Elegía
El hibisco no más
que un ojo reventado
de donde pende el
hilo de una larga
mirada, las
trompetas de
esparavanes
el gran sable negro
de los flamboyanes,
el crepúsculo
llavero siempre
tintineante
las arecas
indolentes soles que
jamás se pusieron
por traspasadas por
un alfiler que las
tierras que se
saltan la tapa de
los sesos
no dudan nunca en
incrustarse
hasta el corazón,
los fantasmas
horrorosos, Orion
la extática mariposa
que los pólenes
mágicos
crucificaron sobre
la puerta de las
noches cimbreantes
los bellos
tirabuzones negros
de las cañafístulas
mulatas
altaneras cuyo
cuello tiembla
levemente bajo la
guillotina
y no te sorprendas
si en la noche gimo
más hondamente o si
mis manos
estrangulan más
sordamente es el
tropel de viejas
penas que hacia mi
olor negro y rojo en
escolopendra
alarga la cabeza y
con una insistencia
en el hocico aún
blanda y desmañada
busca más dentro mi
corazón de nada me
sirve entonces
apretarle contra el
tuyo y perderme en
la espesura de tus
brazos que acaba por
encontrarlo y muy
gravemente de manera
siempre nueva
lo lame amorosamente
hasta que brota
salvaje la primera
sangre
bajo las bruscas
garras desplegadas
del
DESASTRE
Cuerpo perdido
Yo que Krakatoa
yo que todo mejor
que monzón
yo que a pecho
descubierto
yo que carraspeo
como un árgano viejo
yo que balo mejor
que una cloaca
yo que fuera de gama
yo que Zambeze
frenético o rombo o
caníbal
quisiera ser cada
vez más humilde y
más manso
siempre más grave
sin vestigio ni
vértigo
caer hasta perderme
en la viviente
sémola de una tierra
bien abierta
Fuera una neblina en
lugar de atmósfera
no
sería nada sucia
cada gota de agua
conteniendo un sol
cuyo nombre idéntico
para todas las cosas
sería el ENCUENTRO
MÁS TOTAL
de tal suerte que no
se sabría a ciencia
cierta
si cruza una
estrella o una
esperanza acaso
o un pétalo de
flamboyán
o una retirada
submarina
que las antorchas de
las medusas aurelias
frecuentan
Imagino que entonces
la vida me bañaría
por completo
mejor la sentiría
palpándome o
mordiéndome
tendido sentiría
llegarme los olores
al fin liberados
cual manos
caritativas
que me atravesarían
para mecer largos
cabellos
más largos que ese
pasado que no puedo
alcanzar.
Cosas apartaros,
haced sitio
a mi reposo que alza
en oleaje
mi cresta terrible
de raíces
fondeadoras
buscando dónde
asirse
oh cosas, yo sondeo
y sondeo
yo, el cargador, soy
portarraíces
yo peso, fuerzo y
arcaneo
y ombligueo
Ah, quien hacia los
arpones me lleva
estoy muy débil
silbo, sí, silbo
cosas muy antiguas
de serpientes de
cosas cavernosas
Soy oro viento paz
aquí
y contra mi hocico
inestable y fresco
poso contra mi
rostro corroído
tu frío rostro de
risa descompuesta.
El viento, ay, lo
escucharé aún
negro, negro, negro
desde el fondo
del cielo inmemorial
un poco menos fuerte
que hoy en día
pero demasiado
fuerte sin embargo
y ese loco aullido
de perros y caballos
que envía a nuestra
persecución siempre
cimarrona
mas a mi vez en el
aire
me alzaré en un
grito tan violento
que voy a salpicar
al cielo entero
por mis ramas
destrozadas
y por el chorro
insolente de mi
barril herido y
solemne
ordenaré a las islas
existir.
Conquista del
alba
Morimos nuestra
muerte en bosques de
eucaliptos gigantes
acariciando
encalladuras de
paquebotes absurdos
en el país para
crecer
drosera irrespirable
paciendo en las
desembocaduras de
las claridades
sonámbulas
ebria
muy ebria guirnalda
arrancando
demostrativamente*
nuestros pétalos
sonoros
en la lluvia
campanularia de
sangre azul,
Morimos
con miradas
creciendo en amores
extáticos en salas
carcomidas
sin palabras que se
opongan en los
bolsillos, como una
isla
que se hunde en la
explosión brumosa de
sus pólipos
—la noche,
Morimos
entre sustancias
vivientes hinchadas
anecdóticamente
de premeditaciones
arborizadas que sólo
regocijan, que sólo
se insinúan en el
corazón mismo
de nuestros gritos,
que únicamente
reverdecen con voces
de niño,
que solamente
trepan a lo largo de
los párpados en el
peldaño
agujereado
miriápodos sagrados
lágrimas
silenciosas,
Morimos de una
muerte blanca
floreciendo de
mezquitas su dintel
de espléndida
ausencia donde la
araña de perlas
saliva su ardiente
melancolía de mónada
convulsiva
en la inenarrable
conversión del Fin
Maravillosa muerte
de nada Una esclusa
alimentada en las
fuentes más secretas
de la ravenala se
ensancha en grupa de
gacela desprevenida
Maravillosa muerte
de nada.
