La Habana. Año X.
1ro al 7 de OCTUBRE
de 2011

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Avalancha romántica en las revistas culturales cubanas del XIX: El álbum y La cartera cubana (III)

Cira Romero • La Habana

Antes, es preciso hacer un alto con una publicación que no fue estrictamente literaria, ni siquiera romántica, pero sí imprescindible: la Revista Bimestre Cubana

La Sociedad Económica de Amigos del País surgió en La Habana el 9 de enero de 1793, a semejanza de otras fundadas en América, bajo la concesión del entonces rey de España, Carlos iv, continuador, quizá con menos dinámica que su antecesor, Carlos iii, de la política del Despotismo Ilustrado. A ella se unieron los criollos, preferentemente los más ricos e interesados en el desarrollo de la Isla, y algunos peninsulares. Con el transcurrir de los años y a través de sus secciones —Educación, Industria, Comercio, Bellas Artes, Agricultura— la institución favoreció el progreso, aunque en su seno cada vez fueron más enconadas las pugnas, no pocas veces sumergidas, entre nativos y peninsulares.

El 13 de febrero de 1830 la Sección de Educación de la Sociedad Económica estableció como organismo adscrito a ella la Comisión Permanente de Literatura, que tuvo como presidente a Nicolás de Cárdenas y como secretario a Domingo del Monte, y entre sus miembros a figuras como José Antonio Saco. En 1831 decidió editar una “Revista al estilo europeo, que finalmente se decidió apareciera cada dos meses”. Pretendía dar “extractos y juicios críticos de las obras literarias que se publicasen, tanto en la isla, como en España y países extranjeros, insertando también algunos artículos originales para hacer más amena e interesante su lectura”. Surgió así, gracias al esfuerzo personal del catalán Mariano Cubí y Soler, la Revista y Repertorio Bimestre de la Isla de Cuba, que a partir de su segundo número se vinculó al proyecto de la Comisión Permanente de Literatura, ahora bajo el título de Revista Bimestre Cubana. Dicha Comisión se convirtió en corporación independiente en 1833 bajo el nombre de Academia Cubana de Literatura y contó con 27 académicos, entre los que se encontraban José de la Luz y Caballero, Saco y Felipe Poey. La recién creada academia llevaba en su seno un fuerte espíritu de cubanidad y como pretendía tener autonomía en relación con la Sociedad Económica, no haberle remitido a esta sus estatutos, sino hacerlo directamente a la reina Cristina, conllevó la frustración del ansiado proyecto. Pero la revista siguió su curso, bajo la dirección de Saco, que publicó en ella su notable ensayo “Memorias sobre la vagancia”, en el cual consideraba la holgazanería como el mal más dañino de la sociedad insular, sin obviar los juegos de azar, que por entonces inundaban las calles y los garitos.

La Revista Bimestre Cubana no se inscribe dentro de las publicaciones estrictamente literarias, pues sus intereses abarcaron los amplios de la institución auspiciadora, más dada a tratar asuntos agrarios, industriales y económicos, aunque también los sociales, con las limitaciones propias de una colonia sometida a feroz censura. No obstante permanecer esta publicación fuera del marco de las  vinculadas al romanticismo, fue muy valorada en su tiempo y críticos como Marcelino Menéndez y Pelayo la estimaron como el mejor periódico español que se había publicado. Cumplió con los propósitos que la originaron: abrir sus páginas a la crítica literaria insular y extranjera, pues fue una publicación esencialmente bibliográfica, y también dio cabida a creaciones literarias, a traducciones y a temas gramaticales y lingüísticos. Colaboraron en ella, además de Saco, que le proporcionó los temas más polémicos, Domingo del Monte, Félix Varela y José de la Luz y Caballero, entre otros muchos nombres. La expulsión de Cuba de Saco por orden de Miguel Tacón, en 1834, significó el fin de la revista, reaparecida en el año 1910 bajo la dirección de Fernando Ortiz. Cesó en 1959 y de nuevo abrió sus páginas, hasta la actualidad, en el año 1994.  

Ahora sí las románticas      

Antes de que Miguel Tacón abandonara inesperadamente la gobernación de la Isla, en 1838, para ser sustituido por Joaquín Ezpeleta, ocurrió el boom de revistas literarias románticas. Al menos seis revistas ostentan una categoría mayor, todas aparecidas en La Habana entre 1837 y 1838 y todas afiliadas a la “era romántica” de la literatura cubana. Si ello ocurrió fue porque en la capital ya existía un núcleo de jóvenes escritores que publicaban libros y, por ende, podían unirse para dar a la luz revistas. Ellos forman lo que Ambrosio Fornet ha llamado “la primera imagen coherente de lo que hoy conocemos como literatura cubana”. Sus nombres irán apareciendo en estas notas.  

