La Habana. Año X.
27 de AGOSTO al
2 de SEPTIEMBRE de 2011

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Premio Internacional de Ensayo “Mariano Picón Salas”

El tiempo dorado por el Nilo. Otra lectura de José Lezama Lima
(Fragmentos)

Roberto Méndez • La Habana

Obtener el Premio Internacional de Ensayo “Mariano Picón Salas” en su quinta edición, ha sido para mí motivo de especial júbilo, sobre todo si atendiendo a las declaraciones del jurado tengo en cuenta que fui uno de los 95 participantes en el certamen, en el cual, más de una decena de trabajos eran considerados meritorios y hasta renovadores dentro del género. Dos certezas me hacen feliz, una de ellas, el sentirme dentro de una corriente continental de ensayística, que muestra su vitalidad y su deuda consciente con los grandes cultivadores del género entre nosotros, desde José Martí, hasta José Carlos Mariátegui, Alejo Carpentier y el mismísimo Picón Salas, la otra, el haber contribuido a divulgar la obra de Lezama en el Continente. El autor de Paradiso me acompañará en Caracas y con él, el venturoso Ángel de la Jiribilla.

El rasguño en la pared

Como en un sueño, subo las escaleras de la Biblioteca Provincial de Camagüey. A final del trayecto hay una sala, casi vacía, que los rayos del sol castigan desde los altos ventanales de vidrio. No sin dificultades, me entregan el libro. Lo abro y leo:

Yo creo que la maravilla del poema es que llega a crear un cuerpo, una sustancia resistente enclavada entre una metáfora, que avanza creando infinitas conexiones, y una imagen final que asegura la pervivencia de esa sustancia, de esa poiesis. (Álvarez, 1966, 31)

Algo ha cambiado en mí, lector de Rubén Darío, de Julián del Casal, de Federico García Lorca. Hay otro modo de poesía. Otra manera de encender la palabra. Leo y releo, cada mañana o cada tarde, en el horario contrario al de clases, esa Órbita de Lezama Lima que la bibliotecaria me presta de mala gana. Quizá estoy en el año 1973 o en alguno muy cercano y el poeta está sumergido en cenizas penitenciales.

Permanezco largas horas inclinado sobre el volumen, no importa que la silla sea incómoda, ni que se claven en mis antebrazos las astillas del tablero de bagazo de aquella mesa maltratada. Nada puede sacarme del pasmo, que sigue acompañándome cuando tengo que cerrar el texto y descender hacia las obligaciones cotidianas. Cada palabra me dice que ese mundo ha sido creado para mí – Aladino en el jardín subterráneo de las gemas o náufrago en Ofir, país donde las arenas son perlas-.

Un puente, un gran puente, no se le ve,

sus aguas hirvientes, congeladas,

rebotan contra la última pared defensiva

y raptan la testa y la única voz

vuelve a pasar el puente, como el rey ciego

que ignora que ha sido destronado

y muere cosido suavemente a la fidelidad nocturna.

(Lezama, 1985, 96)

¿Entendía? ¿Descifraba? Lo ignoro, pero había una empatía, una comprensión cómplice, que me permitía paladear lo oscuro, transitar lo arduo, deslumbrarme con lo velado a medias. Entraba en la sala oscura de los misterios de Eleusis y presenciaba un ritual para el que me sabía destinado desde hacía mucho.

Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo,
envolviendo los labios que pasaban
entre labios y vuelos desligados.
La mano o el labio o el pájaro nevaban.
Era el círculo en nieve que se abría.
Mano era sin sangre la seda que borraba
la perfección que muere de rodillas
y en su celo se esconde y se divierte. (Lezama, 1985, 13)

Después de esto, casi todo lo publicado bajo el rubro de poesía me resultaba absolutamente insustancial. Durante años, buena parte de la literatura, no sólo la insular sino la del resto del mundo, me resultó leche aguada, a cambio, desde esas páginas se me abrieron otras: Góngora, Mallarmé, Valéry, Claudel, Rilke y hasta las alucinadas prosas del Gaspard de la Nuit de Aloysius Bertrand. Había un orbe Lezama, un credo Lezama y sobre todo, un modo de paladear Lezama, donde el sentido descubría las verdades por iluminación, sin estar indagando por las especias justas que habían entrado en la mixtura.

