rincón, molesto por esto o aquello, o ponerlo en un anaquel de volúmenes sin segundas lecturas, pues logramos percatarnos con rapidez de que en sus páginas hay algo más que la simple insolencia. Ese “algo más” es su cualidad de ser “arte de la palabra. La poesía también puede ser subversiva, ya lo sabemos, pero la subversión en la sociedad no tiene que poner su solo énfasis en la materia política, sino también en la ética. Y no es que el poeta venga a ser algo así como un discípulo o epígono ya muy retrasado de la generación beat, o en particular de Allen Ginsberg, sino que Barquet se sabe claramente un poeta cubano de unos “aquí y ahora” muy relativos, pues su “aquí” es extraterritorial, y su “ahora” milita líricamente entre todos nosotros, los cubanos, dondequiera que vivamos.

Su primera poesía juvenil presentaba a un joven iluminado por el resplandor oscurísimo de la poesía de José Lezama Lima, por quien Jesús Barquet ha demostrado una devoción que llega al estudio erudito y al amor confeso. Pero luego se abrió al conversacionalismo, al tono conversacional, y abrió las alas a un lirismo que avanzaba hacia la adopción de un estilo, que es el que ahora campea en Cuerpos del delirio

Habría que preguntarse si este libro tan material, tan ligado a los resortes físicos de la corporalidad, no se debió llamar en verdad Delirios del cuerpo.

Me parece una real tontería ponerse a buscar en un poemario la sexualidad de la poesía. Otra cosa es la definición o no del ser humano que es el poeta, con su condición enteramente compleja ante la conducta sexual de otros y de la suya propia. Y otra es la poesía. Llamarle “poesía femenina” al maravilloso entramado de Gabriela Mistral o a los “cristalitos”, como ella misma llamó a los poemas de Mariano Brull (que nadie puede afirmar que fuese homosexual), es tan arduo e improductivo como llamar “poesía masculina” a un texto combativo de Manuel Navarro Luna o a otro muy viril de Porfirio Barba Jacob, de quien se ha dicho y escrito de todo. Entonces, hablar de “poesía homoerótica” me parece como si alguien dijera “cristianismo heterosexual”, o algo así. Por supuesto que en un poema pueden hallarse referentes sexuales, una mujer puede hablar en el texto como tal, y un hombre también como lo que es, sobre todo cuando la expresión se refiere a las complejas lides del amor. Con paráfrasis de una máxima famosa, se diría que la poesía no tiene sexo, pero el poeta, sí. Pero qué pobreza la de los lectores que suelen ir a los libros en busca de escandalitos sexuales o políticos, con los que a veces los autores ponen trampas para llamar la atención sobre su obra o sobre su persona.

Bien lejos de esto se encuentra Jesús Barquet, para quien la poesía es una fe de vida. Por eso Cuerpos del delirio es un libro irreverente, porque lo es no precisamente para la sexualidad o para la política, sino para la poesía misma. Él viola el verso, lo convierte en muy lírico y sonoro o en casi prosa testimonial, le da vueltas experimentales o recala en la métrica tradicional hispánica con respeto y cuidado casi neoclásicos, pero la mayor parte de las veces acude a un verso libre por momentos casi versículo, con el que trabaja su franqueza expresiva, sin exceso de recursos simbólicos o alegóricos, porque va directamente a lo que quiere decir, y concluye sus textos con suficiente sentido de la comunicación espontánea, pero a la vez poética. Si no hiciera esto último, sería como tantos que escriben versos, pero no logran captar poesía. ¡Miren cuántos “versificadores” hay ya en versos libres! ¡Cuántos “improvisadores” de prosa segmentada en renglones que quieren pasar como poesía, incluso en libros muy bien presentados!

Hallar y transmitir poesía. Esos son los cometidos esenciales de un poeta. Jesús Barquet lo sabe bien. El asunto no consiste en decir cuatro o cinco cosas socialmente explosivas o ingeniosas, sino en que esas cosas develen un estado del alma, una situación social que posea su propio valor lírico o connotaciones poéticas incluso de rasgos metafísicos (palabra que hoy se va convirtiendo cada vez en más inútil en medio de las muy poéticas especulaciones de la física teórica y cuántica contemporánea).

Cuerpos del delirio es un libro de poesía material, objetivista, llena de deseos de tomar la cabeza de la vida por el cabello y enfrentarla al mundo y a su devenir. Por eso Barquet nos dice: “el amor es lo que une, / la poesía es lo que no desata”, para él la poesía es un puente, pero un “puente de hierro que se tiende de pronto / en el centro de río que quisiéramos cruzar”. Él quiere “Una poética que sea como un árbol, / y que podamos crecer, creer y crear”. Entre los poemas “Ars poética” y “Epitafio” (de donde son las citas anteriores), hay una clara línea definitoria, dice en el segundo conjugándose con el primero: “Una poética que sea como un puente / que se abre y se cierra de pronto”. No es una idea suya propia la de la poesía como puente entre almas, entre gentes, la poesía como un puente, un gran puente, que diría Lezama Lima. Pero en Barquet ese puente no quiere de ningún modo ser una mirada tradicional y esquemática sobre la gente, porque para él incluso los héroes y los mártires han tenido sexualidad, han sido personas contradictorias, llenas de ideales y prejuicios, de calidades humanas y miradas oscuras sobre la vida.

