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Frente a un ordenador o
a un trozo de papel en
blanco, alguien ensaya
la alquimia de las
letras. Se le enredan
las historias y pare
criaturas de superficie.
Quien vuelve a borrar su
primer cuento, no habrá
cursado un Taller; pero
ha leído “El
perseguidor”, “La noche
bocarriba” o
“Continuidad de los
parques”. Sin duda. Y el
paladar conservará
aquella carrera entre
los álamos, por la bruma
malva hasta el sillón de
terciopelo verde, como
un sabor agridulce que
no consigue reproducir.
Aunque no deja de
aclarar que semejante
impronta le resulta un
enigma, el biógrafo de
Julio Cortázar, el
narrador y profesor de
literatura argentino
Mario Goloboff,
considera que el autor
de Rayuela
transmite aún, “como muy
pocos otros escritores,
un aliento y fuerza
creadora a jóvenes que
no le conocieron pero
que siguen leyéndolo,
como a un hermano mayor,
como a un prójimo y
próximo, como a un gran
escritor también de este
siglo XXI”.
Invitado a participar en
Cuba como Jurado del X
Premio Iberoamericano de
Cuento Julio Cortázar,
acaparado esta vez por
voces de la narrativa
femenina en la Isla,
Goloboff está convencido
del carácter “sumamente
consagratorio de este
lauro para un joven
escritor”. Se atreve a
garantizar que así lo
sienten quienes lo
merecen. “El Premio
—dice— ya forma parte
del panorama cultural
cubano y
latinoamericano”.
Sin embargo, para un
escritor nacido en
tierra hispanoamericana,
recibir el Cortázar
significa algo más que
una consagración si tal
reconocimiento, además
de llevar el nombre de
uno de los autores
bíblicos del continente,
proviene del ojo crítico
de Mario Goloboff. Con
una cuidada obra
dedicada a importantes
escritores argentinos —Genio
y figura de Roberto Arlt;
Leer Borges;
Elogio de la mentira,
diez ensayos acerca de
escritores argentinos,
una edición crítica de
Rayuela
coordinada por Julio
Ortega y Saúl Yurkievich—
este poeta de nacimiento
y devenido luego en
narrador, ha entrenado
la vista en extensas,
claras y sosegadas
lecturas e
interpretaciones de las
obras más
trascendentales de
nuestra narrativa. Y
como muchos otros de su
generación, el autor de
la saga de los
Algarrobos conserva
las marcas del exilio
por persecuciones
políticas en tiempos de
dictadura.
Su vida entera ha sido
un gran viaje literario
y físico. De la estación
cortazariana, no
obstante, no se iría
nunca. Leerlo, conocerlo
y mostrárselo luego a
sus estudiantes en
Argentina, significa
para Goloboff tanto o
más que haber escrito
Julio Cortázar, la
biografía. De todos
los fuegos, recuerda con
orgullo haber compartido
las armas secretas de
“su paso por este mundo;
la experiencia, como ser
humano, de su mirada
sobre este mismo mundo,
de sus tareas
solidarias, de su visión
del futuro
latinoamericano y, en
general, de las
sociedades occidentales.
Su devoción por el
trabajo artístico y
literario, el centro
absoluto de su vida; la
idea, quizá muy propia
de las vanguardias y del
Surrealismo, de la
inmersión del artista en
la obra y la de esta en
el conjunto de tareas
históricas y sociales de
la especie”.
Para juntar elementos y
escribir la biografía de
Cortázar, Mario Goloboff
dispuso de menos de diez
años. Admite que habría
necesitado algunos más;
pero los disfrutó y los
sufrió a plenitud. Por
la autopista del Sur,
comunicó con el autor a
un nivel que desborda
los límites terrenales.
Y “el disfrute mayor
consistió en conocerlo
mejor y en re-conocer
mejor su obra, lo cual
me dio, creo, una visión
más equilibrada y justa
de los inmensos valores
de su literatura y del
ser que la construyó”.
En Cuba, cada año un
jurado se reúne para
evaluar los cuentos que
desde todos los puntos
de Iberoamérica llegan
hasta el buzón
cortazariano. Aquí, los
libros del escritor
argentino son devorados
por jóvenes y adultos,
escritores o no.
Saboreamos los recursos
infinitos de quien supo
que la literatura no
consistía en escribir
lisa y llanamente sobre
un tema conmovedor;
admiramos la supuesta
ingenuidad del autor
ante lo escrito y
sonreímos, finalmente,
cómplices de la sorpresa
y su aliento perdurable:
“como la semilla donde
está durmiendo el árbol
gigantesco”.
Sin embargo, poco
conocemos de su paso por
esta tierra: su “país de
los cronopios”. Anduvo
Cortázar amando por las
calles de La Habana y el
amor nos dejó la
posibilidad de cobijar
el Premio. Aquí conoció
hermanos y habitó una
casa, su Casa. La Isla,
recuerda Mario Goloboff,
“está en sus cuentos y
poemas, en sus
artículos, en sus
cartas, en sus
reportajes, en sus
conversaciones con los
amigos que hizo aquí
para toda la vida. Él
era un gran perseguidor
y un gran descubridor.
Eso hacía que los demás
también lo descubrieran
a él. A partir de su
conocimiento personal de
Cuba, este país y esta
sociedad no dejarán de
estar presentes, expresa
o inconscientemente, en
todos sus textos”.
Tampoco él, al final del
juego. |