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Es posible que entre los
temas intrínsecamente
antropológicos más
debatidos estén los
referidos a la
diversidad de nuestra
especie y a las
relaciones
interraciales.
Desde el propio
surgimiento y definición
de la ciencia
antropológica hasta hoy
día, el racismo y las
teorías contrarias han
encontrado un álgido
campo de batalla, en el
que por momentos el
antirracismo parece
vencer. Pero el racismo
se esconde, se agazapa;
como el personaje del
Gatopardo, sabe que "si
[quiere] que todo siga
como está, es preciso
que todo cambie"; se
transforma para seguir
siendo el mismo; se
convierte en una especie
de mutante.
Los estudios
contemporáneos sobre el
racismo y sus
expresiones dan cuenta
de estos cambios que se
producen, generando un
racismo de nuevo tipo,
calificado de diversas
maneras, en
contraposición con el
tradicional: nuevo
racismo, racismo
simbólico, racismo
moderno, racismo
diferencialista,
neorracismo blando,
racismo aversivo,
racismo ambivalente,
racismo latente, racismo
pos moderno, entre otros
(Espelt y Javaloy,
1997).
En el racismo actual el
sello distintivo y
generalizador es la
forma sutil de sus
pronunciamientos. Si el
racismo tradicional era
perfectamente
identificable y
declaradamente agresivo
y establecía la
desigualdad entre las
razas y la superioridad
de unas sobre otras, el
racismo posmoderno actúa
tras las brumas de
determinada aceptación y
tolerancia del "otro",
pero proponiendo que las
razas no son superiores
ni inferiores sino
diferentes, y por tanto
no hay posibilidad de
dialogar para establecer
normas de convivencia
comunes.
Las migraciones de
países del Tercer Mundo
hacia Europa y los
Estados Unidos, la
situación de los
refugiados, los
conflictos interétnicos,
los religiosos, los
fronterizos, los
desastres ecológicos, la
caída del campo
socialista y, en
especial, de la Unión
Soviética, el
hegemonismo: todos estos
fenómenos que
caracterizaron los
finales del siglo XX y
forman parte de los
inicios del XXI, han
provocado que el racismo
se convierta, como nunca
antes, en un proceso
global y globalizador,
pues con él se hacen
concomitantes otros
problemas de carácter
ideológico, político,
cultural, social, legal.
En particular en Cuba,
el racismo
—sin
otros eufemismos
edulcorantes de la
realidad—
encontró, en la
explotación de la mano
de obra del negro
esclavo durante la
Colonia, y en las
estructuras de
dominación en las que
devino luego el
capitalismo dependiente,
condiciones propicias
para afirmarse
profundamente en las
ideologías, la
psicología social y las
prácticas cotidianas. Se
instituyó en el modo de
vida, para formar parte
de una herencia
estructural y cultural
que debió sufrir y
enfrentar el
revolucionario de cada
una de las etapas
formativas de la nación.
Precisamente en ese
hacer la historia, con
todos y para el bien de
todos, se fue generando
una práctica y una
ideología antirracista
que pasó también al
mundo de las
representaciones
raciales del cubano, en
contradicción con los
racismos de cada
momento.
El proyecto nacional se
desarrolló en franca
controversia con una
potencia extranjera. A
él, para que cuajara,
debieron incorporarse
todos los elementos de
la población: blancos,
negros, amarillos. Las
contradicciones raciales
que se producían dentro
del movimiento
nacionalista, se
subordinaban en muchas
circunstancias a la
contradicción
fundamental con el
colono español. El
criollo blanco, portador
de estereotipos
racistas, era a su vez
objeto de
discriminación. En
estas condiciones, el
racismo y las prácticas
raciales de los países
coloniales se
particularizan y
distinguen de los que se
reproducen en las
metrópolis
colonialistas.
Lo anterior hace
necesario que, para
abordar el tema de las
relaciones raciales en
Cuba, se bosquejen
aquellos aspectos que en
el plano histórico
definen las
particularidades del
proceso de integración
sociorracial del pueblo
cubano, y que en buena
medida explican los
matices que muestra la
situación actual. Más
adelante se emprende un
intento en esa
dirección, que incluye
la mención a algunas
referencias
historiográficas
fundamentales que
constituyeron hitos en
el tratamiento de la
problemática en la Isla
e incidieron en sus
manifestaciones en la
práctica social.
Apuntes históricos para
el estudio de las
relaciones raciales en
Cuba
La historia de Cuba,
desde el mismo siglo XVI,
está signada por un
intenso proceso de
transculturación y
mestizaje entre
indígenas, africanos y
españoles, no obstante
las relaciones de
dominación y explotación
que lo marcaron. Téngase
en cuenta que en la
Isla, durante los tres
primeros siglos de la
Colonia, la esclavitud
—aun
cuando ninguna variante
de esa institución pueda
catalogarse de "blanda"
ni se justifique—
no alcanzó gran
magnitud, acorde con el
limitadísimo desarrollo
socioeconómico del país,
abandonado a su suerte y
dependiente del sistema
de flotas que anclaban
en el puerto de La
Habana en su ruta hacia
España. Ello explica
que, durante todo ese
largo período de lento
crecimiento de la
población, se fuera
formando un importante
grupo de negros y
"pardos" libres, que
comenzó la histórica
convivencia con los
blancos de los sectores
más pobres1.
Tal situación se
extendió hasta la época
de la ocupación de La
Habana por los ingleses
(1762), cuando la
introducción de esclavos
experimentó un brusco
aumento. Para finales
del siglo, con la
Revolución de Haití y la
consecuente explosión en
la industria azucarera
local, puede ya hablarse
de la economía cubana
como una economía de
plantación esclavista,
que alcanzó su momento
culminante en las
primeras décadas del
siglo XIX. En general,
entre 1763 Y 1800 fueron
introducidos más
esclavos que en toda la
historia anterior de la
Isla (Portuondo, 1965).
Y este ritmo vertiginoso
se mantuvo, no obstante
la entrada en vigor, en
1820, del tratado sobre
la abolición del tráfico
de esclavos impuesto por
Inglaterra a España. La
trata ilegal continuó,
debilitándose
paulatinamente, hasta
1860.
