|
Antes, es preciso hacer
un alto con una
publicación que no fue
estrictamente literaria,
ni siquiera romántica,
pero sí imprescindible:
la Revista Bimestre
Cubana.
La Sociedad
Económica de Amigos del
País surgió en La Habana
el 9 de enero de 1793, a
semejanza de otras
fundadas en América,
bajo la concesión del
entonces rey de España,
Carlos
iv, continuador,
quizá con menos dinámica
que su antecesor, Carlos
iii, de la
política del Despotismo
Ilustrado. A ella se
unieron los criollos,
preferentemente los más
ricos e interesados en
el desarrollo de la
Isla, y algunos
peninsulares. Con el
transcurrir de los años
y a través de sus
secciones —Educación,
Industria, Comercio,
Bellas Artes,
Agricultura— la
institución favoreció el
progreso, aunque en su
seno cada vez fueron más
enconadas las pugnas, no
pocas veces sumergidas,
entre nativos y
peninsulares.
El 13 de febrero de 1830
la Sección de Educación
de la Sociedad Económica
estableció como
organismo adscrito a
ella la Comisión
Permanente de
Literatura, que tuvo
como presidente a
Nicolás de Cárdenas y
como secretario a
Domingo del Monte, y
entre sus miembros a
figuras como José
Antonio Saco. En 1831
decidió editar una
“Revista al estilo
europeo, que finalmente
se decidió apareciera
cada dos meses”.
Pretendía dar “extractos
y juicios críticos de
las obras literarias que
se publicasen, tanto en
la isla, como en España
y países extranjeros,
insertando también
algunos artículos
originales para hacer
más amena e interesante
su lectura”. Surgió así,
gracias al esfuerzo
personal del catalán
Mariano Cubí y Soler, la
Revista y Repertorio
Bimestre de la Isla
de Cuba, que a
partir de su segundo
número se vinculó al
proyecto de la Comisión
Permanente de
Literatura, ahora bajo
el título de Revista
Bimestre Cubana.
Dicha Comisión se
convirtió en corporación
independiente en 1833
bajo el nombre de
Academia Cubana de
Literatura y contó con
27 académicos, entre los
que se encontraban José
de la Luz y Caballero,
Saco y Felipe Poey. La
recién creada academia
llevaba en su seno un
fuerte espíritu de
cubanidad y como
pretendía tener
autonomía en relación
con la Sociedad
Económica, no haberle
remitido a esta sus
estatutos, sino hacerlo
directamente a la reina
Cristina, conllevó la
frustración del ansiado
proyecto. Pero la
revista siguió su curso,
bajo la dirección de
Saco, que publicó en
ella su notable ensayo
“Memorias sobre la
vagancia”, en el cual
consideraba la
holgazanería como el mal
más dañino de la
sociedad insular, sin
obviar los juegos de
azar, que por entonces
inundaban las calles y
los garitos.
La Revista Bimestre
Cubana no se
inscribe dentro de las
publicaciones
estrictamente
literarias, pues sus
intereses abarcaron los
amplios de la
institución auspiciadora,
más dada a tratar
asuntos agrarios,
industriales y
económicos, aunque
también los sociales,
con las limitaciones
propias de una colonia
sometida a feroz
censura. No obstante
permanecer esta
publicación fuera del
marco de las vinculadas
al romanticismo, fue muy
valorada en su tiempo y
críticos como Marcelino
Menéndez y Pelayo la
estimaron como el mejor
periódico español que se
había publicado. Cumplió
con los propósitos que
la originaron: abrir sus
páginas a la crítica
literaria insular y
extranjera, pues fue una
publicación
esencialmente
bibliográfica, y también
dio cabida a creaciones
literarias, a
traducciones y a temas
gramaticales y
lingüísticos.
