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I. LA VIOLENCIA
Liberación nacional,
renacimiento nacional,
restitución de la nación
al pueblo, Commonwealth,
cualesquiera que sean
las rúbricas utilizadas
o las nuevas fórmulas
introducidas, la
descolonización es
siempre un fenómeno
violento. En cualquier
nivel que se la estudie:
encuentros entre
individuos, nuevos
nombres de los clubes
deportivos, composición
humana de los cocktail-parties,
de la policía, de los
consejos de
administración, de los
bancos nacionales o
privados, la
descolonización es
simplemente la
sustitución de una
"especie" de hombres por
otra "especie" de
hombres. Sin transición,
hay una sustitución
total, completa,
absoluta. Por supuesto,
podría mostrarse
igualmente el
surgimiento de una nueva
nación, la instauración
de un Estado nuevo, sus
relaciones diplomáticas,
su orientación política,
económica. Pero hemos
querido hablar
precisamente de esa
tabla rasa que define
toda descolonización en
el punto de partida. Su
importancia inusitada es
que constituye, desde el
primer momento, la
reivindicación mínima
del colonizado. A decir
verdad, la prueba del
éxito reside en un
panorama social
modificado en su
totalidad. La
importancia
extraordinaria de ese
cambio es que es
deseado, reclamado,
exigido. La necesidad de
ese cambio existe en
estado bruto, impetuoso
y apremiante, en la
conciencia y en la vida
de los hombres y mujeres
colonizados. Pero la
eventualidad de ese
cambio es igualmente
vivida en la forma de un
futuro aterrador en la
conciencia de otra
"especie" de hombres y
mujeres: los colonos.
La descolonización, que
se propone cambiar el
orden del mundo es, como
se ve, un programa de
desorden absoluto. Pero
no puede ser el
resultado de una
operación mágica, de un
sacudimiento natural o
de un entendimiento
amigable. La
descolonización, como se
sabe, es un proceso
histórico: es decir, que
no puede ser
comprendida, que no
resulta inteligible,
traslúcida a sí misma,
sino en la medida exacta
en que se discierne el
movimiento historizante
que le da forma y
contenido. La
descolonización es el
encuentro de dos fuerzas
congénitamente
antagónicas que extraen
precisamente su
originalidad de esa
especie de sustanciación
que segrega y alimenta
la situación colonial.
Su primera confrontación
se ha desarrollado bajo
el signo de la violencia
y su cohabitación
—más
precisamente la
explotación del
colonizado por el colono—
se ha realizado con gran
despliegue de bayonetas
y de cañones. El colono
y el colonizado se
conocen desde hace
tiempo. Y, en realidad,
tiene razón el colono
cuando dice conocerlos.
Es el colono el que ha
hecho y sigue haciendo
al colonizado. El colono
saca su verdad, es
decir, sus bienes, del
sistema colonial.
La descolonización no
pasa jamás inadvertida
puesto que afecta al
ser, modifica
fundamentalmente al ser,
transforma a los
espectadores aplastados
por la falta de esencia
en actores
privilegiados, recogidos
de manera casi grandiosa
por la hoz de la
historia. Introduce en
el ser un ritmo propio,
aportado por los nuevos
hombres, un nuevo
lenguaje, una nueva
humanidad. La
descolonización
realmente es creación de
hombres nuevos. Pero
esta creación no recibe
su legitimidad de
ninguna potencia
sobrenatural: la "cosa"
colonizada se convierte
en hombre en el proceso
mismo por el cual se
libera.
En la descolonización
hay, pues, exigencia de
un replanteamiento
integral de la situación
colonial. Su definición
puede encontrarse, si se
quiere describirla con
precisión, en la frase
bien conocida: "los
últimos serán los
primeros". La
descolonización es la
comprobación de esa
frase. Por eso, en el
plano de la rescripción,
toda descolonización es
un logro.
Expuesta en su desnudez,
la descolonización
permite adivinar a
través de todos sus
poros, balas
sangrientas, cuchillos
sangrientos. Porque si
los últimos deben ser
los primeros, no puede
ser sino tras un
afrontamiento decisivo y
a muerte de los dos
protagonistas. Esa
voluntad afirmada de
hacer pasar a los
últimos a la cabeza de
la fila, de hacerlos
subir a un ritmo
(demasiado rápido, dicen
algunos) los famosos
escalones que definen a
una sociedad organizada,
no puede triunfar sino
cuando se colocan en la
balanza todos los medios
incluida, por supuesto,
la violencia.