Las sonrisas
escapadas al lazo de
las complacencias
deshácense sin
precio de las joyas
de su infancia en
plena feria de
sensitivas en
delantal de ángel en
temporada liminar de
mi voz sobre la
suave pendiente de
mi voz a voz en
grito para dormirse.
Maravillosa muerte
de nada
¡Ah! El penacho
depositado de los
orgullos pueriles
las ternuras
adivinadas
he aquí con puertas
más pulidas que las
rodillas de
la prostitución—
el castillo de los
relentes— mi ensueño
donde adoro
con la aridez de los
corazones inútiles
(salvo del triángulo
orquial que sangra
violento como el
silencio de las
tierras bajas)
brotar
en una gloria de
trompetas libres con
cascara escarlata
corazón no
mantecoso,
sustrayendo a la
ancha voz de los
precipicios
incendiarios y
embriagadores
tumultos de
cabalgata
Cadáver de un
frenesí
el recuerdo de un
camino que sube
mucho a la sombra de
los bambúes di
guarapo que vuelve a
inventarse siempre y
el olor de los
ciruelos de España
se dejaron olvidadas
las enaguas del mar
los tiempos de la
infancia
el parasol de los
coccolobis
al llegar a la curva
me vuelvo y miro por
encima del hombro
de mi pasado lleno
del ruido mágico en
el momento preciso
siempre
incomprensible y
angustioso del fruto
del árbol del pan
que cae rodando
hasta el barranco en
donde nadie lo
encuentra
la catástrofe se ha
hecho un trono
instalándolo
demasiado alto
del delirio de la
ciudad destruida es
mi vida incendiada
Dolor tú perderás
él hábito que se
grita:
que he soñado con el
rostro torcido
boca amarga he
soñado con todos los
vicios de mi
sangre
y los fantasmas
rondaron cada uno de
mis gestos
en el escote de la
suerte
no importa es
debilidad
vela corazón mío
único prisionero que
inexplicablemente
sobrevive
en su celda
a la evidencia del
destino
feroz taciturno
muy al fondo lámpara
encendida por su
terrible
herida
Paciencia de
signos
Sublimes
excoriaciones de una
carne fraterna y
hasta las fogatas
rebeldes de mil
aldeas azotadas
arenas
fuego
mástil profético de
las carenas
fuego
vivero de murenas
fuego
fuego faroles de
situación de una
isla en pesadumbre
fuegos huellas de
hoscos rebaños que
se
deletrean en los
barros
pedazos de carne
cruda
gargajos suspendidos
esponja rezumante de
hiel
vals de fuego de los
céspedes llenos de
cucuruchos que caen
del impulso
frustrado de grandes
ta-bebuyas
fuegos de los
tizones perdidos en
un desierto de
llantos y cisternas
huesos
fuegos desecados más
nunca tan desecados
que no palpite un
gusano pregonando su
carne nueva
semillas azules del
fuego
fuego de los fuegos
testigos de ojos que
para las locas
venganzas se exhuman
y se agrandan
polen polen
y por los guijarros
donde se redondean
las bahías nocturnas
de suaves
manzanillos
buenas naranjas
siempre accesibles a
la sinceridad de las
sedes largas
Aimé Fernand
David Césaire:
Poeta y político de
Martinica. Fue el
ideólogo del
concepto de la
negritud y su obra
ha estado marcada
por la defensa de
sus raíces
africanas. Apodado
"el negro
fundamental",
influirá en autores
como Frantz Fanon,
Edouard Glissant
(alumnos de Césaire
en el liceo
Schoelcher), el
guadalupeño Daniel
Maximin y muchos
otros. Su
pensamiento y su
poesía también
marcaron a los
intelectuales
africanos y
afroamericanos en su
lucha contra el
colonialismo y la
desculturización.