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De entre los muchos —más
de cien posiblemente—
periódicos surgidos en
Cuba durante el breve
tiempo de la libertad
política de imprenta
disfrutada en la segunda
década del siglo
xix, ninguno
tuvo la relevancia del
titulado El Patriota
Americano, sin dudas
“el mejor y más
interesante publicado
hasta entonces en la
Isla de Cuba”, según
juicio autorizado de
Antonio Bachiller y
Morales. Su salida por
entregas, cada semana,
dio lugar a la
conformación de dos
preciosos tomos, el
primero con números del
1 al 24, y el segundo
del 1 al 32, que brillan
tanto por la calidad de
su hermosa impresión,
como por el contenido.
“Obra periódica por tres
amigos, amantes del
hombre, la patria y la
verdad”, se lee en la
portada. Fue redactado
por el guatemalteco
Simón Bergaño —ver
nuestro artículo
“Una revista criolla
para el bello secso:
Correo de las Damas”,
por él fundada— que
firmaba Veristasphilo
y Philalethes,
José del Castillo (Patriophilo
y Philopatris) y
Nicolás Ruiz (Philantropo
y Homophilo). El
lema utilizado, tomado
del latín, fue Ut
pulchra bonis adderent.
Estos “tres amigos” se
propusieron:
1. Presentar todos los
materiales útiles y
curiosos que encontremos
y que se nos remitan,
para formar con ellos
una historia completa de
esta isla.
2. Dar lo más selecto
de cuanto llegue a
nuestras manos sobre
moral, política y
literatura.
3. Que el mérito de
las materias que
insertemos, no dependa
solo de las
circunstancias.
En los párrafos más
sobresalientes de la
introducción al primer
número, los redactores,
sin ningún tipo de
temor, siempre amparados
en el breve lapso de
libre expresión
disfrutado, proclamaron
que:
Acabó el imperio de la
tiranía y principia el
de la libertad. La
adorable justicia va a
ocupar el solio que le
había usurpado el odioso
despotismo; y la
ignorancia y el error
cederán a la influencia
de la razón y la verdad.
Concluían con estas
palabras:
¡Ciudadanos ilustrados!,
¡almas sublimes, amantes
del hombre, de la patria
y de la verdad! Ahora,
ahora es tiempo de
desplegar toda nuestra
energía. El celestial
decreto de la libertad
política de la imprenta,
dictado no por hombres,
sino por la sabiduría
misma, os autoriza a
todos para manifestar
vuestras ideas. [...]
Hablemos. Escribamos. Ya
no hay que temer al
maligno influjo de la
arbitrariedad; todos
podemos y debemos
escribir, pues todos
somos deudores a la
patria, de nuestras
luces; y todo ha de
ceder a tan sagrada
obligación. Digamos pues
la verdad; y haciéndola
resonar en América para
confusión del despotismo
y ruina de la tiranía,
cubramos de oprobio y de
vergüenza al egoísta
indolente que no imite
nuestro ejemplo.
Nada similar se había
escrito en Cuba hasta
entonces. Nada podía
hacer temblar más a las
autoridades españolas
que este papel cuasi
subversivo, a pesar de
la frágil libertad de
impresión, pues en estas
páginas se criticaron
los vicios de la
legislación y la
administración españolas
hacia sus colonias de
ultramar, nunca antes
combatidas “con tanto
vigor como decoro en
muchos artículos
notables, y en otros,
hasta la historia de la
isla empezó a
desentrañarse con
excelentes glosas y
deducciones de las
viejas crónicas de
Arrate y de Urrutia”,
según palabras del
historiador Jacobo de la
Pezuela. Pero se lamenta
de que “aun no estaba
preparada la masa del
público habanero para
esas lecturas serias y
juiciosas”, y fue justo
la falta de suscriptores
lo que condujo al fin de
la publicación, en
diciembre de 1812.
No pocos números de
El Patriota Americano
fueron secuestrados de
la circulación y la
Junta Provincial de
Censura debió actuar por
el carácter “subversivo”
de la publicación, que
ofendía las Leyes
fundamentales de la
monarquía e incluso la
propia ley de libertad
de imprenta dada por
España a sus provincias.
El gobierno español vio
en peligro “las
providencias dadas para
las seguridades de esta
provincia de Cuba”.