No se desorganiza una
sociedad, por primitiva
que sea, con semejante
programa si no se está
decidido desde un
principio, es decir,
desde la formulación
misma de ese programa, a
vencer todos los
obstáculos con que se
tropiece en el camino.
El colonizado que decide
realizar ese programa,
convertirse en su motor,
está dispuesto en todo
momento a la violencia.
Desde su nacimiento, le
resulta claro que ese
mundo estrecho, sembrado
de contradicciones, no
puede ser impugnado sino
por la violencia
absoluta.
El mundo colonial es un
mundo en
compartimientos. Sin
duda resulta superfluo,
en el plano de la
descripción, recordar la
existencia de ciudades
indígenas y ciudades
europeas, de escuelas
para indígenas y
escuelas para europeos,
así como es superfluo
recordar el apartheid en
Sudáfrica. No obstante,
si penetramos en la
intimidad de esa
separación en
compartimientos,
podremos al menos poner
en evidencia algunas de
las líneas de fuerza que
presupone. Este enfoque
del mundo colonial, de
su distribución, de su
disposición geográfica
va a permitirnos
delimitar los ángulos
desde los cuales se
reorganizará la sociedad
descolonizada.
El mundo colonizado es
un mundo cortado en dos.
La línea divisoria, la
frontera está indicada
por los cuarteles y las
delegaciones de policía.
En las colonias, el
interlocutor válido e
institucional del
colonizado, el vocero
del colono y del régimen
de opresión es el
gendarme o el soldado.
En las sociedades de
tipo capitalista, la
enseñanza, religiosa o
laica, la formación de
reflejos morales
trasmisibles de padres a
hijos, la honestidad
ejemplar de obreros
condecorados después de
cincuenta años de buenos
y leales servicios, el
amor alentado por la
armonía y la prudencia,
esas formas estéticas
del respeto al orden
establecido, crean en
torno al explotado una
atmósfera de sumisión y
de inhibición que
aligera
considerablemente la
tarea de las fuerzas del
orden. En los países
capitalistas, entre el
explotado y el poder se
interponen una multitud
de profesores de moral,
de consejeros, de
"desorientadores". En
las regiones coloniales,
por el contrario, el
gendarme y el soldado,
por su presencia
inmediata, sus
intervenciones directas
y frecuentes, mantienen
el contacto con el
colonizado y le
aconsejan, a golpes de
culata o incendiando sus
poblados, que no se
mueva. El intermediario
del poder utiliza un
lenguaje de pura
violencia. El
intermediario no aligera
la opresión, no hace más
velado el dominio. Los
expone, los manifiesta
con la buena conciencia
de las fuerzas del
orden. El intermediario
lleva la violencia a la
casa y al cerebro del
colonizado.
La zona habitada por los
colonizados no es
complementaria de la
zona habitada por los
colonos. Esas dos zonas
se oponen, pero no al
servicio de una unidad
superior. Regidas por
una lógica puramente
aristotélica, obedecen
al principio de
exclusión recíproca: no
hay conciliación
posible, uno de los
términos sobra. La
ciudad del colono es una
ciudad dura, toda de
piedra y hierro. Es una
ciudad iluminada,
asfaltada, donde los
cubos de basura están
siempre llenos de restos
desconocidos, nunca
vistos, ni siquiera
soñados. Los pies del
colono no se ven nunca,
salvo quizá en el mar,
pero jamás se está muy
cerca de ellos. Pies
protegidos por zapatos
fuertes, mientras las
calles de su ciudad son
limpias, lisas, sin
hoyos, sin piedras. La
ciudad del colono es una
ciudad harta, perezosa,
su vientre está lleno de
cosas buenas
permanentemente. La
ciudad del colono es una
ciudad de blancos, de
extranjeros. La ciudad
del colonizado, o al
menos la ciudad
indígena, la ciudad
negra, la "medina" o
barrio árabe, la reserva
es un lugar de mala
fama, poblado por
hombres de mala fama,
allí se nace en
cualquier parte, de
cualquier manera. Se
muere en cualquier
parte, de cualquier
cosa. Es un mundo sin
intervalos, los hombres
están unos sobre otros,
las casuchas unas sobre
otras. La ciudad del
colonizado es una ciudad
hambrienta, hambrienta
de pan, de carne, de
zapatos, de carbón, de
luz. La ciudad del
colonizado es una ciudad
agachada, una ciudad de
rodillas, una ciudad
revolcada en el fango.
