Dos payasos, de narices
rojas y ropas coloridas,
irrumpen entre el
público. La diversión se
anuncia con su sola
presencia. Por eso
pequeños y grandes
comienzan a sonreír
mientras los clowns
colocan entre los
asientos una cámara
cinematográfica, tan
rimbombante y absurda
como sus trajes.
Las carcajadas llegan
después, cuando
Metebulla y Cantaleta,
los dos personajes
flacuchos y ligeros,
parodian los números de
más fuerza del circo. La
confusión entre ambos se
torna dramática riña
—pistola de agua por
medio— hasta que asumen
el valor de perdonar, y
el número termina en
prolongado abrazo de
amistad.
“El payaso siempre debe
transmitir un mensaje
positivo, que como el de
cualquier artista tiene
su centro en ese
sentimiento que es la
alegría de vivir”.
Eduardo Ceballos es un
muchacho serio, pero no
para de sonreír mientras
cuenta las tribulaciones
de su personaje
Metebulla en el número
“Una película de circo”.
Él y su compañero de
oficios, Cantaleta (Joan
Fernández), prepararon
esa diversión
especialmente para el
4to. Concurso de Payasos
Edwin Fernández In
Memorian, y ganaron
el primer premio entre
exponentes de varios
países.
Ceballos habla de la
importancia de que el
público reflexione desde
la cordialidad, y se
descubre a sí mismo como
un joven de 23 años que
ha asumido su trabajo
“con mucha
responsabilidad”.
Fernández, su pareja en
el dúo, recientemente
cumplió los 24. La
juventud de ambos
impresiona aún más
cuando se conoce que
llevan ya cuatro años
metidos en los zapatos
de los clowns que
crearon siendo
estudiantes de
preuniversitario.
“En el tiempo que
llevamos trabajando en
el circo, habíamos
participado en el
Festival Circuba, pero
como parte de la muestra
—rememora Eduardo—, no
en la competencia. En el
Festival Trompoloco,
participamos en el 2009
y, aunque en aquella
oportunidad ganamos
premio, el evento no
tuvo el rigor de esta
edición. Este año marcó
una pauta en todos los
aspectos.
“He visto cuatro
ediciones de Circuba y
cuatro del Trompoloco
como parte del circo, y
en esta ocasión ambos
eventos tuvieron un
nivel increíble.
Vinieron asiáticos que
plantearon números
interesantísimos,
participaron artistas de
Rusia y de toda
Latinoamérica ante un
jurado de mucha calidad,
de vasta experiencia. La
organización del
Festival también fue un
salto de nivel.”
Para estos artistas, el
reto ahora es conservar
las exigencias, origen
de los buenos
resultados. Por eso
aplaudieron la decisión
de incluir el Festival
de Payasos dentro del
evento circense:
“Siempre en Cienfuegos
se hacía un encuentro
entre clowns que
era muy provechoso. Joan
fue alguna vez a esa
competencia y trajo
buenas experiencias,
porque conoció el
trabajo de mucha gente
de todo el país. Después
ese encuentro se trajo a
La Habana, poco a poco
fue tomando fuerza y
este año la diferencia
estuvo en que el Circo
Nacional de Cuba se lo
apropió y lo incluyó
como parte competitiva
del Circuba”.
Con repertorio diverso y
en constante renovación,
Eduardo y Joan han
asumido algunos de los
números clásicos del
circo, “como el de La
Abejita”. Y aunque la
mayoría de los que hacen
sobre la alfombra son de
su propia creación, se
autodefinen también como
continuadores de un
legado que no ha sido lo
suficientemente valorado
en las artes escénicas.
“Para mucha gente el
clown es denigrante;
para los actores, es
algo difícil, los
payasos son personajes
complicados. Tomamos ese
como nuestro primer reto
porque nos sentimos muy
cómodos en la cuerda del
absurdo. Cuba es una
excelente plaza
circense, donde se dan
muy buenos acróbatas,
buenos números de piso y
números aéreos, pero hay
un déficit de payasos.”
Mano a mano
Conocidos también como
el proyecto Diverticlown,
los personajes de
Metebulla y Cantaleta
nacieron bajo el
pretexto de un dúo
musical. Pero, cuenta
Eduardo, que nombres tan
escandalosos tienen más
historia: “Siempre me ha
gustado mucho la música,
y pasaba haciendo
escándalos por las aulas
de mi escuela con una
guitarra. Por otro lado,
Joan siempre ha sido muy
activo, y cuando empieza
a hablar no puede parar.
