La Habana. Año X.
3 al 9 de SEPTIEMBRE de 2011

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Dos latinoamericanos prestigian
las publicaciones periódicas en Cuba

Cira Romero • La Habana

Finalizadas las guerras por la liberación de los países situados al sur del Río Bravo, las nuevas naciones no gozaron precisamente de la ansiada paz y ello provocó el éxodo de no pocos de sus habitantes. Algunos buscaban un espacio para comenzar con más sosiego una nueva vida, pero otros salieron de sus respectivos países porque, de un modo u otro, habían sido objeto de persecuciones por sus ideas demasiado radicales. Así, entre 1816 y 1821 coincidieron en la capital cubana cuatro intelectuales provenientes de Perú (Manuel Lorenzo de Vidaurre, 1773-1841), el ecuatoriano Vicente Rocafuerte (1783-1847), José Antonio Miralla (Argentina, 1790-1825) y el colombiano José Fernández de Madrid (1789-1830). Antes, hacia 1809,  se había radicado el guatemalteco Simón Bergaño, a cuya figura le hemos dedicado anteriormente dos artículos. Como este, eran también hombres de “luces”, como se decía entonces, tanto por su cultura política, como por la científica y literaria, y estaban muy enterados de las novedades de la vida cultural europea. Sus ideales revolucionarios, probados en sus respectivos países a través de una activa vida ciudadana, contribuyeron a darles un aire subversivo y hasta se propaló eran elementos enviados ex profeso para inculcar en Cuba las ideas liberadoras ya en parte cumplidas al independizarse las tierras del sur del continente de la opresión española. De “emisarios” se les calificó por las autoridades peninsulares, siempre muy pendientes de sus pasos. Pero lo que sí no debe llamar a engaño es que ellos no llegaron a Cuba para pasearse por la Alameda de Paula, el Paseo de Extramuros o participar en los bailes y saraos de la aristocracia habanera, entonces en pleno disfrute de las riquezas extraídas del trabajo esclavo. No. Ellos tuvieron una activa presencia en la formación de la entonces incipiente conciencia nacional y fueron contribuyentes decisivos en el desarrollo del pensamiento progresista ya por entonces acunado en las aulas del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, en el cual Félix Varela dejaba sentir su magisterio a un alumnado donde descollaban jóvenes como José Antonio Saco. Las ideas de estos latinoamericanos, muy influidas por las emanadas de la Revolución Francesa, fueron bien recibidas por la juventud habanera, que con ellos compartió la necesidad imperiosa de la inminente separación de España. Pero, además, fueron portadores de un sentimiento, volcado a las artes, en particular en la literatura, que rindió en Cuba sus mejores frutos: el romanticismo como tendencia revolucionaria en oposición al frío neoclasicismo, corriente la primera, sabemos, que adquirió en la Isla un fuerte contenido patriótico del cual fue cabeza principal José María Heredia.

La estancia en Cuba de Manuel Lorenzo de Vidaurre fue corta. Considerado sedicioso en Perú, no gozó de la estimación ni de los gobernantes ni de los revolucionarios, y si bien actuó como un ideólogo en su posición contra España, al parecer no pasaba de ser un reformista. Una vez en la Isla fue nombrado Oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe —es preciso recordar que desde la salida de Santo Domingo de las tropas españolas, se trasladó a Cuba, específicamente a Puerto Príncipe, hoy Camagüey la Audiencia radicada en la hermana isla, la más antigua instaurada de América—, pero su desenvolvimiento en el cargo  atrajo las sospechas de las autoridades españolas. Salió de Cuba en 1822, año en el que expuso en un documento las razones de su abandono —se pronunció a favor de que el regimiento Español de León, que capituló en Cartagena y se asentó en Puerto Príncipe, saliera de inmediato de la ciudad—, pero, además, en él expresó las causas por las cuales Cuba debía separarse de España y, una vez logrado este paso, estrechar los lazos con las confederaciones americanas.
Por su parte, Rocafuerte publicó entre nosotros algunos trabajos como Ideas necesarias a todo pueblo que quiere ser libre, con falso pie de imprenta en Filadelfia. Estableció una sólida amistad con José María Heredia y, como Vidaurre, vio el romanticismo como una actitud vital, abierta al pensamiento y apto para servir de portavoz a los ideales de liberación.

El argentino Miralla se radicó en la Isla hacia 1816. Llegó procedente de España, pues una vez reinstaurada la monarquía, sus ideas revolucionarias chocaban con el absolutismo real. Fue acogido con calidez por los criollos y pronto ingresó en la Sociedad Económica de Amigos del País, que acogía buena parte de los amantes de un mayor esplendor en todos los órdenes de la vida social, económica y cultural. Aquí publicó algunos trabajos y, gracias a sus traducciones del francés, las ideas románticas fueron conocidas por nuestra intelectualidad. Su dominio perfecto del idioma inglés le permitió impartir clases de esa lengua a, entre otros, el poeta Heredia, quien, agradecido, le dedicó su primera traducción: el poema “La batalla de Lora”, de Ossian.