Es una ciudad de negros,
una ciudad de boicots.
La mirada que el
colonizado lanza sobre
la ciudad del colono es
una mirada de lujuria,
una mirada de deseo.
Sueños de posesión.
Todos los modos de
posesión: sentarse a la
mesa del colono,
acostarse en la cama del
colono, si es posible
con su mujer. El
colonizado es un
envidioso. El colono no
lo ignora cuando,
sorprendiendo su mirada
a la deriva, comprueba
amargamente, pero
siempre alerta: "Quieren
ocupar nuestro lugar."
Es verdad, no hay un
colonizado que no sueñe
cuando menos una vez al
día en instalarse en el
lugar del colono.
Ese mundo en
compartimientos, ese
mundo cortado en dos
está habitado por
especies diferentes. La
originalidad del
contexto colonial es que
las realidades
económicas, las
desigualdades, la enorme
diferencia de los modos
de vida, no llegan nunca
a ocultar las realidades
humanas. Cuando se
percibe en su aspecto
inmediato el contexto
colonial, es evidente
que lo que divide al
mundo es primero el
hecho de pertenecer o no
a tal especie, a tal
raza. En las colonias,
la infraestructura es
igualmente una
superestructura. La
causa es consecuencia:
se es rico porque se es
blanco, se es blanco
porque se es rico. Por
eso los análisis
marxistas deben
modificarse ligeramente
siempre que se aborda el
sistema colonial. Hasta
el concepto de sociedad
precapitalista, bien
estudiado por Marx,
tendría que ser
reformulado. El siervo
es de una esencia
distinta que el
caballero, pero es
necesaria una referencia
al derecho divino para
legitimar esa diferencia
de clases. En las
colonias, el extranjero
venido de fuera se ha
impuesto con la ayuda de
sus cañones y de sus
máquinas. A pesar de la
domesticación lograda, a
pesar de la apropiación,
el colono sigue siendo
siempre un extranjero.
No son ni las fábricas,
ni las propiedades, ni
la cuenta en el banco lo
que caracteriza
principalmente a la
"clase dirigente". La
especie dirigente es,
antes que nada, la que
viene de afuera, la que
no se parece a los
autóctonos, a "los
otros".
La violencia que ha
presidido la
constitución del mundo
colonial, que ha ritmado
incansablemente la
destrucción de las
formas sociales
autóctonas, que ha
demolido sin
restricciones los
sistemas de referencias
de la economía, los
modos de apariencia, la
ropa, será reivindicada
y asumida por el
colonizado desde el
momento en que, decidida
a convertirse en la
historia en acción, la
masa colonizada penetre
violentamente en las
ciudades prohibidas.
Provocar un estallido
del mundo colonial será,
en lo sucesivo, una
imagen de acción muy
clara, muy comprensible
y capaz de ser asumida
por cada uno de los
individuos que
constituyen el pueblo
colonizado. Dislocar al
mundo colonial no
significa que después de
la abolición de las
fronteras se arreglará
la comunicación entre
las dos zonas. Destruir
el mundo colonial es, ni
más ni menos, abolir una
zona, enterrarla en lo
más profundo de la
tierra o expulsarla del
territorio.
La impugnación del mundo
colonial por el
colonizado no es una
confrontación racional
de los puntos de vista.
No es un discurso sobre
lo universal, sino la
afirmación desenfrenada
de una originalidad
formulada como absoluta.
El mundo colonial es un
mundo maniqueo. No le
basta al colono limitar
físicamente, es decir,
con ayuda de su policía
y de sus gendarmes, el
espacio del colonizado.
