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Nadie osaría pensar que
Elena Palacios no
soporta cámaras y
micrófonos delante de
ella, cuando es capaz de
adentrarse estando
detrás del lente en
historias eróticas que
han despertado algarabía
en el público cubano.
Saltó de una carrera
universitaria a otra
hasta que entró a
la Facultad de Medios
Audiovisuales del
Instituto Superior de
Arte (ISA), y allí
encontró un camino que
ha seguido hasta hoy.
¿Desde cuándo te gustó
la televisión?
Que la televisión me
sedujera desde niña no
es solo una frase bonita
y oportuna para empezar
una conversación de este
tipo. Pertenezco a una
generación que creció
entreteniéndose junto
con sus padres frente a
la pantalla de un
televisor ruso,
imaginándole los colores
que, como suponía
acertadamente, me
escamoteaban el blanco y
negro inevitable, en una
época en la que las
videocaseteras beta
eran el privilegio de un
vecino en minoría, un
privilegio que sentía
lejano, muy lejano. La
televisión lo era todo:
las tardes para
nosotros, los niños de
la casa; las noches para
el sosiego hogareño de
mis padres. Veía
aventuras, husmeaba en
aquellas novelas del
espacio Horizontes,
me asomaba a las novelas
de época, pataleaba para
que me dejasen ver
alguna que otra película
extranjera no apta para
mis años, pero de la que
había captado un
pedacito perturbador al
moverme del baño hasta
el usual “hasta mañana,
un beso” antes de
dormir. Puedo afirmar
que me enamoré de las
ficciones, del arte de
contar con imágenes,
viendo televisión.
Recuerdo mi terror a los
gorriones inofensivos
que se posaban en los
postes mientras caminaba
hacia mi escuela
primaria, después que la
noche anterior me las
había ingeniado para que
me dejasen ver hasta el
final Los pájaros,
de Hitchcock.
Aunque debo confesar
que, paradójicamente,
nunca me interesó de la
televisión otra cosa que
no fuese lo que
construía una ficción.
Nada de programas de
otra índole. Yo fui una
televidente voraz, desde
siempre, pero buscando
historias, series,
novelas, películas… Y de
eso no he podido
librarme en la adultez.
¿Cómo llegas a ese
medio?
En 1999, después de
cinco años, me gradué en
la Facultad de Medios
Audiovisuales del ISA,
en la especialidad de
dirección de radio, cine
y televisión. Hasta
entonces había estado
saltando de carrera en
carrera (había empezado
años atrás por Medicina,
con la idea bastante
romántica e inmadura de
llegar a ser psiquiatra
y apoyar con esa
especialidad un supuesto
camino de novelista para
el que me creía
destinada), sin concluir
nada, absorbiendo de
esto y de lo otro, pero
sin dejarme atrapar más
allá del primer o
segundo año, hasta que
un día escuché de la
“Facultad de cine del
ISA” e hice las pruebas
de ingreso, en uno de
los períodos más
difíciles de mi vida,
recuerdo, porque acababa
de perder a mi pareja.
Tiempo después
escribiría Puertas,
un telefilme que
dirigiera Magda
González, donde
reconstruyo algunas
experiencias
relacionadas con ese
dolor. Recuerdo que
desde la entrevista para
el ingreso estaba segura
de que no iba a hacer
radio, nunca. Caridad
Martínez, que estaba en
el jurado, me preguntó
si me interesaba la
radio, y yo le respondí
con un no rotundo,
honestamente. A lo mejor
me suspenden, pensé,
pero no quería mentir.
Entré en el primer
intento. Y terminé.
Siempre me fascinaron
las imágenes, el cine, o
en todo caso la
literatura. Yo había
ganado un premio de la
Asociación Hermanos Saíz
(AHZ) en el 92, con un
cuento que está
antologado en Los
últimos serán los
primeros (aquella
presentación de los
“novísimos” que hiciera
el difunto Salvador
Redonet) y en El
cuerpo inmortal, que
recopilara Garrandés, y
sentía que lo mío era
contar, narrar de alguna
manera, y para eso lo
único que me resultaba
digno de dejar a un lado
la literatura era el
cine o, en su pragmático
defecto, la televisión.
