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Con el Premio David en
su haber, ya sobrepuesto
a la sacudida de la
noticia y a la
solemnidad del acto que
lo puso en sus manos,
conmemorando el suceso
que hace medio siglo
constituyera un
parteaguas en la
política cultural
cubana, el joven poeta
apenas consigue pensar
en la constancia que no
tiene y en la poesía
que ha “masticado” de
otros premiados. Como
quizá sucedió
con “Delfín Prats, Ángel
Escobar, Sigfredo Ariel,
Juan Carlos Flores y
Carlos A. Aguilera”, el
David remueve y
estimula, toma unos
segundos para (des)peinar
los cabellos con las
yemas de los dedos,
relee y avanza.
La novela inconclusa de
Bob Kippenberger,
el poemario de Larry J.
González, “tiene una
estructura narrativa
bastante evidente y un
tono de cierto regusto
light que va
girando en función de
dos personajes: un
escritor y su albacea”.
Uno de ellos ha tomado
prestado el apellido de
uno de los artistas
fundamentales de la
renovación
neo-expresionista
alemana, quien devino
una especie de autor de
culto en el arte
contemporáneo.
Graduado de Historia del
Arte en la Universidad
de La Habana, este joven
profesor del
Departamento de Estudios
Teóricos sobre el Arte
en el ISA había sido
premiado en el año 2003
por el Concurso de
Minicuentos “El
dinosaurio”. Cuatro años
más tarde, el
mayabequense logró
quedar entre los
finalistas del Premio de
Poesía convocado por la
revista cultural La
Gaceta de Cuba. Un
relato breve que
escribiera en el 2009
obtuvo una mención en
“El dinosaurio”, y al
año siguiente recibió la
Beca de Creación
Prometeo. Obtuvo mención
en el Premio de Poesía
convocado por La
Gaceta en este 2011
y textos suyos asoman
con frecuencia en
publicaciones
nacionales. Con el David
en sus manos, como otro
gran paso en la
promoción de su quehacer
poético, Larry guarda
silencio y deja que sus
versos hablen.
Menos corto de palabras
―como corresponde a un
narrador―, el también
editor y diseñador
bayamés Alexander
Machado se deleita en
describir para La
Jiribilla la
estructura de
Quadrivium. El
volumen de cuentos que
logró seducir a Zaida
Capote, Michel Encinosa
y Vitalina Alfonso, en
su condición de Jurado,
se le antoja a su autor
como un conjunto
difícilmente atravesado
por un hilo temático
evidente.
“Creo que en este caso
sería más adecuado
hablar de temas o, tal
vez, de un juego de
asociaciones con la
música”. Alexander
prefiere hablar de
“variaciones” porque
Quadrivium es “en
cierto sentido juguetón
y, al mismo tiempo,
malicioso. Creo que un
poco raro, también”. En
alguna medida, el propio
título lo anuncia. No en
el sentido de las cuatro
artes liberales, sino en
su traducción literal
como “cuatro vías”.
“El cuaderno se divide
en cuatro ¿secciones?
¿Caminos? ¿Universos?...
―explica― cuatro zonas
de diferentes enfoques y
matices en el modo de
enunciar lo que en
definitiva son mis
inquietudes,
ensoñaciones, delirios y
exorcismos”.
Cada una de las “zonas”
de Quadrivium
consta de nueve cuentos
breves o minicuentos.
Según Alexander, esta es
otra cualidad que impide
hablar de “tema”, pues
se trata de un volumen
fragmentado. “No creo
que en modo alguno
incoherente, pero sí
fragmentado y, una vez
más, diverso”. El acta
del jurado elogia,
justamente, la
uniformidad de la
propuesta narrativa.
“La primera parte es de
un corte reflexivo,
sentencioso, acaso
místico; la segunda un
poco más fresca, con una
carga relativamente
notable de ironía y, en
algún caso, de humor
sutil; la tercera
sección se concentra en
la (re)creación de mitos
fundamentalmente
griegos, con cierta
dosis también de malicia
en esa reescritura, pero
también con el placer de
la libertad a la hora de
deconstruirlos y
contaminarlos; y la
última parte ya es de
carácter más íntimo, más
personal, con alguna que
otra pieza asociada a
vivencias propias, con
cierto predominio de un
tratamiento surreal
hacia la anécdota”.
