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A los 60 que no tuvimos,
que no volverán.
Era como si ella lo
hubiera puesto ahí para
que yo lo viera.
Rebecca Wolff
Anoche
soñé
con John Lennon.
Un sueño húmedo. Estaba
parado en medio de la
calle, con los
pantalones por la
rodilla, blandiendo su
sexo erecto a modo de
bandera.
—¡Aquí sí hay un hombre!
—gritaba y todos lo
observábamos. Yo no
hacía más que mirar,
embobado, el enorme sexo
entre sus manos. Su
arma. Cuando me acordé
que aquí portar un arma
es ilegal, y me
desperté.
La sábana estaba
empapada.
Anoche soñé cosas de las
que no me acuerdo. Me
desperté cansado.
Todavía lo estoy. No sé
qué habrá para
desayunar. Lo mismo de
todos los días, de
seguro. Será mejor
llamar a Consuelo. Ayer
quedamos en vernos. Me
dijo que me esperaba en
el parque a eso de las
diez.
Hoy no voy a hacer nada.
No voy a ir a ningún
lado. Hoy me voy a
quedar holgazaneando
hasta que llegue la hora
de Consuelo.
Marco. Timbre. Una voz.
—¿Oigo?
—Soy yo. ¿Se mantiene lo
de hoy?
—Por supuesto.
—Y ¿qué estás haciendo?
—Nada.
—Yo tampoco. No hay nada
que hacer.
—Nos vemos.
—Está bien.
Es adorable Consuelo. Me
trata como a un niño.
Creo que voy a acostarme
otra vez para soñar con
ella.
Y sueño.
Consuelo está en un
parque, en un banco, a
la sombra de un árbol.
Yo paso y la miro, y la
quiero tocar aunque sea
con mis ojos. Pero
también hay otros que
quisieran. Consuelo es
muy hermosa. Con su piel
blanca, su pelo rojo y
sus ojos verdes.
Ahí está John Lennon,
rondándola. Anda con su
guitarra al hombro, por
si se le presenta la
ocasión de tocar para
alguien y ganarse un
poco de dinero.
Consuelo atrae hasta a
las moscas.
—all you need is love
—desafina
en un inglés perfecto —all
you need is love...
Una canción de amor.
Como si el amor fuese lo
único que hiciera falta.
Yo no necesito amor. Me
basta con un poco de
Consuelo.
Me le acerco, mas parece
no verme. Le extiendo
mis brazos y no la puedo
tocar. Consuelo está
hecha de éter. El éter
me marea. Hace que el
mundo entero me dé
vueltas. El mundo para
mí es Consuelo. Miles de
Consuelos pequeñitas
dando vueltas alrededor
de mí. Me gusta el éter.
—love is all you
need...
Lo que no me gusta es
que John Lennon irrumpa
en todos mis sueños y
termine empapando la
sábana. Debe haber una
forma de sacarlo de
aquí.
¿Me oirá Consuelo si la
llamo?
—Ven.
—¿A dónde?
Sí, me oye, me oye…
—Ven, no hagas preguntas
—y le extiendo mi mano y
la toma y esta vez sí la
toco, sí la siento.
Siento el éter que no se
desborda ni una gota de
su forma perfecta de
mujer. Me siento
levitar.
—¿A dónde vamos?
—A soñar.
—Pero si ya estás
soñando. Mírate, tan
dormido que ni siquiera
puedes abrir los ojos.
—Y ¿cómo es que te veo?
—Porque en los sueños
todo es posible. Lo
único que tienes que
hacer es querer.
—¿Todo?
—Absolutamente.
—Pues con más razón,
ahora sí que vamos a
soñar.
—¿Y qué soñamos?
Estamos en una tienda,
en un departamento, a
mitad de un pasillo.
Frente a nosotros, en
uno de esos enormes
anaqueles, una boca
abierta de mujer
repetida hasta el
cansancio, y hasta el
cansancio repitiendo:
Consuelo, sex toys,
colores divertidos.
Parece una canción
infantil. Una
prohibición infantil.
Pero ya no somos niños.
¿Qué me impide revisar y
ver qué hay dentro, y
descubrir el sexo de
John Lennon moldeado en
dúctil plástico?
Consuelo del susto se
despierta. Pero yo sigo
soñando, vagando errante
por mi sueño húmedo, sin
ella. Ahora somos solo
Lennon y yo. La guerra
será a muerte.
