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Tus dos primeros libros,
Mutismos (1962) y
Amor, ciudad
atribuida (1964),
fueron publicados por
ediciones El Puente. Esa
experiencia editorial
inicial te marcó por
connotaciones
extraliterarias e
incluso te hizo afirmar
—con un dejo de
amargura— que: “hay
gente que nunca nos ha
visto bien. No nos vio
bien entonces ni
después”. ¿De qué manera
este hecho afectó tu
ulterior desarrollo como
escritora, como poeta,
como intelectual...?
El Puente resultó vital
para nosotros, para mí,
en el plano personal. Un
buen día llegó José
Mario Rodríguez, su
director, y me pidió
unos poemas... Fue la
primera editorial
desinteresada, que quiso
publicar poemas míos,
sin segundas ni terceras
intenciones. Trataba de
ser un espacio frente a
todo el poder de
distribución y de
omnipresencia que tenía
Lunes de Revolución.
Eso es lo que sé, lo que
se ha dicho, lo que
todos reconocen hoy. No
se trata de juzgar a
Lunes...; en mi
intención no lo está,
pero fuimos como una
especie de alternativa.
A partir de entonces
publicaron en El Puente
personas de edades muy
diferentes. Hay una
teoría de que El Puente
fue algo así como un
grito generacional, como
lo que fue el grupo
Orígenes. Pero no creo
que nos reuniéramos
teniendo un proyecto o
enarbolando valores
generacionales. No. Era
como un espacio donde
otros escritores podían
expresarse sin programa
concertado. Alejo
Carpentier propició la
presencia de esta
pequeña editorial en la
red de publicaciones
nacionales y empezó a
auspiciarla.
Lo que ocurrió después,
creo que tiene también
mucha fábula... Sería
interesante estudiar el
fenómeno de El Puente
como uno de los tantos
grupos literarios que ha
habido desde Ciclón,
porque hasta llegamos a
tener un número de una
revista, que después
abortó.
A mi juicio, lo
interesante es la
diversidad de la década
de los 60, la apertura
extraordinaria... cómo
se abrieron y admitieron
espacios literarios de
distintos tipos.
Naturalmente, la
Revolución no es un
paseo, como se sabe. Y
hubo momentos en que se
radicalizaron algunas
ideas, algunos
procesos... Hubo
personas que fueron
víctimas de errores —que
reconocemos hoy todos—,
y otras que tampoco
comprendieron el rigor y
la radicalidad de
aquellos procesos.
Algunos partieron al
exilio, y otros no. Lo
cierto es que quienes
nos quedamos, lo que
hicimos fue trabajar,
escribir... incluso
hemos sido escritores
que hemos hecho una vida
bastante local;
específicamente en mi
caso, es solo ahora que
pudiera estar alcanzando
una proyección
internacional.
¿A quiénes recuerdas
como autores publicados
en El Puente?
Pienso en dramaturgos
como Nicolás Dorr y, por
ejemplo, José Ramón
Brene... para no hablar
ya de amigos mucho más
cercanos como lo es para
mí Gerardo Fulleda León.
Porque uno de los
valores que tuvo El
Puente fue estar muy
cerca del mundo teatral
y de los dramaturgos que
se formaban entonces.
Eugenio Hernández
Espinosa nunca llegó a
publicar en esa
editorial —porque en
realidad él terminó sus
obras tiempo después—,
pero sentimentalmente
estuvo también cercano a
nosotros. En El Puente
se publicó la primera
antología de poesía
yoruba, perteneciente a
Rogelio Martínez Furé,
discípulo de Fernando
Ortiz. También estuvo
Ana Justina Cabrera,
quien acaba de morir
hace unos meses y dejó
cosas escritas que yo
quisiera recobrar y
publicar para
prologarlo. Y muchos
otros autores, como la
propia Ana María Simo,
que se reveló como una
gran cuentista, elogiada
incluso por Julio
Cortázar.
¿Hasta cuándo duró El
Puente? ¿Qué significó
entonces para ti?
Hasta mediados de los
60, o sea, que fue una
cosa bien temprana. Yo
guardo un gran recuerdo
de Nicolás Guillén, de
Roberto Fernández
Retamar, de Lisandro
Otero... quienes dieron
un paso al frente para
entender todo aquel
problema... Había gente
que estaban siendo
víctimas de los
prejuicios hasta de su
propia familia. Yo viví
acomplejada muchos años,
a tal punto que siempre
he participado en
comisiones, en esto o en
lo otro... pero nada de
hablar en asambleas.
Todavía hoy a mí me
cuesta intervenir en una
reunión de ese tipo.
Porque siempre siento
—es inconsciente— detrás
de mí como un mal ojo.
En fin, había como una
especie de mala voluntad
y contra la mala
intención no puedes
hacer nada... porque
éramos considerados algo
así como seres
endiablados. Te digo que
a mí todavía en un
Consejo Nacional de la
UNEAC me da trabajo
levantar la mano para
decir algo, porque me
parece que va a salir
alguien y me va a decir:
“Cállese usted, porque
los de El Puente...”
Ahora te lo puedo
contar, pero antes no se
hablaba de esas cosas...
Fragmento
de la entrevista
"En Los Sitios de Nancy
Morejón",
publicada en
la revista Opus
Habana;
La Habana, vol. VI, n.1,
2002, p. 18-19. |