Como el poeta, Alexander
prefiere hablar de
“deudas” más que de
“referencias”. Les llama
“acreedores literarios”:
Carpentier, ese Don
Alejo a quien descubrió
al fin de su
adolescencia y de cuya
prosa le cautivó el
ritmo y la certeza del
lenguaje. Luego,
compromisos parecidos
contrajo, sin jerarquías
por el orden en que los
nombra, con Jorge Luis
Borges, Ernest Hemingway,
Edgar Allan Poe, el
Cervantes de la primera
parte de El Ingenioso
Hidalgo…, Homero, lo
mejor de García Márquez.
Y del patio, con José
Martí, el Maestro, “otro
canon para la redacción
en prosa, aunque de un
modelo más arcaico;
Piñera y su humor
delicioso y amargo, su
agudeza casi siempre
descarnada; Luis Rogelio
Nogueras, en su rol de
poeta lúdicro,
excepcional en hacer
poesía con elementos
que, aislados,
cualquiera podría
catalogar como formas
bastas; y un escritor
que hoy solo unos pocos
recordamos: Ezequiel
Vieta, excepcional en su
capacidad de construir
imágenes”.
Y como casi todos los
narradores cubanos que
en los últimos tiempos
sacuden el panorama
literario con creaciones
frescas, Alexander
refiere una gran deuda,
“tal vez la mayor de
todas porque entra en el
orden de lo práctico: el
Centro de Formación
Literaria Onelio Jorge
Cardoso, entre cuyos
narradores-maestros
liderados por Eduardo
Heras comprendí de forma
un poco más completa, no
sé si lúcida o
coherente, el siempre
sorprendente universo de
todo tipo de caminos,
intenciones y sutilezas
que se esconden detrás
de la aparente sencillez
de escribir una
historia”. Con ellos, (re)aprendió
a leer.
¿Qué busca, qué propone
en lo ideoestético? Son
preguntas que le
atormentan, como joven
escritor. Para los
posibles teleólogos que
lean La Jiribilla,
acota que “el fin
último” de lo que
escribe es “un estado de
satisfacción interior,
una suerte de goce que
puede tener que ver con
varias caras de un
poliedro: el placer de
una imagen hermosa,
sofisticada o
enigmática; la expiación
de una culpa, de un
vacío, un recuerdo; la
vanidad de haber hecho
bien algo difícil y
saberlo, vanidosamente
disfrutable… Pensar que
quiero proponer algo es
afirmar a priori
que tengo algo que
aportar; pero eso creo
que les corresponde más
bien a nuestros
sucesores”.
No le gusta entrar en
detalles sobre los
fundamentos en los que
se ubica a la hora de
escribir. “No es que
sean secretos, pero es
casi como una
superstición, siento que
se puede perder ¿el
ángel?”. Se queda con la
musa.
Llegó a la literatura, o
mejor, “a la escritura”,
“como refugio ante
aquellos años duros (con
permiso de Jesús Díaz)
de la década del 90.
Escribí unos cuantos
poemas en aquella época,
de los cuales algunos he
destruido y otros no,
aunque en ningún caso
los publicaría. Creo que
la poesía es la máxima
expresión artística a la
que se puede aspirar con
las palabras. Luego
derivé hacia la
intención de contar
historias, camino casi
igual de arduo pero
regulado por otras
lógicas. Transité desde
un realismo de corte
expresionista (que hoy
sí me avergüenza y que
tampoco publicaré) hacia
una forma de hacer más
desprejuiciada, que
ajusta el modo de decir
a la necesidad que exige
lo que será dicho,
respetando, disfrutando
y sufriendo el estado de
ánimo, lo que este
impone sobre el papel”.