En un descuido de la
cámara de vigilancia me
meto tres Consuelo de
aquellos en los
bolsillos. Uno verde
olivo, uno rojo sangre y
otro blanco pureza; por
si acaso. Si hay que
enfrentarlo, mejor
hacerlo armado.
Y salgo.
Afuera todo parece real.
Las mismas calles. La
misma gente. El mismo
sueño. John Lennon
acosando con su guitarra
a las muchachas.
Cantándoles canciones
obscenas al oído.
—I want you, I want
you so bad…
Y yo sintiendo cómo mi
sueño se humedece cada
vez más. Hasta que ya no
me aguanto y lo toco en
el hombro.
Pobre. Él se viró
ingenuo. Sin saber de
mis Consuelo en ristre.
Adoro las sorpresas. Su
cara, si Consuelo
hubiera visto su cara
cuando le pegué con el
verde olivo. Por una
mejilla y por la otra,
haciéndolo escupir
saliva y sangre.
No importa que fuera más
grande que yo, porque en
los sueños todo es
posible. Incluso, que
las muchachas a las que
les cantaba esas
canciones llamaran a
otras para hacernos
coro y gritar:
—¡Así, dale por la cara!
Entonces le tocó el
turno al rojo.
Ellas al verlo
suspiraron. Yo suspiré
con ellas, y pensé en lo
linda que se vería
Consuelo usando ese
juguete. Siempre he
fantaseado con dos
Consuelo juntas. Y me
olvidé que John también
soñaba y podría hacer en
su sueño lo que
quisiera, como sacarse
el sexo erecto y
apuntarme.
—¡Aquí sí hay un hombre,
coño! ¡Aquí sí hay un
hombre!
Me dio miedo.
Del tiro solté el rojo.
Caí de rodillas. Cedí
ante la mano que guiaba
mi cabeza hacia el arma
de John. Cualquiera moja
las sábanas con un arma
en la boca.
Esta es la hora de las
libaciones.
Esta es la hora del
viejo mete y saca.
Esta es la hora en que
John Lennon comienza a
mascullar una canción
alegremente triste, o
tristemente alegre, o
alegre, o triste, o
simplemente una canción.
Don’t let me down,
creo, o Baby
is good to me enough,
no sé bien; cuando uno
tiene un arma apuntando
a la garganta se le
confunden todas las
canciones. Canciones que
no son suyas, o quizá
sí. Canciones que me
hicieron de pronto
descubrir la libertad.
Y lloré. Y oí que John
también lloraba. Y sentí
a las muchachas sufrir
un orgasmo simultáneo al
vernos llorar de ese
modo. Y a la gente que
pasaba negar con la
cabeza.
—Vaya pandilla de locos
—dijeron, pero después
el grupo creció. De
entre esos mismos que
negaban se sumaron mis
novias de la infancia,
un viejo amigo muerto,
mi padre, otros,
conocidos de John que
hasta él había olvidado,
las antiguas amigas de
las muchachas, siendo
niñas aún, con osos de
peluches, creyones y
muñecas.
De pronto, los creyones
cobraron vida y
comenzaron a
garabatearlo todo. Y fue
de nuevo el éxtasis. Y
ya no era yo dueño de
mí. No era yo sino
Consuelo: piel blanca,
pelo rojo, ojos verdes.
Yo era Consuelo que
soñaba.
Consuelo en un parque,
en un banco, a la sombra
de un árbol, dirigiendo
una orquesta de
creyones. Desde ella me
veo, arrodillado a los
pies de John Lennon y él
temblando, con su arma
en mi boca. Las
muchachas revolcándose
alrededor nuestro,
dejando sus huellas de
sudor sobre el asfalto,
mientras los creyones
hacen de las suyas,
tatúan palabras obscenas
sobre las pieles
desnudas, palabras como
Dios, patria, libertad…,
palabras sin sentido.
Es tan dulce Consuelo.
Le lamo las vísceras en
lo que ella conduce a
los creyones. Sus dulces
vísceras. Noto cómo se
estremece de cosquillas
por el contacto de mi
lengua. Es cálido aquí,
se siente bien. Pero ni
las cosquillas hacen
detener a los creyones.
Allá van, sobre las
muchachas y sus amigas
con muñecas, sobre mi
padre, mis novias de
ayer, mis viejos
conocidos, John y yo, a
no dejarnos en paz.
De pronto, un disparo.
