La Habana. Año X.
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El Puente es también la altura 
Georgina Herrera • La Habana

Desde dos años hacia acá han sido muchas las maneras en que, en distintos momentos, alguien se me ha acercado interesándose por El Puente. ¿Qué, qué sucedió, cómo? ¿Es que, después de medio siglo El Puente resucita? No puede ser, porque como lo recuerdo y amo, como un grupo de gente muy joven, con un soporte vital diferente, no puede esfumarse su aliento nunca. 

Y me alegraron las preguntas, y en su momento, dije lo que sabía y lo que creía y hubiera querido para El Puente, sobre Ana María, Reynaldo y José Mario. 

Solo que ahora, con muy poco tiempo a mi favor —y mi especialidad es ser finalista cuando me piden una colaboración—, quieren que en La Jiribilla aparezca mi voz, mi manera de decir, mi parecer. Y, pienso... ¿Cómo no repetirme? ¿Qué digo una vez más en esta fiesta de reconocimiento, ahora, que surge la gente sin más compromiso que el establecido con la verdad y la lógica? 

Una vez, en un homenaje que me dieron y por el que daba las gracias, me dijeron que si yo no creía que ya estaba bueno de ser tan agradecida. Creo que, nunca, esa sensación de “bien estar” es bastante. 

Por eso ahora El Puente vuelve a estar ante mí como cuando era ese reducido grupo comandado por la alegría, el talento y el desprejuiciamiento. Era un puente bien construido, con lo que lleva para que perdure al cabo de los siglos, como los que se ven en caminos de ciudades antiguas, abandonados, resistiendo la impiedad del clima y el envidioso empecinamiento humano que no resiste y quita lo que no supo hacer, el miedo de muchos a pasarlo por aquello de... ¿Y si no resiste? Pero, El Puente, para mí, es también la altura. Se tiende para que pases, protegido de abismos y aguas turbias, para que, a su mitad, te encuentres con quienes, tal vez, piensan distinto, pero se atreven a pensar, y eso es lo mejor que pudo ocurrirle a este mundo, desde su prehistoria, para crecer. 

Hablar de El Puente me llena de recuerdos. Es inevitable en la gente de mucha edad. Recuerdos buenos a pesar de la manera inesperada en que un día, casi en despavorido susurro me dijeron que se disolvía, que había sido intervenido, que habían salido del país. ¿Por qué? El grupo había crecido. Había ya, entonces, una obra incipiente, pero sólida, de muchos escritores que no necesitaron, para llegar a publicar sus textos en El Puente, más que talento, y aún hoy, hay algunos de esos textos que no han sido superados. Yo estaba entre esa juventud elegida que publicó su primer libro con ellos. Me lo brindaron todo como si en vez de dar estuvieran recibiendo. Fueron maestros y aprendí y me quedé con lo que estimé conveniente, sin presiones, sin metáforas paternalistas ni maternalistas que me hicieran pensar que me hacían un favor y debía estar agradecida. Lo que sucedía conmigo no era ni parecido a eso. Fueron la mano que se tendió cuando hubo quien miraba para otro lado. De cualquier modo, contradiciendo a mi amigo en aquel homenaje, no se me ocurre nada mejor ni más original que decir lo agradecida que sigo estando de los muchachos de El Puente.   

Noviembre 19 del 2011.

 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.