En el certamen de
Literatura para niños y
jóvenes, la novela En
cada tiempo y en este
lugar, del habanero
Lázaro Alfonso Díaz,
brilló entre otros 15
textos. Un jurado
compuesto por Alicia
Abascal, Elvia Pérez y
Alberto Hernández premió
su estilo depurado, no
exento de dramatismo y
poesía, en el que se
saborea el dominio de
técnicas narrativas
contemporáneas. Les
sedujo también el
tratamiento de la
psicología de los
personajes, elemento que
muchas veces descuidan
quienes perciben la
creación para niños y
jóvenes como un empeño
menor.
Consciente de la
exigencia de sus
lectores, Lázaro apuesta
por “sacar a la luz
problemáticas que
enfrentan los jóvenes y
adolescentes de estos
tiempos: el desarraigo
familiar, el amor o
desamor, las adicciones,
las deterioradas
relaciones entre padres
e hijos, los atajos que
tomamos ante el no saber
qué hacer y no encontrar
el apoyo necesario en
nuestra familia”. Le
interesa hurgar muy
dentro de la conciencia
del ser humano. Advierte
que en ocasiones nos
será difícil visualizar
cómo viste o camina un
personaje de su obra:
prefiere que sepamos qué
piensa, ama y rechaza.
Graduado de Técnico
Medio en Contabilidad y
durante 23 años
trabajador de la Banca
Cubana, Lázaro no repara
en aclarar que su
desempeño profesional
nada tiene que ver con
la literatura. “Desde
pequeño llevé dentro el
bichito de la creación.
Inventaba mis cuentos y
poemas; pero al
graduarme todo eso quedó
a un lado, hasta que en
un buen día del año 2000
descubrí la convocatoria
a un taller literario. A
partir de ahí comencé a
tomar en serio la
escritura”.
También graduado del
Centro de Formación
Literaria, en el año
2009 recibió su primer
reconocimiento nacional:
el Rafaela Chacón Nardi,
con el cuaderno de
poesía El acoso de
mis fantasmas, hasta
hoy en la lista por
publicar de la editorial
Extramuros. Luego
llegaron otros lauros,
como el Premio
extraordinario del
Regino Pedroso, también
en 2009. En sus gavetas
permanecen varios libros
terminados, narraciones
y poemas. Entre ellos,
dice, “un poemario
juvenil: Confesiones
a mi almohada,
dedicado a su hija de 15
años; una novela
infantil, Concurso de
Poesía, preñada de
enseñanzas desde la
primera hasta la última
línea, a manera de
fábula, con una trama
que gira en función de
un certamen en el cual
el niño lector funge
como jurado y otorga los
premios; y la novela
El precio del placer,
una historia donde el
amor se sobrepone a
todos los tabúes
sociales, incluido el
SIDA. Ha sido difícil
llevar a la vez dos
profesiones tan
diferentes, pero he
podido hasta hoy y no
pienso renunciar a
ninguna de ellas”.
El David y la (h)onda de
escribir hoy en Cuba
Para hacer una
valoración justa sobre
la narrativa cubana de
hoy, el ganador del
Premio David 2011 en el
apartado de Cuento
admite que le falta
conocimiento de la
totalidad. “Del año 2000
hacia acá (para seguir
el juego del decadismo
que a ratos se le
critica a nuestra
historiografía del arte)
habré leído no más de
una veintena de libros
de narradores cubanos
actuales, la mayor parte
obras publicadas en
antologías nacionales y
unas cuantas de
editoriales
provinciales. Si se
tratara de tomar ese
universo como muestra,
entonces diría que hay
cantidad, diversidad y
calidad”.
No obstante, como muchos
lectores de la Isla,
extraña al “gran
escritor”. “Me refiero a
la estatura de un Alejo,
un Lezama, un Virgilio,
que demuestre una
vitalidad capaz de
estremecer por su
hondura, que sea un
creador de esencias más
que de superficies, que
logre pulsar los centros
capitales de la
condición humana y
escapar a las
distracciones de los
cientos de ilusiones que
la globalidad y las
finas redes de su poder
pretenden establecer
como conflictos o
fenómenos dignos de
atención”.
