La Habana. Año X.
20 al 26 de AGOSTO de 2011

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CONVERSANDO CON LOS ESCRITORES PREMIADOS EN EL DAVID 2011

Mientras renace Virgilio

Marianela González • La Habana

Con el Premio David en su haber, ya sobrepuesto a la sacudida de la noticia y a la solemnidad del acto que lo puso en sus manos, conmemorando el suceso que hace medio siglo constituyera un parteaguas en la política cultural cubana, el joven poeta apenas consigue pensar en la constancia que no tiene y en la poesía que ha “masticado” de otros premiados. Como quizá sucedió con “Delfín Prats, Ángel Escobar, Sigfredo Ariel, Juan Carlos Flores y Carlos A. Aguilera”, el David remueve y estimula, toma unos segundos para (des)peinar los cabellos con las yemas de los dedos, relee y avanza.

La novela inconclusa de Bob Kippenberger, el poemario de Larry J. González, “tiene una estructura narrativa bastante evidente y un tono de cierto regusto light que va girando en función de dos personajes: un escritor y su albacea”. Uno de ellos ha tomado prestado el apellido de uno de los artistas fundamentales de la renovación neo-expresionista alemana, quien devino una especie de autor de culto en el arte contemporáneo.

Graduado de Historia del Arte en la Universidad de La Habana, este joven profesor del Departamento de Estudios Teóricos sobre el Arte en el ISA había sido premiado en el año 2003 por el Concurso de Minicuentos “El dinosaurio”. Cuatro años más tarde, el mayabequense logró quedar entre los finalistas del Premio de Poesía convocado por la revista cultural La Gaceta de Cuba. Un relato breve que escribiera en el 2009 obtuvo una mención en “El dinosaurio”, y al año siguiente recibió la Beca de Creación Prometeo. Obtuvo mención en el  Premio de Poesía convocado por La Gaceta en este 2011 y textos suyos asoman con frecuencia en publicaciones nacionales. Con el David en sus manos, como otro gran paso en la promoción de su quehacer poético, Larry guarda silencio y deja que sus versos hablen.

Menos corto de palabras ―como corresponde a un narrador―, el también editor y diseñador bayamés Alexander Machado se deleita en describir para La Jiribilla la estructura de Quadrivium. El volumen de cuentos que logró seducir a Zaida Capote, Michel Encinosa y Vitalina Alfonso, en su condición de Jurado, se le antoja a su autor como un conjunto difícilmente atravesado por un hilo temático evidente.

“Creo que en este caso sería más adecuado hablar de temas o, tal vez, de un juego de asociaciones con la música”. Alexander prefiere  hablar de “variaciones” porque Quadrivium es “en cierto sentido juguetón y, al mismo tiempo, malicioso. Creo que un poco raro, también”. En alguna medida, el propio título lo anuncia. No en el sentido de las cuatro artes liberales, sino en su traducción literal como “cuatro vías”.

“El cuaderno se divide en cuatro ¿secciones? ¿Caminos? ¿Universos?... ―explica― cuatro zonas de diferentes enfoques y matices en el modo de enunciar lo que en definitiva son mis inquietudes, ensoñaciones, delirios y exorcismos”.

Cada una de las “zonas” de Quadrivium consta de nueve cuentos breves o minicuentos. Según Alexander, esta es otra cualidad que impide hablar de “tema”, pues se trata de un volumen fragmentado. “No creo que en modo alguno incoherente, pero sí fragmentado y, una vez más, diverso”. El acta del jurado elogia, justamente, la uniformidad de la propuesta narrativa.  

“La primera parte es de un corte reflexivo, sentencioso, acaso místico; la segunda un poco más fresca, con una carga relativamente notable de ironía y, en algún caso, de humor sutil; la tercera sección se concentra en la (re)creación de mitos fundamentalmente griegos, con cierta dosis también de malicia en esa reescritura, pero también con el placer de la libertad a la hora de deconstruirlos y contaminarlos; y la última parte ya es de carácter más íntimo, más personal, con alguna que otra pieza asociada a vivencias propias, con cierto predominio de un tratamiento surreal hacia la anécdota”.

Como el poeta, Alexander prefiere hablar de “deudas” más que de “referencias”. Les llama “acreedores literarios”: Carpentier, ese Don Alejo a quien descubrió al fin de su adolescencia y de cuya prosa le cautivó el ritmo y la certeza del lenguaje. Luego, compromisos parecidos contrajo, sin jerarquías por el orden en que los nombra, con Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Edgar Allan Poe, el Cervantes de la primera parte de El Ingenioso Hidalgo…, Homero, lo mejor de García Márquez. Y del patio, con José Martí, el Maestro, “otro canon para la redacción en prosa, aunque de un modelo más arcaico; Piñera y su humor delicioso y amargo, su agudeza casi siempre descarnada; Luis Rogelio Nogueras, en su rol de poeta lúdicro, excepcional en hacer poesía con elementos que, aislados, cualquiera podría catalogar como formas bastas; y un escritor que hoy solo unos pocos recordamos: Ezequiel Vieta, excepcional en su capacidad de construir imágenes”.

