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I
Las primeras imágenes de
su teatro llegaron a mí
a través del cine o la
televisión; curiosamente
no las hallé en las
tablas. En un Noticiero
ICAIC, Berta Martínez
dirigía en la sala
Avellaneda a la gran
masa de actores que
intervenían en su
montaje de La
aprendiz de bruja,
anunciado en aquella
fecha como todo un
acontecimiento que
subrayaba la autoría de
Alejo Carpentier.
Durante varias noches,
su producción de
Bodas de sangre,
centro de tantas
anécdotas y esfuerzos,
llegaba a través de la
pequeña pantalla a lo
largo de algunas
semanas. En una fugaz
escena del serial
Algo más que soñar,
los jóvenes
protagonistas se iban a
una noche de teatro para
dejarnos ver, como una
ráfaga, unos segundos de
su polémico Macbeth.
El genuino
deslumbramiento, sin
embargo, arribó con el
traslado a ese mismo
medio de uno de sus
mejores espectáculos,
así fuera en un empeño
no del todo perfecto,
que nos dejó ver La
zapatera prodigiosa
con el elenco original,
todo aquel Teatro
Estudio que hoy es
mítico, y con una Ana
Viña como protagonista
capaz de reinventar su
trayectoria en aquel
imaginado por Lorca.
Creo que debemos a Berta
Martínez y a Roberto
Blanco el leer hoy a
Federico sin necesidad
de los clisés de lo
español que tanto lo
amenazan desde los días
en que se publicó la
edición príncipe del
Romancero Gitano.
Ella, en particular, ha
demostrado que el verbo
florido del andaluz
puede prescindir de
adornos y retórica para
alzarse como un ámbito
de poesía desnuda. Eso
nos decía aquella
Zapatera…, imaginada
en una cámara negra, sin
más apoyo que el de
algunos muebles y
elementos mínimos, luces
concentradas y eficaces,
y un elenco de altura.
Un Lorca que encontraba
su ritmo caribeño, su
fuerza en la cadencia
aplicada al manejo de
fuentes culturales
intensamente estudiadas,
que se devolvían al
espectador como un
instante de gozo
verdadero. La tragicidad
de Bodas de sangre
y La casa de Bernarda
Alba, ya tanteadas
por la misma directora,
se volvía de revés como
un guante ligero para
mostrar su punta de
divertimento. El que una
misma personalidad haya
logrado dibujar con
exactitud montajes sobre
textos tan distintos de
un autor mucho más
complejo de lo que
algunos imaginan,
demuestra la intensidad
con la cual Berta
Martínez se ha discutido
en líneas aparentemente
opuestas, para ser
siempre una directora
hábil en traducir a su
poética todo lo que
toca.
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La aprendiz
de bruja |
Interrogada alguna vez
sobre esa voluntad
estética que la lleva a
prescindir de lo que
puede resultar
decorativo e
innecesario, mencionó a
Meyerhold como una
influencia esencial. Me
aventuro a sumar a ese
nombre el de Francisco
Morín, junto al cual
participó en la aventura
trascendental de
Prometeo, y en cuyo
escenario se consagró
con obras de notables
exigencias. En ese mismo
período llega a
compartir la dirección
de una puesta con Morín,
El difunto señor Pic,
y la crítica que
elogiaba el resultado
confesaba no saber hasta
dónde había llegado el
líder de Prometeo en la
concepción de la puesta
en escena y dónde
comenzaban los aportes
de la actriz interesada
en la dirección. Los
años han dado la
respuesta de aquella
interrogante. Morín ha
dejado saber de su
interés en un teatro
esencial, como él lo
llama. Desde esa misma
voluntad, poco a poco,
Berta Martínez fue
arriesgándose a despojar
la escena de lo
descriptivo, y ya en su
montaje de La casa
vieja (1964), los
muebles de la
escenografía iban
desapareciendo con el
paso de los actos, para
dejar al espectador ante
un paisaje poblado, en
lo fundamental, por el
drama de sus personajes.
La luz, una clave
decisiva en la poética
de Berta Martínez, iría
creando ámbitos y
atmósferas desde una
funcional voluntad
poética, que se atreve a
sugerir y no solo a
mostrar, y permite
organizar
simultaneidades y
contrapuntos visuales
que enriquecen cada uno
de sus esfuerzos. Ella
es una de los pocas
personalidades de la
dirección cubana capaz
de argumentar una
dramaturgia del espacio
en sus montajes, donde
la calidad y la pujanza
de los elementos
concentrados en las
tablas, narra ya otra
voluntad, otra manera
crítica de activar el
mecanismo de una puesta
en escena. Rara vez se
le recuerda como
diseñadora, pero esa
injusticia no puede
hacernos repetir aquí
tal indiferencia: ella
es una directora que
diseña, y de eso también
se han alimentado sus
discípulos directos e
indirectos, hasta el día
de hoy.