“¿Mi libro enriquecerá
este panorama? Pues no
lo sé y tampoco lo
pretendo, al menos no
desde la posición del
clarividente o el
colonizador, y muchísimo
menos como el renegado
de su generación o de su
tiempo. Ahora, en el
sentido de que es un
libro al menos distinto
y, repito, raro en su
contexto, puede que sea
como la voz de armonía
disonante (pero armonía
al fin) dentro del coro.
Y si en un país donde en
los últimos años ha
cobrado mucha fuerza el
cultivo del minicuento,
este libro ayuda de
algún modo a mostrar
como conjunto algún tipo
de posibilidad para
volúmenes de esta
naturaleza, entonces sí
pudiera establecerse un
modesto aporte. Pero
nada más. Ya veremos
cómo lo juzgan los
lectores, todos, los
entendidos y los
inocentes. Es a ellos a
quienes les corresponde
emitir esos juicios”.
Sobre este tema, Lázaro
considera que podría
estar hablando todo un
día. En lo que refiere a
la literatura para niños
y jóvenes, considera que
“se ha mejorado, si la
comparamos con las
creaciones de años
atrás. En cuánto a lo
infantil, hoy la calidad
de una buena parte de
nuestras ediciones puede
competir con las
foráneas, lo cual no
sucede con las juveniles
y menos con las de
adultos. No hay que
olvidar que, para que un
niño o un adolescente
lea un libro, primero
debe agradarle a la
vista”.
“No soy un lector voraz
de literatura juvenil;
pero sí compro mucha
para mis hijas y veo que
la mayoría de las
publicaciones se
concentran en divulgar
la literatura clásica y,
en ocasiones, no tan
clásica. No estoy en
desacuerdo con que se
publiquen obras
representativas de la
cultura universal, pero
no es saludable
restarles tanto espacio
a escritores cubanos
contemporáneos con ganas
de publicar su obra. Si
el motivo fuera un
déficit de estos textos
en las editoriales, debe
convocarse a más
concursos y tomar en
cuenta que lo único
importante no es elevar
el nivel cultural del
lector, sea cual sea su
edad, sino pensar que la
literatura también es un
medio de esparcimiento,
como lo son el cine y la
televisión. Todo debe
tener su lugar”.
El autor de la novela
merecedora del David
2011 considera que se
trata de un certamen que
mucho puede aportar al
género; pero recomienda
extender las
convocatorias de
creaciones para niños y
jóvenes a otros
concursos. Sin embargo,
no comprende por qué se
unen para disputar el
lauro en el mismo género
de Novela, Poesía y
Narrativa las creaciones
para niños, adolescentes
y jóvenes, “cuando las
diferencias entre ellas
son inmedibles. ¿Cómo
son capaces los jurados
de evaluar si una obra
infantil es superior a
una juvenil, o
viceversa? Mis palmas
para ellos, pues no debe
ser tarea fácil”.
Como cada edición, la
Unión Nacional de
Escritores y Artistas de
Cuba convocó a los
escritores cubanos
residentes en la Isla a
presentar sus volúmenes
inéditos. Quienes
enviaron sus creaciones,
nunca han visto
publicado un libro de su
autoría. Larry J.
González, Alexander
Machado y Lázaro Alfonso
siguen ahora la pista de
sus “referentes” o
“acreedores literarios”,
muchos de los cuales
hallaron en el Premio
David un primer paso a
la escritura en serio.
Las problemáticas que
reflejan, las preguntas
que se formulan y las
respuestas que
encuentran o dejan al
vuelo dentro y fuera de
lo escrito, constituyen
señales de una
generación ―no solo
literaria― que hurga en
sus propias deudas y
posibilidades. Desde su
tiempo tientan,
proponen. Y en sus
libros, más de un lector
se verá a sí mismo
mientras otros,
incorregiblemente,
seguirán desechando
noveles a la sombra de
los consagrados.
Tranquilamente, mientras
renace Virgilio. |