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Capítulo 1
—¡Mamá, mamá!
—Sujétate, hijo.
—¡Tengo miedo, mamá!
—Ten calma, pronto
pasará todo.
A cada segundo que
transcurre, el viento y
las olas enfurecen aún
más, la intensa
oscuridad apenas te
permite ver los brazos
de tu madre para asirte
a ella con fuerza. La
endeble embarcación se
balancea sin control y
los otros niños que
viajan en ella, también
lloran y forcejean, a
pesar de los requiebros
de los mayores; uno de
ellos cae al mar.
Llueve.
La madre del pequeño que
cayó, grita y se lanza
tras él. Lágrimas y
maldiciones a dioses y
santos que jamás has
oído mencionar, no son
suficientes para que
regresen. Te conformas
con mirar, en silencio,
apenas sin entender lo
que sucede. La luz de
los relámpagos, en sus
intervalos, es la única
iluminación que permite
divisar otras balsas que
se aferran a la misma
aventura.
Una fuerte ráfaga te
desprende del brazo de
tu madre. Ella, en un
intento desesperado por
sujetarte, te aparta del
borde; pero pierde el
equilibrio y cae.
—¡Mamá, mamá!
—gritas, pero no puedes
impedir que desaparezca
en la noche.
—¡Mamá!...
Intentas ir tras ella y
una mano te sujeta.
—¡Mamá!...
Un último grito da paso
a un llanto
ensordecedor, llanto que
estremece la noche. Poco
a poco, se aleja el
viento... el frío... la
lluvia...
Al sentir los gritos,
Antonio entra a la
habitación de Tony y
enciende la luz.
—¿Qué te pasa, hijo? —se
sienta a su lado y le
palpa la frente—. Parece
que tienes fiebre.
—¡Viejo! —Tony se abraza
a su cuello.
—Ya pasó todo,
tranquilo.
—No te vayas.
—¿Está bien?... ¿El
mismo sueño?
Tony asiente entre
sollozos.
—¿Quieres que te prepare
un poco de leche?
—Ahora no.
—Ya casi amanece,
necesitas descansar un
poco para ir a la
escuela.
—No quiero descansar...
Prefiero escuchar un
poco de música.
—Bueno, como quieras.
—¿Viejo, crees que mi
madre halla muerto?
Tony se recuesta a la
cabecera de la cama.
Antonio frunce el
entrecejo y duda.
—No lo sé, hijo. Hace
mucho tiempo y no hemos
sabido nada; pero no
pensemos lo peor.
—¿De qué sirve
engañarse, viejo?
—A veces, es mejor
—Antonio no puede evitar
las lágrimas.
—¿Por qué lloras, viejo?
—Tony se arrodilla en la
cama—... ¿Por qué nos
hizo eso?
—Ya eres un jovencito,
un día de estos te
cuento muchas cosas que
aun no sabes, aunque
conoces la mayor parte
de la historia y lo que
no, debes imaginarlo
—Antonio se dirige al
equipo de música,
examina varios, pero no
se decide por
ninguno—... Y hablando
de otro tema, ¿te has
enamorado ya?
—Pues, no lo sé.
—Te pregunto porque he
visto la foto de una
muchacha en tu mochila,
no curioseaba, pero la
dejaste abierta y seguro
se salió de una libreta.
—Sí, era mi novia.
—¡Era! ¿Qué sucedió?
—Antonio regresa a la
cama.
—Se enamoró de otro.
—Bueno, hijo, esas cosas
nos pasan a cualquier
edad, y más de una vez.
Antonio le da unas
palmaditas en el hombro
y se pone de pie.
Descorre la cortina de
la ventana, los primeros
destellos del alba
asoman en el horizonte.
Desde el cuarto piso del
edificio donde viven, se
observa parte de la
ciudad, algunos parques
y la gran avenida.
Tony abandona la cama y
va directo al
escritorio. Elige un
disco y lo coloca en el
equipo: música
instrumental.
—Los muchachos de tu
edad —comenta Antonio—,
raramente escuchan esa
música.
—Me gusta.
—A mí también; pero es
inusual en los jóvenes.
—¿Vas a trabajar hoy?
—Sí, hijo, tengo dos
reuniones. Ve al baño y
lávate para que te
espabiles un poco.
Prepararé el desayuno.
—De acuerdo, viejo.
Capítulo 2
Tony, no deja de mirar
al último pupitre del
otro extremo del aula.
En él se sienta Raysa,
la que hasta un par de
semanas atrás fuera su
novia. Apenas iniciado
el presente curso, la
muchacha decidió
terminar la relación. Él
insistió en un par de
ocasiones y ella le
pidió que la dejara en
paz; pero a Tony le
resulta imposible,
piensa en ella a cada
minuto, le escribe
poemas que no le
muestra, le manda notas
que ella rompe sin leer.
Desde que se conocieron
en séptimo grado, fueron
muy buenos amigos, y en
noveno decidieron ser
novios.
La profesora de
matemática explica un
tema importante; afirma
que será objetivo de
evaluación, pero nada de
eso le interesa a Tony.
Mirar a su chica, porque
aún la siente suya,
espiarla a ver si ella
lo mira de reojos, es su
único objetivo.