Cuando empezaba a
acercarme a la escena
teatral cubana, la
tríada compuesta por
Vicente Revuelta, Berta
Martínez y Roberto
Blanco era indiscutible.
A partir de ella se
entendía lo demás en el
teatro criollo, y de
discutir y elegir a uno
entre sus maestros se
hacía el día y la noche
de aquel tiempo para los
que, como yo, querían
llegar a tocar ese mundo
frágil y tan vulnerable
que puede ser el de la
ilusión que se levanta
en una caja oscura y
ante un puñado de
espectadores. Comprobar
hoy que mucho de lo que
ellos alentaron es parte
de una leyenda que
desgraciadamente no
puede reconstruirse del
mejor modo ante las
nuevas generaciones, que
nos “oyen” hablar de
aquellos montajes
tremendos y de las
polémicas que
despertaban como quien
escucha la descripción
de algún animal mítico,
es parte de nuestra
pobreza teatral y
cultural. Queda la
memoria: ese otro
escenario en el cual, ya
al modo de cada cual,
imaginamos que se alza
otro telón para rescatar
los mejores momentos de
ese teatro que vivimos o
soñamos.
II
Cuando se anunció el
estreno, en 1989, de
La verbena de la Paloma
a cargo de Berta
Martínez con Teatro
Estudio, no pocos
rumores sacudieron esa
pequeña capital teatral
que de vez en vez vuelve
a ser La Habana. Que la
directora de Bodas…,
la inolvidable actriz de
Contigo pan y cebolla,
dueña de una manera
severa de interpretar a
los clásicos, eligiera
un título del género
chico para volver a
exponerse en ese
escenario donde recibió
tantos aplausos, animó
recelos y alguna que
otra batalla sorda. Que
lo hiciera además con
actores y no cantantes
líricos, hizo alzar las
cejas a otros. Era La
Habana de aquellos días,
un gesto así podía
parecer enteramente
demodé. Era La
Habana donde dejaba su
eco la visita de Eugenio
Barba con la excepcional
Roberta Carrieri, que
había representado en la
propia sala Hubert de
Blanck su Judith.
La misma que aún se
acaloraba comentando los
aires de vanguardia
resucitados por Víctor
Varela con La cuarta
pared, y en la que
Adria Santana empezaba a
acumular los aplausos
que iba a recoger por
dos décadas Las penas
saben nadar. Y en
una pequeña iglesia de
Loma y 39 las máscaras
de Las perlas de tu
boca narraban casi
sin palabras la historia
familiar de Cuba. En ese
contexto de estéticas
encontradas en pos de
una renovación a las
puertas de un nuevo
decenio que, pocos lo
imaginaban entonces, iba
a cambiar rápida y
drásticamente,
aparecerse con un
montaje a partir de algo
tan poco estimado por el
público de “teatro
serio” como La
verbena de la Paloma,
podía ser, únicamente,
según muchos, síntoma de
una declarada
decadencia.
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Contigo
pan y cebolla |
La verdad resultó, por
supuesto, cosa
completamente distinta.
La verbena… de
Teatro Estudio era un
reto acometido desde el
gozo y el anhelo de
desempolvar el cariño
que esta expresión tuvo
en Cuba durante siglos,
empobrecido únicamente
por el concepto
encartonado y poco feliz
desde lo teatral que la
zarzuela, la opereta y
la ópera siguen cargando
entre nosotros. La
Habana donde la
temporada operística
fuera un acontecimiento,
donde la melomanía llevó
a excesos de leyenda las
reacciones de muchos, ya
no era el escenario
donde probaban fuerzas
los cantantes y
agrupaciones de puntería
antes de hacerse a las
Américas, y ese
desequilibrio se pagaba
caro. Mi generación fue
educada en una línea
opuesta a esas
expresiones, marcada por
esos anhelos de estética
renovadora que nos
hacían pensar en el
musical, y sus diversas
manifestaciones, como
asunto liquidado. Ni
hablar del teatro bufo:
esquina aún candente de
nuestro pasado teatral,
justo porque se resiste
a ser solo eso: pasado,
y asoma la oreja una y
otra vez por encima de
prejuicios y afanes
trascendentalistas en
este país donde el
teatro nos reinventa
como una Tragicomedia
Nacional, a la manera
choteadora en que supo
demostrarlo Virgilio
Piñera con su monumental
(y casi siempre mal
representada) Electra
Garrigó. A esas
fuentes de arraigo
popular se dirigió la
Martínez, sabiendo que
la comedia viene a ser
entre nosotros un
catalizador eficaz.