En este período se
refuerza el sistema de
ideas y mitos acerca de
la desigualdad racial,
que apelaba a las
diferencias raciales y
culturales perceptibles
para legitimar la
explotación y la injusta
estratificación social;
y cuya influencia se
evidencia aún hoy, sin
que la hayan podido
borrar los sucesivos
cambios estructurales
acaecidos a lo largo de
nuestra historia.
Siempre presentes, tales
elaboraciones
ideológicas se
impondrían o cederían
ante las nociones de
igualdad racial, según
los avatares del proceso
de formación nacional.
Tanto es así que, justo
coincidiendo con el
esplendor plantacionista,
en los años 1820, se
oyen voces como la del
padre Félix Varela, que
en sus Memorias que
demuestran la necesidad
de extinguir la
esclavitud de los negros
en la Isla de Cuba,
atendiendo a los
intereses de sus
propietarios, anexas
al primer Proyecto de
Decreto sobre la
abolición de la
esclavitud en la Isla de
Cuba, resalta los
méritos de los africanos
y sus descendientes, y
muestra como los libres
de color
están casi todos
dedicados a las artes,
así mecánicas como
liberales [ ... ], ...la mayor parte de ellos
saben leer, escribir y
contar [ ... ], ... de
su infortunio [sacaron]
los originarios de
África estas ventajas,
pues hallándose sin
bienes y sin estimación
han procurado suplir
estas faltas en cuanto
les ha sido posible por
medio de su trabajo, que
no solo les proporciona
una cómoda subsistencia,
sino algún mayor aprecio
de los blancos ...
(Varela, 1971: 272).
Varela defiende el
derecho de los
originarios de África a
la libertad (p. 272);
afirma que sus derechos
"no son otros que los
del hombre tan repetidos
por todas partes [lo
que], les hace concebir
deseos muy justos de ser
tan felices como
aquellos a quienes la
naturaleza ‘solo
diferenció en el color’"
(p.2 73); avizora
que "el primero que dé
el grito de
independencia tiene a su
favor a casi todos los
originarios de África"
(p. 274), y, lo más
importante, otorga a los
descendientes de
esclavos carta de
ciudadanía: " ... desde
que las artes se
hallaron en manos de
negros y mulatos se
envilecieron para los
blancos. [ ... ]. De
aquí se infiere cuán
infundada es la
inculpación que muchos
han hecho a los
naturales de la Habana,
por su poco empeño en
dedicarse a las artes...
Yo solo pido que se
observe que esos
mismos artistas oriundos
de África no son otra
cosa que habaneros
[las cursivas son
nuestras], pues apenas
habrá uno u otro que no
sea de los criollos del
país" (p. 272).
Por el contrario, José
Antonio Saco, discípulo
de Varela, aun cuando
dedicó numerosos
escritos a luchar contra
la trata y la esclavitud
—también
sin perjudicar los
intereses de los
propietarios—
(Saco, 1938), excluyó a
los negros de su
concepto de la
nacionalidad cubana.
Saco utilizaba la voz
“raza” como
sinónimo de “pueblo”:
raza cubana,
española, africana,
anglosajona... (Saco,
1971: 334-336).
Sirvan estos dos
ejemplos de los puntos
de vista contrapuestos
que se sucedían o
simultaneaban en el
pensamiento cubano de la
época. Ya durante las
guerras independentistas
comenzadas en el año
1868, que marcan el
parto doloroso de la
nación cubana, la
presencia de las ideas
racistas fue solapada
por las necesidades
libertarias. En las
guerras lucharon codo a
codo negros, blancos,
chinos..., consolidando
la amalgama biológica y
cultural que nos
caracteriza.
El proceso integrador
que maduró en la gesta
libertaria ocupa un
importante lugar en la
obra de José Maní.
Bastaría recordar su
sentencia de que "Hombre
es más que blanco, más
que mulato, más que
negro. Cubano es más que
blanco, más que mulato,
más que negro. En los
campos de batalla,
muriendo por Cuba, han
subido juntas por los
aires las almas de los
blancos y de los negros"
(Martí, 1965: 110). En
sus labores de
preparación de la
"guerra necesaria"
(1895-1898), en la
búsqueda de la
imprescindible unidad de
todos los cubanos, no
fueron pocos los
espacios dedicados por
el Maestro a atacar el
racismo y la
discriminación:
No hay odio de razas,
porque no hay razas. Los
pensadores canijos, los
pensadores de lámparas,
enhebran y recalientan
las razas de librería,
que el viajero justo y
el observador cordial
buscan en vano en la
justicia de la
Naturaleza, donde
resalta en el amor
victorioso y el apetito
turbulento, la identidad
universal del hombre. El
alma emana, igual y
eterna, de los cuerpos
diversos en forma y en
color. Peca contra la
Humanidad el que fomente
y propague la oposición
y el odio de las razas
(Maní, 1965:161-162).
El hombre no tiene
ningún derecho especial
porque pertenezca a una
raza u otra: dígase
hombre, y ya se dicen
todos los derechos
[...]. Todo lo que
divide a los hombres,
todo lo que los
especifica, aparta o
acorrala, es un pecado
contra la humanidad
(Martí, 1965:109).
También en el período
interbélico, el Congreso
Obrero de 1892
—en
el que se destacó "la
labor unitaria de E.
Roig San Martín" por "la
igualdad social y la
unidad de los
trabajadores" (Serviat,
1986: 65)
—,
se pronunció contra la
discriminación y por la
igualdad social.
Gran amigo de Martí,
Juan Gualberto Gómez,
aun cuando centró su
"ingente labor pública"
en la reivindicación del
sector negro-mestizo, y
se convirtió en "el más
importante agitador
social" de la época para
dicha población (Mendieta,
1989:4)2,
era contrario a
organizar un partido
político solo por la
gente" de color", pues
sostenía la tesis de que
la lucha por sus
derechos no debía
separar a negros y
blancos, que debían
unirse y redimir la
patria común (Mendieta,
1989: 35).
