La Habana. Año X.
10 al 16 de SEPTIEMBRE de 2011

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Entrevista con Regla María, hija de Arsenio Rodríguez
Los ojos de la música
Abel Sánchez • La Habana
Fotos: Cortesía de la entrevistada

Primero, las trompetas. Soplan Benitín, Florecita y, por supuesto, Chapotín, dejándose los pulmones en cada nota. Al fondo, el bajo de Nilo, el bongó de Papa Kila y la tumbadora de Israel (Kike) marcan el tumbao. Lilí Martínez hace florituras con el piano, aunque también pudiera tratarse de Rubén González. Luego, casi a la mitad del tema, se escucha un solo, que más que solo, es tres. Y no un tres cualquiera, sino el de alguien que no necesitaba mirar las cuerdas para desplegar todo su virtuosismo, el del mismísimo Arsenio Rodríguez.

No se sabe con seguridad quién bautizó a Ignacio Loyola Rodríguez Scull como “El Ciego Maravilloso”. En realidad, poco importa. Quien haya sido, estuvo muy lejos de acercarse a toda la magnitud de la genialidad de este hombre, que revolucionó el formato de los conjuntos, fue precursor del mambo, la salsa y compuso cerca de 200 temas. Su vida resultó tan intensa que muchos creen que no tuvo tiempo para la paternidad, pero se equivocan.

Regla María Travieso, la única hija de Arsenio, mantuvo una relación muy cercana con su padre. Al extremo que algunos músicos del conjunto solían llamarla “Arsenia” cariñosamente. Todavía hoy, a sus 76 recién cumplidos, cuando habla del tresero, la voz le vibra con orgullo.

“Aunque no convivía con Arsenio, porque yo vivía con mi mamá, siempre fui muy apegada a él, y dondequiera que estuviese viviendo, allí iba yo”, recuerda. “Fue un padre muy cariñoso, me daba muchos consejos y yo siempre lo escuchaba. Su partida me afectó mucho”, confiesa con aire nostálgico.

Hace unos años fue a Güira de Macurijes, Matanzas, a conocer el lugar donde un siglo atrás naciera su padre. Allí, en lo que ahora es una esquina olvidada, estaba la herrería en la que todos asumen que Arsenio perdió la vista. No era más que un muchacho descalzo que no levantaba una cuarta del suelo y entró al local cabalgando a lomos de un palo de escoba. Uno de los caballos, esta vez uno de verdad, coceó y marcó para siempre el rostro del niño. Al menos esto es lo que cree todo el mundo. No obstante, ahora ha llegado a hablarse, sin mucha seguridad, de una retinitis pigmentaria no diagnosticada.

“Bueno, eso dicen —contesta Regla encogiéndose de hombros—, pero a nosotros nunca nos dijeron que tuviese retinitis pigmentaria”. De hecho, en la familia la única que padeció afecciones en la vista fue Estela, la hermana menor de Arsenio, quien también cantaba en el conjunto. “Pero el problema de mi tía fue por un arañazo en la córnea que le hizo otro tío mío jugando cuando eran chiquitos, después perdió el ojo”, explica. Y añade que siempre conservó la visión del otro.

Arsenio, por su parte, nunca permitió que lo tratasen con lástima. Se servía de su magnífico oído para reconocer con precisión a las personas y era capaz de identificar un billete solo por el tacto. Regla María cuenta que sus músicos solían gastarle bromas dándole billetes pequeños como si fuesen de mayor valor. Él los tocaba despacio, palpando con la yema de los dedos las irregularidades del papel. Al momento exclamaba: “Este billete no es de 20 pesos, dame el dinero que me debes”.

Las cosas se hacían a su manera, sobre todo en relación con la música. En los ensayos y las grabaciones era un perfeccionista, no terminaba una sesión hasta que todo sonara exactamente como él quería. Su hija, que solía hacer la tercera voz, cuenta que en una ocasión, cuando grababan un tema donde Estela era la voz principal, estuvieron en el estudio hasta las seis de la mañana, pues fue en ese momento que Arsenio se mostró conforme con el resultado.