—¡Tony! ¡Despierta,
Tony! —Abel lo sacude
por el brazo.
—Es que su pelo y su
risa me hipnotizan
—responde.
—Espabílate, socio, que
esa chica ya no es para
ti —argumenta su
compañero, desde el
pupitre contiguo.
—Aún me gusta, pero no
perdono las traiciones.
—Mejor ni te metas con
ella, y olvídate de
perdonar. Ya no le
interesas, graba eso en
tu mente, socio. ¿Sabes
quién es el novio ahora?
—Claro que lo sé, pero
no le tengo miedo. Si
quieres, te lo
demuestro.
—Mejor no, por tu bien.
—¿Qué crees que soy?
—¡Silencio! —la
profesora se dirige
hacia ellos, se detiene
justo al lado de Tony—.
Será mejor que paren el
cuchicheo o los saco del
aula.
Tony y Abel dan por
concluida la plática,
abren las libretas y
fingen copiar los
ejercicios del pizarrón.
Tony, de reojos,
continúa mirando a su
ex—novia.
Pasados diez minutos,
Abel le habla a Tony,
muy bajo, para que la
profesora no se percate:
—Socio, ¿sabes qué
película estrenan esta
semana?
—No, hace rato no voy al
cine.
—Es una que dicen que
está buenísima.
—Ok, vamos a decírselo a
los demás, a ver si nos
ponemos de acuerdo para
ir todos.
—Pero si no quieren,
podemos ir tú y yo.
—Veremos.
La profesora los mira,
irritada por la
desobediencia. Quedan en
silencio.
—Cuando se termine el
turno de clase —les dice
la profesora—, irán
conmigo a la dirección,
y cállense ustedes
—refiriéndose al resto
del alumnado, que
murmura sobre el
particular.
Al escuchar el timbre,
los alumnos recogen sus
libros y abandonan el
aula. Tony y Abel,
caminan detrás de la
profesora y conversan
muy bajo, casi por
señas.
—¿Crees que manden a
buscar a nuestros
padres? —pregunta Abel,
algo nervioso.
—Mi papá me mata
—responde Tony.
—¡Silencio! —la
profesora se voltea y
les habla en tono
imperativo— ¿Es que no
pueden estar callados ni
un minuto?
Bajan la cabeza y
continúan tras ella, sin
abrir la boca.
—¿Qué les dijeron?
–pregunta Oscar, que los
espera a la salida de la
escuela— Mañana sus
padres aquí o no podrán
entrar a clases —trata
de imitar la voz ronca y
los ademanes del
director—, y si tienen
ausencias, perderán el
derecho a examen —ríe,
burlona y forzadamente.
—No te hagas el gracioso
—le dice Abel—. No veo
el chiste por ninguna
parte.
—¡Eh, socio! —Oscar,
refiriéndose a Tony—
Mira quien viene por
ahí, ¡la princesita del
palacio real!
—Y viene solita —agrega
Abel—. Quiero decir, sin
el novio.
—Enséñale que a los
hombres se respetan —lo
incita Oscar.
—Ni te atrevas —le
advierte Abel—, mejor
olvida que existe.
Tony queda indeciso,
escucha las opiniones de
ambos, sin saber qué
hacer; con ganas de
sujetarla y besarla por
la fuerza si se resiste,
pero sabe que no debe,
¿qué pensaría el resto
de las chicas del
colegio? ¿El macho macho
o el tonto tonto?
Raysa y Dania, risueñas
y comentando en voz
baja, pasan a unos diez
metros de ellos. Dania,
mira de reojos hacia los
muchachos.
—Tony, tú viste lo mismo
que yo —dice Oscar.
Tony no escucha las
palabras de Oscar, su
mente viaja a las arenas
de las playas, a los
momentos en que a solas,
él y Raysa, disfrutaban
interminables minutos de
ternura y promesas. No
advierte los comentarios
de Oscar, solo existe
para él ese cuerpo que
contonea a escasos
metros de sus pupilas,
ese cuerpo que acarició,
esa voz que le habló al
oído, esas manos que por
tantos lugares
anduvieron aferradas a
las suyas, esa chica que
ahora no le pertenece y
no acepta que sea de
otro.
—¡Tony! ¡Despierta
compadre!
—¿Qué pasó? —responde,
sin apartar sus ojos de Raysa.
—Te preguntaba si no
viste como Dania miró a
Abel.
—Sí, eso me pareció.
—Oye, mi socio —Oscar,
dirigiéndose a Abel—.
¿Qué tú esperas para
atacar a esa chica? ¿No
viste como te miró?
—Ideas tuyas —responde
Abel.
—¡Ideas mías! Díselo tú, Tony.
—Sí, mi hermanito,
también me pareció que Dania te miró de una
forma qué... si fuera a
mí, no lo pensaba dos
veces.
—¡Ah! Dejen eso,
caballero —dice Abel.
—¿No te gusta? —pregunta
Oscar—. No la veo mal.
—Bueno, arriba, vamos
caminando, que ya es un
poco tarde —dice Tony.
Fragmento de la novela
Premio David de
Literatura para niños y
jóvenes 2011. |