Miscelánea de Útil y Agradable Recreo y Recreo Literario surgió en 1837. Al parecer, el sustantivo “miscelánea” era del gusto de los fundadores de revistas, pues habían existido, con anterioridad, la Miscelánea Literaria (La Habana, 1806), la Miscelánea de Cuba (Santiago de Cuba, 1813), La Miscelánea (La Habana, 1820), la Miscelánea liberal de Santiago de Cuba (1821), fundada por el poeta Manuel María Pérez y Ramírez, la Miscelánea de Santiago de Cuba (1825), la Miscelánea de Literatura (La Habana, 1827), de la cual no ha llegado a nuestros días ningún ejemplar, y la Miscelánea (1829-1830;1831-1832), editada en México por José María Heredia, ya tratada en anterior comentario. Otras, involuntariamente,  podemos haber omitido.     

Miscelánea de Útil y Agradable Recreo fue editada por Luis Caso y Sola. Aquí vale la pena detenerse para subrayar la aparición de una nueva figura cultural, el editor, “personaje desconocido hasta entonces que asume espontáneamente el papel de intermediario entre el productor y el mercado”, como ha apuntado Fornet. El editor podía ser, a la vez, impresor y hasta aficionado a la poesía. Al finalizar la década del 30 eran “editores” varios impresores y hasta algunos reputados escritores. Lo cierto es que Caso y Sola tenía acumulada cierta experiencia, que continuaría explotando, y gozaba de prestigio entre la intelectualidad criolla. Su revista consta de dos tomos que vieron la luz en los meses de agosto y septiembre del citado año de 1837. En el primero de ellos hay una dedicatoria del editor, de indiscutible vena romántica, que expresa: “Al joven Don José Victoriano Betancourt. A ti, cuya lira dulce y armoniosa ha templado varias veces las penas de mi corazón, consagro estas mis cortas tareas literarias: acógelas como un tributo de amistad y admiración”. La publicación dio a conocer leyendas y cuadros románticos, poemas y traducciones de literaturas europeas, en especial de la alemana, cuna del romanticismo. En sus páginas Cirilo Villaverde vio en letra impresa sus primeras novelas cortas: “El ave muerta”, “La peña blanca”, “El perjurio” y “La cueva de Taganana”, caverna que, por cierto, aún existe, ahora convertida en atracción turística, en los jardines del Hotel Nacional. Dar a conocer las primicias literarias del futuro autor de Cecilia Valdés puede considerarse uno de los méritos fundamentales de la revista, que tuvo entre otros colaboradores a Antonio Bachiller y Morales, devenido con los años en el padre de la bibliografía cubana, el poeta Leopoldo Turla, casi pobre de solemnidad y a cuyo favor Cirilo Villaverde y Francisco Calcagno encabezaron una suscripción, y José Quintín Suzarte,  consumado revistero y muy discreto escritor, fundador en Venezuela, donde residió entre 1838 y 1847, de numerosas revistas. La vida de Miscelánea de Útil y Agradable Recreo fue, como la del resto de las revistas románticas, muy breve. El mercado, imprescindible para sostenerlas, era aún inestable en una Isla donde recién emergía una intelectualidad aún en ciernes.

Por su parte, Recreo Literario, “Colección escogida de novedades científicas, cuadros históricos, artículos de costumbres y misceláneas jocosas”, publicada entre el segundo semestre de 1837 y diciembre de 1838, fue la segunda parte de la Biblioteca de Amena Instrucción (1836-1837). Ambas fueron dirigidas por el aragonés Mariano Torrente. Esta publicación, si bien no se inscribe en el ciclo de revistas románticas cubanas, pues publicó solamente trabajos tomados de periódicos y revistas extranjeros, sí puso al tanto a sus lectores de los temas enunciados en su subtítulo, y los referidos a la literatura eran de clara filiación romántica.

1838 fue el año de la verdadera eclosión de las más importantes revistas románticas cubanas: El Álbum, La Cartera Cubana, La Mariposa, El Plantel y La Siempreviva, cada una con su historia, cada una con su acento. Adentrémonos en las dos primeras y dejemos las restantes para el próximo encuentro.

