La Habana. Año X.
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La Lira de Apolo: una revista literaria en verso
publicada en Cuba

Cira Romero • La Habana

El trienio liberal establecido por el monarca español Fernando VII entre 1820 y 1823 significó para la Isla el establecimiento de algunas libertades, entre otras la de permitir la aparición de publicaciones periódicas. Así, se cruzaron unos con otros “papeles”, como era usual decir, de modestas pretensiones que, sin precipitarse en polémicas estériles —que de alguna manera podrían ofrecer a sus editores ganancias seguras— o en ataques de índole personal ejercían, sin embargo, un periodismo costumbrista y crítico, en ocasiones satírico, que evidenciaba una preocupación cívica de los habaneros —es prematuro aún hablar de cubanos— por su ciudad. Cada uno con características propias, títulos de filiación liberal como El Mosquito (1820), El Tío Bartolo (1820-1821) que evoca un personaje del célebre actor y dramaturgo Francisco Covarrubias (1775-1850), El Argos (1820-1821), La Mosca (1820) dirigido por el emigrado argentino José Antonio Miralla y El Revisor Político y Literario (1823); y periódicos integristas, como El Español Libre (1822-[1823]) y El Amigo de la Constitución (1823). Tanto en El Argos como en El Revisor...., dos de los de mayores pretensiones literarias, se publicaron poesías de autores menores, excepto en esta última, que incluyó, entre otros, versos de José María Heredia, y también algunas traducciones a artículos de crítica literaria con indecisa filiación romántica, de divulgación científica —según se afirma El Argos fue el primer periódico científico de Cuba— tanto de las ciencias naturales, como humanísticas, economía y filosofía. Pero estos periódicos son esencialmente políticos y constituyen un reflejo de una incipiente proyección nacional. Los discursos liberales que insertaban, muchos de ellos anticlericales, y el interés por las mencionadas disciplinas, son expresión de una madurez entre los habaneros, criollos, americanos o patricios, como solían llamarse a sí mismos. De esa manera se discutía en voz alta sobre los destinos del país, y por entonces los principales voceros nacidos en la Isla propugnaban una Cuba como provincia de España.

Para nuestras incipientes letras, un resultado curioso brotó de la decisión, limitada en el tiempo, de permitir la fundación de periódicos. En 1820 apareció uno, de pequeño formato, titulado La Lira de Apolo, escrito totalmente en verso y considerado el pionero en Cuba —y acaso el único— con esa característica. Con un formato de apenas 20,5 centímetros de alto por 14,8 de ancho, un total de ocho páginas e igual número de ejemplares publicados, una salida irregular y un grupo de colaboradores que generalmente firmaban con seudónimos, el primer número vio la luz el jueves 4 de mayo. Estudiosos de la cultura bibliográfica cubana como Carlos M. Trelles y José M. Labraña coinciden en afirmar que su director fue Ignacio Valdés Machuca, más conocido en el mundo de las letras por el seudónimo Desval,  aunque en esta firmaba como El Redactor. Él encarna en la poesía cubana al primer poeta ganado por la musicalidad del verso, por los artificios retóricos y por poseer un sentido sensual de la palabra que lo acreditan, según fuentes autorizadas, como nuestro primer “esteticista” o “literato” en la acepción más somera del término. Fue un importante animador literario y se vinculó a la primera generación romántica cubana, aunque su poesía está mucho más cercana al neoclasicismo.

Acompañaron a El Redactor en esta empresa Prudencio Hechevarría O’Gaban, que firmaba sus composiciones con la inicial de su primer apellido;  Manuel de Zequeira— destacado poeta neoclásico que había sido, también bajo seudónimo, redactor del Papel Periódico de la Havana y  forma parte de la trilogía de Manueles de nuestra literatura de esos años junto con Rubalcava y Pérez y Ramírez— y José Heredia, que no José María, por entonces en México. Las numerosas poesías que aparecieron en sus páginas están rubricadas por Manuel de Avellaneda, Lorenzo Nobo, A. A. Ramos, J. D. Valdés, Manuel Morillo Muñoz, Dorilo (seudónimo de Manuel González del Valle), que posteriormente, en 1827, publicó la obra titulada —abreviamos el título— Diccionario de las musas (Nueva York, 1827), hoy diríamos que es un diccionario de “teoría literaria” ejemplificado, dedicado “A la juventud habanera por su amor a las bellas letras”, no existente en las bibliotecas cubanas, y valorado por Cintio Vitier como “el primer intento de regularizar nuestros estudios literarios”. Aunque cometo el error fatal de la digresión, dada su frescura e ingenuidad, no me resisto a incluir una de sus definiciones:

Ambrosía: Alimento balsámico de los dioses. A pesar de la incertidumbre que hay sobre si era sólido o era líquido, es posible que la misma sustancia se gustase de ambos modos, dándosele el nombre de Néctar a la esencia líquida, que servía de vino a los Dioses, y el de Ambrosía cuando se usaban en parsa [sic]. Las virtudes de Dicha, Juventud e Inmortalidad eran consecuencias propias de un alimento consagrado a la Divinidad. A su magia debió Venus haber curado las heridas de Eneas, y Apolo consiguió su virtud balsámica haber salvado de la corrupción el cuerpo de Sarpedón.

Otros colaboradores fueron Tirzo y Ramiro Nazito, anagrama de Mariano Ortiz.

Cada número de los ocho aparecidos está encabezado por los siguientes versos, que quizá sea la traducción al español de alguna composición latina, pues El Redactor fue un profundo conocedor de la poesía en ese idioma:

Honor de Febo, deliciosa Lira,

En los banquetes del supremo Jove,

Salve, pues era de mi mal alivio

         Cuando te invoco.

Editada siempre por la Oficina de Arazoza y Soler, impresores del Gobierno Constitucional, las muestras recogidas en sus páginas recorren las más variadas combinaciones estróficas —odas, letrillas, fábulas, epigramas, anacreónticas, elegías, canciones, endechas, sonetos y hasta un discurso en verso— adscriptas la mayoría a la corriente neoclásica, que fue el fruto literario, en cierto sentido, de la Ilustración y el clasicismo franceses, caracterizados por un rigor lógico y formal muy apegado a normativas severas que ofrecían poco margen a la espontaneidad del verso, aunque en ocasiones La Lira de Apolo se desentendió de estas ataduras epocales y dio a conocer poemas de aire más ligero y espontáneo.

Algunas de las poesías se vinculan a sucesos históricos peninsulares, como el restablecimiento de la constitución en España, en tanto que otras prefieren el tema amoroso, como el soneto titulado “A la venida de Favorita”, firmado por Dorilo, donde leemos:

Después de la mortal, y triste ausencia,

Que la constancia de mi amor sufría,

Vino mi gusto, dicha y alegría

Vino ya Favorita, tu presencia.

 

De dulce y deliciosa complacencia

Se enajena la fina pasión mía,

Se acabó mi cruel melancolía

Y feneció también mi displicencia:

 

En vano declarar, mi bien, intento

De mi alegre pasión y regocijo,

Y las delicias, que en el pecho siento:

 

Así tan solamente de ti exijo

Recompenses mi gozo y mi contento

con la ternura de un amor prolijo. 

Al parecer, Dorilo experimentó una fuerte pasión hacia la que llama Favorita y en casi todos los números apareció una composición de su autoría dedicada a ella.

“Sobre el qué dirán”, ofrendada “A Celia”, es una epístola de A. A. Ramos sustanciada en un tema de permanente vigencia, el qué dirán, además de poner en solfa la falsa moral, tan dañina antes como ahora:

El que dirán te tiene amedrentada

Y llena de zozobra, CELIA mía,

Mas ¡ay! tu alma padece esclavizada

A un errar, a una loca fantasía.

El que dirán, si bien lo contemplamos,

¿Qué cosa es sino el capricho ajeno?

Y es capricho que al par que lo adulamos,

En nuestra ruina vierte más veneno.

El que dirán es el fatal origen,

Dice Boalo, de todos nuestros males,

Pues los juicios ajenos nos afligen;

Y recíprocamente los mortales.

                     [Fragmento]

Como muchos  periódicos de la época, La Lira de Apolo tuvo una corta duración. Su último número apareció el 1ro. de julio del propio año 1820. A pesar de ello ocupa un lugar importante de nuestro acontecer en un momento crucial para la institucionalización de los valores literarios nativos y aunque las muestras reunidas no rebasan los límites de la retórica y la preceptiva neoclásicas, queda como expresión de una etapa de gestación valedera para frutos posteriores de mayor envergadura.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.