Nada menos que el
Capitán General,
Marqués de Someruelos,
fue quien, indignado por
tanta desobediencia, y
ensoberbecido por la
aparición del artículo
titulado “Un español
nacido en el suelo
indiano”, de la autoría
encubierta de José de
Arango y Núñez del
Castillo, primo de
Francisco de Arango y
Parreño y uno de los
fundadores de la
Sociedad Económica de
Amigos del País, impuso
el oficio de denuncia
ante la mencionada Junta
Provincial de Censura,
alegando en su acusación
que “los enemigos tratan
de alterar la
tranquilidad pública de
que se goza en este
vecindario e Isla,
desacreditando las
providencias del
Magistrado, queriendo
subrogar otras que
exponen al público, y
porque de continuar
estos u otros escritos
tratando de materias de
Gobierno se irían
aumentando los
prosélitos, como ya se
está experimentando, y
resultarán daños
gravísimos a los mismos
vecinos y al servicio
del Rey y causa
pública”. El Marqués de
Someruelos no podía
admitir que un criollo,
por demás Tesorero
General de La Habana,
criticara embozadamente
en su trabajo el
traslado a la capital de
un batallón de tropas
americanas para cuidar
de esta plaza.
Quizá auspiciado por el
propio gobernador,
aunque no tengo pruebas
de ello, El
Patriota Americano
encontró un débil
contendiente en El
Frayle, dirigido por
el español Francisco
Montalvo y Ambulodi, que
se propuso “purgar los
institutos religiosos de
las calumnias del
Patriota Americano y
destinar el producto del
periódico, deducidos los
gastos de la imprenta,
para mantener uno, o más
soldados al mando del
inmortal Rovira”, en
alusión directa al antes
mencionado artículo de
José de Arango. Y
prometían: “Iremos
siempre a la sustancia,
no agitaremos cuestiones
de poco momento”. Su
primer número apareció
el 4 de enero de 1812 y
llegó hasta el 37. No
solamente combatió en
sus páginas a El
Patriota..., sino
también a la masonería,
con el fin de impedir el
establecimiento en la
capital de una logia
constituida bajo los
auspicios del Gran
Oriente de Pennsylvania.
Pero El Frayle no
mermó la repercusión de
El Patriota Americano,
muy superior a él y a
todos cuantos salieron
en aquellos años.
Finalmente, la antes
aludida falta de
suscriptores terminó con
El Patriota Americano.
En una “Advertencia”
aparecida en su número
final, sus redactores
señalaban:
Intentábamos continuar
esta obra, a lo menos
hasta acabar de publicar
las noticias y memorias
que tenemos sobre la
isla de Cuba, que
seguramente agradarían.
Pero el corto número de
los que nos han
favorecido, aunque por
una parte lisonjea
nuestro amor propio por
ser casi todos de las
personas más conocidas
en esta ciudad por su
buen gusto, instrucción
y talento, sin embargo
no es suficiente a
cubrir los costos de
imprenta. Esta
circunstancia nos prueba
que aún no ha llegado
época propia para esta
clase de obras [...] Con
todo el deseo de servir
a la patria, y nuestro
agradecimiento a los
señores suscriptores por
la liberalidad con que
nos han favorecido, nos
obliga a dejar la
suscripción abierta,
resueltos a volver a la
empresa por difícil y
penosa que sea, siempre
que haya un número de
suscriptores
suficientes.
Lamentablemente no los
hubo y los responsables
de su publicación, que
acogieron en sus páginas
a figuras como
Francisco de Arango y
Parreño, y dio espacio a
materias que abarcaron
la economía, la moral,
las leyes, la filosofía,
la política, el comercio
y la filosofía, debieron
tomar otros caminos,
aunque no muy distantes
del periodismo, como lo
hizo el propio Bergaño,
que fundó el Diario
Cívico y El
Esquife y antes
había atendido el citado
Correo de las Damas.
El Patriota Americano,
cito la valoración que
de él se ofrece en el
tomo I de la Historia
de la Literatura Cubana
(2002), “encarnó el
ideario liberal del
reformismo criollo,
abogando por la
monarquía constitucional
y por el status
provincial para Cuba
como expresión del
autonomismo. También
criticó los excesos de
la libertad de imprenta
por un lado, y, por
otro, se cuestionó los
verdaderos límites de
esa relativa libertad
dentro de una sociedad
colonial”.
La efímera primera etapa
de libertad de impresión
dejó en Cuba un saldo de
notables periódicos,
pero, de todos, El
Patriota Americano
se coloca a la
vanguardia. |