La Habana. Año X.
20 al 26 de AGOSTO de 2011

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         Premio David de Literatura para niños y jóvenes 2011

En cada tiempo y en este lugar

Lázaro Alfonso • La Habana

Capítulo 1
 

—¡Mamá, mamá!

—Sujétate, hijo.

—¡Tengo miedo, mamá!

—Ten calma, pronto pasará todo.

A cada segundo que transcurre, el viento y las olas enfurecen aún más, la intensa oscuridad apenas te permite ver los brazos de tu madre para asirte a ella con fuerza. La endeble embarcación se balancea sin control y los otros niños que viajan en ella, también lloran y forcejean, a pesar de los requiebros de los mayores; uno de ellos cae al mar.

Llueve.

La madre del pequeño que cayó, grita y se lanza tras él. Lágrimas y maldiciones a dioses y santos que jamás has oído mencionar, no son suficientes para que regresen. Te conformas con mirar, en silencio, apenas sin entender lo que sucede. La luz de los relámpagos, en sus intervalos, es la única iluminación que permite divisar otras balsas que se aferran a la misma aventura.

Una fuerte ráfaga te desprende del brazo de tu madre. Ella, en un intento desesperado por sujetarte, te aparta del borde; pero pierde el equilibrio y cae. 

—¡Mamá, mamá! —gritas, pero no puedes impedir que desaparezca en la noche.

—¡Mamá!...

Intentas ir tras ella y una mano te sujeta.

—¡Mamá!...

Un último grito da paso a un llanto ensordecedor, llanto que estremece la noche. Poco a poco, se aleja el viento... el frío... la lluvia...

Al sentir los gritos, Antonio entra a la habitación de Tony y enciende la luz.

—¿Qué te pasa, hijo? —se sienta a su lado y le palpa la frente—. Parece que tienes fiebre.

—¡Viejo! —Tony se abraza a su cuello.

—Ya pasó todo, tranquilo.

—No te vayas.

—¿Está bien?... ¿El mismo sueño?

Tony asiente entre sollozos.

—¿Quieres que te prepare un poco de leche?

—Ahora no.

—Ya casi amanece, necesitas descansar un poco para ir a la escuela.

—No quiero descansar... Prefiero escuchar un poco de música.

—Bueno, como quieras.

—¿Viejo, crees que mi madre halla muerto?

Tony se recuesta a la cabecera de la cama. Antonio frunce el entrecejo y duda.

—No lo sé, hijo. Hace mucho tiempo y no hemos sabido nada; pero no pensemos lo peor.

—¿De qué sirve engañarse, viejo?

—A veces, es mejor —Antonio no puede evitar las lágrimas.

—¿Por qué lloras, viejo? —Tony se arrodilla en la cama—... ¿Por qué nos hizo eso?

—Ya eres un jovencito, un día de estos te cuento muchas cosas que aun no sabes, aunque conoces la mayor parte de la historia y lo que no, debes imaginarlo —Antonio se dirige al equipo de música, examina varios, pero no se decide por ninguno—... Y hablando de otro tema, ¿te has enamorado ya?

—Pues, no lo sé.

—Te pregunto porque he visto la foto de una muchacha en tu mochila, no curioseaba, pero la dejaste abierta y seguro se salió de una libreta.

—Sí, era mi novia.

—¡Era! ¿Qué sucedió? —Antonio regresa  a la cama.

—Se enamoró de otro.

—Bueno, hijo, esas cosas nos pasan a cualquier edad, y más de una vez.

Antonio le da unas palmaditas en el hombro y se pone de pie. Descorre la cortina de la ventana, los primeros destellos del alba asoman en el horizonte. Desde el cuarto piso del edificio donde viven, se observa parte de la ciudad, algunos parques y la gran avenida.

Tony abandona la cama y va directo al escritorio. Elige un disco y lo coloca en el equipo: música instrumental.

—Los muchachos de tu edad —comenta Antonio—, raramente escuchan esa música.

—Me gusta.

—A mí también; pero es inusual en los jóvenes.

—¿Vas a trabajar hoy?

—Sí, hijo, tengo dos reuniones. Ve al baño y lávate para que te espabiles un poco. Prepararé el desayuno.

—De acuerdo, viejo.
 

Capítulo 2
 

Tony, no deja de mirar al último pupitre del otro extremo del aula. En él se sienta Raysa, la que hasta un par de semanas atrás fuera su novia. Apenas iniciado el presente curso, la muchacha decidió terminar la relación. Él insistió en un par de ocasiones y ella le pidió que la dejara en paz; pero a Tony le resulta imposible, piensa en ella a cada minuto, le escribe poemas que no le muestra, le manda notas que ella rompe sin leer. Desde que se conocieron en séptimo grado, fueron muy buenos amigos, y en noveno decidieron ser novios.

