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Desde que irrumpió
avanzados los 90 en el
panorama artístico de la
Isla, Sándor González
Vilar ha hecho del
entorno urbano su blanco
pictórico. Ahora, en
plena madurez, no
abandona, sigue fiel al
tema, mas no se ciñe a
los mismos motivos. En
el vestíbulo del hotel
Riviera puede verse este
septiembre su más
reciente cosecha, Las
sombras de una ciudad.
Y en ella se advierten
intensas variaciones
temáticas que tienen que
ver con el desarrollo de
un pensamiento
conceptual que se aviene
con el despliegue de
nuevas virtudes en la
composición y el ajuste
de la capacidad de
aprehensión simbólica.
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Hablamos de un artista
habanero que apenas
rebasa los 30 años de
edad, formado en la
Academia de San
Alejandro, con
apreciable andadura
internacional,
solicitado incluso por
directores de cine como
el brasileño Walter
Salles y los cubanos
Enrique Pineda Barnet y
Lester Hamlet para
ambientar set de
filmación con sus obras.
Su proyección social ha
sido una constante en su
comprometido quehacer
profesional, mediante la
realización de murales y
su participación en la
brigada Martha Machado,
fundada por Alexis Leyva
Machado (Kcho).
Ante todo, Sándor es de
esos creadores que
apuesta al dibujo como
sostén de la expresión.
Si en su repertorio
inicial, ausente de
color, acentuaba los
rasgos del creyón para
plasmar edificios
angostos y alargados,
dotados de un dramatismo
que contrastaba con la
asepsia de la
composición, ahora en
Las sombras de las
ciudades trata de
articular esa visión
crítica del paisaje
urbano con árboles que
sirven de plataformas
para llevar el peso de
dichos paisajes e
introduce fondos
coloreados en un solo
tono, con lo que la
recepción se enriquece.
No es casual que el
árbol representado tenga
parentesco con la ceiba.
Con ello remite al
espectador a un contexto
mágico-simbólico de
profunda raíz
identitaria. La
dicotomía entre la
fortaleza y raigalidad
del árbol y el
apiñamiento de elementos
constructivos que
alcanzan una condición
aérea apunta hacia una
relación conflictiva que
debe resolver el
espectador en su
conciencia.
Y luego están, en
algunos cuadros, esos
pequeños seres anónimos
y oscuros que portan
escaleras que no van a
parte alguna, como para
recordarnos que es el
ser humano, en primera y
última instancia, el que
decide su destino.
Sándor no está solo en
su cruzada. Es un hecho
frecuente en el arte
contemporáneo que los
creadores se sumen a una
corriente reflexiva
necesaria y pertinente.
Pero por estilo y
constancia, Sándor ha
sabido posicionarse de
manera original. |