De modo que al
graduarme, me acerqué a
la División de Programas
Dramatizados, para
conseguir trabajo de
asistente de dirección o
de lo que fuera. Eran
otros tiempos y,
lamentablemente, todavía
no se habían creado esos
acuerdos MINCULT-FAMCA-ICRT
que abren y facilitan
los caminos
profesionales a los
recién egresados. Hice
dos o tres trabajos de
asistencia de dirección
(fui una pésima
asistente), colaboré con
Maité Vera en
Violetas de agua,
aportando ideas y
escaletas para algunos
capítulos, y finalmente
me contrataron como
asesora… de programas
humorísticos. En 2002 el
Jefe de Redacción de
entonces me encomendó la
tarea de hacer un
programa sobre la
memoria del humor en
Cuba. Fue un proyecto
apresurado, que trató
erróneamente de cubrir
el hueco que dejaba
Pateando la lata, que
era un programa de humor
simple y ligero, sin que
esto tenga ninguna
intención peyorativa. La
cosa pasó sin penas ni
glorias, pero con Así
reímos rompí el hielo y
al año estaba haciendo
mi ópera prima en
ficción, El
experimento del profesor
Muguercia, una
versión cubanizada de un
cuento de Woody Allen,
que es uno de esos
autores que tengo
canonizados en mi
universo personal.
De asesora a escritora y
de ahí a directora, ¿en
cuál función te sientes
más cómoda?
Primero que todo soy una
directora, siento una
verdadera pasión por lo
que hago, me gusta
escribir porque soy una
fantaseadora coherente
desde que tengo uso de
razón y me encanta armar
historias. No creo que
pueda separar a la
guionista de la
directora, porque
escribo para mí,
disfrutándolo, cociendo
temas que me interesan,
armando personajes con
los que quiero decir
algo. Aunque tengo que
confesar que cuando
estoy preparando uno de
mis guiones tengo la
cualidad de distanciarme
tanto de aquella función
primaria, de mirarlo con
nuevos ojos, que siempre
termino haciendo cambios
y reinterpretándolo como
si yo no lo hubiera
escrito. Esta
posibilidad de
relectura, de visión
crítica de la primera
etapa, de lo que es el
guion, me garantiza
flexibilidad y pasar a
escalones superiores del
acto creativo: no me
gustan las camisas de
fuerza ni aunque las
haya creado yo misma. Y
soy asesora por la
coyuntura, porque fue
necesario en una época,
y porque, pese a todo el
tiempo que este trabajo
me consume y a la
energía que puede
robarle a mi otro
trabajo, más creativo y
personal, es una
experiencia de análisis,
de entrenamiento en el
trabajo con el guion,
que te mantiene las
neuronas entrenadas. Es
casi pedagógico.
Has escrito para otros
directores, por ejemplo,
Los aretes que le
faltan a la luna,
¿te gusta esa suerte de
creación compartida?
Cuando entregas un guion
¿sigues todo el proceso
de realización?
Cuando empecé a
escribir para la
televisión, todavía no
dirigía. Como es
natural, como todo
guionista, mi sueño
inicial fue que mis
historias fueran a parar
a buenas manos, que el
esqueleto que armaba
encontrara carne y piel
idóneas en las manos del
otro autor: el director.
Son dos maneras
diferentes de autoría y
de creación. Algunos
guionistas creen,
equivocadamente, que los
directores están
obligados a seguir sus
pautas al pie de la
letra. Eliseo Altunaga
dijo una vez: el guion
es la oruga, la mariposa
es la película. Uno no
escribe la mariposa. Eso
lo entendí desde el
principio. Siempre que
le he entregado un guion
a un director para que
lo lleve a cabo, trato
de desentenderme
saludablemente del
proceso que sigue.
Confié en algunos, y
también tuve mis
insatisfacciones, por
supuesto; pero, repito,
el director es también
una mirada de autor que
asimila y reedifica lo
propuesto en el guion.
También lo asumo así en
las contadas ocasiones
en que he realizado
guiones de otra persona.
