Un festival de poesía
como el que se celebra
en la ciudad de Struga,
de la actual república
de Macedonia, desde hace
medio siglo, es un
desafío y, al mismo
tiempo, una reafirmación
de la capacidad creadora
de esa expresión
literaria tan antigua
como la propia historia
de Alejandro Magno,
legendaria figura casi
un mito de la región de
los Balcanes. El premio
La Corona de Oro da fe y
atestigua el paso de las
fuerzas vivas a favor de
la liberación y de la
reconstrucción de
valores humanos que
estuvieron puestos a
prueba desde 1989.
Convocados desde los
cinco continentes del
planeta, los poetas que
participaron en la
edición de su
cincuentenario, tuvimos
la satisfacción de
encontrarnos no solo
para celebrar una fecha
tan significativa sino
para degustar el sabor
de la poesía en sus
lenguas originales
vinieran de donde
vinieran.
El Festival de Struga
amparó siempre lo mejor
y más representativo de
la poesía mundial
afincada en sus culturas
correspondientes y, en
muchos momentos, como
este, bajo los auspicios
de la UNESCO. Foro
y cenit de una
diversidad cultural que
se impone como tema
primordial en cualquier
cónclave internacional
en nuestros días, este
Festival clamó por el
reconocimiento de la
diferencia entre las
culturas que conformaron
la rica región de los
Balcanes, solo
comparable al
Mediterráneo o a nuestro
Caribe americano. Una
inmensa lista de nombres
fundamentales integra el
catálogo de este Premio
que hoy arriba a su
primer cincuentenario.
W. H. Auden, Eugenio
Montale, Pablo Neruda,
Eduardo Sanguinetti,
Léopold Sédar Senghor,
Guillevic, André
Voznesiensky, Yves
Bonnefoy, Rafael
Alberti, Allen Ginsberg,
Vasco Graça Moura, Justo
Jorge Padrón, Liubomir
Levchev son pilares
incuestionables de la
mejor creación poética
del siglo XX.
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Un poeta de alta
relevancia e
ininterrumpida
trayectoria, Mateya
Mateviski, recibió, el
27 de agosto, en la
célebre Catedral de
Santa Sofía, la Corona
de Oro que así reiteraba
su excelencia literaria
en la renovación de
estilos y formas de la
literatura macedonia.
Magnífico traductor, el
poeta Matevski ha
cultivado además la
crítica y el ensayo con
sumo rigor y, por ello,
se encuentra entre las
más prestigiosas figuras
de la intelectualidad
progresista de Europa
oriental. Gran luchador
antifacista, sus obras
han circulado por los
círculos más exquisitos
de la literatura
mundial. Habiendo nacido
en Estambul, Turquía, en
1929, su familia se
estableció en la ciudad
de Gostivar, en
Macedonia. Cursó
estudios de Filología y
Humanidades en la
Universidad de Skopje y
desplegó una destacada
labor como promotor
cultural muy en especial
para las artes
escénicas. Es miembro
de número de la Academia
de las Artes de
Macedonia y su poesía,
de gran excelencia
literaria, ha sido
traducida a más de 15
idiomas y ha sido
recogida en numerosas
antologías yugoeslavas e
internacionales. Entre
sus poemarios más
importantes, traducidos
en lengua castellana,
sus lectores disponen de
los siguientes títulos:
Lluvias (1956),
Equinoccio
(1963), Círculo
(1977), Tilo
(1981), Nacimiento de
la tragedia (1985),
Obras completas
(1986) y Alejamiento
(1990), entre otros. Las
Ediciones del Zorrito
acaban de publicar un
hermoso cuaderno, La
luciérnaga (2011),
traducido por Cleopatra
Filipova y Justo Jorge
Padrón quien recibiera
La Corona de Oro en
1990.
Su hermoso discurso de
aceptación de La Corona
de Oro es una lección de
modestia y grandeza pues
sus palabras fueron
altamente receptivas
para los conflictos
bélicos que han aquejado
a la región de los
Balcanes desde fines del
siglo XX. Su concepto de
la poesía allí expresado
en la ceremonia de
premiación, el 27 de
agosto de 2011, tiene
como pilar la combustión
de un lirismo
insoslayable que
transpira, no obstante,
en el espíritu de un
lenguaje y una
imaginación, atentas a
las más puras causas de
las sociedades de su
época, pequeñas o
grandes. Y así proclama:
“Iluminada y creada por
el espíritu humano, su
vida íntima y todo
aquello que
oriente
su diario camino bajo
las estrellas, la poesía
afirma sin cesar que la
palabra es el único
ancestro de la
humanidad. La poesía ha
llegado hasta hoy, aquí,
hasta nosotros mismos, a
través de intermitentes
vuelos y dolorosas
batallas para expresar
nuestra experiencia, la
que sentimos, la que
pensamos. Los retos
continúan y la poesía
responde con la
inmanencia de su
humanismo, con su
belleza, esa que abraza
estética y ética con un
anhelo de felicidad y
armonía en medio de las
imperfecciones de este
mundo.
Constituyeron una nota
destacadísima entre
numerosos recitales en
plazas públicas,
teatros, monasterios, la
aparición de dos tomos
de la editorial Le
temps des cerises,
dedicados a la presencia
de los poetas franceses
y los poetas
iberoamericanos en la
historia del Festival de
Poesía de Struga.
La Habana, 4 de
septiembre, 2011 |