Los creyones caen al
suelo. Por un momento me
creo muerto, pero los
ojos de Consuelo me
dicen lo contrario; esos
ojos no engañan. Por
ellos veo que John ya me
ha sacado el arma de la
boca, humeante aún. No
me equivoqué, eso fue un
disparo. Sentí algo
caliente bajar por mi
garganta, adherirse a
las paredes de mi
estómago, plantar la
semillita del orgasmo. Y
el orgasmo crece. Se
hace un orgasmo
múltiple. Blanco.
Cegador.
Estamos cansados. Es
increíble como el placer
nos debilita.
—Love is all you
need… —escucho.
John es el primero en
caer. Sobre él, todos.
Como si fuéramos a
soñar.
Y soñamos.
Estamos en un parque, en
un charco de sangre,
sudor, esperma y
lágrimas. Consuelo se me
acerca, me acaricia el
rostro con su mano de
éter, se pone a bailar.
John canta para ella una
canción feliz.
—Oh, darling, please
belive me, I’ll never do
you no harm…
El pelo rojo parece
querérsele ir volando
con el viento. Como la
escena nunca vista de
una película erótica,
casi porno. Y yo aún
dentro, viendo cómo se
acercan unos turistas
con sus cámaras, de
vigilancia quizá, y
comienzan a filmarlo
todo.
Somos la atracción
número uno de nuestro
propio sueño. Ese en el
que Consuelo baila y nos
hace caer en el letargo
verdirrojo de su cuerpo,
con la voz de John
Lennon de música de
fondo.
—Belive me when I
tell you, I’ll never do
you no harm…
Mentira. Todo es
mentira. Bien pudieran
ser policías disfrazados
de civil. Y esa, su
manera de reprimir
nuestro pequeño acto
incivil, exhibicionista.
Y las cámaras, el
instrumento necesario
para documentar el hecho
y emplearlo luego como
medio de prueba. Hasta
en los sueños se teme a
la verdad. Lógico, no
hay nada que haga más
daño que una pequeña y
sucia verdad sacada al
aire: un orgasmo
público.
Pero las cámaras…
—Perdónalos, Consuelo
—suplico, abrazado a su
hermoso corazón—,
perdónalos porque no
saben lo que hacen.
Todos soñamos con
cámaras. Todos queremos
ser los protagonistas de
nuestra propia película.
Qué romántica Consuelo,
como escucha su corazón,
y deja de bailar y
grita:
—¡Ahí vienen las
cámaras!
Entonces todos
despertamos en nuestro
sueño, y les caemos en
pandilla a los falsos
turistas, creyendo que
realmente lo son.
John Lennon corre a
ellos con la guitarra en
una mano y su sexo en la
otra. La guitarra con
una cuerda rota. El sexo
fláccido, descargado.
Pero nada de eso
importa. Donde dice
turista, John Lennon lee
propina. Unas monedas
para este pobre loco,
que aún no despierta de
ese sueño ajeno que
también es el suyo. Unas
monedas que tintineen
bien al chocar contra el
piso, con la imagen de
algún mártir y en los
bordes, obscenas
palabras sin sentido.
Palabras como Dios,
patria, libertad. Unas
monedas para costearse
un pan con algo, un
buche de ron; para
seguir siendo John
Lennon y no petrificarse
en el banco de un parque
un día de estos, o una
noche.
Las muchachas lo siguen,
guiadas por el sonido
del dinero, o el clic de
los lentes al ser
descubiertos. Desnudas,
con la ropa en las
manos. Unas monedas para
estas pobres niñas que
no pueden dejar de
bailar. Unas monedas
para empezar y luego
luces, cámaras, acción.
Desvergonzadas, se les
insinúan a los falsos
turistas, los tocan, les
prometen el
striptease de su
vida, roban cámara.
Esa canción que John
entona se presta para
ello.
—Any time at all, any
time at all, any time at
all, all you gotta do is
call..
Los viejos conocidos de
todos aplauden,
encantados con el show.
No podrían hacer otra
cosa.
Yo no. No me equivoqué,
eso fue un disparo. Yo
permanezco tirado en el
suelo y solo puedo ver,
oler, oír de lejos la
euforia colectiva. Pero
yo no soy yo, sino
Consuelo que sueña, y
ella también va a donde
el grupo, se mezcla con
las muchachas, es
detectada en el acto.