Y como casi todos los narradores cubanos que en los últimos tiempos sacuden el panorama literario con creaciones frescas, Alexander refiere una gran deuda, “tal vez la mayor de todas porque entra en el orden de lo práctico: el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, entre cuyos narradores-maestros liderados por Eduardo Heras comprendí de forma un poco más completa, no sé si lúcida o coherente, el siempre sorprendente universo de todo tipo de caminos, intenciones y sutilezas que se esconden detrás de la aparente sencillez de escribir una historia”. Con ellos, (re)aprendió a leer.

¿Qué busca, qué propone en lo ideoestético? Son preguntas que le atormentan, como joven escritor. Para los posibles teleólogos que lean La Jiribilla, acota que “el fin último” de lo que escribe es “un estado de satisfacción interior, una suerte de goce que puede tener que ver con varias caras de un poliedro: el placer de una imagen hermosa, sofisticada o enigmática; la expiación de una culpa, de un vacío, un recuerdo; la vanidad de haber hecho bien algo difícil y saberlo, vanidosamente disfrutable… Pensar que quiero proponer algo es afirmar a priori que tengo algo que aportar; pero eso creo que les corresponde más bien a nuestros sucesores”.

No le gusta entrar en detalles sobre los fundamentos en los que se ubica a la hora de escribir. “No es que sean secretos, pero es casi como una superstición, siento que se puede perder ¿el ángel?”. Se queda con la musa.

Llegó a la literatura, o mejor, “a la escritura”, “como refugio ante aquellos años duros (con permiso de Jesús Díaz) de la década del 90. Escribí unos cuantos poemas en aquella época, de los cuales algunos he destruido y otros no, aunque en ningún caso los publicaría. Creo que la poesía es la máxima expresión artística a la que se puede aspirar con las palabras. Luego derivé hacia la intención de contar historias, camino casi igual de arduo pero regulado por otras lógicas. Transité desde un realismo de corte expresionista (que hoy sí me avergüenza y que tampoco publicaré) hacia una forma de hacer más desprejuiciada, que ajusta el modo de decir a la necesidad que exige lo que será dicho, respetando, disfrutando y sufriendo el estado de ánimo, lo que este impone sobre el papel”.

En el certamen de Literatura para niños y jóvenes, la novela En cada tiempo y en este lugar, del habanero Lázaro Alfonso Díaz, brilló entre otros 15 textos. Un jurado compuesto por Alicia Abascal, Elvia Pérez y Alberto Hernández premió su estilo depurado, no exento de dramatismo y poesía, en el que se saborea el dominio de técnicas narrativas contemporáneas. Les sedujo también el tratamiento de la psicología de los personajes, elemento que muchas veces descuidan quienes perciben la creación para niños y jóvenes como un empeño menor.

Consciente de la exigencia de sus lectores, Lázaro apuesta por “sacar a la luz problemáticas que enfrentan los jóvenes y adolescentes de estos tiempos: el desarraigo familiar, el amor o desamor, las adicciones, las deterioradas relaciones entre padres e hijos, los atajos que tomamos ante el no saber qué hacer y no encontrar el apoyo necesario en nuestra familia”. Le interesa hurgar muy dentro de la conciencia del ser humano. Advierte que en ocasiones nos será difícil visualizar cómo viste o camina un personaje de su obra: prefiere que sepamos qué piensa, ama y rechaza.

Graduado de Técnico Medio en Contabilidad y durante 23 años trabajador de la Banca Cubana, Lázaro no repara en aclarar que su desempeño profesional nada tiene que ver con la literatura. “Desde pequeño llevé dentro el bichito de la creación. Inventaba mis cuentos y poemas; pero al graduarme todo eso quedó a un lado, hasta que en un buen día del año 2000 descubrí la convocatoria a un taller literario. A partir de ahí comencé a tomar en serio la escritura”.

También graduado del Centro de Formación Literaria, en el año 2009 recibió su primer reconocimiento nacional: el Rafaela Chacón Nardi, con el cuaderno de poesía El acoso de mis fantasmas, hasta hoy en la lista por publicar de la editorial Extramuros. Luego llegaron otros lauros, como el Premio extraordinario del Regino Pedroso, también en 2009. En sus gavetas permanecen varios libros terminados, narraciones y poemas. Entre ellos, dice, “un poemario juvenil: Confesiones a mi almohada, dedicado a su hija de 15 años; una novela infantil, Concurso de Poesía, preñada de enseñanzas desde la primera hasta la última línea, a manera de fábula, con una trama que gira en función de un certamen en el cual el niño lector funge como jurado y otorga los premios; y la novela El precio del placer, una historia donde el amor se sobrepone a todos los tabúes sociales, incluido el SIDA. Ha sido difícil llevar a la vez dos profesiones tan diferentes, pero he podido hasta hoy y no pienso renunciar a ninguna de ellas”.  