Desde 1898
—en
lo que fue notable la
influencia de la
ocupación norteamericana—,
las expectativas de
igualdad forjadas
durante las guerras de
independencia y luego de
la abolición de la
esclavitud fueron
frustradas, y la
participación de negros
y mulatos en la vida
socioeconómica y
política de la naciente
república se vio muy
limitada y marcada por
la discriminación.
Contra la unidad obrera
entre blancos y negros
que se gestaba y la
integración de la
población "de color", se
dirigió una política
divisionista que
perseguía fraccionar las
"fuerzas nacionales y
populares" como forma de
dominio y explotación,
que se incrementó desde
el nacimiento de la
república mediatizada (Serviat,
1986: 65). Por sobre el
mito de la igualdad
racial en Cuba volvió a
imponerse la ideología
de la supremacía blanca,
con el predominio de
estereotipos negativos
sobre el negro y el
desconocimiento de la
herencia cultural
africana.
En ese contexto, en
1908, surge el Partido
de los Independientes de
Color, con un avanzado
programa de lucha que
abogaba por la igualdad
racial y la plena
integración de negros y
mulatos en la sociedad.
En sus bases se proponía
"mantener el equilibrio
de todos los intereses
cubanos, difundir el
amor a la patria,
desarrollar las
relaciones cordiales [y]
la conservación de la
nacionalidad cubana". Su
divisa era: SIN
PREOCUPACIONES DE RAZAS
NI ANTAGONISMOS
SOCIALES. Los reclamos
referidos en específico
al "problema racial" se
dirigían hacia los
derechos ciudadanos que
eran prohibidos o
escamoteados en la
práctica social: acceso
al cuerpo diplomático,
enseñanza gratuita y
obligatoria, incluyendo
las artes y oficios,
acceso igualitario y
gratuito a la
universidad, entre otros
(Serviat, 1986: 82).
Es decir, la mayoría de
sus postulados eran de
carácter social general.
Pero el partido fue
acusado de racismo
contra los blancos y,
víctima de la represión,
organizó una protesta
armada en 1912, que
culminó con una masacre
racista considerada una
de las páginas más
vergonzosas de nuestra
historia.
En lo adelante, sobre
todo a partir de la
década del veinte, las
estrategias de lucha de
negros y mulatos por sus
derechos se
desarrollaron con la
participación de forma
activa en el movimiento
obrero y en los partidos
políticos de izquierda,
algo lógico si se tiene
en cuenta la relativa
coincidencia clase-raza
que marcó la estructura
socioclasista cubana
desde los tiempos de la
esclavitud.
Paralelamente, se
afianzó el
reconocimiento de la
contribución de negros y
mulatos a la cultura
nacional, y los
elementos culturales y
religiosos de origen
africano penetraron la
cultura dominante (Helg,
2000).
La historiografía cubana
cuenta desde esa época3
con la encomiable
contribución que hizo
don Fernando Ortiz al
conocimiento de las
raíces etnoculturales de
la nacionalidad, con una
visión más sistémica de
la cultura nacional y de
la etnogénesis del
pueblo cubano (1940 a y
b; 1991; 1993).
El centro de su atención
fue dirigido al rescate
y revitalización del
acervo cultural
incorporado por los
esclavos. El resultado
son los numerosos
trabajos de corte
etnohistórico y
etnográfico sobre el
africano y sus
descendientes, que
abarcan los distintos
momentos de su presencia
en tierras americanas,
desde el tráfico
inhumano de esclavos,
los horrores de la
esclavitud, hasta una
semblanza de la vida
social del negro en los
diferentes estratos de
la sociedad colonial
(1975, 1986). Se
destacan además los
estudios sobre las
comidas, la música, los
bailes y los
instrumentos musicales
de los africanos, así
como también de su
universo religioso
(1920, 1921, 1922,
1923-1925, 1947-1949,
1956, 1957, 1965, 1981).
Las profundas
investigaciones de Ortiz
sobre la realidad cubana
le permitieron
conceptualizar el
fenómeno estudiado
—la
transculturación—, a
partir de un enfoque más
dinámico y totalizador
de los intensos y
complejos procesos etnogenéticos que se
operaron en las nuevas
condiciones económicas y
sociales de América, sin
limitarlos a una simple
aculturación del
elemento dominado: lo
concibió como un
intercambio mutuo,
dinámico, "un toma y daca", cuyo fruto sería
una nueva realidad
(Ortiz,1940a:278;
Malinowski, 1940:222).
Es imponderable, por
último, la trascendencia
de los trabajos de don
Fernando al denunciar
que "... en mi tierra el
color oscuro en la piel
llevaba implícitamente
consigo una prejuiciosa
consecuencia de
inferioridad y
vilipendio social
transida de injusticias
y dolores... "; y
evidenciar la falacia de
las teorías racistas,
puestas al servicio de
las ideologías fascista
e imperialista: "lo más
negro del negro no está
en la negrura de su
piel, sino en la de su
condición social."
(Ortiz, 1943, 1945,
1951, 1953, 1955a, b,
1975).
Al nombre de Ortiz se
vincula además la
actividad de la Sociedad
de Estudios Afrocubanos
(1937) y su
correspondiente
publicación, que
contribuyeron de manera
notable a la
revalorización cultural
del negro y a la lucha
contra el racismo;
también la Sociedad del
Folclor Cubano,
igualmente interesada en
el tema.
De las décadas del 40 y
del 50, merece señalarse
la repercusión que tuvo
la lucha contra el
fascismo y el racismo en
sectores obreros,
campesinos y juveniles,
con la participación de
notables personalidades,
como Juan Marinello,
Nicolás Guillén4,
el propio Ortiz, entre
otros; así como la
acción de la Federación
de Sociedades Negras,
dirigida a lograr una
legislación contraria a
la discriminación
racial, y que fuese
aprobada por la Asamblea
Constituyente de 1940.
En torno a este objetivo
se integraron otros
sectores y se creó una
fuerza social que logró
la proclamación, en la
Constitución del 40, de
la igualdad de todos los
cubanos y la ilegalidad
de la discriminación
racial; aun cuando, por
algún tiempo, ambas
aspiraciones quedaran en
letra muerta.