Por último, Fernández de Madrid, muy vinculado a los movimientos insurgentes en su Colombia natal —donde llegó a ser presidente del Congreso— debió huir del país debido a pugnas intestinas. Tras no pocos tropiezos, fue apresado por las autoridades españolas, deportado a Madrid, pero en la escala del barco en La Habana fue autorizado a permanecer aquí debido a su frágil estado de salud. Se vinculó también a la Sociedad Económica de Amigos del País y publicó diversos trabajos científicos apoyados en las necesidades materiales vistas en la Isla, no atendidas, como era menester, por las autoridades españolas. Tuvo también discretas inclinaciones literarias, que canalizó a través de la poesía y el teatro, con una versión dramatizada de la novela Atala del romántico francés Chateaubriand, dedicada a Vicente Rocafuerte. A diferencia de  Miralla y Vidaurre, Fernández de Madrid y en alguna medida Vidaurre, sí se vincularon a facciones separatistas cubanas. Incluso Fernández de Madrid dirigió una de las células secretas de la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, en la que estuvo comprometido también Heredia, y fue acusado, junto con Vidaurre, de cabecilla de dicho movimiento, razón que los obligó a abandonar la Isla. Desde el extranjero, ambos continuaron trabajando a favor de la independencia de Cuba.

La circunstancia de haberse declarado en Cuba la libertad de imprenta al calor del establecimiento en España, por segunda ocasión (entre 1820 y 1823) de un régimen constitucional, decidió, primero a Miralla, publicar en 1820 La Mosca, aparecido con el epígrafe de “Con más acierto y vigor/ Que la severa invectiva, / Una crítica festiva / Corta el abuso mayor”. Fue un periódico satírico que solamente dio al público siete números, ninguno de los cuales ha llegado a nuestros días, y solo se conocen por referencias eruditas de estudiosos como Joaquín Llaverías. La mayoría de las colaboraciones, según dice este estudioso, estuvieron dedicadas a censurar a las autoridades españolas y a propiciar la honradez en el entonces corrupto sistema judicial. Las poesías que incluyó eran de tono satírico- burlesco y todos los trabajos insertados aparecieron bajo seudónimo, manera muy habitual en aquellos años, donde se temía a la censura oficial. Así, allí escribieron La lechuza, El agraviado por la justicia y El reparón, entre otros muchos. Asimismo, La Mosca abrió sus páginas a los que desearan denunciar algún abuso:

AVISO AL PÚBLICO

Cuando quiera una persona

Algún abuso advertir

Puede sin miedo acudir

A la Mosca criticona.

Pero Miralles y Fernández de Madrid llegaron a un acuerdo: fundar en La Habana el periódico político, científico y literario titulado El Argos. Apareció entre 1820 y 1821y lo subtitularon “Periódico político, científico y literario”. Fue creado, como ambos proclamaron en su número inicial del 5 de junio, “para escribir en el sentido de la democracia y de la independencia americana” e “influir en la política del continente y en especial de los habitantes de Méjico”. Lograron publicar 34 números, cifra, para la época, importante, cuando casi a diario aparecían en la capital, e incluso en algunas otras ciudades, nuevos periódicos que apenas lograban alcanzar los diez números. Publicaron artículos políticos, económicos y literarios, tomados de periódicos españoles en su gran mayoría. Además, aparecieron poesías de ambos —la de Fernández de Madrid, titulada “Las rosas” fue elogiada por el reconocido literato y gramático venezolano Andrés Bello—, así como trabajos de marcado carácter anticlerical, debidos a sus fundadores. Un autorizado investigador y bibliógrafo, Carlos M. Trelles,  consideró El Argos el primer periódico científico publicado en la Isla, pues tanto Vidaurre como Fernández de Madrid tuvieron una especial vocación por promover, en todos los órdenes posibles, el adelanto científico de nuestro país.

Un importante historiador cubano ya antes citado, Joaquín Llaverías, director durante muchos años del Archivo Nacional de Cuba, tuvo acceso en su momento a todos los números publicados de este periódico, que hoy se ha convertido en una verdadera rareza, y quizá temiendo  el implacable paso del tiempo, despiadado destructor de papeles, incluyó en su obra Contribución a la historia de la prensa periódica los sumarios de todos los trabajos aparecidos en sus más de tres decenas de números, como también hizo con La Mosca, de Miralles.

A El Argos se refirieron elogiosamente Domingo del Monte y  Don Marcelino Menéndez y Pelayo, quien expresó que en aquella época “descollaba entre todos”.

Así, los inquietos José, Fernández de Madrid y Miralla, amigos de José María Heredia, nuestro primer gran poeta romántico, se convirtieron, junto con el guatemalteco Simón Bergaño, que los antecedió, en los tres primeros— y quizá únicos latinoamericanos— en fundar en el siglo xix una publicación periódica en Cuba.  No fue, presumiblemente, hasta la aparición de la revista Casa de las Américas, en 1960, que un nuevo grupo de intelectuales de nuestro continente se vinculó a un proyecto que, desde entonces, pertenece no solo a esta Isla, sino a lo mejor del pensamiento continental y mundial.

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
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Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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