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entrevista con LUIZ PERCIVAL LEME BRITTO

Tiempos de resistencia

Abel Sánchez • La Habana

Al principio, cuando entré a la conferencia del lingüista brasileño Luiz Percival Leme Britto, no estaba muy seguro de entrevistarlo. Ya conocía la calidad de su pensamiento, pero el título de la ponencia: “O valor da leitura” o, al menos, lo que de él permitía inferir mi pésimo portugués, no me motivaba en lo absoluto. No obstante, después de escucharlo, comprendí que, en la duda, me había equivocado.

Horas más tarde, cuando otra de los conferencistas en el Congreso Internacional Lectura 2011 le preguntó su nombre, él contestó: “Percival, el caballero”. De modo que Percival, además de caballero, es profesor e investigador, graduado de Letras en la Universidad estatal de Campinas, en Brasil, donde también recibiría los títulos de Master y Doctor en Lingüística. Ha publicado varios artículos como: “Educación de adultos: formación y pragmatismo”, “Escuela, enseñanza de lengua y conocimiento” y “Lectura de estudio en estudiantes universitarios. Una aproximación”. Entre sus libros están: “Alfabetismo en Brasil”, “La sombra del caos. Enseñanza de lengua por tradición gramatical” y “Contra el consenso. Cultura escrita, educación y participación”.

El día en cuestión, el mismo en el que impartió su conferencia, vestía completamente de negro. A primera vista, cualquiera hubiese pensado que solo le faltaba el alzacuello. Pero sería una impresión errada, no tiene nada de cura. No da el aspecto severo que requiere el sacerdocio; posee un gran sentido del humor, ese que se les da a los hombres brillantes y les rehúye a los fanáticos; y, por la forma en que habla, da la impresión de que solo tiene dos devociones: enseñar y el pensamiento.

Cuando terminaron todas las ponencias, le pedí que, más que una entrevista, tuviésemos una conversación en la que yo, con toda la humildad que se puede tener a los 25 años, le propondría algunas ideas para motivarlo a la reflexión. Aceptó, a tiempo que exponía su única cláusula: “Pero me hablas despacito, que ustedes hablan muy rápido”.

Cerré el trato y, sin darle mucho tiempo a reconsiderarlo, arremetí:

Gramsci decía que instituciones como la familia o la escuela reproducen los valores de la clase social dominante. Sin embargo, usted ha dicho que los maestros deben inculcar la lectura crítica como un modo de inconformidad hacia el mundo, hacia el sistema. ¿Cómo puede hacer esto un maestro que, a fin de cuentas, forma parte de esas mismas instituciones?

Porque las instituciones no son bloques monolíticos, sino que en su interior viven las contradicciones propias de la lucha de clases. Es decir, el proceso político que ocurre en la sociedad, también tiene lugar en el interior de las instituciones. Por eso, la lucha política se hace tanto en el interior de los sistemas, como fuera de ellos. Creo que esto está de acuerdo con Gramsci, sobre todo cuando él trabaja con el concepto de hegemonía. En ese sentido, soy plenamente consciente de que hoy en el mundo se hace un trabajo de resistencia, porque las estructuras políticas mayores y el control del sistema son muy poderosos. No tenemos fuerzas suficientes para hacer una revolución dentro de las escuelas, pero es preciso hacer un discurso contrahegemónico y de resistencia a esta avasalladora tendencia pragmática e instrumental que se impone en el mundo.

Usted explica que el saber cotidiano, o lo que llamamos sentido común, se impone de manera vertical, desde el poder, y a este le contrapone el saber especulativo, ese que reflexiona sobre la propia condición humana. ¿Cómo alcanzar ese saber cuando la propia dinámica de la modernidad impone un estilo de vida alienado, cuando la condición material signa a la condición humana?

Esa es una paradoja que vivimos siempre. Pero comencemos por el saber cotidiano. En su origen, en su forma tradicional, primigenia, siempre se configuró mediante las relaciones horizontales. Sin embargo, una de las características del mundo contemporáneo es exactamente la verticalización que se impone al nivel del saber cotidiano. Porque en el momento en que se complejizan las formas de producción, la administración de la propia cotidianidad se impone a través de normas mucho más rígidas de comportamiento, de consumo, de obediencia, de una manera solamente vertical. Es precisamente por eso que uno ya no puede ser analfabeto para el sistema.

En los años 60, tú no lo recuerdas ni yo tampoco porque era muy chiquito, se hablaba mucho de que el analfabetismo era un interés del sistema, como una manera de subyugar a las personas. En cambio, lo que ocurre hoy es que al sistema el analfabetismo ya no le interesa, pero sí le interesa un alfabetismo ignorante. Eso es lo que llamo alfabetismo pragmático. Y mucho de lo que se hace en promoción de lectura, en enseñanza de lectura en la escuela, inconscientemente y a veces a conciencia, se hace en esta dirección. Entonces la crítica que yo hacía iba dirigida a los grupos que trabajan en la promoción de lectura para que se den cuenta de que a veces hacen lo contrario.

