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En los círculos
literarios cubanos se
cuenta una anécdota que
por lo repetida ha
devenido casi leyenda: en
cierta ocasión un
escritor afirmó que
ninguna sala de La
Cabaña —el espacio donde
se celebra cada año la
Feria Internacional del
Libro— llevaba
nombre de mujer porque
no había ninguna que
escribiera como Alejo
Carpentier. “Tampoco hay
ningún otro hombre que
lo haga”, dicen que
respondió una escritora
de agudísimo ingenio que
se encontraba presente.
Retomo la historia por
lo representativa que
puede ser de cómo se
construye el canon
literario de un país a
partir de los
presupuestos de género y
lo hago a propósito de
la publicación del libro
Mujeres en crisis. Un
acercamiento a lo
femenino en las
narradoras cubanas de
los 90, de la
periodista Helen
Hernández Hormilla en la
sede de la Unión de
Escritores y Artistas de
Cuba (UNEAC).
“Es en tiempos de crisis
cuando se hace más
visible la escritura
hecha por mujeres”,
afirmaba la
investigadora y
ensayista Zaida Capote
en la presentación del
volumen. “Estudiar
mujeres en época de
crisis pudiera ser el
único modo de entender
los momentos de mayor
florecimiento de la
cultura femenina en
Cuba”, expresa en el
prólogo del libro.
Los años 90, por el
impacto económico,
político y social que
tuvieron en la nación
cubana se han erigido en
época y campo de
análisis desde las más
diversas disciplinas.
Los 90 fueron tan
importantes para Cuba
que, según el profesor
Jorge Luis Acanda,
sobrepasa con creces el
significado de 1898 y
solo es comparable al
período vivido en la
Isla entre los años 1959
y 1965 aunque en sentido
inverso. Como él mismo
afirma, este tipo de
cambios “no son comunes
en la vida de ningún
pueblo. En algunos se ha
dado una vez, y en
muchos ni siquiera han
ocurrido. Pero esta es
la segunda ocasión en
que algo semejante nos
ocurre”1.
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Para nuestra generación
—la mía y la de Helen—,
niñas pequeñas que
apenas entendíamos
cuando sucedió lo que
significaba el derrumbe
del campo socialista,
los 90 se convirtieron
en una obsesión, un
parteaguas en las
conversaciones de
nuestros mayores, un
misterio que hemos ido
develando con el tiempo
hasta convertirse,
incluso, desde una
perspectiva histórica,
comunicológica o de
género en el centro de
nuestras tesis de
licenciaturas.
Es a través de las voces
de las mujeres
escritoras que Helen se
acerca a los 90 e indaga
entonces por un tiempo y
sus protagonistas;
mediante sus textos (re)descubre
y sistematiza temáticas
que emergen o se hacen
más visibles, temáticas
que afectan en
particular a las mujeres
o que atañen a toda la
sociedad, pero son vista
con ojos femeninos.
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Dos semanas antes de la
presentación de
Mujeres en crisis,
en la propia sede de la
UNEAC se celebraban los
15 años de la
publicación de
Estatuas de sal, una
compilación de Mirta
Yáñez y Marilyn Bobes
que abrió en muchos
sentidos la senda para
el reconocimiento de una
literatura femenina en
la Isla que alcanza el
peso de una corriente y
no es solo alguna voz
aislada como hasta
entonces se había
percibido. A Estatuas
de sal y a Las
muchachas de La Habana
no tienen temor de Dios,
de Luisa Campuzano
esfuerzos de divulgación
del canon de escritura
femenina en Cuba —si es
que tal cosa existe,
porque mucho se debate—
rinde homenaje este
libro de Helen que
amalgama mujeres
escritoras y personajes
femeninos para
enseñarnos una Cuba
menos difundida pero
profundamente latente.
Regreso entonces al
prólogo de Zaida: “Cada
vez que el país
atraviesa un momento
difícil, la vigilancia
patriarcal flaquea. En
los resquicios de esas
estructuras, en los
espacios antes negados y
entonces repentinamente
disponibles, habría que
explorar el alimento de
la profusa presencia
pública de las mujeres
en tales momentos de la
historia cubana”. Con
estos libros señalando
el camino, ojalá en el
futuro no haya que
esperar entonces
períodos de crisis para
leer a las mujeres.
Nota:
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