Dedicar el espectáculo
en el programa de mano a
“los líricos cubanos”,
corroboró que más que
desdén, se les tributaba
un homenaje desde el más
respetable tablado de
nuestro ámbito escénico.
El enlace con Juan
Piñera como adaptador de
la música del original a
una sonoridad más
contemporánea, y el
desempeño de María
Eugenia Barrios como
profesora de canto
esclarecerían el modo de
enfrentar una partitura
que pervive en el gusto
popular, traducida ahora
a una manera más
abiertamente teatral de
ser (re)presentada.
El montaje que se
aplaudió a partir de
junio de 1989 en la sala
Hubert de Blanck
arrastró al mundillo
teatral y al público más
sencillo a ver la
puesta. Pudo comprobarse
que la mirada de Berta
Martínez, si bien
defendía amorosamente
aquel argumento simple,
no dejaba de movilizar
resortes lúdicos ni
críticos en la
estructura de la puesta.
Desde el inicio mismo,
cuando el elenco
aprovecha la obertura
para presentarse con
nombres y apellidos al
tiempo que anuncia sus
personajes, la
convención queda
expresada para activar
otros niveles de rejuego.
Particular interés se
ganaba en el empleo
gozoso de las
retrospectivas, que
otorgaban un vuelo casi
cinematográfico a la
narración, y mostraban
la influencia,
justamente, de las
versiones creadas para
la gran pantalla a
partir de la zarzuela.
El notable manejo de las
luces, el empleo de
escasos muebles, la
aparición de varas,
armazones que remedaban
balconcillos y un
atinado aprovechamiento
del escenario giratorio
(gracias, Berta
Martínez, por darle vida
al único que parece
sobrevivir en nuestros
teatros), hacían
innecesaria la España de
telonería y chascarrillo
barato que tanto ha
dañado el acercamiento a
ese ámbito de creaciones
por el estilo de esta
Verbena, estrenada en
1894, centenaria ya,
pero tan viva y
disfrutable en un
abordaje francamente
insólito. La hilazón de
las fuentes del bufo
cubano, incluida su
santísima Trinidad de
mulata-gallego-negrito,
inducía módulos de
distanciamiento
constante a lo largo de
la puesta, para la cual
Berta Martínez imaginó
también el vestuario,
logrando una unidad
cerrada en términos de
visualidad y empaque.
Las actrices y actores
del elenco lograron una
dignidad vocal en los
momentos musicales; y
gracias a todo ello
renació una Verbena
de la Paloma tan
necesaria, idéntica y
distinta de sí misma.
Lo que se anunciaba era
en realidad un díptico
que en 1991 tendría su
continuidad en Las
leandras, montaje
que reactivó el concepto
de La verbena…
manipulando ya con una
frescura mayor las
claves de sus
representaciones. El
trabajo actoral, siempre
relevante en los empeños
de la Martínez, fue
recibido con extensos
elogios, en particular
para Corina Mestre en su
deslumbrante
caracterización de la
señá Antonia. No sería
justo, sin embargo,
olvidar que Leticia
Martín alternaba ese rol
y también sabía ganarse
las risas del
respetable. A una y a
otra vi en numerosas
funciones, porque
durante los fines de
semana en que La
verbena… se
representó, muchos de
mis condiscípulos en la
Escuela de Instructores
de Arte nos íbamos a ver
aquel espectáculo tan
diáfano. Todavía me sé
de memoria las estrofas
de muchas de esas
canciones verbeneras,
aprendidas de tanto
escucharlas en la voz de
Nancy Rodríguez, Miriam
Learra o el elenco todo.
Pero lo cierto es que
ese espectáculo era algo
más. Aferrada a su amor
por España y Cuba, Berta
Martínez remodelaba el
engarce entre ambas
idiosincracias en su
metáfora musical, y se
valía de ella para
invitar al desacato y al
choteo. Ya que el bufo
era su carta de triunfo,
no lo empleó únicamente
como postal o imagen de
antaño, sino que se
valió de su desparpajo
para introducir, a
manera de comentarios y
“morcillas”, diversos
referentes a la realidad
del país, no solo en lo
teatral. Al inicio de
Las leandras, un
personaje embozado en
capa oscura amenazaba a
los tipos y máscaras de
la zarzuela con echarlos
del teatro, por
anticuados y museables.