Colaboraron en ella,
además de Saco, que le
proporcionó los temas
más polémicos, Domingo
del Monte, Félix Varela
y José de la Luz y
Caballero, entre otros
muchos nombres. La
expulsión de Cuba de
Saco por orden de Miguel
Tacón, en 1834,
significó el fin de la
revista, reaparecida en
el año 1910 bajo la
dirección de Fernando
Ortiz. Cesó en 1959 y de
nuevo abrió sus páginas,
hasta la actualidad, en
el año 1994.
Ahora sí las
románticas
Antes de que Miguel
Tacón abandonara
inesperadamente la
gobernación de la Isla,
en 1838, para ser
sustituido por Joaquín
Ezpeleta, ocurrió el
boom de revistas
literarias románticas.
Al menos seis revistas
ostentan una categoría
mayor, todas aparecidas
en La Habana entre 1837
y 1838 y todas afiliadas
a la “era romántica” de
la literatura cubana. Si
ello ocurrió fue porque
en la capital ya existía
un núcleo de jóvenes
escritores que
publicaban libros y, por
ende, podían unirse para
dar a la luz revistas.
Ellos forman lo que
Ambrosio Fornet ha
llamado “la primera
imagen coherente de lo
que hoy conocemos como
literatura cubana”. Sus
nombres irán apareciendo
en estas notas.
Miscelánea de Útil y
Agradable Recreo
y Recreo Literario
surgió en 1837. Al
parecer, el sustantivo
“miscelánea” era del
gusto de los fundadores
de revistas, pues habían
existido, con
anterioridad, la
Miscelánea Literaria
(La Habana, 1806), la
Miscelánea de Cuba
(Santiago de Cuba,
1813), La Miscelánea
(La Habana, 1820), la
Miscelánea liberal de
Santiago de Cuba
(1821), fundada por el
poeta Manuel María Pérez
y Ramírez, la
Miscelánea de Santiago
de Cuba (1825), la
Miscelánea de
Literatura (La
Habana, 1827), de la
cual no ha llegado a
nuestros días ningún
ejemplar, y la
Miscelánea
(1829-1830;1831-1832),
editada en México por
José María Heredia, ya
tratada en anterior
comentario. Otras,
involuntariamente,
podemos haber omitido.
Miscelánea de Útil y
Agradable Recreo
fue editada por Luis
Caso y Sola. Aquí vale
la pena detenerse para
subrayar la aparición de
una nueva figura
cultural, el editor,
“personaje desconocido
hasta entonces que asume
espontáneamente el papel
de intermediario entre
el productor y el
mercado”, como ha
apuntado Fornet. El
editor podía ser, a la
vez, impresor y hasta
aficionado a la poesía.
Al finalizar la década
del 30 eran “editores”
varios impresores y
hasta algunos reputados
escritores. Lo cierto es
que Caso y Sola tenía
acumulada cierta
experiencia, que
continuaría explotando,
y gozaba de prestigio
entre la intelectualidad
criolla. Su revista
consta de dos tomos que
vieron la luz en los
meses de agosto y
septiembre del citado
año de 1837. En el
primero de ellos hay una
dedicatoria del editor,
de indiscutible vena
romántica, que expresa:
“Al joven Don José
Victoriano Betancourt. A
ti, cuya lira dulce y
armoniosa ha templado
varias veces las penas
de mi corazón, consagro
estas mis cortas tareas
literarias: acógelas
como un tributo de
amistad y admiración”.
La publicación dio a
conocer leyendas y
cuadros románticos,
poemas y traducciones de
literaturas europeas, en
especial de la alemana,
cuna del romanticismo.