El típico Cantaleta”.
A la hora de plantearse
los números y recursos
del clown hay una
diferencia entre el
personaje del circo y el
personaje en otros
espacios. ¿Cómo la
manejan ustedes?
Como Diverticlown hemos
hecho mucho teatro. Es
un proyecto que
originalmente surgió con
cuatro payasos, los
cuatro jóvenes, pero que
se disolvió por
intereses de trabajo.
Joan y yo continuamos
con esta idea que tenía
un interés actoral.
Casi todos los payasos
de ese espacio escénico
se desempeñan
fundamentalmente como
animadores con juegos de
participación. Nosotros
tratamos de llevar el
payaso de pista, más
activo, al plano
teatral, con algunas
variedades a petición
del público, pero
conservando esa poética
de Diverticlown.
¿Cuáles son los
referentes de esta
poética? ¿O es empírica
su formación?
Diría que parte y parte.
Nos pareció interesante
fusionar los cánones y
métodos que se emplean
en los diferentes
idiomas, como son el
teatro y el circo. Al
payaso de circo, muy
dinámico, con recursos
de malabarismo o
equilibrio, le agregamos
personajes lo mejor
perfilados posible. Ese
elemento actoral bien
definido les falta a
algunos payasos del
circo.
Siempre se asocia mucho
al clown con el
público infantil, sin
embargo, los adultos que
presenciamos los números
nos damos cuenta de que
con frecuencia hay una
diversificación en el
fondo de la propuesta.
¿Trabajan ustedes
pensando en los niños?
Donde hay un niño
también hay un adulto,
por eso en los mismos
números tratamos de
tener gags que
puedan resultarles
interesantes a ambos
públicos. Quizá el
adulto se lleve más la
problemática y el niño
se fije más en los
movimientos, los
colores, por eso siempre
tratamos de llevar el
espectáculo de una
manera homogénea. De
hecho, en el circo, el
público es disímil,
puede tener cualquier
edad, y no debes
desentenderte de eso.
Los numerosos
espectáculos con payasos
avalan un crecimiento
del movimiento. ¿A qué
crees que se deba?
No sé, pero me alegro.
Las carpas se han
rescatado y se seguirán
rescatando. Eso fomenta
más el trabajo circense
en general, pero también
el de los payasos,
porque no hay carpa sin
ellos. La Trompoloco
lleva poco más de cinco
años, es aún una carpa
joven.
La comercialización de
las artes en el mundo
moderno es un hecho.
¿Cómo se enfrentan a
ella sus creaciones?
Es un tema bastante
conflictivo. Necesitas
vivir de lo que sabes
hacer y el circo no es
bien pagado, lo que te
obliga a llevar tu
trabajo a otros
espacios. Lo que sí creo
es que todo lo que
hagamos como artistas
debemos hacerlo lo mejor
posible. Cuando tenemos
temporada en el circo no
queda tiempo para hacer
mucho más. Ojalá
pudiéramos vivir solo de
eso.
¿Han sentido la ausencia
de la crítica, de las
investigaciones, sobre
la historia y el
movimiento del circo en
Cuba?
La calidad del circo
cubano es reconocida a
nivel internacional, sin
embargo, aquí mismo no
se echa a ver. El
movimiento está apartado
del fuerte de las artes
escénicas, a pesar de
que tenemos una Academia
—a diferencia de muchos
lugares de
Latinoamérica— donde se
forma gente de todo el
mundo, y desde donde se
salen muchos números.
A pesar de todo,
¿sienten que han
evolucionado en sus
tres años de trabajo en
el circo?
Muchísimo. Primero hemos
logrado una relación
excelente entre
Metebulla y Cantaleta.
Estamos muy bien
empastados y hemos
pulido eso con el
tiempo. Y en segunda,
hemos aprendido más del
circo, lo que nos ha
permitido incorporar
recursos nuevos a
nuestro trabajo. Hemos
tenido maestros
extracurriculares. Lo
principal es la
disposición de aprender
porque en el circo a la
gente le gusta enseñar.
Y el premio en el
Festival de Payasos
Edwin Fernández, ¿qué ha
significado dentro de
esa evolución?
Ha representado una
pauta. Trabajamos todos
los días y nos ponemos a
prueba, pero no todos
los días tenemos la
oportunidad de que nos
valore un jurado
especializado, que ha
visto números en el
mundo entero. Los
últimos cuatro años han
sido de sol a sol, y el
premio fue como la señal
de que estamos en el
camino acertado. |