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La última columna
saludable del puente
comenzaba a quebrarse.
El hierro, vencido por
el paso de los años,
avanzaba a través de la
piedra dejando oír un
sonido seco de granos
triturados por el
cansancio. Inocente, y
tan exhausto como el
techo que le daba
cobija, El Maestro
dormitaba abrumado por
el peso de La Sabiduría,
gastado por los viajes,
agotado por la certeza
de haber llegado al
punto donde volvían a
encontrarse todos los
caminos echados a rodar
en su juventud, sin que
ninguno de ellos le
trajera de vuelta La
Verdad.
Aquella mañana
había decidido
abandonarse a la causa
del azar, a la voluntad
ajena de los elementos,
a los obsequios que
animales y árboles le
pusieran delante, a los
favores que pudiera
proporcionarle una mano
fraterna. Ya divisaba en
el horizonte la silueta
de la aldea, su perfil
irregular en el que
sobresalían los puntales
más altos. Decidió,
antes de hacerse ver,
reparar en algo su
imagen aquel primer día
de Libertad.
Bajó la pendiente
hacia el río. Antes de
bañarse, prefirió
descansar un poco, y
durmió. Soñó entonces
con un gigante y tupido
rebaño de ovejas que se
extendía a todo lo largo
y ancho de la tierra
visible. Soñó que las
ovejas le contaban sus
propios sueños y Él las
escuchaba, complacido, a
cada una y a todas a la
vez. Conformes por el
trato, y seguras de
haber hallado su
destino, las ovejas
hablaban pausadas y
sonrientes. El Maestro
sentía crecer dentro de
sí el brillo
indeclinable de La
Fortuna.
Alarmados por
sueño semejante, e
ilusionados al mismo
tiempo con una Esperanza
tan palpable como
infundada, los
habitantes de la aldea
decidieron todos
asomarse al origen de
aquel prodigio. Fue así
que salieron en
procesión hacia el
puente, dejando sus
casas momentáneamente
abandonadas al fluir del
viento.
Solo les faltaba
la mitad del camino, y
sólo le faltaban al
Maestro unos cuantos
segundos para ser
despertado por el clamor
creciente de quienes
venían a conocerlo,
cuando el puente que le
había prestado su sombra
se vino abajo, vencido
por los incontables
pasos con que El Tiempo
había gastado su vía.
Aplastado por el peso,
inmóvil por la sorpresa
de La Muerte, el cuerpo
de El Maestro dejó
correr la sangre hasta
el río.
Impresionados por
el estrépito de la
caída, que adivinaron en
la distancia como un mal
augurio, todos los
aldeanos se lanzaron al
rescate sin saber a
quién habrían de salvar,
ni de qué. Sintieron, al
observar desde la orilla
opuesta el cuerpo
aplastado bajo las
vigas, el remordimiento
de haber llegado tarde,
de no haber cumplido lo
que se les comenzaba a
antojar como el deber
sagrado de Su Salvación.
Lamentablemente, ni
siquiera el más sagaz de
ellos advirtió que la
mejor lección, el legado
más importante que les
dejaba El Maestro,
comenzaba a ser
arrastrado por el agua.
Al contrario, a medida
que se diseminaba la
noticia por otras
tierras, cada comarca
fue decidiendo, con el
encono de los dogmas y
sin ponerse de acuerdo
entre sí, echar abajo
todos los puentes antes
de que, por otra
lamentable
impuntualidad, siguieran
ocurriendo desgracias
parecidas.
Cuento incluido
en el libro
Quadrivium, Premio
David de Cuento 2011
Alexander Machado
Tineo (Bayamo,
1974), narrador, editor
y diseñador. Licenciado
en Educación Plástica.
Segundo Premio Vértice
de cuentos breves en dos
ocasiones (Bayamo, 2002
y 2004). Premio de
Cuento en el XXIV
Encuentro Debate
Nacional de Talleres
Literarios (Matanzas,
2002). Finalista del
concurso de cuentos
cortos El Dinosaurio
(2004). Egresado del
Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge
Cardoso (2003).
Actualmente labora en el
Centro Nacional de
Escuelas de Arte del
Ministerio de Cultura. |