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Contigo
pan y cebolla |
Contra reloj, lleno
cuartillas sobre
nuestras dos horas de
diálogo, intentando
recuperar cada detalle
sin que nada quede al
margen de este elogio de
la memoria. A esta hora,
dudo si realmente
Berta
Martínez recordó, cuando
invadí la paz de su
séptimo cielo hace
apenas minutos, que yo
era periodista y no
actriz. En realidad,
nadie habló de
“entrevistas”. No
hubiera aceptado. Vamos
a hablar como amigas, me
dijo. Te voy a revelar
lo que nunca le digo a
nadie: mi forma de
trabajo. Y me dio una
clase. Actuó para mí con
frases que yo misma
inventé como ejemplos;
entre los diez metros de
ancho y catorce de fondo
del escenario del Hubert,
dibujó luces y vigas con
la pequeña plantilla de
Saskia Cruz. Sobre la
mesa pequeña del
comedor, hojas
amarillas,
meticulosamente trazadas
con colores y tintas
diferentes: la
arquitectura de sus
Leandras. Y en papel
muy blanco, acabado de
bocetar, su
Madre
Coraje. Con ella
vuelve a las tablas, en
el año de sus 80: para
Berta, es hora de
compartir “el viaje”.
Madre Coraje y sus hijos
será la síntesis de toda
su concepción sobre el
teatro. Cuando repasa
las cuatro fases de la
Guerra de los 30 años
—el período histórico
que B.B (así se ahorra
la escritura) escogió
para su “crónica”—,
Berta redondea los ojos
y sube las cejas hasta
la frente: la pieza
tiene las posibilidades
más grandes que uno
pueda imaginar tanto
artísticas, como
ideológicas, en un mundo
al borde de una guerra
que aún no somos
siquiera capaces de
prever. Me cuenta que su
puesta le abrió las
puertas estéticas,
éticas, morales e
intelectuales a la
generación del 59 y 60.
De la mano de Anna
Fierling —por primera
vez desde que la
asumiera como actriz en
Teatro Estudio—,
pretende entregarles a
los jóvenes todo su
pensamiento en torno al
hecho escénico,
acumulado desde que
dirigiera a sus hermanas
en Abdala, con
solo 13 años.
En mi primera clase de
actuación y dirección
escénica, la maestra de
80 años me enseña cómo
pensar en imágenes. Sin
embargo, me induce a
que, como ella, no me
dedique a buscar esa
imagen: la imagen es el
resultado. Lo importante
es el planteamiento que
descansa en su vientre y
sin él no existe nada
más. El diseño de luces,
de sonido, la entonación
de las frases… son para
Berta lenguajes, canales
por donde ese
planteamiento corre
desde la expresión en la
escena hasta la
intuición en las
butacas. En sus dibujos
perfectos, una espiral
de círculos muestra ese
recorrido por los deseos
hasta la conducta, desde
los diminutos redondeles
de la intimidad hasta su
expresión final, en una
enorme circunferencia
que nos concentra a
todos. Y en letra muy
pequeña, pero legible y
hermosa como las
caligrafías “de antes”,
sus propios llamados:
“Berta, recuerda que
decidiste llamar
conducta a la actividad
interna”.
Teme que me aburra o que
me aturda —quizá sí
recuerda que no soy
actriz— y resume: en las
cosas más comunes y
corrientes de la vida
cotidiana, está la
esencia del teatro; pero
es complejo, es un
universo de signos.
Por eso le duele cuando
percibe que se le llama
“teatro” al solo hecho
de subir a escena.
Vuelve a la sala del
Hubert porque le urge
recuperar la dignidad y
la valoración de lo que
ella llama “el arte de
crear bienes
espirituales para los
seres humanos”. Le
preocupa la enseñanza,
que los conocimientos se
impartan con su
correspondiente
aplicación en la escena.
No es cualquier cosa
esta profesión a la que
ha consagrado cada
espacio de su vida y de
su hogar: hoy, lleno de
libros —todos muy
antiguos, pero bien
conservados y dispuestos
al alcance de la mano—,
premios y fotografías en
blanco y negro… ¡mira
quién se nos cae: mi
autor!, dice como si
ella misma fuera un
personaje.
Lorca joven
me mira desde el suelo.
No tiene un marco y un
cristal; si lo tuviera,
no podría deambular por
toda la casa, ser
tocado, mirado de cerca,
pasado de mano en mano.
Para dirigir actores hay
que estar bien armados
de muchas pequeñas
cosas, me dice. Y los
jóvenes han de pensar,
antes de subir al
escenario, si les gusta
la profesión que
eligieron, si les
resulta una necesidad
física, orgánica,
mental. Entonces, ella
se encargará de que la
aprehendan y de que lo
sacrifiquen todo en esta
lucha tan tremenda pero
tan vital, cuando es
cierta. Una batalla
contra el conformismo,
también: acota quien en
los años 40 hizo
“lucecitas inteligentes”
con latas recortadas y
cazuelas selladas con
cartón.
Cita a Hegel: la
ignorancia, temo,
causará grandes
tragedias a la
humanidad. Y eso es lo
que está pasando en el
mundo, con los
indígenas, los
estudiantes, los pueblos
árabes… imagínate, nadie
dice que lo que buscan
es el Litio que hay bajo
las arenas del desierto.
Río —¿por qué, si lo que
quiero es aplaudirla?— y
ella me sigue: ¡hay que
estar al tanto de todo,
con el oído presto!
Claro. Selecciona las
obras por su contenido,
por lo que digan al
espectador en un momento
determinado. Aunque
también, a veces, tiene
que alzarle la parada,
que él mismo se pregunte
qué le han dicho. Toda
la técnica debe estar en
función de sugerir ideas
más que de describirlas,
a flor de piel.
Hace mucho tiempo que
Berta Martínez anda “en
esto”, dándole vueltas,
trazando líneas y
figuras sobre papeles
desechables y
escribiendo libros que
no ha publicado. Me (le)
pregunto por qué…
Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor.
Él volvió, volvió
casado.
Ella se murió de amor.
Algunos quieren
afirmarse desmemoriando
a los demás, sin admitir
la herencia del pasado.
¿Me entiendes? La
entiendo y otra vez
sonríe, acomoda el
ventilador para mitigar
el calor de las 12 y
hablamos de
Adria Santana. Para
Berta, la vida es un
viaje que no termina con
la existencia física.
Como el teatro mismo, a
la vez tan efímero y
perdurable. |