|
Desde dos años hacia acá
han sido muchas las
maneras en que, en
distintos momentos,
alguien se me ha
acercado interesándose
por El Puente. ¿Qué, qué
sucedió, cómo? ¿Es que,
después de medio siglo
El Puente resucita? No
puede ser, porque como
lo recuerdo y amo, como
un grupo de gente muy
joven, con un soporte
vital diferente, no
puede esfumarse su
aliento nunca.
Y me alegraron las
preguntas, y en su
momento, dije lo que
sabía y lo que creía y
hubiera querido para El
Puente, sobre Ana María,
Reynaldo y José Mario.
Solo que ahora, con muy
poco tiempo a mi favor
—y mi especialidad es
ser finalista cuando me
piden una colaboración—,
quieren que en La
Jiribilla aparezca
mi voz, mi manera de
decir, mi parecer. Y,
pienso... ¿Cómo no
repetirme? ¿Qué digo una
vez más en esta fiesta
de reconocimiento,
ahora, que surge la
gente sin más compromiso
que el establecido con
la verdad y la lógica?
Una vez, en un homenaje
que me dieron y por el
que daba las gracias, me
dijeron que si yo no
creía que ya estaba
bueno de ser tan
agradecida. Creo que,
nunca, esa sensación de
“bien estar” es
bastante.
Por eso ahora El Puente
vuelve a estar ante mí
como cuando era ese
reducido grupo comandado
por la alegría, el
talento y el
desprejuiciamiento. Era
un puente bien
construido, con lo que
lleva para que perdure
al cabo de los siglos,
como los que se ven en
caminos de ciudades
antiguas, abandonados,
resistiendo la impiedad
del clima y el envidioso
empecinamiento humano
que no resiste y quita
lo que no supo hacer, el
miedo de muchos a
pasarlo por aquello
de... ¿Y si no resiste?
Pero, El Puente, para
mí, es también la
altura. Se tiende para
que pases, protegido de
abismos y aguas turbias,
para que, a su mitad, te
encuentres con quienes,
tal vez, piensan
distinto, pero se
atreven a pensar, y eso
es lo mejor que pudo
ocurrirle a este mundo,
desde su prehistoria,
para crecer.
Hablar de El Puente me
llena de recuerdos. Es
inevitable en la gente
de mucha edad. Recuerdos
buenos a pesar de la
manera inesperada en que
un día, casi en
despavorido susurro me
dijeron que se disolvía,
que había sido
intervenido, que habían
salido del país. ¿Por
qué? El grupo había
crecido. Había ya,
entonces, una obra
incipiente, pero sólida,
de muchos escritores que
no necesitaron, para
llegar a publicar sus
textos en El Puente, más
que talento, y aún hoy,
hay algunos de esos
textos que no han sido
superados. Yo estaba
entre esa juventud
elegida que publicó su
primer libro con ellos.
Me lo brindaron todo
como si en vez de dar
estuvieran recibiendo.
Fueron maestros y
aprendí y me quedé con
lo que estimé
conveniente, sin
presiones, sin metáforas
paternalistas ni
maternalistas que me
hicieran pensar que me
hacían un favor y debía
estar agradecida. Lo que
sucedía conmigo no era
ni parecido a eso.
Fueron la mano que se
tendió cuando hubo quien
miraba para otro lado.
De cualquier modo,
contradiciendo a mi
amigo en aquel homenaje,
no se me ocurre nada
mejor ni más original
que decir lo agradecida
que sigo estando de los
muchachos de El Puente.
Noviembre 19 del 2011. |