Como para ilustrar el
carácter totalitario de
la explotación colonial,
el colono hace del
colonizado una especie
de quintaesencia del
mal.1 La
sociedad colonizada no
solo se define como una
sociedad sin valores. No
le basta al colono
afirmar que los valores
han abandonado o, mejor
aún, no han habitado
jamás el mundo
colonizado. El indígena
es declarado impermeable
a la ética; ausencia de
valores, pero también
negación de los valores.
Es, nos atrevemos a
decirlo, el enemigo de
los valores. En este
sentido, es el mal
absoluto. Elemento
corrosivo, destructor de
todo lo que está cerca,
elemento deformador,
capaz de desfigurar todo
lo que se refiere a la
estética o la moral,
depositario de fuerzas
maléficas, instrumento
inconsciente e
irrecuperable de fuerzas
ciegas. Y M. Meyer podía
decir seriamente a la
Asamblea Nacional
Francesa que no había
que prostituir la
República haciendo
penetrar en ella al
pueblo argelino. Los
valores, en efecto, son
irreversiblemente
envenenados e infectados
cuando se les pone en
contacto con el pueblo
colonizado. Las
costumbres del
colonizado, sus
tradiciones, sus mitos,
sobre todo sus mitos,
son la señal misma de
esa indigencia, de esa
depravación
constitucional. Por eso
hay que poner en el
mismo plano al D.D.T,
que destruye los
parásitos, trasmisores
de enfermedades, y a la
religión cristiana, que
extirpa de raíz las,
herejías, los instintos,
el mal. El retroceso de
la fiebre amarilla y los
progresos de la
evangelización forman
parte de un mismo
balance. Pero los
comunicados triunfantes
de las misiones,
informan realmente
acerca de la importancia
de los fermentos de
enajenación introducidos
en el seno del pueblo
colonizado. Hablo de la
religión cristiana y
nadie tiene derecho a
sorprenderse. La Iglesia
en las colonias es una
Iglesia de blancos, una
Iglesia de extranjeros.
No llama al hombre
colonizado al camino de
Dios sino al camino del
Blanco, del amo, del
opresor. Y, como se
sabe, en esta historia
son muchos los llamados
y pocos los elegidos.
A veces ese maniqueísmo
llega a los extremos de
su lógica y deshumaniza
al colonizado.
Propiamente hablando lo
animaliza. Y, en
realidad, el lenguaje
del colono, cuando habla
del colonizado, es un
lenguaje zoológico. Se
alude a los movimientos
de reptil del amarillo,
a las emanaciones de la
ciudad indígena, a las
hordas, a la peste, el
pulular, el hormigueo,
las gesticulaciones. El
colono, cuando quiere
describir y encontrar la
palabra justa, se
refiere constantemente
al bestiario. El europeo
raramente utiliza
"imágenes". Pero el
colonizado, que
comprende el proyecto
del colono, el proceso
exacto que se pretende
hacerle seguir, sabe
inmediatamente en qué
piensa. Esa demografía
galopante, esas masas
histéricas, esos rostros
de los que ha
desaparecido toda
humanidad, esos cuerpos
obesos que no se parecen
ya a nada, esa cohorte
sin cabeza ni cola, esos
niños que parecen no
pertenecer a nadie, esa
pereza desplegada al
sol, ese ritmo vegetal,
todo eso forma parte del
vocabulario colonial. El
general De Gaulle habla
de las "multitudes
amarillas" y el señor
Mauriac de las masas
negras, cobrizas y
amarillas que pronto van
a irrumpir en oleadas.
El colonizado sabe todo
eso y ríe cada vez que
se descubre como animal
en las palabras del
otro. Porque sabe que no
es un animal. Y
precisamente, al mismo
tiempo que descubre su
humanidad, comienza a
bruñir sus armas para
hacerla triunfar.
