La Habana. Año X.
8 al 14 de OCTUBRE
de 2011

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Mercedes Matamoros
La poetisa del dolor
Josefina Ortega • La Habana

Ofelia fue el seudónimo que escogió al comienzo de su carrera literaria. Considerada como una de las primeras poetisas cubanas y una adelantada del erotismo en la poesía femenina de Hispanoamérica, corriente culminada después por Delmira Agustini, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou, su obra es solo conocida en círculos muy estrechos.

Nacida en Cienfuegos el 13 de marzo de 1851, durante mucho tiempo se creyó que Mercedes Matamoros había nacido en 1858, es decir, siete años después de la fecha verdadera. Fue Hortensia Pichardo, en su tesis doctoral de la carrera de Filosofía y Letras dedicada a la gran lírica, quien corrigió la falta, al encontrar su partida de bautismo. “Es de notarse que el error -según aclara la prestigiosa historiadora- se inició en vida de la poetisa. Hemos de pensar que la misma Mercedes contribuyó al equívoco o que al menos no hizo nada por deshacerlo, debido a la natural coquetería femenina”.

Llamada en sus días “La poetisa del dolor” o “La alondra ciega”, por haber perdido la vista en sus últimos años, su existencia fue una permanente lucha contra la fatalidad. Incluso, cuando el último amor toca a sus puertas, le llega demasiado tarde.

“Amante y no amada”, al decir de la investigadora Cira Romero, el periodista Antonio Miguel Comoglio es diecisiete años menor que la infeliz cantora. “Por más de una década la visitó diariamente en su casa de Guanabacoa, para compartir gustos poéticos, sin que pronunciara una frase que esperanzara a esta mujer, dicen que muy fea de rostro”.

Huérfana de madre desde muy niña, su producción se inicia en prosa y con artículos de costumbres que le valieron juicios muy favorables. “Antes de cumplir los 16 años, Mercedes como dice Hortensia Pichardo observaba cuidadosamente lo que pasaba en torno suyo y satirizaba tipos y costumbres en artículos de sentido y de atinadas observaciones. Es verdad que su estilo es jocoso, pero ¡que análisis social para ser hecho por una adolescente!”

Dedicada al estudio de varias lenguas, sobre todo el inglés y el francés, luego de firmado el Pacto del Zanjón, publica en la prensa de la isla sus primeras traducciones y sus primeras poesías originales, muy elogiadas por la crítica e incluidas también en revistas de Europa y Sudamérica.

A ese tiempo pertenecen sus “Sensitivas”, un conjunto de composiciones puramente líricas, de las que se afirma son acaso el desahogo de un primer amor fracasado:

Aunque triste se va la primavera

ya perdidas sus rosas y verdor,

siempre vuelve como antes jubilosa,

y con ella sus cantos y su flor.

Pero el alma que ha herido el desengaño

aunque torne a la luz de un nuevo amor,

no conserva su angélica pureza

ni el mismo canto, ni la misma flor.

Fue amiga de José Martí, quien escribió sobre un abanico de la joven cantora hermosos versos, ofrendados a ella. Hay autores que afirman que en la perfección de su estilo debió influir su frecuente trato con el Maestro en los salones del Liceo de Guanabacoa, del cual ella era socia facultativa y él secretario de la Sección de Literatura.

La Matamoros escribió poemas que dan fe de sus ardientes anhelos libertarios, del orgullo que siente por su tierra natal. Dedicó sus “Siemprevivas” a los estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871.

Asistió con el pelo suelto y un lazo azul en la cabeza, en muestra de cubanía, a la función del teatro Villanueva, la noche del 22 de enero de 1869. Y en la dramática hora de Dos Ríos, fue, según se cree, la primera mujer en escribir un poema a la caída de nuestro Apóstol, “En la muerte de Martí” (mayo, 1895).

No siempre las circunstancias permitieron a la gran poetisa cienfueguera echar a volar su imaginación. Dramáticos sucesos encadenan sus alas. El padre se arruina y pierde la razón. Mercedes, a quien la penuria económica no abandonará jamás, dedica sus días a cuidarlo. Sólo la caridad hace posible la sobrevivencia de los dos.

En su retorno a la poesía se alza desafiante. No la detienen los convencionalismos ni las censuras. En carta a un amigo, el doctor Manuel Serafín Pichardo, la Matamoros critica la hipocresía que obliga a sus congéneres a “leer en secreto lo prohibido” y confiesa que ella se ha lanzado a “escribir cada día con mayor libertad”.

Motivos tiene: su colección de sonetos “El último amor de Safo”, escrito en 1902, marca el reto, pero debe excluir, ante el temor de alarmar a las señoras, los versos de “La bestia”:

“En lo más negro de aquel monte umbrío,

 nuestro lecho, Faon, he preparado,

¡de mi pecho el volcán se ha desbordado!

¡de la fiebre fatal ya siento frío!

 

¿No escuchas a lo lejos al sombrío

león, que con rugido apasionado

responde a la leona, en el callado

y hondo recinto de su amor bravío?

 

¡Amémonos así! ¡Ven y desprende

de mi ajustada túnica los lazos,

y ante mi seno tu pupila enciende!

 

¡Es el amor que humilla y que deprava!

¡No importa!  ¡Lleva a Safo entre tus brazos,

donde loco el Placer le rinda esclava…!

Con este vigoroso lenguaje Mercedes, a los 50 años, rompe con prejuicios sociales muy arraigados en su época, porque como afirma la doctora Pichardo “nunca hasta entonces  una mujer se había atrevido a hablar del amor en una forma tan cruda y tan sincera a la vez, y esto en unos sonetos que al decir de uno de sus críticos “tiene pocos rivales en la lengua castellana.”

Mercedes Matamoros murió en La Habana el 25 de agosto de 1906. Escribió hasta sus últimos días. Pese a sus extraordinarios méritos, hoy la gran mayoría apenas conoce su obra. Sin duda, nos advierte Cira Romero, el suyo “es uno de los casos más tristes de nuestra historia literaria”.

 
 
 
 
   
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.