Era extremadamente presumido, algo curioso en un hombre que no podía mirarse al espejo. Eso nunca le importó, le gustaba usar trajes, llevaba un gran anillo de brillantes en su mano izquierda, se hacía recortar el pelo regularmente por Joseíto —“el Mago del Cabello”— y solía arreglarse las manos con bastante frecuencia.

Aunque no era un religioso practicante, creía en los dioses de sus antepasados. Aquellos mismos que su mamá, descendiente de congoleses, le había enseñado a respetar desde pequeño. “En mi familia todo el mundo era muy religioso. Él creía, pero no practicaba la religión. El único que faltaba por hacerse santo era él. Sin embargo, no había cosa que no se propusiera que no lograra, siempre conseguía todo lo que quería”, asegura Regla María.

Como buen hijo de Changó, después de la música, su mayor pasión fueron las mujeres. Su hija le conoció varias y asegura que el truco estaba en su elocuencia. “Un día fue a arreglarse las manos con una manicura y yo me di cuenta de que la estaba enamorando porque le hablaba bajito y ella se reía. Era muy enamoradizo”, cuenta con sonrisa pícara.

Jamás usó bastón, para eso tenía a sus hermanos. Solía apoyarse en el hombro de Estela, Raúl o Kike, y ellos lo guiaban al caminar. Este último, quizá haya sido el más querido. Era su mano derecha y rara vez aparecía uno sin el otro. Una de esas pocas veces fue cuando Kike acabó preso. “Mi tío mata a un hombre por defender a mi abuelo, que ya era un viejo”, aclara Regla.

Estuvo cinco años en la cárcel. En ese tiempo, Arsenio canaliza la depresión en la música y escribe uno de sus boleros más melancólicos: “Me siento muy solo”. Luego, cuando Kike regresa a la tumbadora, aparece “Vuelvo a la vida”, una canción en la que Arsenio deja ver su lado más optimista.

Pero el que quizá sea el más famoso de todos sus números, fue escrito cuando supo que aquello que más anhelaba, sería el único deseo que sus dioses yorubas iban a negarle. La historia es bastante conocida: el baile Un rayo de luz para recaudar los fondos de la operación, el viaje a Nueva York, la visita al famoso doctor Castroviejo y la noticia de que no le serviría un trasplante de retina, el nervio óptico estaba muerto, nada que hacer.

De regreso en el apartamento tuvo lugar una escena que Regla María no presenció, pero que había visto repetirse en innumerables ocasiones: “Cuando se inspiraba mandaba a alguien a que cogiera lápiz y papel para dictarle la letra, podía ser cualquiera, alguno de mis tíos, mi prima o cualquiera de nosotros”. En este caso, fue su hermano Raúl quien copió, directamente de los labios de Arsenio, “La vida es un sueño”.

Regla María asume la ceguera de su padre como un signo fatal del destino, una condición a la que no podía escapar y que, en cierto sentido, marcaba la esencia de su individualidad: “Tal vez su gracia era no tenerla (la visión). A lo mejor si hubiese tenido vista, no hubiera sido tan popular como fue, ni hubiese hecho todo lo que hizo”. Pues, asegura, ha escuchado a pocas personas tocar el tres como lo hacía él.

En la década de los 50, Arsenio se marcha definitivamente para EE.UU. Casi 20 años más tarde, el 30 de diciembre de 1970, fallece en la ciudad de Los Ángeles. Aunque se escribían con regularidad, y siempre estuvo rondando la idea del reencuentro, su única hija jamás volvió a verlo. “Dicen que fue una neumonía lo que le provocó el paro cardiaco que lo mató y, al parecer, también era diabético”, explica.

Allá, en el frío suelo de Nueva York, bajo una escueta inscripción que en nada asemeja a su grandeza, en una tumba que no parece suya por insípida, descansan los restos de Arsenio Rodríguez. Esos, que su hija Regla María añora visitar, aunque sea solo una vez.

 
 
 
 


galerÍa de imágenes

Arsenio Rodríguez
(1911–1970)

   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.