Cuando el colonizado
comienza a presionar sus
amarras, a inquietar al
colono, se le envían
almas buenas que, en los
"Congresos de cultura"
le exponen las calidades
específicas, las
riquezas de los valores
occidentales. Pero cada
vez que se trata de
valores occidentales se
produce en el colonizado
una especie de
endurecimiento, de
tetania muscular. En el
período de
descolonización, se
apela a la razón de los
colonizados. Se les
proponed valores
seguros, se les explica
prolijamente que la
descolonización no debe
significar regresión,
que hay que apoyarse en
valores experimentados,
sólidos, bien
considerados. Pero
sucede que cuando un
colonizado oye un
discurso sobre la
cultura occidental, saca
su machete o al menos se
asegura de que está al
alcance de su mano. La
violencia con la cual se
ha afirmado la
supremacía de los
valores blancos, la
agresividad que ha
impregnado la
confrontación victoriosa
de esos valores con los
modos de vida o de
pensamiento de los
colonizados hacen que,
por una justa inversión
de las cosas, el
colonizado se burle
cuando se evocan frente
a él esos valores. En el
contexto colonial, el
colono no se detiene en
su labor de crítica
violenta del colonizado,
sino cuando este último
ha reconocido en voz
alta e inteligible la
supremacía de los
valores blancos. En el
período de
descolonización, la masa
colonizada se burla de
esos mismos valores, los
insulta, los vomita con
todas sus fuerzas.
Ese fenómeno se disimula
generalmente porque,
durante el período de
descolonización, ciertos
intelectuales
colonizados han
entablado un diálogo con
la burguesía del país
colonialista. Durante
ese período, la
población autóctona es
percibida como masa
indistinta. Las pocas
individualidades
autóctonas que los
burgueses colonialistas
han tenido ocasión de
conocer aquí y allá no
pesan suficientemente
sobre esa percepción
inmediata para dar
origen a matices. Por el
contrario, durante el
período de liberación,
la burguesía
colonialista busca
febrilmente establecer
contactos con las
"elites". Es con esas
élites con las que se
establece el famoso
diálogo sobre los
valores. La burguesía
colonialista, cuando
advierte la
imposibilidad de
mantener su dominio
sobre los países
coloniales, decide
entablar un combate en
la retaguardia, en el
terreno de la cultura,
de los valores, de las
técnicas, etc. Pero lo
que no hay que perder
nunca de vista es que la
inmensa mayoría de los
pueblos colonizados es
impermeable a esos
problemas. Para el
pueblo colonizado, el
valor más esencial, por
ser el más concreto, es
primordialmente la
tierra: la tierra que
debe asegurar el pan y,
por supuesto, la
dignidad. Pero esa
dignidad no tiene nada
que ver con la dignidad
de la "persona humana".
Esa persona humana
ideal, jamás ha oído
hablar de ella. Lo que
el colonizado ha visto
en su tierra es que
podían arrestarlo,
golpearlo hambrearlo
impunemente; y ningún
profesor de moral,
ningún cura, vino jamás
a recibir los golpes en
su lugar ni a compartir
con él su pan. Para el
colonizado, ser
moralista es, muy
concretamente, silenciar
la actitud déspota del
colono, y así quebrantar
su violencia desplegada,
en una palabra,
expulsarlo
definitivamente del
panorama. El famoso
principio que pretende
que todos los hombres
sean iguales encontrará
su ilustración en las
colonias cuando el
colonizado plantee que
es el igual del colono.
Un paso más querrá
pelear para ser más que
el colono. En realidad,
ya ha decidido
reemplazar al colono,
tomar su lugar. Como se
ve, es todo un universo
material y moral el que
se desploma. El
intelectual que ha
seguido, por su parte,
al colonialista en el
plano de lo universal
abstracto va a pelear
porque el colono y el
colonizado puedan vivir
en paz en un mundo
nuevo. Pero o que no ve,
porque precisamente el
colonialismo se ha
infiltrado en él con
todos sus modos de
pensamiento, es que el
colono, cuando
desaparece el contexto
colonial, no tiene ya
interés en quedarse, en
coexistir. No es un azar
si, inclusive antes de
cualquier negociación
entre el gobierno
argelino y el gobierno
francés, la minoría
europea llamada
"liberal" ya ha dado a
conocer su posición:
reclama, ni más ni
menos, la doble
ciudadanía. Es que
acantonándose en el
plano abstracto, se
quiere condenar al
colono a dar un salto
muy concreto a lo
desconocido. Digámoslo:
el colono sabe
perfectamente que
ninguna fraseología
sustituye a la realidad.
El colonizado, por
tanto, descubre que su
vida, su respiración,
los latidos de su
corazón son los mismos
que los del colono.
Descubre que una piel de
colono no vale más que
una piel de indígena.
Hay que decir, que ese
descubrimiento introduce
una sacudida esencial en
el mundo. Toda la nueva
y revolucionaria
seguridad del colonizado
se desprende de esto.