Todas las cámaras le
apuntan como si a los
falsos turistas les
hiciera falta lo mismo
que a mí. Y yo sin poder
moverme para impedirle a
Consuelo hablar.
—¿Qué quieren que haga?
—Tú sabes —responden las
cámaras.
Ella entonces se
aproxima a mi cuerpo y
me mira a los ojos, y no
pide disculpas ni perdón
por lo que hará. De mi
bolsillo saca el juguete
color blanco pureza. Lo
examina. Lo palpa. Lo
huele. El grupo la
aclama, aplaude. ¿Qué
otra cosa podrían hacer?
Consuelo tiene el poder
de desarmarnos a todos.
—No —suplico, abrazado a
su hermoso corazón, y le
doy pequeños mordiscos
para ver si con eso la
hago reaccionar. Pero
esta vez Consuelo no me
escucha.
Esto es una pesadilla.
Este no es mi sueño, ni
el de Consuelo, ni el de
nadie ya. Esto se ha
convertido en nuestra
mayor fantasía sexual.
Dos Consuelo juntas,
actuando para miles de
cámaras. Las dos blanco
pureza. Las dos en el
suelo, con las piernas
abiertas, entrando y
saliendo la una en la
otra, lavando nuestras
vergüenzas con la
virginidad deshecha por
su propia mano pura.
Y yo tendido ahí,
mirando y sin poder
gritar. Y también dentro
de Consuelo, sintiéndolo
todo y sin poder jadear
por ella, gemir de
placer con mi voz
saliendo de su boca. Más
fuerte y más y más…
Y John Lennon cantando,
I don't know why you
were diverted, you were
perverted too...,
para ver si al menos
se apiadaban de él por
servir de acompañamiento
musical. Aunque en
realidad baste con la
música del placer
ofrendado, que las
cámaras aceptan sin
chistar. No hay nada
como un orgasmo público
bien documentado.
Consuelo se lleva todo
el crédito de los falsos
turistas, quienes en su
arrebato olvidan
disimular las esposas,
las insignias, las
porras. Se les salen por
debajo del disfraz. Pero
qué importa. Son para
Consuelo todas las
monedas. Una bolsa
llena.
Pero, ¿para qué quiere
Consuelo esas monedas?
—Lánzalas —le sugiero,
prendido con los dientes
de una de sus costillas.
Y hasta parezco decir
lánzalas desde el suelo.
Y el coro: lánzalas,
lánzalas. Hasta que lo
hace. Las monedas son
una punta de lanza para
lo que habrá de venir:
el espectáculo de todos
recogiéndolas del piso
como unos miserables
muertos de hambre, ante
los lentes perplejos de
las cámaras.
Esto no es un sueño ni
nada. Esto es una
película porno.
Underground. Una
película donde los
policías vestidos de
turistas se excitan con
la gente desnuda
recogiendo las monedas,
y los turistas se
disfrazan de policías
como una forma más de
divertirse en un país
ajeno. Ajeno a todo.
Ahí vienen.
—¿Qué pasar aquí?
—el español se les
enreda en las lenguas.
Es John quien responde.
Con un trozo de canción.
A capella, ya la
guitarra hace mucho
tiempo que no existe.
—What goes on in your
heart, what goes on in
your mind?, you are
tearing me apart, when
you treat me so unkind,
what goes on in your
mind?
Y los falsos policías,
que dominan el inglés a
la perfección, responden
a la altura de los
acontecimientos. Toman a
John entre dos. Uno por
cada mano. Otro le baja
los pantalones. Ve su
sexo colgando como una
promesa. Lo pospone.
Hace a John inclinarse,
dejar expuestas sus dos
nalgas sucias. Y con su
porra comienza a
disciplinarlo. Prueba
primero con porrazos
suaves. Luego aumenta el
ritmo. La porra rebota
en las nalgas de John,
que me mira y sonríe con
las lágrimas afuera. El
falso policía también me
mira y sonríe, pero sin
lágrimas. En sus ojos se
lee “desacato” y
“placer”. Y yo ahí
tendido, sin poder
ayudar a disciplinar a
John, por haberse metido
con Consuelo, por
haberla incluido en su
sueño, que ya es un
sueño público, y haberla
puesto a hacer esas
cosas. John Lennon se
merece que sus nalgas
revienten. Pero sus
nalgas son de goma, son
parte de su sueño. Por
eso se le ve feliz
cuando lo meten a la
patrulla, un taxi de
turismo camuflado, y se
lo llevan a la estación.