La profesora de matemática explica un tema importante; afirma que será objetivo de evaluación, pero nada de eso le interesa a Tony. Mirar a su chica, porque aún la siente suya, espiarla a ver si ella lo mira de reojos, es su único objetivo.

—¡Tony! ¡Despierta, Tony! —Abel lo sacude por el brazo.

—Es que su pelo y su risa me hipnotizan —responde.

—Espabílate, socio, que esa chica ya no es para ti —argumenta su compañero, desde el pupitre contiguo.

—Aún me gusta, pero no perdono las traiciones.

—Mejor ni te metas con ella, y olvídate de perdonar. Ya no le interesas, graba eso en tu mente, socio. ¿Sabes quién es el novio ahora?

—Claro que lo sé, pero no le tengo miedo. Si quieres, te lo demuestro.

—Mejor no, por tu bien.

—¿Qué crees que soy? 

—¡Silencio! —la profesora se dirige hacia ellos, se detiene justo al lado de Tony—. Será mejor que paren el cuchicheo o los saco del aula.

Tony y Abel dan por concluida la plática, abren las libretas y fingen copiar los ejercicios del pizarrón. Tony, de reojos, continúa mirando a su ex—novia.

Pasados diez minutos, Abel le habla a Tony, muy bajo, para que la profesora no se percate:

—Socio, ¿sabes qué película estrenan esta semana?

—No, hace rato no voy al cine.

—Es una que dicen que está buenísima.

—Ok, vamos a decírselo a los demás, a ver si nos ponemos de acuerdo para ir todos.

—Pero si no quieren, podemos ir tú y yo.

—Veremos.

La profesora los mira, irritada por la desobediencia. Quedan en silencio.

—Cuando se termine el turno de clase —les dice la profesora—, irán conmigo a la dirección, y cállense ustedes —refiriéndose al resto del alumnado, que murmura sobre el particular.

Al escuchar el timbre, los alumnos recogen sus libros y abandonan el aula. Tony y Abel, caminan detrás de la profesora y conversan muy bajo, casi por señas.

—¿Crees que manden a buscar a nuestros padres? —pregunta Abel, algo nervioso.

—Mi papá me mata —responde Tony.

—¡Silencio! —la profesora se voltea y les habla en tono imperativo— ¿Es que no pueden estar callados ni un minuto?

Bajan la cabeza y continúan tras ella, sin abrir la boca.

—¿Qué les dijeron? –pregunta Oscar, que los espera a la salida de la escuela— Mañana sus padres aquí o no podrán entrar a clases —trata de imitar la voz ronca y los ademanes del director—, y si tienen ausencias, perderán el derecho a examen —ríe, burlona y forzadamente.

—No te hagas el gracioso —le dice Abel—. No veo el chiste por ninguna parte.

—¡Eh, socio! —Oscar, refiriéndose a Tony— Mira quien viene por ahí, ¡la princesita del palacio real!

—Y viene solita —agrega Abel—. Quiero decir, sin el novio.

—Enséñale que a los hombres se respetan —lo incita Oscar.

—Ni te atrevas —le advierte Abel—, mejor olvida que existe.

 Tony queda indeciso, escucha las opiniones de ambos, sin saber qué hacer; con ganas de sujetarla y besarla por la fuerza si se resiste, pero sabe que no debe, ¿qué pensaría el resto de las chicas del colegio? ¿El macho macho o el tonto tonto?    

Raysa y Dania, risueñas y comentando en voz baja, pasan a unos diez metros de ellos. Dania, mira de reojos hacia los muchachos.

—Tony, tú viste lo mismo que yo —dice Oscar.

Tony no escucha las palabras de Oscar, su mente viaja a las arenas de las playas, a los momentos en que a solas, él y Raysa, disfrutaban interminables minutos de ternura y promesas. No advierte los comentarios de Oscar, solo existe para él ese cuerpo que contonea a escasos metros de sus pupilas, ese cuerpo que acarició, esa voz que le habló al oído, esas manos que por tantos lugares anduvieron aferradas a las suyas, esa chica que ahora no le pertenece y no acepta que sea de otro.

—¡Tony! ¡Despierta compadre!

—¿Qué pasó? —responde, sin apartar sus ojos de Raysa.

—Te preguntaba si no viste como Dania miró a Abel.

—Sí, eso me pareció.

—Oye, mi socio —Oscar, dirigiéndose a Abel—. ¿Qué tú esperas para atacar a esa chica? ¿No viste como te miró?

—Ideas tuyas —responde Abel.

—¡Ideas mías! Díselo tú, Tony.

—Sí, mi hermanito, también me pareció que Dania te miró de una forma qué... si fuera a mí, no lo pensaba dos veces.

—¡Ah! Dejen eso, caballero —dice Abel.

—¿No te gusta? —pregunta Oscar—. No la veo mal.

—Bueno, arriba, vamos caminando, que ya es un poco tarde —dice Tony.   
 

Fragmento de la novela Premio David de Literatura para niños y jóvenes 2011.

 
 
 
 
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