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Salvador Bueno

El eco de las teclas

Abel Sánchez • La Habana

Fotos: Archivo de Cubaliteraria

El repiqueteo seco, constante, monótono de la máquina de escribir recorre los pasillos. Es un sonido que se desliza por el lomo de los volúmenes, sobre los estantes, llegando a cada rincón de la casa. Viene de la biblioteca. Allí, emparedado por sus libros, casi placenteramente —porque la literatura es una pasión tormentosa—, trabaja el doctor Salvador Bueno.


(1980)

Esta es la imagen más vívida que le ha quedado al otro Salvador, el hijo, de su padre. Recuerda que, al llegar de la escuela, en las tardes, siempre lo encontraba así: acariciando las hojas o golpeando las teclas. Luego, ya de noche, seguía en los libros. Eso mientras fue joven, con 60 años. Después, cuando ya no lo era tanto, veía un poco de televisión. Pero nunca se alejó del olor de las páginas.

Aquel había sido su lugar desde niño, justo cuando adquirió “ese noble vicio solitario”. Nació, allá por el 1917, para leer. Y no bastándole con eso, se dedicó a escribir sobre lo que leía. Letras acerca de otras letras, estampadas a teclazos en el papel. Porque así era como le gustaba escribir, dándole duro a esa cosa, como aconsejaba Bukowski. Por eso jamás se adaptó a la computadora, teclas demasiado frágiles para sus dedos, habituados a la rusticidad analógica.

“La computadora nunca la usó —cuenta el hijo—, porque le costaba mucho trabajo, estaba acostumbrado a la tosquedad de la máquina de escribir. Cuando llegó la primera computadora a mi casa, los trabajos se los copiaba yo. Nunca tuvo nada que ver con ella. Pero en cuanto a la máquina de escribir, tenía varias, y ahí sí escribía constantemente. También tenía su máquina portátil, que se llevaba si salía de viaje.”

Se refiere a la que el padre utilizó durante uno de sus muchos viajes en barco junto a Ada Roig, su esposa. La tripulación solía quejarse por el agobiante martilleo del artefacto. A lo que él respondía que, al menos, era una aversión mutua, pues a él le costaba trabajo concentrarse con tanta gente hablando a su alrededor, así que estaban a mano. Claro que esta paridad fue solo al principio, porque después se acostumbró a trabajar entre el bullicio y podía tenerlo a unos pocos metros, él seguía en lo suyo.


Con su hijo Salvador (Diciembre de 1970)

A pesar de que dedicó gran parte de su vida a la más solitaria de todas las profesiones, jamás fue un hombre huraño. De hecho, aunque lo intente, Salvador no logra recordar a su padre de mal humor. Era especialmente cariñoso con él, con su hermana y, por supuesto, con Ada. Siempre les resultaba simpático a los amigos del hijo, que visitaban la casa con regularidad.

“A mí me era muy extraño ver a mi papá con mal carácter, regañando o perdiendo los estribos, él tenía mucha paciencia, mucha tranquilidad. El mundo se podía estar cayendo que él seguía con su forma tranquila”, asegura.

Además de estudiar por muchos de los libros de su padre —Antología del cuento en Cuba. 1902-1952 (1953), Policromía y sabor de los costumbristas cubanos (1953), Historia de la literatura cubana (1954), Figuras cubanas. Breves biografías de grandes cubanos del siglo XIX (1964), Temas y personajes de la literatura cubana (1964), Aproximaciones a la literatura hispanoamericana (1967), De Merlín a Carpentier. Nuevos temas y personajes de la literatura cubana (1977), etc.—, Salvador y sus amigos tuvieron el privilegio de recibir lecciones del propio autor.

“Incluso después, ya en la universidad, también me ayudó mucho con el marxismo, así como a mis compañeros. Nada más tenía que darle un rato la libreta y seguía hablando él solo, después yo iba a hacer la prueba y salía muy bien”, confiesa.


(1949)

No es de extrañar, pues el doctor Salvador Bueno, además de investigador, ensayista, crítico y periodista, era, ante todo, maestro. Al menos así lo reconocía él, se sentía un profesor, más que cualquier otra cosa. Sus estudiantes llamaban constantemente para consultarle. Estudiantes de todo tipo, vietnamitas, húngaros, Eusebio Leal…

“Él me decía que siempre que tuviese alumnos se sentiría joven —recuerda el hijo, quien aparte de Ingeniería Mecánica, también estudió Licenciatura en Educación, algo que enorgullecía al padre—. Creo que una de las cosas que más le gustó hacer fue ser profesor, dar clases. Todo lo demás —escribir, investigar, los libros— venía con ello.”

Fuera de eso, no sabía hacer otra cosa. En sus manos, los clavos se mofaban de las paredes, los salideros de plomería lloraban de risa, los equipos electrónicos fácilmente podían convertirse en pisapapeles. De hecho, era Ada, al parecer mucho más práctica, quien llevaba la administración de la casa.

“Eso me fastidiaba un poco porque con él no aprendía nada de las cosas que a mí me gustaban, por ejemplo, a darle mantenimiento a un equipo eléctrico. Todo eso lo tuve que aprender por mi cuenta, pues mi papá no tenía nada que ver con ninguna cosa que estuviese fuera de la literatura”, cuenta Salvador.