El honor de Consuelo aún
no queda lavado.
En eso, alguien muy
parecido a ella me
aplasta la cabeza de un
pisotón y pierdo el
conocimiento. ¿Será
posible soñar
inconsciente?
Estamos en una celda, en
un banco, sentados uno
sobre otro. John Lennon
debajo, yo en el medio,
Consuelo arriba, jugando
aún con el blanco
pureza. Los falsos
policías afuera,
mirando. Sus porras
erectas como sex toys
de plástico, con colores
no tan divertidos, todas
son negras.
El sexo de John es otra
porra. Desde abajo
presiona, empuja, se
abre paso.
Todos nos hemos quitado
la ropa.
Es la hora de cumplir lo
prometido.
Es la hora del viejo
mete y saca.
Es ahora cuando a John
le da por disciplinarme,
y a mí solo se me ocurre
cantar una canción.
—It feels so right
now, hold me tight, tell
me I'm the only one...
Consuelo, al oírme,
agita su mano pura con
más fuerza, como
queriendo librarnos de
toda impureza de una
vez. Y lo consigue: John
Lennon y yo nos hacemos
amigos. Íntimos. No
tiene caso luchar contra
él. Siempre ha sido, de
los dos, el más fuerte.
Los falsos policías se
convierten en policías
verdaderos, y la cárcel,
en una cárcel real.
Al otro lado de la reja
están. Desnudos. Porras
en mano. Mirándonos.
Pero ya no les basta con
mirar u oír. Necesitan
sentir. Estos policías
son unos niños malos. Se
han portado muy mal el
día de hoy. Están
necesitados de una buena
zurra. Y quién mejor que
un policía para
disciplinar a otro, y
otro, y otro…
De pronto, se me ocurre
una idea, abrazo a
Consuelo y se la digo.
Ella sonríe. Despacio,
se saca el blanco pureza
de su interior, nota
como los policías la
observan asombrados,
como si se hubiera
sacado un órgano y no el
sexo de juguete de John
Lennon. Lo mueve, a un
lado, al otro. Comprueba
cómo lo siguen con la
vista, para luego
lanzarlo. El juguete
choca contra un hombro y
cae. Sobre la piel queda
parte de la pureza de
Consuelo.
Todos quieren tocar,
oler, probar, pero nadie
se atreve.
John los provoca con su
canto, sin dejar de
moverse dentro de mí.
—I get high, when I
see you go by, my oh my,
when you sigh, my, my
inside just flys,
butterflys...
Consuelo les tira besos.
Hasta que uno, por fin,
pasa la lengua. Degusta.
Traga. Espera que no sea
veneno.
Otro lo recrimina.
—¿Quién le ordenó que
hiciera eso? —y lo
escarmienta.
Y a ese:
—¿Quién le ordenó que
hiciera eso?
Es la hora de hacer
rebotar las porras
contra las nalgas
oficiales.
Así, cada uno es
disciplinado por su
superior, quien es
disciplinado a su vez
por su superior, hasta
completar la escalera.
De un solo sentido. Esta
escalera no podría ir
sino hacia arriba, donde
todo es blanco, cegador.
Y la onda expansiva del
orgasmo sacude a toda la
ciudad. A las muchachas,
quienes de seguro aún se
disputan las cámaras de
los falsos turistas,
recién legitimados por
la mano de Consuelo. A
los viejos conocidos de
todos. A quienes no se
atrevieron nunca a salir
de sus casas por miedo a
la verdad. Nuestra
pequeña y sucia verdad.
Luego todo se calma. No
se oye nada. El piso de
la cárcel es un colchón
de agua desinflado.
Sobre él yo. Estoy
muerto. He muerto en mi
sueño. Quiero despertar
pero no puedo. Imposible
levantarme de la cama.
No puedo recordar nada
de lo que he soñado.
Anoche soñé, eso sí. En
el sueño vi a John
Lennon, que le cantaba
“Let it be” a unos
turistas, desafinando en
su perfecto inglés.
—¿Qué pasa, John? —le
dije, a ver si no los
molestaba más, pero John
nunca se va sin su
propina.
—Hay que luchar —me dijo
cuando se la dieron.
Luego vino y me pasó el
brazo por arriba. Tenía
olor a cebolla agria y
la barba manchada de
cigarro. —Mira lo que
tengo aquí.
Era su sexo.
Anoche soñé que John
Lennon me dedicaba una
canción. |