En 1959 triunfa la
Revolución Cubana que,
haciéndose heredera de
lo mejor del pensamiento
martiano, emprendió el
camino de profundas
transformaciones, en las
que el racismo y sus
bases socioeconómicas y
culturales quedaron muy
maltrechos. Ya en el
propio año 1959 aparecen
en los discursos e
intervenciones de Fidel
la preocupación y el
llamado a la lucha
contra la discriminación
y los prejuicios
raciales como una
obligación de la
Revolución, con
particular énfasis en la
necesidad de combatir
las limitaciones de
acceso al empleo, las
escuelas o los centros
de recreación. Entre las
principales
transformaciones
acometidas es posible
destacar las siguientes:
1.
La eliminación de
la propiedad privada
sobre los medios
fundamentales de
producción, su
nacionalización y
socialización. Este
proceso requiere,
quizás, un análisis más
cuidadoso y detallado
para develar su nexo con
la eliminación de las
bases económicas y
sociales del racismo y
la discriminación, en
tanto que prácticas e
ideologías. No obstante,
en líneas generales,
deja ver algunos
aspectos que pueden ser
mencionados:
a.
Desaparecieron
del panorama social las
elites económicas,
históricamente
constituidas, yen las
que predominaban los
blancos. Estos grupos,
por su historia y
posición socioeconómica,
eran mucho más
susceptibles de
sustentar y apropiarse
de las ideologías
racistas, puestas al
servicio de su
dominación5.
b.
Se sentaron bases
que limitaban las
posibilidades del
ejercicio de la
discriminación en el
espacio del poder
económico, que en las
condiciones anteriores,
en nombre del sacrosanto
principio de la
propiedad privada,
permitía la exclusión de
personas o grupos.
c.
La administración
de los bienes
nacionalizados o
socializados pasó a
manos de los
representantes de las
masas populares, a
muchas personas nacidas
en las capas más
humildes del pueblo, sin
distinción del color.
2. La destrucción del
orden político anterior
y la creación de otro,
ahora de base popular.
Se trata de un proceso
complejo en el cual las
nuevas estructuras de
poder se fueron
perfilando como
profundamente populares.
Tal proceso estuvo
acompañado de una aguda
lucha de clases, en la
que se abrieron amplios
espacios de cooperación
entre los elementos más
humildes, sumados
masivamente a la
práctica sociopolítica.
A la vez, se producía
una intensa movilidad
social, mediante la cual
esos representantes de
las capas populares
ascendían a diferentes
posiciones de poder. Por
otro lado, el núcleo
básico de la burguesía
derrotada emprendía el
camino de la migración,
lo cual dejaba a la
resistencia sin base de
apoyo. Todo ello tuvo un
efecto doble sobre el
carácter de las
representaciones y
conductas raciales que
se iban configurando en
el nuevo contexto. En
primer lugar, la
cooperación cotidiana en
las diferentes tareas
que imponía el proceso
de hacer la revolución,
contribuyó a acercar
sensiblemente a los
diferentes grupos, a
atenuar prejuicios
ancestrales asentados en
la psicología social y a
desmarcar, en muchos
aspectos, las fronteras
entre grupos raciales.
En segundo lugar, la
emigración de la inmensa
mayoría de los
representantes de la
clase burguesa, heredera
histórica de los
antiguos dueños de
esclavos, marcó el
carácter de las
representaciones
raciales que perduraron
en el medio social: las
que habían sido
asimiladas por las capas
medias y trabajadoras.
Se trataba, por tanto,
de un racismo residual.
3. La promulgación por
el gobierno
revolucionario de un
conjunto de medidas de
carácter profundamente
popular —que provocaron,
a partir de una gran
identificación de
intereses, la
incorporación de las
masas al proceso
social—, entre las que
se pueden mencionar:
a. La eliminación de
todos los exclusivismos
raciales existentes
anteriormente: en
playas, clubes,
etcétera.
b.
La rebaja de los
alquileres y la adopción
de otras medidas
relacionadas con la
vivienda, como la
ejecución de programas
de construcción y la
implementación de
diferentes legislaciones
que protegían al
usufructuario y le
otorgaban la propiedad.
c. El desarrollo de una
profunda reforma
agraria, que hizo
propietarios del suelo a
campesinos
arrendatarios. Esta
medida benefició a
muchos trabajadores del
campo, en particular a
negros y mestizos,
históricamente excluidos
de la propiedad de la
tierra, en tanto que
descendientes de
esclavos.
d. La alfabetización de
las masas populares y la
universalización de la
enseñanza, gratuita y
obligatoria para todos
los menores de edad.
e. La extensión de los
servicios de salud de
forma gratuita a toda la
población, sin
distinguir complejidad o
costos.
f. La gestación de una
política de pleno empleo
y la reducción de las
desigualdades sociales
al mínimo. Las que se
empezaron a producir
dependían
fundamentalmente de la
calificación y se daban
en un rango muy
estrecho.
4.
La estructuración
de un discurso
sociopolítico desde el
poder, que proclama la
igualdad y estigmatiza
todas las formas de
exclusión, incluyendo
las raciales. De este
modo, el discurso
dominante fue haciendo
del racismo un pecado
capital, que no solo
envilece al ser humano,
sino que, además, divide
y debilita la
Revolución. Ante él, las
manifestaciones del
racismo que pervivieron
necesitaban replegarse,
y adoptaron cada vez más
la forma de un racismo
de "pero" ("yo no soy
racista, pero... ").
El conjunto de
circunstancias
enumeradas —con las que
apenas se hace el boceto
de una intensa etapa
histórica, rica en
acontecimientos y
contradicciones permite
comprender que el
proceso vivido fue mucho
más allá de la simple
"eliminación del racismo
institucional", concepto
este último acuñado, y
muy traído y llevado,
para denotar la
eliminación de las
formas de discriminación
asociadas a
instituciones formales
del poder o refrendadas
jurídicamente de uno u
otro modo. Noción que,
en el mejor de los
casos, trata de
delimitar el racismo que
se instituye desde el
poder, del que se
reproduce al nivel de la
psicología social.