El David y la (h)onda de escribir hoy en Cuba

Para hacer una valoración justa sobre la narrativa cubana de hoy, el ganador del Premio David 2011 en el apartado de Cuento admite que le falta conocimiento de la totalidad. “Del año 2000 hacia acá (para seguir el juego del decadismo que a ratos se le critica a nuestra historiografía del arte) habré leído no más de una veintena de libros de narradores cubanos actuales, la mayor parte obras publicadas en antologías nacionales y unas cuantas de editoriales provinciales. Si se tratara de tomar ese universo como muestra, entonces diría que hay cantidad, diversidad y calidad”.

No obstante, como muchos lectores de la Isla, extraña al “gran escritor”. “Me refiero a la estatura de un Alejo, un Lezama, un Virgilio, que demuestre una vitalidad capaz de estremecer por su hondura, que sea un creador de esencias más que de superficies, que logre pulsar los centros capitales de la condición humana y escapar a las distracciones de los cientos de ilusiones que la globalidad y las finas redes de su poder pretenden establecer como conflictos o fenómenos dignos de atención”.  

“¿Mi libro enriquecerá este panorama? Pues no lo sé y tampoco lo pretendo, al menos no desde la posición del clarividente o el colonizador, y muchísimo menos como el renegado de su generación o de su tiempo. Ahora, en el sentido de que es un libro al menos distinto y, repito, raro en su contexto, puede que sea como la voz de armonía disonante (pero armonía al fin) dentro del coro. Y si en un país donde en los últimos años ha cobrado mucha fuerza el cultivo del minicuento, este libro ayuda de algún modo a mostrar como conjunto algún tipo de posibilidad para volúmenes de esta naturaleza, entonces sí pudiera establecerse un modesto aporte. Pero nada más. Ya veremos cómo lo juzgan los lectores, todos, los entendidos y los inocentes. Es a ellos a quienes les corresponde emitir esos juicios”.

Sobre este tema, Lázaro considera que podría estar hablando todo un día. En lo que refiere a la literatura para niños y jóvenes, considera que “se ha mejorado, si la comparamos con las creaciones de años atrás. En cuánto a lo infantil, hoy la calidad de una buena parte de nuestras ediciones puede competir con las foráneas, lo cual no sucede con las juveniles y menos con las de adultos. No hay que olvidar que, para que un niño o un adolescente lea un libro, primero debe agradarle a la vista”.

“No soy un lector voraz de literatura juvenil; pero sí compro mucha para mis hijas y veo que la mayoría de las publicaciones se concentran en divulgar la literatura clásica y, en ocasiones, no tan clásica. No estoy en desacuerdo con que se publiquen obras representativas de la cultura universal, pero no es saludable restarles tanto espacio a escritores cubanos contemporáneos con ganas de publicar su obra. Si el motivo fuera un déficit de estos textos en las editoriales, debe convocarse a más concursos y tomar en cuenta que lo único importante no es elevar el nivel cultural del lector, sea cual sea su edad, sino pensar que la literatura también es un medio de esparcimiento, como lo son el cine y la televisión. Todo debe tener su lugar”.

El autor de la novela merecedora del David 2011 considera que se trata de un certamen que mucho puede aportar al género; pero recomienda extender las convocatorias de creaciones para niños y jóvenes a otros concursos. Sin embargo, no comprende por qué se unen para disputar el lauro en el mismo género de Novela, Poesía y Narrativa las creaciones para niños, adolescentes y jóvenes, “cuando las diferencias entre ellas son inmedibles. ¿Cómo son capaces los jurados de evaluar si una obra infantil es superior a una juvenil, o viceversa? Mis palmas para ellos, pues no debe ser tarea fácil”.     

Como cada edición, la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba convocó a los escritores cubanos residentes en la Isla a presentar sus volúmenes inéditos. Quienes enviaron sus creaciones, nunca han visto publicado un libro de su autoría. Larry J. González, Alexander Machado y Lázaro Alfonso siguen ahora la pista de sus “referentes” o “acreedores literarios”, muchos de los cuales hallaron en el Premio David un primer paso a la escritura en serio. Las problemáticas que reflejan, las preguntas que se formulan y las respuestas que encuentran o dejan al vuelo dentro y fuera de lo escrito, constituyen señales de una generación ―no solo literaria― que hurga en sus propias deudas y posibilidades. Desde su tiempo tientan, proponen. Y en sus libros, más de un lector se verá a sí mismo mientras otros, incorregiblemente, seguirán desechando noveles a la sombra de los consagrados. Tranquilamente, mientras renace Virgilio.      

 
 
 
 
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ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.