La Habana. Año X.
20 al 26 de AGOSTO de 2011

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         una puesta en escena de Carlos díaz y teatro el público

Noche de reyes a lo cubano

Miguel Gerardo Valdés • La Habana

La sentencia “Lo que se sabe no se pregunta” remite a la filosofía y al acervo cultural de los patakines afrocubanos. Justamente, con esa sugerencia y ese desafío al razonamiento, Teatro El Público, durante el 2010, celebró sus juveniles 20 años de fundación, con una muestra en el Centro Hispanoamericano de Cultura. Muestra e instalación, que recogían la trayectoria escénica de este importante grupo cubano.

Y si bien, quien ahora redacta este comentario, no gusta del empleo de la primera persona del singular, esta vez, sí recurrirá al protagónico pronominal para saldar una vieja deuda profesional con la agrupación y con su director, Carlos Díaz Alfonso, quienes le abriera las puertas de la escena de trabajo y montaje, durante algunos meses, en su sede habitual del teatro Trianón.

Siempre he recordado las intensas jornadas de ensayos —observadas desde la semipenumbra de mi butaca de investigador/espectador— que antecedieron al estreno de Ícaros, en el 2003. Solo entonces, tuve una aproximación a lo que los teatrólogos han denominado “proceso creador” y que se traduce en largas y agotadoras sesiones de búsquedas, perfeccionamiento y apropiación en el diseño de personajes.

Al frente de aquel empeño en el montaje de Ícaros, tuve la oportunidad de ver a Carlos Díaz, sin asomo de fatiga, durante meses, moldear lo que después el espectador del hecho teatral consumiría en solo una función, sin sospechar, que detrás de cada una de las noches de aquellas vaporosas alas, lentejuelas y maquillaje, subyacían arduas faenas de trabajo y, sobre todo, el talento creativo y el respeto por quienes estábamos sentados del otro lado de la escena, ocupando el protagónico del “otro obligado” del hecho teatral, que no solo interviene; sino que decide, como en todo proceso comunicativo —y de hecho, interactivo—, la asimilación y apropiación del mensaje, y su conversión emocional y catártica en beneficio estético y ético.

Estas implicaciones de la responsabilidad social que el teatro entraña han sido las coordenadas que le han permitido a Carlos Díaz cosechar triunfos desde la década del 90 del pasado siglo, cuando subió a la escena de la sala Covarrubias la trilogía de Tennesse Williams, Zoológico de cristal, Té y simpatía y Un tranvía llamado deseo.


Té y simpatía

Nunca he olvidado, como investigador de las relaciones comunicativas que ocurren en el seno de las organizaciones y en particular, de los grupos humanos, las respuestas de Carlos Díaz a una entrevista que tuviera la amabilidad de concederme en el 2002. Debo confesar que su visión, respeto y consagración a ese “otro” protagonista del proceso “cara a cara” y “cuerpo a cuerpo”,  me han servido para destacar —en más de una oportunidad— la importancia de considerar siempre en un primer plano a los públicos, como esos sustanciales factores mediadores y decidores de todo proceso comunicativo. 

Ahora, en pleno verano de 2011, El Público ha regresado al ruedo de sus batallas imaginarias y oníricas, y lo ha hecho con una pieza del teatro Isabelino: La Duodécima Noche.

Como toda la producción de Díaz, el reto de esta propuesta con el nombre de Noche de reyes, no ha quedado  estáticamente reducida a la reproducción de la clásica comedia de enredos de William Shakespeare. Él se ha empeñado —y lo ha logrado— en recordarnos que justamente el teatro es un hecho vivo, que asienta buena parte de la eficacia de su mensaje en la adecuación contemporánea de los textos y de sus códigos expresivos. Así lo hizo con su versión de La Celestina y sus cien representaciones, casi siempre, a teatro repleto.

Considero oportuno expresar —como ya lo he hecho en otros comentarios—que más allá del empleo del desnudo —recurso que puede atraer o no atraer, o resultar agresivo— para acaparar la atención y la afluencia del público, lo que realmente “engancha” y “seduce” al espectador de las entregas de Díaz, rebasa con creces este supuesto y remite, sin lugar a la duda, a la sabia combinación de otros múltiples efectivos artilugios dramáticos y escénicos en los que se destaca en primer plano el ingenio de este director teatral, y como yo expresara en mi comentario (2002) a tenor de La Celestina, en su pleno conocimiento y dominio de las reglas obligadas para concebir un buen espectáculo.

Comedia ligera, a la usanza de todo lo que representó y trajo consigo el Renacimiento y su renovadora corriente del Humanismo, esta Noche de reyes, con excelente versión y asesoría de Norge Espinosa, apela a la doble identidad, al burlesco, a los enredos, a la chacota y la farsa moralizante. Sin embargo, su real connotación a partir del montaje y de los textos, estriba en que la isla de Illiría pudiera estar ubicada, esta vez, en cualquier geografía contemporánea, y en que el dilema de los gemelos perdidos y reencontrados transita y pulsa múltiples aristas del actual debate social, tales como el derecho a la diversidad sexual, el respeto por lo diferente y por la elección del tiempo, del espacio y de las alternativas de realización. Todo esto, aderezado con los picarescos ingredientes que Carlos Díaz suele aportar a sus puestas, especialmente, los de la contextualización de las tramas, no exentas estas de una fina ironía que bordea delicadamente —y por qué no, también, a veces descarnada y transgresoramente— lo nacional.

Contextualización, además, que en esta ocasión queda suficientemente marcada por el acento criollo y el gracejo popular que no ha descuidado ni la referencia a lo mejor de nuestro cine. Ingredientes que contribuyen, decisivamente, a que el espectador se sienta totalmente identificado con la trama y la disfrute a plenitud.

Difícil sería, dado el equilibrio de las actuaciones, nombrar actores, todo lo que denota  el rigor con que Carlos Díaz elige y modela el talento y sobre todo, revitaliza su elenco. Sin embargo, injusto sería no destacar la Olivia de Mayra Manzano; la Viola de Claudia Tomás; el Antonio de Iván Infante; el bufón de Freddy Maragoto, los Sires Javier Fano y Yerandi Basart, y la María de Jaime Jiménez, actor que ha ido creciendo en este colectivo y que satisfactoriamente ha dejado detrás el cliché del travestismo.

Un detalle que se debe destacar —impactante desde el opening—  es el diseño de banda sonora de Bárbara Llanes y Marcel Beltrán. A la selección musical puede otorgársele también un carácter protagónico.

Al llegar a la sala, el primer encuentro del espectador es con otra premonitoria sentencia: “Solo tiene grandeza quien desea alcanzarla”.  Por sí sola esta alusión shakesperiana resulta elocuente.

Considero que Teatro El Público y su fundador, Carlos Díaz Alfonso, han barajado durante dos décadas sus cartas. A los espectadores y a la retroalimentación que el fenómeno teatral propicia, habrá de corresponderles y otorgarles el reconocimiento. Valga entonces, en esta jugada, un ganado As de Triunfo para la Noche de reyes a lo cubano.

 
 
 
 
   
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© La Jiribilla. Revista de Cultura Cubana
ISSN 2218-0869. La Habana, Cuba. 2011.