Algunas personas lo
simplifican aún más, al
reducirlo a su
eliminación en el papel,
o lo que es lo mismo, en
la letra vacía de un
discurso. Tal idea
constituye una reducción
simplista de un proceso
mucho más complejo y
multilateral, que caló
profundo en el mundo
espiritual y la cultura
de las grandes masas. El
efecto más evidente de
todo este acontecer es
el repliegue
experimentado por el
racismo hacia las
esferas íntimas de la
vida familiar y las
relaciones
interpersonales, en las
que los prejuicios eran
reconocidos con cierta
culpa, como nota
discordante; pervivía en
ciertos chistes y
fraseologías de uso en
la complicidad de la
familia y el grupo de
amigos, o quedaba oculto
en determinadas formas
de paternalismo que se
daban en la vida social.
Indudablemente, el
proceso de construcción
de la nueva sociedad
abrió enormes
posibilidades de
desarrollo para todos; y
ante las circunstancias
bosquejadas, se dio por
solucionado el problema
racial —baste recordar
el título de Pedro
Serviat El problema
negro en Cuba y su
solución definitiva
(1986)—;6
sobre lo cual aparecen
referencias en textos
posteriores de Fidel,
donde se habla de la
discriminación racial en
pasado: Antes teníamos
también la
discriminación racial";
"muchas de las mejores
playas del país eran
privadas; en muchos
hoteles, bares, centros
de recreación, no
dejaban entrar personas
negras. Con el triunfo
de la Revolución todas
esas cosas se
eliminaron"; "gracias
al esfuerzo de nuestros
trabajadores y a nuestro
régimen socialista, hoy
en nuestro país [...] no
existe discriminación
racial."; "nosotros
hemos resuelto [...] la
discriminación racial
... " (Castro; 1982,
1984, 1985).
El fenómeno, entonces,
dejó de tener
visibilidad durante un
largo período de tiempo.
El tema desapareció del
debate público por
varias razones, entre
las que se pueden
contar:
— Un panorama
social en el que los
niveles de igualdad
alcanzados no tenían
parangón, evidenciados
en particular en la
cercanía de los límites
mínimos y máximos de los
ingresos salariales. Las
desigualdades en este
campo dependían
fundamentalmente del
esfuerzo y la
calificación, por lo que
adquirieron cierta
invisibilidad.
—
Los recelos que
suscitaba el tema, ante
la necesaria unidad de
todos los cubanos,
motivaron que desde las
estructuras de poder se
mirara con desconfianza
cualquier intento de
traerlo a la polémica
pública: esta situación
contribuyó a convertirlo
en una especie de tema
tabú.
—
En el quehacer y
modo de hacer
transformativo, en el
que estaban involucradas
las grandes mayorías,
encontraba muy pocos
oídos interesados,
existía muy poca, o
ninguna base social,
para que el diálogo se
formara desde abajo.
O sea, los de arriba no
querían y los de abajo
no estaban interesados.
Se generó, de esta
forma, una especie de
consenso social
alrededor de la
inconveniencia de la
problemática, que ayudó
a silenciar el problema,
y favoreció su
supervivencia. Incluso,
las variables raciales
dejaron de ser medidas
en la mayoría de las
estadísticas sociales.
En esta coyuntura, fue
en el Tercer Congreso
del Partido Comunista de
Cuba cuando se sacó el
tema de su letargo, al
analizar los resultados
del censo de 1980, y
observar determinadas
desproporciones de
negros, mujeres y
jóvenes en los puestos
de dirección.
A principios de la
década de los 90,
coincidiendo con la
bancarrota del llamado
"socialismo real", se
produjo en Cuba una
profunda crisis
económica. El producto
interno bruto llegó a
decrecer aproximadamente
un 35% en 1993 (año en
el que tocó fondo la
economía), respecto a
1989, lo que obligó a la
dirección del país a
adoptar una serie de
medidas. El conjunto de
estas circunstancias fue
aportando complejidad al
panorama social cubano.
En particular se
formaron desigualdades y
escenarios
socioeconómicos en los
que se enfatiza el
aspecto competitivo.
Entonces se hizo
evidente que el punto de
partida para el acceso a
las oportunidades
creadas por el proyecto
revolucionario cubano y
su disfrute no había
sido igual para todos:
negros y mestizos
estaban en desventaja en
cuanto a condiciones de
vida heredadas; marcados
por una serie de
estereotipos y
prejuicios relacionados
con la pertenencia
racial, y por la
existencia objetiva de
particularidades
etnoculturales grupales
en la esfera espiritual.
Desde la abolición de la
esclavitud, en la
convivencia de negros y
blancos procedentes de
los estratos más
humildes, sobre todo en
el entorno marginal
urbano, pero también en
los antiguos barrios
populares, en el
ambiente de solares y
cuarterías, surgieron
rasgos culturales que
nada tienen que ver con
el aspecto racial, sino
con el estatus
socioeconómico, la
desventaja habitacional,
el nivel educacional y
cultural, que engendran
formas específicas de
comportamiento y una
cosmovisión propia: "una
cultura de ciudadela",
al decir de una delegada
del Poder Popular de El
Vedado. Tal modo de vida
engendra patrones
culturales y estilos de
vida que se transmiten
de generación en
generación y que, a
pesar de
transformaciones
estructurales, son
resistentes al cambio.
Sin embargo, se tiende
de manera casi siempre
inconsciente y
espontánea a identificar
de forma arbitraria al
negro con esos rasgos
culturales, en lo que
influye el hecho de que
indiscutiblemente el
negro predominó entre la
población que sobrevivía
en semejantes
condiciones, y se
mantiene aún hoy
—a
pesar de las
posibilidades de
movilidad social que
propició la Revolución—
en desventaja; sin
olvidar la importancia
del factor ideológico ya
mencionado.
"No se podía esperar que
la sociedad se librase
de ellos [los
estereotipos y
prejuicios] desaparecida
la esclavitud; ni que
los descendientes de
esclavos se rehacieran
súbitamente del efecto
multisecular de las
condiciones en que su
grupo fue mantenido por
tantas generaciones"
(Nogueira, 1955:506).