En la breve discusión
que servía de prólogo,
les preguntaba indignado
si “ya habían visto el
Tranvía”, jocoso
comentario a partir del
montaje desacralizador
que el debutante Carlos
Díaz había estrenado en
la sala Covarrubias a
partir de la célebre
pieza de Tennessee
Williams. “No”, le
ripostaba la señá
Antonia, “pero si el
transporte sigue como
está, qué duda hay de
que muy pronto lo
veremos”. El empeño
deconstructor, que
acercaba a la pupila de
ese instante un
argumento, sin duda, de
poco vuelo y afianzado
en una anécdota ya
antigua, reforzaba sus
canales comunicativos
mediante esta irrupción
constante, en
complicidad franca con
la platea, que
reaccionaba de modo
hilarante. A su manera,
Berta Martínez nos
recordaba que el bufo
era no solo un eco del
Alhambra derruido, sino
un mecanismo de punzante
comentario social, libre
en sus maneras de atacar
la realidad y criticarla
sin tapujos, según lo
hicieron, hasta que
pudieron manifestarse
así, los ídolos del
Teatro Martí y otros
escenarios por el
estilo. Recuperar una
expresión nuestra en su
dimensión más actuante
fue lo que proponía,
como proyecto sutil,
este díptico que se
crecía en ese toma y
daca, y que mezclaba
irreverentemente lo que
somos y lo que
parecemos, a partir de
un acto de comprometida
teatralidad con la
memoria, con su
presente, con la
naturaleza subversiva
del teatro. Si la
nostalgia animaba
algunos de esos pasajes,
la médula de los
espectáculos proponía
reacomodar los recursos
del bufo como una
necesidad de nuestra
escena y nuestro
momento. Nada más lejano
al cómodo mirar al
pasado, para creer que
todo lo ido era mejor.
Que se nos dijera tal
cosa a través de una
zarzuela reforzaba la
agudeza del empeño. Pero
la sutileza no ha sido,
por lo general, una
costumbre en quienes
leen o reconstruyen,
desde la crítica u otras
responsabilidades, la
naturaleza de nuestro
teatro.
El choteo perduraba como
línea constante a lo
largo de los dos
espectáculos. El famoso
número de “Las viudas”
era asumido primeramente
a partir de su
representación cercana a
lo convencional, para
luego mostrarse con un
elenco masculino
travestido, como
explosivo comentario
acerca del boom
de tales presencias en
el repentinamente
“destapado” teatro
cubano. Una actriz podía
permanecer en escena,
cuando aparentemente
había terminado ya su
aparición, ejecutando
una cadena de acciones a
la par que dos
personajes sostenían el
diálogo central. Cuando
uno de ellos, exasperado
por sus movimientos, la
interpelaba pidiendo que
se marchase y no los
desconcentrara más, la
actriz le respondía con
una andanada acerca de
las tensiones
cotidianas, exaltando su
entrega a pesar de todo,
y gritando en una última
vuelta a escena: “Y
estoy aquí, no estoy
haciendo telenovelas en
México ni Venezuela”.
Ansiosa de dar
continuidad a las
expresiones teatrales
que le servían de punto
de partida, llegó en
algunas temporadas a
incorporarse un breve
elenco infantil que,
incorporando las
máscaras de nuestro
teatro bufo,
representaban un pequeño
sainete de corte
alhambresco en el
intermedio. Si La
verbena… posee una
línea argumental más
definida, el carácter de
Las leandras, más
próximo al de una
revista musical, le
ofrecía a la directora
otros espacios donde
insertar esos
comentarios y
experimentos. Ambas
puestas anteponían a la
falta de un mejor teatro
lírico, de una
potencialidad de
entender la hilazón
melodía-acción dramática
en nuestro ámbito, el
gesto de una creadora
que estaba ya de vuelta,
que había manipulado
esas capas, coros,
efectos, en una
determinada intensidad
trágica, y ahora la
devolvía en términos de
jolgorio. Nada en esos
espectáculos podía
calificarse de
decorativo: una
sobriedad imperaba en el
conjunto que nos hacía
sentir, también a la
mejor manera cubana, que
la verdadera fiesta iba
por dentro. De ahí
también emanaban bromas,
como cuando se
interpretaba un número
que supuestamente
presentaría al elenco
cargado de flores y
productos de mercadería,
y justificándose en las
carencias materiales de
la vida y el teatro de
aquellos años 90, se
apelaba a la imaginación
del auditorio para que
creyera que tal cosa era
lo que pasaba ante sus
ojos, aunque los actores
no portaran más que
canastas y cestas
vacías.