Si, en efecto, mi vida
tiene el mismo peso que
la del colono, su mirada
ya no me fulmina, ya no
me inmoviliza, su voz no
me petrifica. Ya no me
turbo en su presencia.
Prácticamente, lo
fastidio. No solo su
presencia no me afecta
ya, sino que le preparo
emboscadas tales que
pronto no tendrá más
salida que la huida.
El contexto colonial,
hemos dicho, se
caracteriza por la
dicotomía que inflige al
mundo. La
descolonización unifica
ese mundo, quitándole
por una decisión radical
su heterogeneidad,
unificándolo sobre la
base de la nación, a
veces de la raza.
Conocemos esa frase
feroz de los patriotas
senegaleses, al evocar
las maniobras de su
presidente Senghor:
"Hemos pedido la
africanización de los
cuadros, y resulta que
Senghor africaniza a los
europeos." Lo que quiere
decir que el colonizado
tiene la posibilidad de
percibir en una
inmediatez absoluta si
la descolonización tiene
lugar o no: el mínimo
exigido es que los
últimos sean los
primeros.
Pero el intelectual
colonizado aporta
variantes a esta demanda
y, en realidad, las
motivaciones no parecen
faltarle: cuadros
administrativos, cuadros
técnicos, especialistas.
Pero el colonizado
interpreta esos
salvoconductos ilegales
como otras tantas
maniobras de sabotaje y
no es raro oír a un
colonizado declarar aquí
y allá: "No valía la
pena, entonces, ser
independientes..."
En las regiones
colonizadas donde se ha
llevado a cabo una
verdadera lucha de
liberación, donde la
sangre del pueblo ha
corrido y donde la
duración de la fase
armada ha favorecido el
reflujo de los
intelectuales sobre
bases populares, se
asiste a una verdadera
erradicación de la
superestructura bebida
por esos intelectuales
en los medios burgueses
colonialistas. En su
monólogo narcisista, la
burguesía colonialista,
a través de sus
universitarios, había
arraigado profundamente,
en efecto, en el
espíritu del colonizado
que las esencias son
eternas a pesar de todos
los errores imputables a
los hombres. Las
esencias occidentales,
por supuesto. El
colonizado aceptaba lo
bien fundado de estas
ideas y en un repliegue
de su cerebro podía
descubrirse un centinela
vigilante encargado de
defender el pedestal
grecolatino. Pero,
durante la lucha de
liberación, cuando el
colonizado vuelve a
establecer contacto con
su pueblo, ese centinela
ficticio se pulveriza.
Todos los valores
mediterráneos, triunfo
de la persona humana, de
la claridad y de la
Belleza, se convierten
en adornos sin vida y
sin color. Todos esos
argumentos parecen
ensambles de palabras
muertas. Esos valores
que parecían ennoblecer
el alma se revelan
inutilizables porque no
se refieren al combate
concreto que ha
emprendido el pueblo.
Y, en primer lugar, el
individualismo. El
intelectual colonizado
había aprendido de sus
maestros que el
individuo debe
afirmarse. La burguesía
colonialista había
introducido a
martillazos, en el
espíritu del colonizado,
la idea de una sociedad
de individuos donde cada
cual se encierra en su
subjetividad, donde la
riqueza es la del
pensamiento. Pero el
colonizado qué tenga la
oportunidad de
sumergirse en el pueblo
durante la lucha de
liberación va a
descubrir la falsedad de
esa teoría. Las formas
de organización de la
lucha van a proponerle
ya un vocabulario
inhabitual. El hermano,
la hermana, el camarada
son palabras proscritas
por la burguesía
colonialista porque,
para ella, mi hermana es
mi cartera, mi camarada
mi compinche en la
maniobra turbia. El
intelectual colonizado
asiste, en una especie
de auto de fe, a la
destrucción de todos sus
ídolos: el egoísmo, la
recriminación orgullosa,
la imbecilidad infantil
del que siempre quiere
decir la última palabra.