La belleza exige contemplación, dice en un poema. Pero el cuerpo del poeta no es contemplativo. A través del poema quiere tocar, ejercitar los cinco sentidos. Barquet es un poeta muy sensorial, quiere el goce pleno de la mirada y del tacto.  Para Barquet incluso el cuerpo muerto, yacente, respira potencialidad viva, la potencia de lo que pudo ser, de lo que fue, o aun de los que es: yacencia bella. En su poesía no se advierte preocupación por la “salvación de las almas”, sino cierta tristeza material por la descomposición de los bellos cuerpos adolescentes.

La propia historia es en este libro corporalidad. Pero al poeta no le interesa si el pasaje de la muerte de Patroclo y la cólera de Aquiles es un segmento de “poesía homoerótica”, sino un interesante momento de la historia humana en la que el amor, cualquiera que este sea, se traduce en un cuerpo quemado y en un amigo arrebatado por el dolor de la pérdida. Lo poético no es que algo sea heteroerótico u homoerótico, sino poéticamente captable, abiertamente expresable por lo que es: esencialidad poética.

Entonces, la poesía de Jesús Barquet no es “transgresora” al uso, sino que lo es a la manera en que deseó darle sentido Arturo Rimbaud, cuando pensó que la poesía es un ejercicio iluminador, capaz de echar luz sobre una temporada, sobre un acontecimiento o sobre un cuerpo.

Pero también se trata ya de la obra de un poeta de elevada cultura, lecturas sedimentadas, y, como pedía Lezama, de “cultura para la poesía”. Entonces Barquet no es un autor ingenuo que quiere decir algo emotivo a lectores iguales. Él “dialoga” con muchos poetas, véase solo por ejemplo “La realidad del deseo”, en que su referente es Luis Cernuda. Y del diálogo intertextual, brota su personalidad lírica, aquella que es capaz de ofrecernos tan interesantes propuesta poéticas como “La muerte en él”, “Destierro sin ángel”, “Patriótica”, “Eco”, “Transacciones”, entre otros textos, si se me permite hacer mi propia antología. En “Eco”, Jesús Barquet alcanzó a expresar ideas de millones de emigrados en el intercomunicado mundo moderno, y lo ha hecho de una forma sumamente sintética:

 

Cuando estábamos

la pregunta era salir.

Hoy que no estamos

la respuesta es regresar.

ECO

Cuando estábamos

la respuesta era salir.

Hoy que no estamos

la pregunta es regresar.

 

A este poema le sigue “El regreso imposible”, donde el emigrado siente que “No te reconocerán ni los perros”. La poesía del emigrado es central en este libro, que a la vez es deslenguado en sus matices eróticos o políticos. A Barquet le interesa la frontera sin fronteras del desterrado, del sexo limítrofe y de la ideología colocada en un horizonte de suceso, en un sufridero que acarrea de todo de “aquí” y de “allá”, sin ser plenamente de uno u otro lado. Es, sin duda alguna, un derrotero poético propio de una persona que labora frente a su identidad o frente o dentro de sus identidades. La identidad no es un asunto homogéneo, estático y de una sola y permanente arista ni siquiera para el individuo. Barquet es de La Habana y de Nueva Orleans, ha vivido en Miami y en la fronteriza Las Cruces, su paso ha sido un paso de mulo en el abismo, porque esta poesía suya, identitaria y profunda, lo es también de un “hombre de fronteras”, de un hombre situado a un paso del “abismo”. Las fronteras geográficas, ideológicas y sexuales del emigrado que es el poeta, ofrecen un tejido humano y poético muy peculiares, y la labor de desentrañarlo y expresarlo es el resultado final de este Cuerpos del delirio. Siendo Barquet un cubano de tuétano completo, un cubano raigal al que solo hay que escuchar para percatarnos enseguida de su nacionalidad, es asimismo un hombre de un “allá” que ha adoptado como propio.

Algún poema habla de desarraigo, pero Jesús Barquet no es un desarraigado. Sabe muy bien cuáles son sus raíces, incluso las ha estudiado a fondo, pero habiendo sabido que el tronco es de nuestra república, ha insertado en él al mundo. 

Su devoción por José Lezama Lima, sus estudios sobre el grupo de Orígenes y sobre la poesía cubana contemporánea, sobre todo del mundo de la emigración, su saber sedimentado que acaba de demostrar en su extensa compilación sobre la Editorial de El Puente, son más que fehacientes testimonios de un término que ni siquiera él querría conscientemente utilizar: “patriota”, o sea, persona que ama fuertemente a la patria y es capaz de entregar su vida o parte de ella para su bien. Y esto lo ha hecho Barquet por años: repásese en diálogo profundo con el poeta a través de sus libros, y se verá cuánto estudio, cuánta noticia ha develado y cuanto saber ha acumulado sobre la siempre fiel Isla de Cuba.

Jesús pasó su calvario en los años del Mariel. Se hizo doctor en suelo norteamericano, profesor universitario, reconocido ensayista, conferencista, ha levantado su prestigio entre lo mejor de la intelectualidad cubana en diáspora, y nunca ha dejado a un lado ni a Cuba ni a la poesía. Poeta de vocación, o “poeta fatal”, como decía Juan Ramón Jiménez, ha venido a confirmarnos con Cuerpos del delirio su propio don, su vocación incontenible.

 

En el ángel de La Habana, bajo el calentamiento global de julio de 2011

 
 
 
 
   
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