Como formas de conducta
no razonada, esas ideas
son rígidas,
generalizadoras y
persistentes, y
"persistirán, sin ley
que los destruya, hasta
tanto no se transforme
la situación" (Fernandes,
1955b:212).
Entonces, las
desigualdades heredadas
se agudizaron por la
crisis del "período
especial", que las
profundizó. Al mismo
tiempo, la dignificación
real del hombre que
fomentó la Revolución y
que trae consigo el
aumento de la
intolerancia ante la
segregación de cualquier
índole, provocó una
acelerada toma de
conciencia del "problema
racial".
Es precisamente en el
contexto de la crisis, a
inicios de los noventa,
cuando se comenzaron en
el Instituto Cubano de
Antropología los
estudios acerca de esta
compleja problemática
—considerados pioneros
entre los dedicados al
tema—, que se convirtió
en centro de debate
sobre todo a partir del
segundo quinquenio de la
propia década, al
incorporarse al quehacer
investigativo de otros
centros científicos,
aparecer en trabajos de
diploma de diferentes
facultades
universitarias y en
publicaciones diversas7.
La conciencia de la
nueva situación también
ha sido reflejada en los
pronunciamientos de los
líderes políticos
cubanos en los últimos
años. Baste recordar el
llamado hecho por Fidel
en la clausura del
Congreso Pedagogía 2003:
...habiendo cambiado
radicalmente nuestra
sociedad, si bien las
mujeres, antes
terriblemente
discriminadas y a cuyo
alcance estaban sólo los
trabajos más
humillantes, son hoy por
sí mismas un decisivo y
prestigioso segmento de
la sociedad que
constituye el 65 por
ciento de la fuerza
técnica y científica del
país, la Revolución, más
allá de los derechos y
garantías alcanzados
para todos los
ciudadanos de cualquier
etnia y origen, no ha
logrado el mismo éxito
en la lucha por
erradicar las
diferencias en el status
social y económico de la
población negra del
país, aun cuando en
numerosas áreas de gran
trascendencia, entre
ellas la educación y la
salud, desempeñan un
importante papel
(Castro, 2003).
Aclaraciones
teórico-metodológicas
preliminares
El tema de las razas ha
sido uno de los más
debatidos en las
ciencias sociales, su
conceptualización, en
distintos contextos
históricos y
socioeconómicos
concretos, ha enfrentado
a numerosos antropólogos
físicos y
socioculturales de las
más diversas corrientes
a lo largo de la
historia y hasta la
actualidad. En la
Antropología
contemporánea se discute
desde el valor
epistemológico del
término, hasta sus
significantes sociales y
culturales. En ello ha
incidido la propia
historia del vocablo
“raza”, que no ha
podido librarse de su
"mala cuna" y "mala
vida".
Pueden distinguirse tres
momentos fundamentales,
en buena medida en orden
cronológico, en los
diversos enfoques que
aparecen en la
literatura sobre el
tema: la
"naturalización" de las
diferencias, influida
por el desarrollo de las
ciencias naturales; el
racismo "científico",
relacionado con el
darwinismo social, y la
era de la "construcción
social de la raza"
(Bello, 2000:5-7).
Fernando Ortiz ubica la
aparición del término en
el siglo XII en las
lenguas romances, con un
sentido despectivo hacia
determinado grupo o
personas. En los siglos
XV y XVI se aplica a
humanos y animales, lo
que implica una acepción
zoológica. Ortiz supone
que su sentido
peyorativo y zoológico
hizo posible su
aplicación a los
esclavos en las primeras
etapas de la trata
negrera, a la vez que se
expandían por Europa
"los conceptos
discriminadores basados
en predeterminaciones
antropológicas, en
maldiciones bíblicas y
en fatalismos
zoológicos". En las
ciencias, se introduce
en 1684 por el francés
F. Bernier en un estudio
antropológico; por lo
que Ortiz afirma que
pasa de "la jerga
esclavera al habla
popular y común y al
lenguaje de los
naturalistas y
antropólogos", para
clasificar al hombre por
sus caracteres externos
y diferenciadores
(Ortiz, 1975).
Hoy la ciencia ha
demostrado la unidad de
la especie humana, se
rechaza la "pureza" de
las razas y se niega que
tengan un significado
científico. Incluso se
discute la conveniencia
de la propia utilización
del término “raza”,
aun cuando se
aplique a la
variabilidad biológica
humana, al conjunto de
caracteres físicos
externos hereditarios,
formados en el devenir
histórico, que no son
afectados por factores
sociales como la
educación o la
tradición, y que se
encuentran distribuidos
o esparcidos espacial
mente con independencia
de las divisiones
étnicas.
Y es que el empleo de la
categoría raza en las
ciencias debe tener en
cuenta, entre otros
aspectos, que no solo
clasifica
biológicamente, sino
que, más aún, cualifica
socialmente, a partir de
la trayectoria histórica
de su utilización y de
la diversidad de
significados,
definiciones y enfoques,
que incluyen nociones de
jerarquización biológica
y social ligadas a
políticas e Ideologías
racistas. Pero, a
sabiendas de que su uso
refleja la existencia
indiscutida de
determinadas realidades
sociales signadas por
los estereotipos, los
prejuicios y la
discriminación, se
plantea la necesidad de
su estudio, cualquiera
que sea el criterio de
clasificación que se
emplee.
En ese sentido, se
sugiere hablar de “raza
social” o “grupo racial”,
definido al margen
de clasificaciones
antropofísicas, en
términos de agrupaciones
fenotípicamente
semejantes y
desemejantes, donde el
aspecto sociocultural
apunta a ser más
importante que el
biológico. El que la
clasificación de esos
grupos atendiendo a
ciertas características
somáticas —color de la
piel, textura del
cabello, forma de la
nariz y los labios,
etcétera— sea muy
flexible, y de que el
sentido de las
categorías raciales
difiera de un país a
otro, o incluso dentro
de regiones de una misma
nación, demuestra la
tremenda carga subjetiva
y el acondicionamiento
social de este fenómeno.
