La Habana. Año X.
1ro al 7 de OCTUBRE
de 2011

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Berta Martínez:
“Vuelvo al teatro para compartir mi viaje”
Marianela González • La Habana


 Contigo pan y cebolla

Contra reloj, lleno cuartillas sobre nuestras dos horas de diálogo, intentando recuperar cada detalle sin que nada quede al margen de este elogio de la memoria. A esta hora, dudo si realmente Berta Martínez recordó, cuando invadí la paz de su séptimo cielo hace apenas minutos, que yo era periodista y no actriz. En realidad, nadie habló de “entrevistas”. No hubiera aceptado. Vamos a hablar como amigas, me dijo. Te voy a revelar lo que nunca le digo a nadie: mi forma de trabajo. Y me dio una clase. Actuó para mí con frases que yo misma inventé como ejemplos; entre los diez metros de ancho y catorce de fondo del escenario del Hubert, dibujó luces y vigas con la pequeña plantilla de Saskia Cruz. Sobre la mesa pequeña del comedor, hojas amarillas, meticulosamente trazadas con colores y tintas diferentes: la arquitectura de sus Leandras. Y en papel muy blanco, acabado de bocetar, su Madre Coraje. Con ella vuelve a las tablas, en el año de sus 80: para Berta, es hora de compartir “el viaje”.

Madre Coraje y sus hijos será la síntesis de toda su concepción sobre el teatro. Cuando repasa las cuatro fases de la Guerra de los 30 años —el período histórico que B.B (así se ahorra la escritura) escogió para su “crónica”—, Berta redondea los ojos y sube las cejas hasta la frente: la pieza tiene las posibilidades más grandes que uno pueda imaginar tanto artísticas, como ideológicas, en un mundo al borde de una guerra que aún no somos siquiera capaces de prever. Me cuenta que su puesta le abrió las puertas estéticas, éticas, morales e intelectuales a la generación del 59 y 60. De la mano de Anna Fierling —por primera vez desde que la asumiera como actriz en Teatro Estudio—, pretende entregarles a los jóvenes todo su pensamiento en torno al hecho escénico, acumulado desde que dirigiera a sus hermanas en Abdala, con solo 13 años.  

En mi primera clase de actuación y dirección escénica, la maestra de 80 años me enseña cómo pensar en imágenes. Sin embargo, me induce a que, como ella, no me dedique a buscar esa imagen: la imagen es el resultado. Lo importante es el planteamiento que descansa en su vientre y sin él no existe nada más. El diseño de luces, de sonido, la entonación de las frases… son para Berta lenguajes, canales por donde ese planteamiento corre desde la expresión en la escena hasta la intuición en las butacas. En sus dibujos perfectos, una espiral de círculos muestra ese recorrido por los deseos hasta la conducta, desde los diminutos redondeles de la intimidad hasta su expresión final, en una enorme circunferencia que nos concentra a todos. Y en letra muy pequeña, pero legible y hermosa como las caligrafías “de antes”, sus propios llamados: “Berta, recuerda que decidiste llamar conducta a la actividad interna”.

Teme que me aburra o que me aturda —quizá sí recuerda que no soy actriz— y resume: en las cosas más comunes y corrientes de la vida cotidiana, está la esencia del teatro; pero es complejo, es un universo de signos.

Por eso le duele cuando percibe que se le llama “teatro” al solo hecho de subir a escena. Vuelve a la sala del Hubert porque le urge recuperar la dignidad y la valoración de lo que ella llama “el arte de crear bienes espirituales para los seres humanos”. Le preocupa la enseñanza, que los conocimientos se impartan con su correspondiente aplicación en la escena.

No es cualquier cosa esta profesión a la que ha consagrado cada espacio de su vida y de su hogar: hoy, lleno de libros —todos muy antiguos, pero bien conservados y dispuestos al alcance de la mano—, premios y fotografías en blanco y negro… ¡mira quién se nos cae: mi autor!, dice como si ella misma fuera un personaje. Lorca joven me mira desde el suelo. No tiene un marco y un cristal; si lo tuviera, no podría deambular por toda la casa, ser tocado, mirado de cerca, pasado de mano en mano.

Para dirigir actores hay que estar bien armados de muchas pequeñas cosas, me dice. Y los jóvenes han de pensar, antes de subir al escenario, si les gusta la profesión que eligieron, si les resulta una necesidad física, orgánica, mental. Entonces, ella se encargará de que la aprehendan y de que lo sacrifiquen todo en esta lucha tan tremenda pero tan vital, cuando es cierta. Una batalla contra el conformismo, también: acota quien en los años 40 hizo “lucecitas inteligentes” con latas recortadas y cazuelas selladas con cartón.

Cita a Hegel: la ignorancia, temo, causará grandes tragedias a la humanidad. Y eso es lo que está pasando en el mundo, con los indígenas, los estudiantes, los pueblos árabes… imagínate, nadie dice que lo que buscan es el Litio que hay bajo las arenas del desierto. Río —¿por qué, si lo que quiero es aplaudirla?— y ella me sigue: ¡hay que estar al tanto de todo, con el oído presto!  

Claro. Selecciona las obras por su contenido, por lo que digan al espectador en un momento determinado. Aunque también, a veces, tiene que alzarle la parada, que él mismo se pregunte qué le han dicho. Toda la técnica debe estar en función de sugerir ideas más que de describirlas, a flor de piel.

Hace mucho tiempo que Berta Martínez anda “en esto”, dándole vueltas, trazando líneas y figuras sobre papeles desechables y escribiendo libros que no ha publicado. Me (le) pregunto por qué…

Ella dio al desmemoriado

una almohadilla de olor.

Él volvió, volvió casado.

Ella se murió de amor.

Algunos quieren afirmarse desmemoriando a los demás, sin admitir la herencia del pasado. ¿Me entiendes? La entiendo y otra vez sonríe, acomoda el ventilador para mitigar el calor de las 12 y hablamos de Adria Santana. Para Berta, la vida es un viaje que no termina con la existencia física. Como el teatro mismo, a la vez tan efímero y perdurable.

 
 
 
 


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