En sus páginas Cirilo
Villaverde vio en letra
impresa sus primeras
novelas cortas: “El ave
muerta”, “La peña
blanca”, “El perjurio” y
“La cueva de Taganana”,
caverna que, por cierto,
aún existe, ahora
convertida en atracción
turística, en los
jardines del Hotel
Nacional. Dar a conocer
las primicias literarias
del futuro autor de
Cecilia Valdés puede
considerarse uno de los
méritos fundamentales de
la revista, que tuvo
entre otros
colaboradores a Antonio
Bachiller y Morales,
devenido con los años en
el padre de la
bibliografía cubana, el
poeta Leopoldo Turla,
casi pobre de solemnidad
y a cuyo favor Cirilo
Villaverde y Francisco
Calcagno encabezaron una
suscripción, y José
Quintín Suzarte,
consumado revistero y
muy discreto escritor,
fundador en Venezuela,
donde residió entre 1838
y 1847, de numerosas
revistas. La vida de
Miscelánea de Útil y
Agradable Recreo
fue, como la del resto
de las revistas
románticas, muy breve.
El mercado,
imprescindible para
sostenerlas, era aún
inestable en una Isla
donde recién emergía una
intelectualidad aún en
ciernes.
Por su parte, Recreo
Literario,
“Colección escogida de
novedades científicas,
cuadros históricos,
artículos de costumbres
y misceláneas jocosas”,
publicada entre el
segundo semestre de 1837
y diciembre de 1838, fue
la segunda parte de la
Biblioteca de Amena
Instrucción
(1836-1837). Ambas
fueron dirigidas por el
aragonés Mariano
Torrente. Esta
publicación, si bien no
se inscribe en el ciclo
de revistas románticas
cubanas, pues publicó
solamente trabajos
tomados de periódicos y
revistas extranjeros, sí
puso al tanto a sus
lectores de los temas
enunciados en su
subtítulo, y los
referidos a la
literatura eran de clara
filiación romántica.
1838 fue el año de la
verdadera eclosión de
las más importantes
revistas románticas
cubanas: El Álbum,
La Cartera Cubana,
La Mariposa,
El Plantel y La
Siempreviva, cada
una con su historia,
cada una con su acento.
Adentrémonos en las dos
primeras y dejemos las
restantes para el
próximo encuentro.
Cada uno de los doce
tomos, de 128 páginas
cada uno, de la revista
El Álbum,
aparecida entre 1838 y
1839, caben en la palma
de la mano. Se considera
que su antecedente
directo fue
Miscelánea de Útil y
Agradable Recreo, no
solamente porque Luis
Caso y Sola fue su
fundador y editor, sino
porque siguió el perfil
literario iniciado por
aquella. A lo anterior
se une un hecho
importante: a partir del
número 6 su editor pasó
a ser un intelectual:
Ramón de Palma,
iniciador de nuestra
narrativa en esa misma
revista, al publicar en
ella, en cuatro
capítulos, su conocida
noveleta Una pascua
en San Marcos, obra
cuya trascendencia
fundacional ha comenzado
a ser reconocida en años
recientes, y de la
titulada “El cólera en
La Habana”, de base
testimonial, pues está
inspirada en la epidemia
de esa enfermedad que
azotó a la capital en el
año 1833. También
colaboró Cirilo
Villaverde con su
conocida “Excursión a
Vuelta Abajo”, también
de carácter testimonial,
y la no menos acreditada
pieza narrativa titulada
“El espetón de oro”,
obra que, tras aparecer
en la revista, tuvo, al
parecer, tan buena
acogida, que rápidamente
se imprimió de manera
independiente en la
imprenta de Oliva (1838)
y al año siguiente en la
de Boloña. Fue, además,
la primera novela cubana
publicada como libro.
Otros colaboradores que
prestigiaron la revista
fueron Domingo del
Monte, José Zacarías
González del Valle,
Antonio Bachiller y
Morales, Anselmo Suárez
y Romero, que ya tenía
terminada su novela
Francisco; o las
delicias del campo,
surgida al calor de las
tertulias delmontinas,
pero no publicada hasta
1880, dos años después
de fallecido su autor.
José Jacinto Milanés,
José Antonio Echeverría,
Juan Francisco Manzano y
hasta la ilustre Condesa
de Merlín desfilaron por
sus páginas con
colaboraciones diversas
en prosa y verso. Con el
tomo 12 cesó la revista,
verdadera reliquia de la
prensa cultural cubana,
debido a la falta de
suscriptores, por
entonces única manera
conocida para el
financiamiento editorial
y, a su vez, la causa
determinante del fatal y
rápido término de todas
las publicaciones de
esos años germinales de
la literatura cubana.
