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A lo largo de su
ejercicio, Jaime Sarusky
ha demostrado ser un
escritor ávido en el
reflejo de experiencias
vitales. Pareciera que
no le basta con la
invención de personajes
y situaciones en el
campo de la ficción
narrativa, a la que ha
dado títulos de gran
significación para las
letras cubanas
contemporáneas, como
La búsqueda, Rebelión en
la octava casa y Un
hombre providencial,
ni con el recuento de su
propia vida, que
nutrirían, cuando lo
decida él mismo, un
libro de memorias
grávido de sabor mundano
y sapiencia intelectual.
Sarusky, que ha hecho de
la literatura periodismo
y viceversa, ha
encontrado en la
realidad de sus
semejantes un campo
propicio para la
observación y la
revelación de historias
personales o colectivas
en las que ha dado
cuenta de aristas poco o
para nada registradas y
que, sin embargo, forman
parte indivisible del
perfil múltiple, diverso
y único de la cubanía.
Pues, al fin y al cabo,
la obra de Sarusky tiene
entre sus denominadores
comunes la búsqueda y
fijación de momentos,
rasgos, señales e
indicios vinculados a la
formación y desarrollo
de nuestra identidad ya
sea desde una
perspectiva histórica o
desde el escenario
candente de tiempos más
cercanos, que al doblar
de la esquina serán
también historia.
Bajo ese prisma
agradecemos, disfrutamos
y valoramos libros suyos
como Los fantasmas de
Omaja y La aventura de
los suecos en Cuba,
tanto como nos
regocijamos de que haya
dejado testimonio de uno
de los momentos
fundacionales de la
nueva canción cubana con
su volumen sobre el
Grupo de Experimentación
Sonora del ICAIC o de la
presencia entre nosotros
de ese gigantesco
fabulador de la pantalla
latinoamericana que fue
el brasileño Glauber
Rocha.
El libro que ahora
comentamos responde a
esa dinámica de
observación y revelación
de procesos singulares
de nuestra cultura.
El color de los sueños
(Editorial Letras
Cubanas) habla de
artistas y del arte
cubano contemporáneo.
Cada una de las
personalidades abordadas
en el libro tiene como
factor de unidad el
origen campesino. Se
trata, por tanto, de
registrar de qué manera
esos talentos pudieron
dar el salto hacia la
formación en la mayoría
de los casos y el
desarrollo de sus cauces
expresivos. Este es
también, en buen grado y
sin que el autor tenga
que proclamarlo a los
cuatro vientos, una
constatación de la
existencia de un clima
propicio para la
creación y su promoción
del arte a partir de las
bases sentadas por la
política cultural de la
Revolución que se
asienta en la
democratización de la
vida espiritual y la
apertura de
posibilidades y
oportunidades.
La dedicatoria del
volumen no es fortuita.
La figura de Antonia
Eiriz fue decisiva,
desde su afanoso
quehacer pedagógico, en
la formación de una
parte representativa de
los artistas abordados
en estas páginas,
quienes pasaron por sus
manos y sus pupilas en
los días fundadores de
la Escuela Nacional de
Arte y supo estimular y
dotar de herramientas
técnicas y culturales a
esos talentos. Antonia
misma fue por demás un
ejemplo de artistas que
condensó los más altos y
elaborados valores de la
pintura, el grabado y el
dibujo con la
comprensión de los
fenómenos de la cultura
popular.
Cómo, de qué manera y
por qué Sarusky escribió
este libro, es algo que
nadie mejor que él para
contar. Me corresponde
transmitir lo que para
mí representó el
sedimento de su lectura.
Una lectura fluida y
atractiva, puesto que su
autor maneja una prosa
que agarra al lector
desde las primeras
líneas de cada uno de
sus capítulos. Para
decirlo aún más claro,
es incisivo y directo en
la presentación de los
artistas, siendo capaz,
al mismo tiempo, de
sugerir con sus palabras
la intensidad del acto
poético de la creación.
Dejo a los lectores la
curiosidad de descubrir
qué vio Sarusky en estos
creadores de las artes
visuales nacidos en
campos y montes,
instalados luego en la
ciudad y hoy día con
posiciones jerárquicas,
por sus calidades, en el
panorama artístico
nacional, y con una
proyección internacional
destacada. Debo, sin
embargo, destacar
someramente algunos de
los aspectos que los
distinguen.
La galería abre con
Osneldo García, un
pionero del llamado arte
cinético, con una obra
bien definida que le
valió el Premio Nacional
de Artes Plásticas, y
uno de nuestros más
desenfadados y
aventurados escultores.
Ever Fonseca bajó de la
Sierra Maestra con sus
jigües irrepetibles y
los gérmenes de una
imaginería propia, que
ha llevado a la pintura
y la escultura. Manuel
Hernández y Tomás
Rodríguez Zayas (Tomy),
este último
lamentablemente
desaparecido hace apenas
un año, son los
caricaturistas por
excelencia, cronistas de
la vida cotidiana y
editorialistas gráficos
que han hecho del dibujo
humorístico un arte
mayor. Nelson Domínguez,
como lo acaba de
demostrar por estos días
en el Pabellón Cuba, ha
conseguido poblar de
sugerentes metáforas
lienzos, estampas,
dibujos, cerámicas y
esculturas con la gracia
de la fabulación.
También acreedor del
Premio Nacional de Artes
Plásticas, Enrique
Angulo ha sabido domeñar
los más diversos
materiales para dotar de
vida a importantes
proyectos escultóricos
monumentarios. Suntuosa,
prolija y de excelente
factura es la obra de
Cosme Proenza, un
maestro en la
asimilación crítica y
poética de la herencia
de lo más valioso de la
tradición clásica
occidental. Como su
apellido, Zaida es un
río de resonancias
líricas, una propuesta
incandescente desde la
superficie de sus
lienzos y cartulinas,
desde la línea imantada
por las notas de un
oficio riguroso. Pintar
y esculpir resultan en
Nelson Villalobos actos
de exorcismo contra los
tormentos de una niñez
atribulada y a la vez de
afirmación de una
vocación irrenunciable.
Roberto Fabelo ha
desarrollado al más alto
nivel un retablo
expresionista de honda
raíz y elevado vuelo
humanista que lo sitúa
en la vanguardia de la
vanguardia de nuestras
artes plásticas.
De todo ello y de
muchísimo más el lector
se irá enterando en la
medida que avance por un
libro en el que las
fronteras entre el
testimonio y el ensayo
se difuminan.
Definitivamente, con
El color de los sueños
Jaime Sarusky nos
entrega otra obra
referencial y necesaria.
No es un inventario de
todos los artistas
cubanos de origen
campesino ni la
antología de artistas
plásticos campesinos,
pero es una obra que
venía haciendo falta
como complemento de
resultados artísticos
apreciables. Es un libro
que se lee con fruición. |