En el caso de Los
aretes…, reconozco
que ha sido una de las
experiencias más felices
y logradas en cuanto a
este tipo de comunión de
dos autorías, la del
guionista y la del
director. La estética de
Charlie Medina es
justamente lo que yo
imaginaba mientras
transformaba el cuento
de Ángel Santiesteban en
un guion para
televisión. Recuerdo que
después de leer y releer
el cuento original (por
cierto, hubo un intento
anterior de versionarlo
y no funcionó), le dije
al director: ¿Por qué
seguir machacando sobre
el período especial, los
valores prostituidos,
los apagones…? Hace una
década de eso y
resultaría interesante
ver qué sobrevivió de
esos personajes, cómo
quedaron, qué “manchas”
llevan dentro, aunque ya
hayan superado aquellos
años de desesperada
prostitución. Costos
morales, que se esconden
casi siempre, que
tratamos de olvidar. Y
sobre la base de esa
premisa se trabajó el
guion, y luego Charlie
la potenció en la
puesta. Es una de mis
obras preferidas, de las
realizadas por otro
director.
Hace un tiempo afirmaste
“en mi ‘hoy’, en mi
quehacer y mi existir en
la televisión ahora, se
está asistiendo a un
momento especial, en mi
criterio, donde mujer y
televisión es el ámbito
creativo de lo femenino
y también el espacio
para una consciente
presencia del género”.
¿Ha sido este cambio de
mirada un proceso lógico
del desarrollo de las
ideas? ¿Cuánto es
consciente “esa mirada
de género” incluso en
quienes la poseen?
Respecto a la mirada
sobre la presencia de
género en la televisión
creo que hay de todo un
poco, de la lógica
evolución de las ideas,
de las posibilidades
concretas que ofrecen
estos tiempos, de la
Facultad de Medios
Audiovisuales del ISA,
que prepara mujeres en
todas las
especialidades, y que
tienen las puertas
abiertas en la TV
gracias a esa política
de colaboración que
propuso el Ministerio de
Cultura (defendámosla
como Tierra Santa, por
favor). He dicho otras
veces que la televisión
nunca fue un coto tan
cerrado a las mujeres
como el cine, aunque
algunas especialidades
fueron hasta hace pocos
años unánimemente
masculinas: la dirección
de fotografía, el
sonido… Sin embargo,
había realizadoras,
grandes nombres… Mujeres
que llegaron, se
establecieron y hacían
lo suyo. No creo que esa
generación haya tenido
una conciencia de
género, hasta donde sé.
Tampoco se los reprocho.
Es frecuente escucharles
decir lo difícil que les
fue ganarse el respeto
como profesionales, cómo
fueron presionadas por
la mirada escrutadora
del patriarcado interno,
que las conminaba a
hacerlo todo bien, a no
fallar….
Hoy día las cosas son
diferentes, la balanza
se inclina un poco a
nuestro favor, a pesar
de la reticencia de
algunos. Somos muchas
las realizadoras, ya
contamos con dos
directoras de
fotografías (una de
ellas, Yanay Arauz, es
la primera mujer que ha
encarado la dirección de
fotografía en una serie,
en estudio, y aún no
cuenta 30 años de edad),
y contamos con alguna
que otra sonidista,
editoras… Pero no
podemos pensar que hemos
ganado la batalla del
todo. Los recelos, las
reticencias de algunos
departamentos, aún se
hacen sentir. Obstáculos
velados, criterios
sarcásticos o
malintencionados,
reinterpretaciones
enfermizas y
prejuiciosas de las
leyes y políticas
internas… Esas suelen
ser las armas más
frecuentes del atávico
machismo que aún
sobreviven. Es necesario
desenmascarar estas
actitudes, hacerles
frente.
La conciencia de género
es importante, entonces.
Es verdad que no todas
la tenemos, y tampoco es
obligación, ni todas
debemos ser abanderadas
incansables en cuanto al
tema; pero creo
firmemente en la
necesidad de
conseguirla, de
despertarla, de
entrenarla. Siempre
trato de facilitarle el
camino a las jóvenes
especialistas mujeres
que llegan, las
involucro en mis
proyectos, las
recomiendo a otros
cuando son talentosas.
Es importante crecer en
número porque las
cantidades son
importantes cuando se
trata de conseguir
presencia “afirmativa”.