Bueno, con excepción de sus amigos, pues, aunque muchos publicaban, no necesariamente estaban relacionados de forma directa con el mundo de las letras. Como el sicólogo Gustavo Torroella quien, igual que él, poseía un gran sentido del humor; el pintor de origen rumano Sandú Darié; Juan David, el caricaturista, quien, según su costumbre, garabateó en cartulina a toda la familia; y, por supuesto, Raúl Roa. Pero Roa no encaja mucho en esta lista, pues con su verborrea, su humor impulsivo y su personalidad eléctrica, era, en sí, la literatura.


Con Juan David y Raúl Roa García

Roa era una especie de contraparte del doctor Salvador, quien, contrario a lo que se espera de un profesor, hablaba poco. De hecho, prefería más que todo escuchar: “Muchas veces hacíamos visitas juntos y yo lo veía a él callado, dejaba que la otra persona hablara. Y no es que no tuviese conocimientos, sí los tenía, pero le gustaba escuchar. Creo que a él le gustaba enseñar con el ejemplo, esa era su mejor enseñanza”.

Luego de decir esto, Salvador confiesa que, aquello que más lo motivó en su vida a estudiar dos carreras y comenzar una maestría, fue el ejemplo del padre; aunque lo suyo definitivamente no sean las letras. A diferencia del doctor, de niño, le gustaba la física y la mecánica, y siguió por ese camino. Decisión que el padre nunca cuestionó:

“Él hacía la anécdota de que su papá lo obligó a ser abogado y llegó a cursar el primer año de Derecho, pero ahí mismo lo dejó, porque lo que le gustaba era la literatura y se fue para Filología. Decía que a cada cual había que dejarlo hacer lo que quisiera, que no se podía obligar a nadie, porque tuvo la experiencia con su papá. Por eso nunca trató de influenciarme, me traía libros y le gustaba que leyera, pero no me obligaba.”

Y agrega: “En mi casa no hay otro literato, porque mi hermana fue sicóloga y yo ingeniero. Ahora tengo un sobrino que es pianista y aunque le gusta el arte y lee a Martí, no le interesa dedicarse a la literatura. Uno de mis hijos es electromédico y al otro le gusta el ajedrez. Mi papá no influyó para que nadie lo siguiera”.

Tal vez no profesionalmente, pero fuera de eso, Salvador Bueno, el hijo, sí lo seguía a todas partes. Lo acompañaba incluso a aquellos encuentros de la Academia Cubana de la Lengua, cuando ya su padre era director. Reuniones que, gracias a la ayuda de Eusebio Leal, se convertían en meriendas o almuerzos de trabajo a los que rara vez faltaba algún académico, con excepción del propio Eusebio, a quien nunca le ha sobrado el tiempo.

Quizá por eso él y el doctor se llevaban tan bien, los dos padecían de esa dedicación obsesiva, en donde, a la larga, se encuentra la clave del éxito. Un éxito que, en el caso de Salvador Bueno, se tradujo en no pocos reconocimientos: Medalla por los 40 años de Socialismo en Bulgaria (Consejo de Estado de Bulgaria, 1984); Distinción por la Cultura Nacional (Ministerio de Cultura de Cuba, 1988); Distinción Félix Elmuza (Unión de Periodistas de Cuba, 1989); Réplica del machete del Generalísimo Máximo Gómez (Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, 1990); Distinción Gaspar Melchor de Jovellanos (Federación de Asociaciones del Centro Asturiano de La Habana, 1994); Medalla Alejo Carpentier (Consejo de Estado de la República de Cuba, 1995); Cruz de la República de Hungría (1996); Premio Internacional José Vasconcelos (Revista Norte y Frente de Afirmación Hispanista A.C., México, 1998); Premio Internacional Fernando Ortiz (Fundación Fernando Ortiz, 2000); Premio Nacional de Investigación Cultural (Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, 2000); Orden Juan Marinello (2002), Premio Nacional de Ciencias Sociales de Cuba (2004), entre otros que aquí no se incluyeron por razones obvias.

Sin embargo, su hijo Salvador recuerda que uno de los premios que recibió con más cariño fue el Vasconcelos, entregado por el Frente de Afirmación Hispanista por llevar el idioma español a Hungría y Bulgaria, países en los que el Doctor impartió numerosas conferencias, en su lengua materna, desde luego.

“En realidad, más que los premios a él lo que le importaba era trabajar. Siempre me dijo que no le interesaban tanto las distinciones y los reconocimientos, sino que lo dejaran seguir trabajando”.

Fue un hombre, en fin, que dedicó cada momento de su vida a aquello que amaba. Hizo bien, porque la literatura, ya sea de ficción o la otra, como la suya, no exige menos que una total entrega. Pero, de todos esos libros en los que se dejó la vista, escritos en su idioma principalmente, ¿cuál sería el favorito? Su hijo sonríe, con la misma sonrisa noble que mostraba el padre:

“Una vez le pregunté cuál creía él que era la mejor novela y casualmente mencionó una de la que hablaron hace poco en la televisión, en el programa Escriba y Lea. Me confesó que, para él, una de las mejores novelas que se haya escrito es Islas en el Golfo, de Hemingway.”

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.