El teatro vive del
recuerdo, del impacto
que deja en sus
espectadores y en las
señales que logra grabar
en sus memorias. En una
función de La verbena
de la Paloma, Corina
Mestre explicaba a su
compañero de escena el
origen del vino que
fingían beber,
organizando un momento
magistral a un costado
de la escena, inventando
esa fábula sin robar la
atención de los actores
que, al centro, animaban
el punto de acción de
ese pasaje. En otra
función, un español se
quejaba de la mala
calidad del producto
químico empleado para el
humo que solidifica los
haces de luz tan caros
al teatro de la
Martínez, pero no dejaba
de sentirse como en casa
y divertirse con las
coplas de una obra que
reconocía como suya bajo
los nuevos ropajes del
trópico. Sospecho que
quienes han sido parte
del elenco en las
diversas temporadas de
estas puestas que
deberían a la vista de
cuando en cuando (lo
digo ahora, cuando la
Compañía Hubert de
Blanck llega a sus 20
años), podrían contar
anécdotas mucho mejores.
Aprendí de esas
representaciones todo lo
que pude. Sin ello, años
después, no hubiera
podido acercarme al
teatro bufo para
escribir a petición de
Ariel Bouza Sácame
del apuro, estrenado
por su Teatro Pálpito en
1997. Ariel fue uno de
los actores de esos
montajes. También
aprendió de Berta y sus
colegas en el empeño
cómo aguzar sus
excelentes dotes
actorales, su comicidad
segura y su dominio de
la máscara. Si algún día
publicara ese texto, no
dudaría en dedicárselo a
los líderes del Alhambra
y del Martí. Y a Berta
Martínez, que en la que
fuera alguna vez la sala
más rancia y
aristocrática del
Vedado, puso al servicio
de tales fantasmas
vivísimos el enorme
caudal de todo su
talento.
III
Puedo imaginar un enlace
entre aquellas imágenes
de Berta Martínez que
descubrí en la
televisión y el rostro
actual de esta mujer,
nacida en Yaguajay, y
respetada, aplaudida,
temida, celebrada,
abrazada e
imprescindible. Ella
despierta las pasiones
que el verdadero anima a
su paso. Incluso quienes
aseguran haber sufrido
largas horas bajo los
efectos de su puntilloso
gusto por el detalle,
técnicos y actores que
han debido pasarse
madrugadas cubriendo
fugaz de luz para que un
haz resultara perfecto,
o lograran sostener la
capa a la altura precisa
a fin de dar unidad a un
contorno, aseguran haber
quedado marcados para
siempre por lo que ella
les aportó y les exigió.
Mirarla y admirarla es
rendir un tributo
(palabra que creo
detesta) a quienes
entienden el teatro
cubano como algo más que
una obsesión, como una
pieza necesaria en la
voluntad de una cultura
nacional en la que
sabernos representados
nos hará un mayor bien.
Yo, que no alcancé las
últimas funciones que
protagonizó en 1989 de
Contigo pan y cebolla,
debo imaginarla actuando
a través de sus
intérpretes, de lo que
consiguió extraer en
ellos en proyectos que
no ocultan el largo
período de estudios,
pruebas, ensayos y
revisiones que hay
detrás de lo que se nos
anuncia con el estreno.
Algún día le pediría a
Berta Martínez que me
hiciera el honor de
repetir, solo para mí,
la frase final de Lala
Fundora, con la cual se
consagró a una altura
mítica en lo que
significan Cuba y su
teatro. Hoy no quiero
ser tan egoísta. Me
limito a pedirle que
siga siendo ella misma.
Saberla entre nosotros,
por encima de todo, es
cosa que, a los artistas
de la Isla, nos
dignifica, nos exige y
nos mejora.
Este texto fue
leído en el homenaje a
Berta Martínez, por sus
80 años de vida,
organizado por la
Sección de Crítica a
Investigación Teatral de
la Asociación de
Artistas Escénicos de la UNEAC el pasado 9 de
septiembre de 2011. |