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El 26 de marzo de 1984
Sumbe se convirtió
definitivamente en un
pedazo de la geografía
sentimental del pueblo
cubano. A 300 kilómetros
al sur de Luanda,
capital de la República
Popular de Angola,
trabajaban 176
colaboradores
procedentes de nuestro
país que se habían
separado momentáneamente
de los suyos para
aportar conocimientos y
energías a la
reconstrucción de un
territorio devastado por
el saqueo colonial y una
guerra estimulada por
las apetencias
imperiales.
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Esos colaboradores eran
maestros, constructores,
médicos, enfermeros y
técnicos de la salud.
Entre ellos era muy
notable la presencia de
la mujer. Conocían los
riesgos de su misión,
derivados de la
persistencia de las
bandas de la UNITA, que
trataban de derrocar al
gobierno legítimamente
constituido con el apoyo
de las fuerzas del
régimen sudafricano del
apartheid y la
aquiescencia de la
administración
norteamericana en manos
de los halcones de la
ultraderecha y del
complejo militar
industrial en la era de
Ronald Reagan. Pero se
hallaban imbuidos de la
nobleza de su misión, de
los valores del
internacionalismo
socialista.
No podían suponer, sin
embargo, que ese día,
antes de romper el alba
serían víctima de un
ataque despiadado por
parte de efectivos
fuertemente armados,
cuyo objetivo era tomar
la ciudad y, de manera
muy especial, secuestrar
al mayor número posible
de cooperantes, sobre
todo cubanos. Las
huestes de Jonas Savimbi
y sus sostenedores en
Pretoria contaban con un
triunfo arrollador.
Estoy seguro de que no
contaron con el temple,
la resistencia y la
irrevocable decisión de
victoria de las cubanas
y los cubanos,
emparentados en alma y
sangre con los heroicos
combatientes angolanos.
No imaginaron que las
mujeres y los hombres
que enseñaban en las
aulas, curaban en los
hospitales, vencían
epidemias, levantaban
paredes y transformaban
el paisaje de la ciudad
defenderían palmo a
palmo sus posiciones y
no retrocederían
siquiera un milímetro
hasta rechazar la
agresión, operación
coronada exitosamente
por la intervención de
la aviación y las tropas
de desembarco y asalto
de la Misión Militar
cubana.
En Sumbe se escribió una
de las páginas más
tremendas y
extraordinarias de la
historia
internacionalista cubana
en tierras africanas.
Los protagonistas de
aquella hazaña, y en
primerísimo lugar, los
siete colaboradores
civiles y los dos
militares de las fuerzas
de apoyo caídos en la
gesta, son la razón de
ser de la película
Sumbe, producción
conjunta del Instituto
Cubano del Arte e
Industria
Cinematográficos (ICAIC)
y el Ministerio de las
Fuerzas Armadas
Revolucionarias, que en
esta etapa de rescate de
las páginas épicas más
significativas de la
saga internacionalista
en tierras angolanas
concretó en 2008
Kangamba (Rogelio
París) y aspira a
completar una trilogía
con Cuito Cuanavale,
recreación de la batalla
que puso final a la
injerencia del régimen
sudafricano y a la
estrategia imperial
norteamericana en el
cono sur africano,
posibilitó la
independencia de Namibia
e hirió de muerte al
mismísimo apartheid.
Con absoluta convicción,
su director, Eduardo
Moya, ha dicho que
Sumbe es una obra
coral. Y lo es por la
multiplicidad de
caracteres y voces que
en ella confluyen, única
manera de corresponder
al heroísmo colectivo
que allí emergió. Pero
también por la
conjunción de talentos y
voluntades que hicieron
posible su
materialización, desde
la etapa de
investigación y
preparación del guion
hasta la posproducción.
Nadie busque en Sumbe
un filme espectacular de
guerra. La objetividad
del pulso narrativo, la
contención de sus
imágenes y la linealidad
de su desarrollo
dramático se
corresponden con el tono
de una canción de gesta
donde lo épico nace de
la compulsión ética y
los arraigados
principios que animaron
a los verdaderos
protagonistas de la
proeza. La primera
cualidad esencial de
Sumbe es reflejar
desde la ficción una
dimensión humana. Otra
podrá advertirse en el
tiempo: la voluntad de
preservar para los
espectadores de hoy y de
mañana el legado de una
actitud heroica.
También, y es bueno
subrayarlo, en Sumbe
se revela una vez más el
largo y fecundo
hermanamiento entre la
cinematografía cubana de
la Revolución y las
Fuerzas Armadas
Revolucionarias, nacido
desde los días en que en
el seno del triunfante
Ejército Rebelde se creó
un departamento de cine
que nutrió en buena
medida al núcleo
fundacional del ICAIC.
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