Lo anterior advierte de
las complejidades
metodológicas del
estudio de este tema, en
particular a la hora de
identificar racialmente8
a una población. En esta
investigación se
manifiesta, por ejemplo,
en las diferencias al
clasificar a los
individuos que se dan
entre nuestros equipos
de trabajo, a pesar de
que las categorías
utilizadas son las
mismas: blancos, negros
y mestizos9.
Esa clasificación
funciona en la
conciencia social y está
acuñada en la literatura
sobre el tema, pero los
grupos carecen de
fronteras claramente
definidas: son comunes
los casos de
identificación
controvertida, a partir
del rico abanico de
variantes fenotípicas
que se dan como
resultado del mestizaje
que, puesto de lado el
criterio de origen,
permite con facilidad
"saltar" la barrera del
color. La propia
nomenclatura popular de
los fenotipos no es
mutuamente excluyente, y
además responde a la
apreciación personal de
cada individuo, según el
color de la piel del
propio espectador, y la
influencia del medio
circundante: los que
para unos —y en un
determinado contexto—
pueden ser blancos o
negros, para otros —o en
un contexto diferente
resultan ser mestizos o
a la inversa.
También están los casos
en que la persona por
autofiliación se
adscribe a un
determinado grupo
racial, pero reconoce
que "otros", por
observación, lo
clasifican como miembro
de un grupo diferente;
como aquellos en que el
individuo se autoafilia
al grupo al cual a su
vez puede pertenecer por
apariencia ("pasa
por..."). Sí vale
subrayar que, por lo
general, está presente
la conciencia y el
reconocimiento del
mestizaje familiar.
En el plano
teórico-metodológico la
valoración de las
implicaciones de este
hecho demostró la
importancia de tener muy
en cuenta la
autofiliación del
individuo como
determinante en
cualquier análisis de
esta temática. El
sujeto, al asumir
determinada pertenencia
"ficticia" —que no
siempre coincide con el
fenotipo y que puede ser
vulnerable a
modificaciones impuestas
por su historia de vida
y por el medio que lo
rodea—, se orienta
socialmente a partir de
criterios y juicios
preestablecidos, con
expectativas y
aspiraciones acuñadas
por el grupo. Así,
construye una imagen
estereotipada tanto de
sus pariguales como de
los otros. Estas
nociones pasan a formar
parte inseparable de su
proyección familiar y
social.
Nuestra investigación,
como indica el nombre
del proyecto y el propio
título de este trabajo,
no está dedicada a la
"cuestión negra", sino a
las relaciones raciales,
en las que nos vemos
involucrados
cotidianamente todos los
cubanos, de uno u otro
lado de la línea del
color.
“Relaciones raciales”,
entendidas como las
formas específicas de
interacción social entre
individuos de diferente
filiación racial,
mediadas por factores
históricos, económicos y
socioculturales, que
determinan las
particularidades que en
cada sociedad y en cada
momento histórico
concretos manifiesta el
racismo.
“Racismo”, como
la doctrina que
establece una relación
entre los rasgos
físicos, culturales y
sociales, y que supone
la superioridad de unas
razas sobre otras. El
racismo, en el campo de
las ideas o creencias,
tiene una proyección
específica a través del
prejuicio racial y, en
el terreno de la acción
social, tiene su
manifestación en los
actos de discriminación
y segregación raciales,
ya sea en las relaciones
interpersonales o en la
actividad de las
entidades sociales
(UNESCO, 1978).
El “prejuicio
racial” es un
fenómeno sociopsicológico
del comportamiento
humano (Worchel, 1988),
culturalmente
condicionado y adquirido
en los procesos de
socialización, que
implica una disposición
o actitud desfavorable
hacia los miembros de un
grupo, al que se le
atribuyen rasgos
estereotipados, sea
debido a la apariencia,
sea debido a la
ascendencia étnica que
se le reconoce.
El prejuicio racial no
puede separarse del
“estereotipo racial”:
representación
mental traducida en
opiniones o juicios
generalizados, de gran
rigidez y
perdurabilidad,
aplicada a los miembros
de un grupo de
determinada filiación
racial, a los que se les
atribuye características
peculiares y
distintivas, positivas o
negativas. Es la parte
cognitiva del prejuicio,
lo explica y justifica.
La “discriminación
racial” se
refiere a las conductas
expresadas en el
tratamiento desfavorable
de unas personas o
grupos por otros, de
diferente filiación
racial, a partir de
referencias arbitrarias
a su supuesta
inferioridad.
Las relaciones raciales
se integran al conjunto
de las relaciones de la
estructura social, la
que está conformada, en
el caso de Cuba, por una
entidad étnica, que se
ha gestado y
evolucionado a partir de
la integración de
componentes raciales
diferentes y que, por
ende, constituye una
sociedad multirracial.
Este hecho ubica las
relaciones raciales en
una particular relación
con el fenómeno de la
etnicidad.
Las relaciones raciales
han reflejado las
condicionantes y
características que los
componentes raciales y
culturales (desde su
posición en la
estructura social)
introdujeron en el
conjunto de las
relaciones sociales y,
por consiguiente, en los
procesos étnicos y en la
etnicidad que los
expresa. Quiere esto
decir que la etnicidad y
las relaciones raciales
se condicionan
mutuamente e inciden una
en la otra, se proyectan
en sus expresiones
históricas, siendo
mediadoras de la
discriminación y el
prejuicio racial. Desde
otro ángulo, en el
proceso de socialización
del hombre se asientan
los mecanismos
reproductores de la
etnicidad y son al
unísono los mismos
mecanismos reproductores
de las relaciones
raciales.
Ambos procesos,
entonces, se integran en
la conformación de una
identidad cultural y
nacional, en la que cada
individuo se reconoce y
se contrapone, en el
nivel del proceso étnico
que sea, a partir de su
origen etnorracial y de
la posición que ocupe en
el contexto de las
relaciones y de la
estructura social.
Nuestra indagación
abordó diferentes
aristas de las
relaciones raciales,
agrupadas en tres líneas
temáticas. La primera
presta atención
fundamentalmente a la
interrelación de la
estructura socioclasista
y racial en el contexto
sociolaboral, con
particular énfasis en el
análisis de los sectores
emergentes de la
economía nacional, y de
los procesos de
movilidad social
relacionados con ellos.