Con tal poeta descubrí la noción de resistencia –doble o múltiple-: el lenguaje que resiste, la imagen que se resiste, el texto que no es posible vencer sino a medias, como Jacob al ángel, en la lucha nocturna. Pero también la resistencia de lo cotidiano: resistir si no nos comprenden, resistir si no nos aceptan, resistir si hasta los discípulos de ayer nos niegan, hacen de la casa torre o baluarte y del sillón, la galera real que nos conduce a rumbos insospechados.

Seguro, fajado por Dios,
entra el poderoso mulo en el abismo.

Las sucesivas coronas del desfiladero
-van creciendo corona tras corona-
y allí en lo alto la carroña
de las ancianas aves que en el cuello
muestran corona tras corona. (Lezama, 1985, 163)

Todavía hoy, cuando vuelvo sobre esas páginas, se repite en mí esa sensación de asomarme a lo prohibido, de participar en una fiesta no recomendable. Profesores, aprendices de escritor, funcionarios de tercera, me miraban con reprobación: Lezama es oscuro, Lezama es un enemigo, Lezama está definitivamente tapiado y muerto. Me expulsaron de un “taller literario” por citar demasiadas veces a ese indeseable. Pero las astillas del bagazo seguían encajándose en mis antebrazos y yo no cejaba.

El doncel del mirador me muestra su estalactita,
me la muestra como a todo el que por allí transcurre, alaba.
Su nerviosa curiosidad se rompía cuando mostraba la estalactita,
como si la fuera a regalar. Cuando la acariciamos
con redorada lentitud, rompe para engendrar,
después de haber entregado y dejado acariciar la piedra,
dice: la suya vale diez céntimos.
Ahora él es como nosotros, se acerca al mirador
y se pierde después, después ya no está. (Lezama, 1985, 214)

¿Cuánto valía mi estalactita? ¿Cuánto la de los que conmigo porfiaban? Poco importaba después de leer “Sierpe de Don Luis de Góngora” y  “Las imágenes posibles”. Con tal poeta había que aprender a vivir al borde del peligro y de él mismo derivaba la voluptuosidad mayor.

A lo largo de varias décadas, Lezama me ha acompañado de maneras diversas. Unas veces ha sido para mí figura tutelar, otras, he combatido contra él sin saber que seguía ese oscuro movimiento pendular que él mismo llegó a definir en el escritor: “Que se acerque a las cosas por apetito y que se aleje por repugnancia.  (Martínez, 1970, 33)

De tanto en tanto, releo sus páginas, pero mucho más fructífero que eso es el diálogo secreto que con él mantengo. Lo llevo por el mundo, un día está junto a mí en los palacios de Postdam, otro en el Museo del Prado, otro en el Foro romano. Esos sitios que él no pudo ver, sin embargo pudo adivinarlos y definirlos, hasta el punto de que a veces pretende condicionar mi propia mirada. El terco, el incorregible, a veces quiere azotarme con una rama de tamarindo como aquel Dehuti-Necht que se inventó en “Las imágenes posibles”. Yo, que conozco sus mañas, lo dejo por un tiempo en un banco del Prado o en el puente levadizo del Castillo de la Real Fuerza, pero no dejo de buscarlo cuando oscurece.

Ese hombre caprichoso, dominante, pagó su cuota de soledad con una fidelidad envidiable. Sacrificó todos los fastos a las posibilidades visionarias del vacío, a la fe de que podría pasar a través de la pared, hacia otra parte, hacia la resurrección.

Araño en la pared con la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo de concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último camino?
Me duermo, en el tokonoma
evaporo el otro que sigue caminando. (Lezama, 1985, 549)

 
 
 
 
   
Lineamientos del VI Congreso del PCC
(.pdf, 736 Kb)
Información sobre el resultado del Debate
(.pdf, 394 Kb)
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.