Cada uno de los doce tomos, de 128 páginas cada uno, de la revista El Álbum, aparecida entre 1838 y 1839, caben en la palma de la mano. Se considera que su antecedente directo fue Miscelánea de Útil y Agradable Recreo, no solamente porque Luis Caso y Sola fue su fundador y editor, sino porque siguió el perfil literario iniciado por aquella. A lo anterior se une un hecho importante: a partir del número 6 su editor pasó a ser un intelectual: Ramón de Palma, iniciador de nuestra narrativa en esa misma revista, al publicar en ella, en cuatro capítulos, su conocida noveleta Una pascua en San Marcos, obra cuya trascendencia fundacional ha comenzado a ser reconocida en años recientes, y de la titulada “El cólera en La Habana”, de base testimonial, pues está inspirada en la epidemia de esa enfermedad que azotó a la capital en el año 1833. También colaboró Cirilo Villaverde con su conocida “Excursión a Vuelta Abajo”, también de carácter testimonial, y la no menos acreditada pieza narrativa titulada “El espetón de oro”, obra que, tras aparecer en la revista, tuvo, al parecer, tan buena acogida, que rápidamente se imprimió de manera independiente en la imprenta de Oliva (1838) y al año siguiente en la de Boloña. Fue, además, la primera novela cubana publicada como libro. Otros colaboradores que prestigiaron la revista fueron Domingo del Monte, José Zacarías González del Valle, Antonio Bachiller y Morales, Anselmo Suárez y Romero, que ya tenía terminada su novela Francisco; o las delicias del campo, surgida al calor de las tertulias delmontinas, pero no publicada hasta 1880, dos años después de fallecido su autor. José Jacinto Milanés, José Antonio Echeverría, Juan Francisco Manzano y hasta la ilustre Condesa de Merlín desfilaron por sus páginas con colaboraciones diversas en prosa y verso. Con el tomo 12 cesó la revista, verdadera reliquia de la prensa cultural cubana, debido a la falta de suscriptores, por entonces única manera conocida para el financiamiento editorial y, a su vez, la causa determinante del fatal y rápido término de todas las publicaciones de esos años germinales de la literatura cubana.

Un médico notable, el doctor Vicente Antonio de Castro, pero a quien sus ocupaciones científicas no le impidieron cultivar las letras y hasta llegar a tener fama como literato distinguido, solicitó permiso en abril de 1838 para publicar una revista titulada El Instructor Habanero, que dedicaría a las ciencias, las artes y las letras. La autorización le fue negada por el censor Don José Antonio de Olañeta. De Castro hizo una contrapropuesta: “Publicar una obra en seis volúmenes que presentará a la censura ordenada debidamente, y que se titulará La Cartera Cubana”. Olañeta falló a su favor y en julio, con una periodicidad mensual, comenzó a publicarse, aunque la autorización dada solamente cubría la aparición seis volúmenes “en cuarto”, aunque solo llegaron al quinto. La propuesta del galeno se encaminaba a dar a la luz “una obra amena e instructiva, donde el niño y el anciano, la soltera y la casada, el sabio y el ignorante, encontrarán materias divertidas y útiles [...] una obra en fin, donde junto a un sencillo cuadro de costumbres, se halle la crítica de una obra interesante; junto a una poesía sentimental, un tratado de elocuencia y oratoria; y en medio de composiciones literarias, otras de las ciencias y las artes que aquí más se cultivan y florecen”.

A fines de 1838, la Imprenta Literaria, donde se imprimía esta revista, estaba en bancarrota. En enero del 39 fue adquirida por el tipógrafo-escritor José Lino Valdés y por el narrador Ramón de Palma, quien aportaba la experiencia de El Álbum. Llamó también a trabajar en la revista al narrador José Antonio Echeverría. Todos estaban muy vinculados al círculo literario en torno a la figura de Del Monte, y de la fundación de esta y de otras revistas de la etapa hay amplia y hasta indiscreta información en el Centón epistolario. Como ha expresado Fornet en su fundamental obra El libro en Cuba. Siglos xviii y xix, Palma trató de convertir la impresora, y también la revista, en portavoz del “grupo cubano”.

Un repaso de los colaboradores de La Cartera Cubana presenta un núcleo activo de escritores afiliados al romanticismo: Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés), Desval (Ignacio Valdés Machuca), Fileno (Anacleto Bermúdez), Sansueña (Cirilo  Villaverde), que dio a conocer en sus páginas “Amoríos y contratiempos de un guajiro”, José Antonio Echeverría y José Jacinto Milanés, entre otros muchos nombres, unidos a los de varios autores extranjeros. Como nota curiosa la revista —estaba dividida en cinco secciones bien delimitadas “Ciencias”, “Literatura”, “Costumbres”, “Poesía” y “Variedades”, más una subsección titulada “Apuntes para la historia de la isla de Cuba”— ofrecía las observaciones meteorológicas de cada día y el resumen del mes de las enfermedades existentes en los hospitales de la ciudad. En diciembre de 1840 salió su último número, dando “rendidas gracias a nuestros suscriptores que tan generosamente nos han favorecido hasta hoy”. Valorada por la crítica del momento como “interesante revista científica y literaria”, además de que “insertó muy buenos artículos”, La Cartera Cubana prosigue la línea romántica de las revistas culturales cubanas de finales de la década del 30, reforzada con otras tres: La Mariposa, El Plantel y La Siempreviva, que abordaremos la próxima semana.
 
 
 
 
   
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