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El Premio de la Crítica
Científico-Técnica es
una fiesta anual de
autores y editores. Más
de una vez he venido a
su otorgamiento, a
compartir con los
galardonados y con los
amigos que se reúnen en
este tipo de eventos.
Aunque quizá no esté de
moda en estos días,
quiero unir mi voz a los
que defienden el
otorgamiento de los
premios que distinguen y
reconocen la calidad y
los esfuerzos de los
trabajadores
intelectuales que
escriben libros o los
convierten en objetos
preciados para miles de
lectores y estudiosos.
Unos y otros son muy
necesarios para que
nuestra sociedad avance
y sea más capaz, es
decir, para que cada uno
de sus miembros crezca
en su condición humana y
la colectividad lo sea
más real y plenamente.
He insistido en que la
apuesta socialista
cubana solo se ganará si
pensamos, y los libros
son una de las
instancias
imprescindibles para
brindar herramientas,
motivaciones y espacio a
ese ejercicio de pensar.
El Instituto Cubano del
Libro es uno de los
baluartes de la voluntad
de que nunca se cierren
las avenidas por las que
el pueblo de Cuba tomó
posesión de sí mismo y
de su país, que comenzó
a regir desde los días
—hace 50 años— en que
los jovencitos de las
ciudades y la gente
humilde de todo el país
se unieron para lograr
que estos últimos se
apoderaran en masa de la
capacidad de leer y
escribir. Aquella
campaña, y la epopeya
revolucionaria que este
año simbolizamos con la
batalla de Girón,
echaron bases ciertas
para cambiar la vida de
todos y para tener un
poder popular. El
Instituto del Libro es
un instrumento de la
sociedad para satisfacer
las necesidades actuales
de una población culta y
para ofrecerle nuevos
productos que amplíen o
modifiquen sus gustos y
les creen nuevas
necesidades. Está
cumpliendo muy bien esas
funciones, y al hacerlo
brinda un ejemplo
práctico de que es
posible irse por encima
de las carencias y las
vicisitudes, cuando se
reúnen conciencia,
estrategia, trabajo y
organización. Este
premio —que se discierne
desde hace años— es una
más de las iniciativas y
acciones del ICL para
incentivar a los autores
y los editores, para
contribuir al desarrollo
de la cultura en nuestro
país.
Los premiados trabajamos
en diferentes campos del
espectro de las ciencias
y las técnicas al que se
consagra este Premio de
la Crítica, como ustedes
pueden ver por el
abanico de disciplinas,
perspectivas y temas que
nos muestra la relación
de las obras. Nos ha
congregado el dictamen
del jurado que examinó
las propuestas que
hicieron editoriales del
país, a partir de su
selección entre los
libros publicados en el
último año. Me siento
muy honrado por la
encomienda recibida de
agradecer a nombre de
todos los laureados con
este reconocimiento a la
calidad del producto, la
profesionalidad, la
laboriosidad, la
tenacidad y otras
cualidades intelectuales
que poseen los autores
que lo reciben. Estoy
seguro de representar el
sentir de los autores
que aquí estamos cuando
expreso nuestro mayor
agradecimiento a todos
los que en las
editoriales y el
Instituto han
participado en la
organización y las
labores de este Premio
de la Crítica 2010, y a
los miembros del Jurado,
que han compartido las
ímprobas tareas de leer
tantos libros, discutir
y llegar a los
dictámenes que han
considerado más justos.
No debo aprovechar la
ocasión para hablar de
mi libro, cuando no lo
hago de cada uno de los
demás. Pero les ruego
que me permitan un breve
comentario personal. Me
satisface mucho que el
otorgamiento suceda en
el Centro Cultural Dulce
María Loynaz, que entre
tantas tareas tiene las
que atañen a algunos de
nuestros premios más
relevantes, porque estoy
ligado a él por vínculos
muy fraternales y
hondos. Felicito
entonces a mi vez a los
jóvenes y al conjunto de
los trabajadores de este
centro, y sobre todo a
Edel Morales, que hoy
puede sentirse con mucha
razón satisfecho del
papel decisivo y hermoso
que ha tenido en la
fundación y el
desarrollo de esta
destacada casa de
cultura. Y en cuanto a
mí, decirles que el 2010
ha sido un año de
libros. Ser escogido
para dedicarme la
vigésima Feria del Libro
en cuanto a ciencias
sociales, y una delicada
cuestión de salud
resuelta felizmente, se
conjugaron para que me
lanzara a una gigantesca
aventura de escritura y
ediciones que tuvo que
ser infatigable e
incluir momentos de
agobio, pero que
afortunadamente terminó
bien. Después vino la
feria en La Habana y a
escala nacional, especie
de decatlón literario
que me permitió
compartir con una
multitud de mujeres,
hombres y niños que aman
los libros, y poder
palpar que lo que uno
escribe en la mesa de
trabajo se queda corto
respecto a la realidad:
a lo largo de toda Cuba
existe y palpita,
interroga y vierte sus
criterios, un pueblo
sumamente culto y con un
nivel de conciencia
extraordinario, que es
la garantía superior de
que puedan emprenderse
las tareas y los
proyectos más
ambiciosos para que los
frutos y el futuro
pertenezcan a todos.
Desde esa certeza, puedo
terminar dedicando el
premio que me toca al
protagonista de mi
libro, que fue un
incansable lector y un
notable escritor, un
intelectual y —como un
día recordó Haydée
Santamaría— un artista.
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