Ser mujer no te
garantiza por derecho
una mirada de género. He
escuchado la frase: soy
mujer y por supuesto
tengo una mirada
femenina. Pero lo
femenino tiene múltiples
rostros, igual que las
masculinidades, y una
mirada “femenina” puede
ser la del ojo
tradicional, machista,
patriarcal. Tener
conciencia de género es
otra cosa, y va más allá
de mi condición de sexo
y del rol que se me ha
asignado a partir de él:
es aprovechar la
tribuna, el espacio de
la creación audiovisual
para subvertir, para
proponer otras miradas,
aún en las historias
aparentemente más
sencillas. Lo personal
es política, solían
decir algunas
feministas. Como
realizadora, en estos
momentos, me resulta
imposible divorciarme de
esta mirada de
“sospecha”, de análisis,
de mirada “otra” sobre
los temas que escojo
para llevar a la
pantalla. No creo que
filme o grabe de una
manera diferente por el
hecho de tener una
conciencia de género más
o menos despierta y
alerta: más bien creo
que echo mano de todas
estas posibilidades de
puntuación, de sintaxis
visual, para imponer mi
mirada, mi punto de
vista, para defender mi
historia. Últimamente
son casi siempre
historias relacionadas
con la mujer (me
encantan los personajes
femeninos algo
transgresores porque la
mujer “correcta” suele
ser muy aburrida) y una
vuelta de tuerca a la
hora de enfocar sus
conflictos.
Si hablamos de erotismo,
por ejemplo, y sé que
después de Del lado
del velo se suele
relacionar mi nombre con
ciertas audacias en ese
sentido, creo que esto
no es más que el
resultado natural de mi
evolución como
directora, porque, y
ahora hablo desde mi
inevitable perspectiva
de género, solo he hecho
lo que casi todas las
mujeres creadoras han
hecho en términos
audiovisuales o
plásticos: volver la
mirada a mi propio
cuerpo, y, por ende, a
una exploración de la
sexualidad y el erotismo
de las mujeres, tratando
de enfocarlo desde
nuestras verdades y no
desde la clásica,
habitual y atávica
mirada masculina, que
hasta hace apenas un par
de décadas era
prácticamente hegemónica
en el audiovisual. De
eso se trató Del lado
del velo, una
historia donde,
partiendo de la semilla
inspiradora de una
novela corta de Milan
Kundera, revierto el
enfoque, colocándolo
sobre el personaje
femenino, y armo una
historia donde trato de
acercarme a temas como
autoerotismo,
insatisfacciones,
infidelidad y fantasías
desde la mirada interior
de la mujer.
En una entrevista con
Danae Diéguez afirmaste:
“La televisión que
tenemos puede ser
inteligente,
provocativa, seductora,
profunda, si lo hacemos
bien, si dejamos un
espacio para los
productos de mayor
riesgo estético y
temático y abrimos una
puerta de diálogo con
los realizadores, y les
garantizamos una
política de programación
lúcida, sin términos
cenagosos que algún
funcionario pueda
aprovechar para mover a
gusto sus propias
limitaciones”. ¿Dónde
crees que se falla?
Cuando le respondí esto
a Danae Diéguez tenía
todavía una actitud
optimista. En estos
momentos, avizoro
guerras más desgastantes
y perjudiciales para los
resultados artísticos
que se podrían conseguir
en la televisión. Si
ciertamente la
televisión no es arte,
sino megaprogramación e
industria, no es menos
cierto que su engranaje
de transmisiones puede
dar cabida a muchos
productos de índole
artística. ¿Qué está
fallando? Muchas cosas:
decisiones no adecuadas,
la no familiarización de
algunos ejecutivos con
los lenguajes
audiovisuales
contemporáneos, el
interés por batallar en
pro de resultados
artísticos, la defensa
de los espacios de
autor… Son cosas que
estamos echando de
menos. La justificación
para los retrocesos
estéticos, para el
retorno a lo formal
simplón son, por lo
general, los problemas
de dinero. Insisto en
que el diálogo es lo más
importante, la
posibilidad de discutir,
analizar, defender sin
temores. ¡Convencer!
¿Por qué no? Diálogos a
nivel vertical,
eficaces, honestos, no
demorados, entre los
creadores y quienes
deciden a todos los
niveles. No siempre
vamos a estar de
acuerdo, pero creo que
la televisión puede
librarse del estigma de
“medio plebeyo” si
potencia sus zonas de
más posibilidades
artísticas, si convoca
especialistas de
prestigio, si le
garantiza espacio
creativo a la
inteligencia, a la
vanguardia y al riesgo.