Ese intelectual
colonizado, atonizado
por la cultura
colonialista, descubrirá
igualmente la
consistencia de las
asambleas de las aldeas,
la densidad de las
comisiones del pueblo,
la extraordinaria
fecundidad de las
reuniones de barrio y de
célula. Los asuntos de
cada uno ya no dejarán
jamás de ser asuntos de
todos porque,
concretamente, todos
serán descubiertos por
los legionarios y
asesinados, o todos se
salvarán. La
indiferencia hacia los
demás, esa forma atea de
la salvación, está
prohibida en este
contexto.
Se habla mucho desde
hace tiempo de la
autocrítica: ¿se sabe
acaso que fue primero
una institución
africana? Ya sea en los
djemaas de África del
Norte o en las reuniones
de África Occidental, la
tradición quiere que los
conflictos que estallan
en una aldea sean
debatidos en público.
Autocrítica en común,
sin duda, con una nota
de humor, sin embargo,
porque todo el mundo se
siente sin presiones,
porque en última
instancia todos queremos
las mismas cosas. El
cálculo, los silencios
insólitos, las reservas,
el espíritu subterráneo,
el secreto, todo eso lo
abandona el intelectual
a medida que se sumerge
en el pueblo. Y es
verdad que entonces
puede decirse que la
comunidad triunfa ya en
ese nivel, que segrega
su propia luz, su propia
razón.
Pero puede suceder que
la descolonización se
produzca en regiones que
no han sido
suficientemente
sacudidas por la lucha
de liberación y allí se
encuentran esos mismos
intelectuales hábiles,
maliciosos, astutos. En
ellos se encuentran
intactas las formas de
conducta y de
pensamiento recogidas en
el curso de su trato con
la burguesía
colonialista. Ayer niños
mimados del
colonialismo, hoy de la
autoridad nacional,
organizan el pillaje de
los recursos nacionales.
Despiadados, suben por
combinaciones o por
robos legales:
importación-exportación,
sociedades anónimas,
juegos de bolsa,
privilegios ilegales,
sobre esa miseria
actualmente nacional.
Demandan con insistencia
la nacionalización de
las empresas
comerciales, es decir,
la reserva de los
mercados y las buenas
ocasiones solo para los
nacionales.
Doctrinalmente,
proclaman la necesidad
imperiosa de
nacionalizar el robo de
la nación. En esa aridez
del período nacional,
en, la fase llamada de
austeridad, el éxito de
sus rapiñas provoca
rápidamente la cólera la
violencia del pueblo.
Ese pueblo miserable e
independiente, en el
contexto africano e
internacional actual,
adquiere la conciencia
social a un ritmo
acelerado. Las pequeñas
individualidades no
tardarán en
comprenderlo. Para
asimilar la cultura del
opresor y aventurarse en
ella, el colonizado ha
tenido que dar
garantías. Entre otras,
ha tenido que hacer
suyas las formas de
pensamiento de la
burguesía colonial. Esto
se comprueba en la
ineptitud del
intelectual colonizado
para dialogar. Porque no
sabe hacerse inesencial
frente al objeto o la
idea. Por el contrario,
cuando milita en el seno
del pueblo se maravilla
continuamente. Se ve
literalmente desarmado
por la buena fe y la
honestidad del pueblo.
El riesgo permanente que
lo acecha entonces es
hacer populismo. Se
transforma en una
especie de
bendito-sí-sí, que
asiente ante cada frase
del pueblo, convertida
por él en sentencia.
Pero el fellah, el
desempleado, el
hambriento no pretende
la verdad. No dice que
él es la verdad, puesto
que lo es en su ser
mismo.
El intelectual se
comporta objetivamente,
en esta etapa, como un
vulgar oportunista. Sus
maniobras, en realidad,
no han cesado. El pueblo
no piensa en rechazarlo
ni en acorralarlo. Lo
que el pueblo exige es
que todo se ponga en
común. La inserción del
intelectual colonizado
en la marea popular va a
demorarse por la
existencia en él de un
curioso culto por el
detalle. No es que el
pueblo sea rebelde, si
se le analiza. Le gusta
que le expliquen, le
gusta comprender las
articulaciones de un
razonamiento, le gusta
ver hacia dónde va. Pero
el intelectual
colonizado, al principio
de su cohabitación con
el pueblo, da mayor
importancia al detalle y
llega a olvidar la
derrota del
colonialismo, el objeto
mismo de la lucha.
