La Habana. Año X.
20 al 26 de AGOSTO de 2011

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presentación del libro El color de los sueños
Sarusky y los artistas de origen campesino
Virginia Alberdi • La Habana

A lo largo de su ejercicio, Jaime Sarusky ha demostrado ser un escritor ávido en el reflejo de experiencias vitales. Pareciera que no le basta con la invención de personajes y situaciones en el campo de la ficción narrativa, a la que ha dado títulos de gran significación para las letras cubanas contemporáneas, como La búsqueda, Rebelión en la octava casa y Un hombre providencial, ni con el recuento de su propia vida, que nutrirían, cuando lo decida él mismo, un libro de memorias grávido de sabor mundano y sapiencia intelectual.

Sarusky, que ha hecho de la literatura periodismo y viceversa, ha encontrado en la realidad de sus semejantes un campo propicio para la observación y la revelación de historias personales o colectivas en las que ha dado cuenta de aristas poco o para nada registradas y que, sin embargo, forman parte indivisible del perfil múltiple, diverso y único de la cubanía. Pues, al fin y al cabo, la obra de Sarusky tiene entre sus denominadores comunes la búsqueda y fijación de momentos, rasgos, señales e indicios vinculados a la formación y desarrollo de nuestra identidad ya sea desde una perspectiva histórica o desde el escenario candente de tiempos más cercanos, que al doblar de la esquina serán también historia.

Bajo ese prisma agradecemos, disfrutamos y valoramos libros suyos como Los fantasmas de Omaja y La aventura de los suecos en Cuba, tanto como nos regocijamos de que haya dejado testimonio de uno de los momentos fundacionales de la nueva canción cubana con su volumen sobre el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC o de la presencia entre nosotros de ese gigantesco fabulador de la pantalla latinoamericana que fue el brasileño Glauber Rocha.

El libro que ahora comentamos responde a esa dinámica de observación y revelación de procesos singulares de nuestra cultura. El color de los sueños (Editorial Letras Cubanas) habla de artistas y del arte cubano contemporáneo. Cada una de las personalidades abordadas en el libro tiene como factor de unidad el origen campesino. Se trata, por tanto, de registrar de qué manera esos talentos pudieron dar el salto hacia la formación en la mayoría de los casos y el desarrollo de sus cauces expresivos. Este es también, en buen grado y sin que el autor tenga que proclamarlo a los cuatro vientos, una  constatación de la existencia de un clima propicio para la creación y su promoción del arte a partir de las bases sentadas por la política cultural de la Revolución que se asienta en la democratización de la vida espiritual y la apertura de posibilidades y oportunidades.

La dedicatoria del volumen no es fortuita. La figura de Antonia Eiriz fue decisiva, desde su afanoso quehacer pedagógico, en la formación de una parte representativa de los artistas abordados en estas páginas, quienes pasaron por sus manos y sus pupilas en los días fundadores de la Escuela Nacional de Arte y supo estimular y dotar de herramientas técnicas y culturales a esos talentos. Antonia misma fue por demás un ejemplo de artistas que condensó los más altos y elaborados valores de la pintura, el grabado y el dibujo con la comprensión de los fenómenos de la cultura popular.

Cómo, de qué manera y por qué Sarusky escribió este libro, es algo que nadie mejor que él para contar. Me corresponde transmitir lo que para mí representó el sedimento de su lectura. Una lectura fluida y atractiva, puesto que su autor maneja una prosa que agarra al lector desde las primeras líneas de cada uno de sus capítulos. Para decirlo aún más claro, es incisivo y directo en la presentación de los artistas, siendo capaz, al mismo tiempo, de sugerir con sus palabras la intensidad del acto poético de la creación.

Dejo a los lectores la curiosidad de descubrir qué vio Sarusky en estos creadores de las artes visuales nacidos en campos y montes, instalados luego en la ciudad y hoy día con posiciones jerárquicas, por sus calidades, en el panorama artístico nacional, y con una proyección internacional destacada. Debo, sin embargo, destacar someramente algunos de los aspectos que los distinguen.

La galería abre con Osneldo García, un pionero del llamado arte cinético, con una obra bien definida que le valió el Premio Nacional de Artes Plásticas, y uno de nuestros más desenfadados y aventurados escultores. Ever Fonseca bajó de la Sierra Maestra con sus jigües irrepetibles y los gérmenes de una imaginería propia, que ha llevado a la pintura y la escultura. Manuel Hernández y Tomás Rodríguez Zayas (Tomy), este último lamentablemente desaparecido hace apenas un año, son los caricaturistas por excelencia, cronistas de la vida cotidiana y editorialistas gráficos que han hecho del dibujo humorístico un arte mayor. Nelson Domínguez, como lo acaba de demostrar por estos días en el Pabellón Cuba, ha conseguido poblar de sugerentes metáforas lienzos, estampas, dibujos, cerámicas y esculturas con la gracia de la fabulación. También acreedor del Premio Nacional de Artes Plásticas, Enrique Angulo ha sabido domeñar los más diversos materiales para dotar de vida a importantes proyectos escultóricos monumentarios. Suntuosa, prolija y de excelente factura es la obra de Cosme Proenza, un maestro en la asimilación crítica y poética de la herencia de lo más valioso de la tradición clásica occidental. Como su apellido, Zaida es un río de resonancias líricas, una propuesta incandescente desde la superficie de sus lienzos y cartulinas, desde la línea imantada por las notas de un oficio riguroso. Pintar y esculpir resultan en Nelson Villalobos actos de exorcismo contra los tormentos de una niñez atribulada y a la vez de afirmación de una vocación irrenunciable. Roberto Fabelo ha desarrollado al más alto nivel un retablo expresionista de honda raíz y elevado vuelo humanista que lo sitúa en la vanguardia de la vanguardia de nuestras artes plásticas.

De todo ello y de muchísimo más el lector se irá enterando en la medida que avance por un libro en el que las fronteras entre el testimonio y el ensayo se difuminan.

Definitivamente, con El color de los sueños Jaime Sarusky nos entrega otra obra referencial y necesaria. No es un inventario de todos los artistas cubanos de origen campesino ni la antología de artistas plásticos campesinos, pero es una obra que venía haciendo falta como complemento de resultados artísticos apreciables. Es un libro que se lee con fruición.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.