Un médico notable, el
doctor Vicente Antonio
de Castro, pero a quien
sus ocupaciones
científicas no le
impidieron cultivar las
letras y hasta llegar a
tener fama como literato
distinguido, solicitó
permiso en abril de 1838
para publicar una
revista titulada El
Instructor Habanero,
que dedicaría a las
ciencias, las artes y
las letras. La
autorización le fue
negada por el censor Don
José Antonio de Olañeta.
De Castro hizo una
contrapropuesta:
“Publicar una obra en
seis volúmenes que
presentará a la censura
ordenada debidamente, y
que se titulará La
Cartera Cubana”.
Olañeta falló a su favor
y en julio, con una
periodicidad mensual,
comenzó a publicarse,
aunque la autorización
dada solamente cubría la
aparición seis volúmenes
“en cuarto”, aunque solo
llegaron al quinto. La
propuesta del galeno se
encaminaba a dar a la
luz “una obra amena e
instructiva, donde el
niño y el anciano, la
soltera y la casada, el
sabio y el ignorante,
encontrarán materias
divertidas y útiles
[...] una obra en fin,
donde junto a un
sencillo cuadro de
costumbres, se halle la
crítica de una obra
interesante; junto a una
poesía sentimental, un
tratado de elocuencia y
oratoria; y en medio de
composiciones
literarias, otras de las
ciencias y las artes que
aquí más se cultivan y
florecen”.
A fines de 1838, la
Imprenta Literaria,
donde se imprimía esta
revista, estaba en
bancarrota. En enero del
39 fue adquirida por el
tipógrafo-escritor José
Lino Valdés y por el
narrador Ramón de Palma,
quien aportaba la
experiencia de El
Álbum. Llamó también
a trabajar en la revista
al narrador José Antonio
Echeverría. Todos
estaban muy vinculados
al círculo literario en
torno a la figura de Del
Monte, y de la fundación
de esta y de otras
revistas de la etapa hay
amplia y hasta
indiscreta información
en el Centón
epistolario. Como ha
expresado Fornet en su
fundamental obra El
libro en Cuba. Siglos
xviii y
xix, Palma trató
de convertir la
impresora, y también la
revista, en portavoz del
“grupo cubano”.
Un repaso de los
colaboradores de La
Cartera Cubana
presenta un núcleo
activo de escritores
afiliados al
romanticismo: Plácido
(Gabriel de la
Concepción Valdés),
Desval (Ignacio
Valdés Machuca),
Fileno (Anacleto
Bermúdez), Sansueña
(Cirilo Villaverde),
que dio a conocer en sus
páginas “Amoríos y
contratiempos de un
guajiro”, José Antonio
Echeverría y José
Jacinto Milanés, entre
otros muchos nombres,
unidos a los de varios
autores extranjeros.
Como nota curiosa la
revista —estaba dividida
en cinco secciones bien
delimitadas “Ciencias”,
“Literatura”,
“Costumbres”, “Poesía” y
“Variedades”, más una
subsección titulada
“Apuntes para la
historia de la isla de
Cuba”— ofrecía las
observaciones
meteorológicas de cada
día y el resumen del mes
de las enfermedades
existentes en los
hospitales de la ciudad.
En diciembre de 1840
salió su último número,
dando “rendidas gracias
a nuestros suscriptores
que tan generosamente
nos han favorecido hasta
hoy”. Valorada por la
crítica del momento como
“interesante revista
científica y literaria”,
además de que “insertó
muy buenos artículos”,
La Cartera Cubana
prosigue la línea
romántica de las
revistas culturales
cubanas de finales de la
década del 30, reforzada
con otras tres: La
Mariposa, El
Plantel y La
Siempreviva, que
abordaremos la próxima
semana. |