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Qué difícil es
comprender la historia y
darnos realmente cuenta
de que las cosas fueron
como fueron, del modo
complicado, difícil de
entender que tantas
veces tiene lo real y no
del modo manso,
domesticado, en que los
maestros simplificadores
organizan las cosas para
que todo se vuelva más
coherente, más fácil de
asimilar y, claro, de
explicar. Y también sea
más sencillo distinguir
el mal del bien.
Don José de la Luz y
Caballero es un hombre
colocado en un
entramado, difícil
momento de la historia
cubana, cuando ha
aparecido el hondo
pensamiento de una clase
de criollos ricos que
vive de la vergonzosa
esclavitud. Es hombre de
fortuna, maestro y fue
beneficiario de la
esclavitud.
En los Papeles de
Maceo, publicados en
La Habana, en 1946, se
incluye una carta
dirigida por el
Lugarteniente General
del Ejército Libertador
a Eusebio Hernández,
fechada en 1885, en la
que enjuicia el proceder
de Don José de la Luz y
Caballero. El juicio
del héroe de Mal Tiempo
es terminante:
La esclavitud del hombre
por el hombre fue
sostenida por él, don
Pepe de la Luz y
Caballero; tan
desinteresado como
aparece hoy por nuestros
historiadores, testó sus
esclavos cuando
desaparecía de esta
babel de miserias
humanas, para
confundirse en la otra
vida con los impíos; no
hubo grandeza en Don
José de la Luz y
Caballero.
[…]
Pepe de la Luz fue el
“educador” del
privilegio cubano.
La carta de Maceo es
incluida por la
investigadora María
Poumier en su
compilación La
cuestión tabú1
y hará unos meses, el
boletín Desde La
Ceiba que prepara
el amigo Tato Quiñones
con mensajes de la
Cofradía de la Negritud,
la incluía en una de sus
entregas.
Si uno consulta el
importante y polémico
ensayo que es Cómo
surgió la cultura
nacional, de
Walterio Carbonell,
encontrará a Luz
caracterizado como un
intelectual
Que
además de pensar en
forma reaccionaria,
cobraba
puntualmente los
dividendos que le
producía el trabajo de
sus esclavos en el
ingenio “La Luisa”.2
Carbonell no precisa en
qué consistía el
pensamiento reaccionario
de Luz, porque Luz, en
la cercana tradición del
padre Caballero y de
Varela, es de los que
echan abajo en nuestra
enseñanza, la
subordinación a todo
señorío intelectual y el
apego a la investigación
de la realidad que, como
deriva Vitier siguiendo
a Martí,
estaban echando las
bases en su enseñanza
para
la rebeldía frente al
señorío político.
No se puede negar que
entre los alumnos de Luz
figuran hombres como
Ignacio Agramonte, Zenea,
Manuel Sanguily, Enrique
Piñeyro, hasta Rafael
María de Mendive, de
quien recibe el
adolescente José Martí
las primeras lecciones
de patriotismo.
Cintio Vitier cita una
página del estamento de
Luz que contradice la
afirmación del general
Antonio, y que acaso
Maceo no conociera.
Escribe Vitier que, en
la cláusula novena de su
testamento, otorgado el
2 de junio de 1862, Luz
incluía este párrafo:
Habiendo repugnado
siempre a mis principios
apropiarme del trabajo
ajeno y después de
haberme ocupado del modo
más justo de proceder,
para que
no
forme parte de mi haber
materno lo que pudiera
haberme correspondido
por valor de esclavos,
señalo tres mil pesos
para que se liberten a
los que se puedan de los
que formaron parte de la
dotación del ingenio
La Luisa
en la época de su
enajenación, nombrando
para cumplir ese encargo
en primer lugar a mi
amigo D. Gonzalo Alfonso
y en segundo a Don José
Ricardo O’Farrill,
quienes procurarán
rescatar al mayor número
posible.3
Unos años después de la
carta de Maceo, en el
número de Patria
del 17 de noviembre de
1894, José Martí
escribía, a propósito de
Luz:
Él, el padre; él, el
silencioso fundador; él,
que a solas ardía y
centelleaba, y se sofocó
el corazón con mano
heroica, para dar tiempo
a que se criase de él la
juventud con quien se
habría de ganar la
libertad que solo
brillaría sobre sus
huesos.
Cuando Cintio Vitier
escribe esa honda —y
polémica— reflexión
sobre la eticidad cubana
que es Ese sol del
mundo moral, refiere
la reacción de Luz
cuando un capitán de
policía vino a pedirle
su firma para obsequiar
una espada de honor al
general Leopoldo
O’Donnell. Según
testifica Enrique
Piñeyro, respondió
indignado don Pepe
que jamás
prestaría su nombre para
que adquiriese
el honor que
le faltaba, un hombre
que había forjado
una
conspiración de negros
en Cuba para saciar su
rapacidad y
que había atado sobre
una escalera y
hecho morir a
latigazos a centenares
de negros y
mulatos
libres de la Isla para
confiscar sus bienes
y hacer
perecer de hambre a sus
familias.4
Son apreciaciones
diferentes y hasta
enfrentadas a veces,
hechas por figuras de la
jerarquía de José Martí
y Antonio Maceo.
Maceo define a Luz como
educador “del privilegio
cubano” y tiene razón en
buena medida. No eran
los pobres los que
podían asistir a las
aulas de El Salvador, el
extraordinario colegio
que don José de la Luz
dirigiera. De él emerge
un puñado de jóvenes que
es rebelde contra el
señorío de sus mayores.
Nadie elige su cuna pero
no me parece legítimo
colocar el nacimiento o
el ámbito familiar que
al hombre le ha
correspondido, por
encima de las virtudes
que ha sabido mostrar en
su vida.
Entre los criollos que
iniciaron la Guerra de
los Diez Años, ninguno
más rico, más
privilegiado que
Francisco Vicente
Aguilera. Dedicó toda su
fortuna a la causa de la
independencia: murió en
Nueva York sin un
centavo y con los
zapatos rotos.
La historia es
complicada y a veces
cada uno tiene una parte
de la verdad. Pero solo
una parte.
Notas:
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