Has hecho mucha
televisión. ¿No te
seduce el cine? ¿Por
qué?
El cine es el gran
sueño. Siempre digo que
le agradeceré
eternamente a la
televisión estos años de
entrenamiento en el arte
de contar, de
adquisición de mañas,
experiencias, caminos.
En la televisión voy
buscándome, probándome,
explorando… Pero si te
digo que el cine no está
ahí, en una cima de
posibilidades y
ambiciones, te miento.
Fui una cinéfila precoz,
devoradora de ficciones.
Aún lo soy. Sé que es un
camino difícil, pero
confío en mis energías.
¿Cuándo estrenas tu
próximo teleplay? ¿Nos
adelantas algo de la
historia? ¿Estás
satisfecha con esa
pieza?
Acabo de terminar una
versión muy libre de un
cuento de García Márquez
que se titula Ojos de
perro azul. Como es
usual, lo he cubanizado,
lo he actualizado, y lo
he encerrado en las mil
capas de las historias
que viven mis
personajes. Y estoy muy
satisfecha. Junto con
Yanay Arauz, mi
directora de fotografía,
estamos explorando
maneras de contar usando
todos los elementos que
el lenguaje audiovisual
ofrece. No es que
pretendamos descubrir el
agua tibia ni nada que
se le parezca, pero en
mi opinión, en la
televisión cubana, amén
de las buenas historias
y de las buenas
actuaciones, que las
hay, hay una tendencia
reduccionista y
tradicionalista a la
hora de traducir en
imágenes: no soy de las
que cree que el primer
plano con toda la
emoción del actor al
alcance de la retina del
espectador sea una forma
“audiovisual”,
cinematográfica, de
contar. Es verdad que
esto es televisión, pero
la televisión del siglo
XXI ha tomado una
bocanada de oxígeno del
cine, y los telefilmes
son un terreno perfecto
para eso. En el caso de
Ojos de perro azul,
hemos tratado de
potenciar ese camino que
ya venimos explorando
desde Del lado del
velo. A ver a dónde
nos lleva: que cuente,
que narre la imagen, la
atmósfera que encierra,
los elementos que la
balancean, además del
actor y lo otro, por
supuesto. No es nada
nuevo, repito, pero sí,
estoy muy contenta con
la belleza visual de
Ojos de perro azul,
con la manera en que
armé el guion, que tiene
un verbo parco.
¿Cuándo veremos una
serie o una telenovela
tuya?
En cuanto a la
telenovela no me gusta
decir nunca, pero
realmente no lo creo, no
me veo ahí. Me gustaría
hacer una serie corta,
eso sí, de no más de 30
capítulos. Las series me
fascinan y son un
fenómeno estético en
todo el mundo, en estos
momentos, junto con las
películas para
televisión, que es en
definitiva la intención,
muchas veces malograda,
de nuestros unitarios.
Las series de televisión
se han convertido en un
género narrativo de
moda, readaptando los
lenguajes televisivos y
enriqueciéndolos,
incorporando talento en
guiones, directores y
actores. No hay más que
ver cómo actores de la
talla de Dustin Hoffman,
Glen Close, Holly Hunter
y Tom Hank se han movido
al antes menospreciado
medio televisivo para
protagonizar series.
Nosotros no estamos
haciendo aún ese tipo de
serie en “estado puro”,
pero intentos hay.
Porque con las series se
pueden barajar géneros
dramáticos más
suculentos, más
provocadores, con las
series se puede,
rectifico, podríamos,
tocar temas de una
manera que la
telenovela, por su
maridaje con el
melodrama, por mucho que
se quiera comprometer
con la realidad, nunca
consigue. Es cuestión de
gustos: sé que si las
condiciones de
producción lo
permitiesen (la escasez
de dinero y de recursos
es la sempiterna espada
de Damocles de la
televisión) me sentiría
cómoda haciendo una
serie. Mientras tanto,
está el telefilme, y en
ese terreno puedo ser
yo, decir y hacer desde
el concepto de autor. |