Ahora, volviendo a lo anterior, el saber cotidiano también incorpora una dimensión de especulación. Porque la especulación está en la propia acción de la gente, en un determinado nivel, y está en el trabajo humano de producción de conocimiento, de indagación de la realidad humana. Aquí volvemos a Gramsci: es necesario que la gente incorpore, tome para sí el conocimiento, abstracto, formal, descontextualizado, como herramienta para poder pensar la propia cotidianidad y transformarla. Pero no se trata de tomar el conocimiento como si fuese un saber pragmático, sino como una posibilidad de indagación de sí mismo, de los otros y de la sociedad. Nos encontramos ante una relación que es dialéctica y que experimentamos en condiciones muy difíciles para la mayoría, ya sea porque la represión es muy fuerte o porque los métodos de coacción y de formación de opinión de los grandes medios sean muy eficientes.

Lo que hacen muchas veces los programas de lectura llevando productos mediáticos a la escuela, como una manera de “pescar” a los niños, es un equívoco, están reproduciendo ideología. El niño va a consumir esas ideas y no va a cambiar. No sé si te gustan las películas, pero siempre he dicho que uno puede ver a Schwarzenegger cuantas veces quiera, que eso nunca lo va a motivar al cambio. Volviendo a la literatura, muchas veces promueven una mala literatura, una literatura de consumo, de entretenimiento para la gente, con la idea de que eso quizá los pueda conducir a planteamientos contestatarios. Bueno, eso no va a pasar.

Entonces, mi idea es: hay que provocar la posibilidad de un extrañamiento, de cierta incomodidad, de una molestia en la vida de la gente como posibilidad de indagación de la propia condición humana y de las condiciones político-sociales en que viven.

Al referirse a la noción de competitividad, usted criticaba el hecho de que en estos tiempos se asume como algo positivo. No obstante, ¿no es la competencia una condición intrínseca del ser humano que lo ha llevado al progreso?

No sé si existen condiciones intrínsecas al ser humano. El ser humano es histórico, no existe en la naturaleza. En la naturaleza existe el Homo sapiens sapiens. El ser humano es una construcción exclusiva de la historia humana, por tanto, no existe ninguna predisposición natural. Claro, hay muchos años de historia, hay muchas cosas que están incrustadas —¿Se puede decir así en español?— como las conchas que están incrustadas en las piedras. Entonces, el egoísmo, la competitividad, no son características del ser humano. Puede ser que sean aspectos incentivados por la carencia, por la miseria, porque la miseria nos pone a los unos contra los otros. Pero no son propias del ser humano, son posibilidades de realización del humano.

Eso en un sentido general. Específicamente: cuando hablamos de competitividad, nos referimos a la idea de un mundo que existe para la acumulación del capital. O sea, uno no va a crecer, a desarrollarse, para el bien común, sino que va a desarrollarse para tener más y siempre más. Porque esta es la lógica intrínseca al capitalismo, al capital. El concepto de acumulación es absolutamente necesario para entender la manera en que se produce la lógica del capital. En este sistema se le propone a la gente que ellos van a encontrar la felicidad en la misma medida en que tengan más, en que consigan más y se pongan en una posición de superioridad con respecto a los otros. Este es el fundamento de la competitividad.

Esto, hace unos 30 o 40 años, se hacía igual, pero no estaba en el discurso oficial. Lo que me parece muy interesante es el hecho de que el capitalismo permitió que el discurso ideológico incorporase esos mismos elementos que antes lo avergonzaban y no se podían decir. Ahora lo han asimilado y sí se puede hablar de ello. Ahora eso es lo bueno, lo bueno es competir. Y competir significa pasar por encima del otro, porque si yo gano, tú pierdes. Y no se trata de una competencia deportiva, la cual no creo que sea siempre buena, pero es en este sentido que me parece que la competitividad es negativa.

Hoy, lo que considero más problemático en el contexto del que hablamos, es que para decir que leer es bueno, hay que relacionar el hecho de leer con una ganancia objetiva. ¿Y esto qué es? Sencillo, vas a tratar de ubicarte en una posición más ventajosa para la competencia. Creo que este es el problema.

¿Cree aquello que se dice en cuanto a que una lectura crítica puede llegar a modificar dinámicas sociales?

Todo lo contrario, el cambio de las dinámicas sociales es el que va a ofrecer mejores condiciones para la lectura crítica. Es muy interesante, porque si uno se involucra en actividades sociales efectivas, ya sea de realización personal o colectiva, de cambios pequeños o más grandes, en los sindicatos, en los partidos, en las asociaciones, en las escuelas, en sus grupos, entonces se le pone un sentido al acto de pensar. Leer es caudatario de tu pertenencia a la sociedad, no al revés. La idea de que por la lectura se hacen las transformaciones es una idea muy pequeño burguesa, que tiene que ver con la idea fundamental del individuo autosuficiente.