Arrastrado en el
movimiento multiforme de
la lucha, tiene
tendencia a fijarse en
tareas locales,
realizadas con ardor,
pero casi siempre
demasiado solemnizadas.
No ve siempre la
totalidad. Introduce la
noción de disciplinas,
especialidades, campos,
en esa terrible máquina
de mezclar y triturar
que es una revolución
popular. Dedicado a
puntos precisos del
frente, suele perder de
vista la unidad del
movimiento y, en caso de
fracaso local, se deja
llevar por la duda, la
decepción. El pueblo, al
contrario, adopta desde
el principio posiciones
globales. La tierra y el
pan: ¿qué hacer para
obtener la tierra y el
pan? Y ese aspecto
preciso, aparentemente
limitado, restringido
del pueblo es, en
definitiva, el modelo
operatorio más
enriquecedor y más
eficaz.
El problema de la verdad
debe solicitar
igualmente nuestra
atención. En el seno del
pueblo, desde siempre,
la verdad solo
corresponde a los
nacionales. Ninguna
verdad absoluta, ningún
argumento sobre la
transparencia del alma
puede destruir esa
posición. A la mentira
de la situación
colonial, el colonizado
responde con una mentira
semejante. La conducta
con los nacionales es
abierta; crispada e
ilegible con los
colonos. La verdad es lo
que precipita la
dislocación del régimen
colonial y pierde a los
extranjeros. En el
contexto colonial no
existe una conducta
regida por la verdad. Y
el bien es simplemente
lo que les hace mal a
los otros.
Se advierte entonces que
el maniqueísmo primario
que regía la sociedad
colonial se conserva
intacto en el período de
descolonización. Es que
el colono no deja de ser
nunca el enemigo, el
antagonista,
precisamente el hombre
que hay que eliminar. El
opresor, en su zona,
hace existir el
movimiento, movimiento
de dominio, de
explotación, de pillaje.
En la otra zona, la cosa
colonizada, arrollada,
expoliada, alimenta como
puede ese movimiento,
que va sin cesar desde
las márgenes del
territorio a los
palacios y los muelles
de la "metrópoli". En
esa zona fija, la
superficie está quieta,
la palmera se balancea
frente a las nubes, las
olas del mar rebotan
sobre los guijarros, las
materias primas van y
vienen, legitimando la
presencia del colono
mientras que agachado,
más muerto que vivo, el
colonizado se eterniza
en un sueño siempre
igual. El colono hace la
historia. Su vida es una
epopeya, una odisea. Es
el comienzo absoluto:
"Esta tierra, nosotros
la hemos hecho." Es la
causa permanente: "Si
nos vamos, todo está
perdido, esta tierra
volverá a la Edad
Media." Frente a él,
seres embotados, roídos
desde dentro por las
fiebres y las costumbres
ancestrales, constituyen
un marco casi mineral
del dinamismo innovador
del mercantilismo
colonial.
El colono hace la
historia y sabe que la
hace. Y como se refiere
constantemente a la
historia de la
metrópoli, indica
claramente que está aquí
como prolongación de esa
metrópoli. La historia
que escribe no es, pues,
la historia del país al
que despoja, sino la
historia de su nación en
tanto que ésta piratea,
viola y hambrea. La
inmovilidad a que está
condenado el colonizado
no puede ser impugnada
sino cuando el
colonizado decide poner
término a la historia de
la colonización, a la
historia del pillaje,
para hacer existir la
historia de la nación,
la historia de la
descolonización.
Nota
1- Ya hemos demostrado,
en Peau Noire,
Masques Blancs, (Edition
du Seuil) el mecanismo
de ese mundo maniqueo.
Frantz Fanon:
Psiquiatra, filósofo y
escritor martiniqués. Su
obra es muy influyente
en los campos de los
estudios poscoloniales,
la teoría crítica y el
marxismo. Es conocido
como un pensador
humanista existencial
radical en la cuestión
de la descolonización y
la psicopatología de la
colonización. Apoyó la
lucha argelina por la
independencia y fue
miembro del Frente de
Liberación Nacional
argelino. Su vida y sus
trabajos, principalmente
Los condenados de la
tierra (Les
damnés de la terre)
han incitado e inspirado
movimientos de
liberación
anticolonialistas
durante varias décadas. |