La segunda resume tres
importantes aspectos
—vivienda, religión y
relaciones
interraciales— de la
caracterización
etnocultural de los
grupos raciales. Por
último, se estudian
algunas otras
peculiaridades, sobre
todo en el marco
familiar, que presentan
las relaciones raciales
en la actualidad, y los
factores condicionantes
del prejuicio y la
discriminación raciales.
La concepción del
estudio condiciona la
diversidad de ópticas en
el abordaje de las
relaciones raciales y
del aparato metodológico
empleado. Todas y cada
una de las líneas
temáticas —distinguidas
metodológicamente para
facilitar la
aproximación científica
al fenómeno, pero
inseparables e
interactuantes en la
realidad social—
contribuyen a la
comprensión de los
factores objetivos y
subjetivos que sustentan
el panorama racial de la
sociedad cubana actual.
Así, por ejemplo —mayor
información al respecto,
y también sobre los
métodos y técnicas de la
investigación10,
aparece en los
correspondientes
capítulos—, la primera
línea temática
desarrolló su trabajo de
campo fundamentalmente
en centros laborales de
distintos sectores de la
economía y los
servicios; la segunda en
escenarios
habitacionales
socioculturalmente
diversos, y la tercera
conjugó estudios en el
escenario residencial y
en centros laborales y
estudiantiles.
También en dependencia
de la arista de que se
trate, y del escenario
estudiado, varió el
enfoque de la
clasificación de los
grupos raciales. Así, la
ubicación de los
entrevistados en una u
otra categoría estuvo
relacionada con los
objetivos específicos de
cada temática. En el
estudio de la
interrelación entre la
estructura sociolaboral
y racial, se partió de
la autodefinición de la
pertenencia racial del
informante que se
contrastaba siempre con
la observación del
investigador del
fenotipo de los
individuos, de su
apariencia. Tal criterio
se siguió por su
funcionamiento en el
entramado de las
relaciones sociales que
se establecen a ese
nivel (el centro de
trabajo),
independientemente de
que se reconociera la
presencia de mestizaje
familiar.
Mientras que, en los
estudios etnoculturales,
desarrollados en el
entorno familiar y
residencial, la
clasificación partió de
criterios genealógicos:
se trataba de rastrear
las posibles huellas
culturales de los
diferentes antecedentes
étnicos, coincidentes en
nuestra realidad con una
diferente filiación
racial. Por ende,
blancos o negros se
consideraron,
respectivamente,
aquellos que no
reconocieron mezcla
racial en su genealogía
familiar, y en la
categoría de mestizos se
agruparon todas las
posibles gradaciones del
mestizaje entre blancos
y negros,
independientemente de la
apariencia física.
Por último, los
criterios genealógicos
—primordiales por su
mediatización en los
mecanismos de
transmisión de las ideas
y concepciones sobre el
tema racial
constituyeron el
indicador priorizado
para el tratamiento del
prejuicio y la
discriminación raciales
y los factores que
favorecen su
supervivencia. En este
tema particularmente, en
el caso de los estudios
realizados en la esfera
familiar, además de las
familias blancas, negras
y mestizas se incluyeron
las familias mixtas,
cuando estaban
constituidas por
personas de diferente
grupo racial.
El análisis realizado en
cada temática no obvió
las posibilidades de
sesgo de cada criterio
de clasificación: en el
primero, los casos en
que no coincide la
autoafiliación del
individuo con la
filiación asignada por
otros (exofiliación), o
esta última es en sí
misma contradictoria; en
el otro, que la
información sobre el
grupo racial de padres y
abuelos pasa por la
subjetividad de los
propios entrevistados.
De cualquier modo, se
tuvo en cuenta la
interrelación entre el
grupo racial definido
según criterios
genealógicos (genotipo),
según apariencia física
(fenotipo) y por la autoafiliación
(filiación racial
autoasignada por el
individuo) durante la
interpretación del
material. Y vale
subrayar que: estos tres
criterios se imbrican en
la existencia de un
núcleo duro en el seno
de cada grupo, el cual
hace viable y operativa
esta clasificación.
Es necesario también
subrayar aquí una de las
primeras dificultades
que debió enfrentar la
investigación,
relacionada con la
carencia en Cuba, en las
últimas décadas del
siglo XX, de
estadísticas que
evaluaran variables
raciales. Otra, se
vinculaba con el
silencio y los
prejuicios alrededor de
la temática, por lo cual
no se contó con estudios
precedentes que
permitieran perfilar
hipótesis y conformar un
modelo de análisis e
investigación que se
adaptara a las
condiciones históricas,
sociales y culturales en
las que se producía el
problema. Los datos del
censo de 1980, aunque
ilustraban, resultaron
demasiado desactualizados,
por el tiempo
transcurrido y los
cambios operados en la
sociedad durante los
años noventa. Y ya se
dijo que la escasa
producción intelectual
dedicada al tema, sobre
todo después de 1959, o
enfocaba el problema
desde la perspectiva de
uno de los grupos en
interacción, o tenía un
carácter eminentemente
apologético, concentrado
en los avances positivos
que se habían logrado en
este terreno.
A subsanar tales
limitaciones apuntaron
las primeras
indagaciones
exploratorias de campo
realizadas en la ciudad
de La Habana. En las
subsiguientes etapas en
que se desarrolló la
investigación, con el
propósito de otorgarle
un alcance cercano a lo
nacional, se ejecutaron
trabajos de campo en La
Habana, Santiago de Cuba
y Santa Clara, en
representación de las
tres regiones
fundamentales en que se
ha dividido
históricamente la Isla,
y que a su vez muestran
evidentes diferencias
socioeconómicas y en
cuanto a la
configuración racial de
su población.
El trabajo que ahora se
presenta resume el
camino seguido y
algunos de los
principales resultados
obtenidos.
Introducción al libro
Las relaciones raciales
en Cuba. Estudios
contemporáneos.
Colectivo de autores.
Fundación Fernando
Ortiz, 2011.
*
Niurka
Núñez González, Pablo
Rodríguez Ruiz, María M.
Pérez Álvarez, Odalys
Buscarón Ochoa.
Notas:
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