Es algo que se ve cuando se examinan las realidades sociales. Si tomas el caso brasileño y analizas a los jóvenes que se consideran buenos lectores, son exactamente aquellos que se involucraron en acciones sociales objetivas y la lectura se tornó una necesidad. Hay que ser un poco más flexible, dialéctico, una cosa puede llevar a otra, pero es un equívoco pensar que vamos a crear experimentadores del arte, del pensamiento, del mundo, si el niño o la niña siguen involucrados en formas de existencia alienada. Entonces tampoco creo en el cambio por la lectura o por la educación.

Ahora, esto no quiere decir que no sean importantes, pero uno tiene que hacer una crítica de sí mismo. Voy a hacer un chiste: no podemos seguir con la magia, con la fantasía, los sueños, los castillos encantados para llegar a tener acciones, posiciones, deseos o cosas de esa naturaleza. Nosotros tenemos que limpiar un poco el discurso sobre la lectura de ese exceso de encantamiento, de fantasía, hay demasiada magia en torno a esto, un poquito más de realidad nos haría bien a todos.

La lectura crítica puede participar en la transformación social, pero ella solo va a existir plenamente si uno se involucra en los procesos de transformación. Por eso, se trata de un proceso dialéctico, una cosa lleva a la otra. Pero no hay cambios de ninguna naturaleza, sin que uno se involucre en acciones fuertes desde el punto de vista del sentido de la vida.

Esto es muy curioso, porque si analizas, por ejemplo, a esas iglesias neopentecostales, como les llamamos en Brasil, que tienen un pensamiento muy cerrado, verás que sus jóvenes leen los textos relativos a los temas con los que se involucran. Y seguro dirás: ‘Eso no es crítico’. Bueno, ¿desde qué punto de vista? Claro, para el análisis que estamos haciendo, ellos no tienen las contradicciones, como las verdades se imponen totalmente, ellos no pueden ver más allá de lo que les han enseñado. Pero eso no tiene que ver con la lectura, sino con sus propias condiciones de vida. En el interior de sus prácticas, en el interior de sus concepciones, sí son críticos. Por eso, el término lectura crítica no es muy bueno, porque quiere decir todo y cuando algo quiere decir todo, entonces no significa nada.

Usted ha comentado sobre el arte y su posibilidad de imaginar vidas alternativas o de elucubrar con qué podría pasar si la realidad fuese diferente. Sin embargo, el arte muchas veces también sirve como vía de escape, como un medio de distanciamiento de esa realidad. Entonces, ¿cómo asumir al arte, como un vehículo que puede llevar a la acción o una vía de escape?

Siempre las dos cosas, necesariamente. Eso no es fácil de distinguir, mucho más cuando el arte está sometido a un proceso industrial de consumo. El arte siempre fue dependiente, de alguna manera, de los poderes político y económico. Estos poderes eran los mecenas. Sin embargo, desde la instauración definitiva del capitalismo, a partir del siglo XVIII principalmente, el arte se liberó del yugo del señor. Pero tuvo que someterse a otro señor, que es el capital, el mercado. Y hoy el arte está muy involucrado con el mercado, en la literatura infantil se ve demasiado.

Además, por una lógica perversa del capitalismo, o del capital, mejor que del capitalismo, porque el capital es todavía mayor. István Mészáros, que es un pensador marxista contemporáneo, habla del capital como una dimensión aún mayor que el capitalismo, dice que este no es más que una forma de ser del capital. Lo que sucede es que en esta lógica, en la que uno trabaja para vivir y vive para trabajar, el ocio, el tiempo libre, el tiempo del entretenimiento, es el tiempo del olvido, es el tiempo de recuperación de las fuerzas productivas. O sea, no es el tiempo de producción, no es un tiempo útil en el sentido como utilidad al ser humano. El tiempo libre es el tiempo del olvido. Y el arte, especialmente el arte de masas, el arte de la industria cultural, está vinculado a este olvido. Entonces queda como opción de entretenimiento, y el entretenimiento es el hacer ligero, fácil, en el que uno encuentra una relación mimética con los objetos que recibe, no tiene que reflexionar, no tiene que pensar, no tiene que indagarse, no tiene que sufrir. Este es un arte que sirve para huir.

Pero paradójicamente, como la sociedad no es un todo bien engranado, sino que tiene muchas contradicciones, desde el mismo momento en que el arte se liberó del yugo de los señores y se sometió al capital, nada ha sido tan contestatario y tan inquisitivo con la propia sociedad como lo ha sido el arte con la burguesía. Incluso desde antes de las vanguardias, ya desde el romanticismo.

Entonces, para eso no hay una respuesta única y definitiva, pero sí existe esta tensión continua. Es algo que sucede por la forma en la que uno se posiciona en relación con los objetos estéticos y cómo uno ofrece a los otros estas relaciones. Otra vez, creo que vamos perdiendo, como siempre, pero estos son tiempos de resistencia, no de anuncios proféticos.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.