|
La sentencia “Lo que se
sabe no se pregunta”
remite a la filosofía y
al acervo cultural de
los patakines
afrocubanos. Justamente,
con esa sugerencia y ese
desafío al razonamiento,
Teatro El Público,
durante el 2010, celebró
sus juveniles
20 años de
fundación, con una
muestra en el Centro
Hispanoamericano de
Cultura. Muestra e
instalación, que
recogían la trayectoria
escénica de este
importante grupo cubano.
Y si bien, quien ahora
redacta este comentario,
no gusta del empleo de
la primera persona del
singular, esta vez, sí
recurrirá al protagónico
pronominal para saldar
una vieja deuda
profesional con la
agrupación y con su
director, Carlos Díaz
Alfonso, quienes le
abriera las puertas de
la escena de trabajo y
montaje, durante algunos
meses, en su sede
habitual del teatro
Trianón.
Siempre he recordado las
intensas jornadas de
ensayos —observadas
desde la semipenumbra de
mi butaca de
investigador/espectador—
que antecedieron al
estreno de Ícaros,
en el 2003. Solo
entonces, tuve una
aproximación a lo que
los teatrólogos han
denominado “proceso
creador” y que se
traduce en largas y
agotadoras sesiones de
búsquedas,
perfeccionamiento y
apropiación en el diseño
de personajes.
Al frente de aquel
empeño en el montaje de
Ícaros, tuve la
oportunidad de ver a
Carlos Díaz, sin asomo
de fatiga, durante
meses, moldear lo que
después el espectador
del hecho teatral
consumiría en solo una
función, sin sospechar,
que detrás de cada una
de las noches de
aquellas vaporosas alas,
lentejuelas y
maquillaje, subyacían
arduas faenas de trabajo
y, sobre todo, el
talento creativo y el
respeto por quienes
estábamos sentados del
otro lado de la escena,
ocupando el protagónico
del “otro obligado” del
hecho teatral, que no
solo interviene; sino
que decide, como en todo
proceso comunicativo —y
de hecho, interactivo—,
la asimilación y
apropiación del mensaje,
y su conversión
emocional y catártica en
beneficio estético y
ético.
Estas implicaciones de
la responsabilidad
social que el teatro
entraña han sido las
coordenadas que le han
permitido a Carlos Díaz
cosechar triunfos desde
la década del 90 del
pasado siglo, cuando
subió a la escena de la
sala Covarrubias la
trilogía de Tennesse
Williams, Zoológico
de cristal, Té y
simpatía y Un
tranvía llamado deseo.
|

Té y
simpatía |
Nunca he olvidado, como
investigador de las
relaciones comunicativas
que ocurren en el seno
de las organizaciones y
en particular, de los
grupos humanos, las
respuestas de Carlos
Díaz a una entrevista
que tuviera la
amabilidad de concederme
en el 2002. Debo
confesar que su visión,
respeto y consagración a
ese “otro” protagonista
del proceso “cara a
cara” y “cuerpo a
cuerpo”, me han servido
para destacar —en más de
una oportunidad— la
importancia de
considerar siempre en un
primer plano a los
públicos, como esos
sustanciales factores
mediadores y decidores
de todo proceso
comunicativo.
Ahora, en pleno verano
de 2011, El Público ha
regresado al ruedo de
sus batallas imaginarias
y oníricas, y lo ha
hecho con una pieza del
teatro Isabelino: La
Duodécima Noche.
Como toda la producción
de Díaz, el reto de esta
propuesta con el nombre
de Noche de reyes,
no ha quedado
estáticamente reducida
a la reproducción de la
clásica comedia de
enredos de William
Shakespeare. Él se ha
empeñado —y lo ha
logrado— en recordarnos
que justamente el teatro
es un hecho vivo, que
asienta buena parte de
la eficacia de su
mensaje en la adecuación
contemporánea de los
textos y de sus códigos
expresivos. Así lo hizo
con su versión de La
Celestina y sus cien
representaciones, casi
siempre, a teatro
repleto.
Considero oportuno
expresar —como ya lo he
hecho en otros
comentarios—que más allá
del empleo del desnudo
—recurso que puede
atraer o no atraer, o
resultar agresivo— para
acaparar la atención y
la afluencia del
público, lo que
realmente “engancha” y
“seduce” al espectador
de las entregas de Díaz,
rebasa con creces este
supuesto y remite, sin
lugar a la duda, a la
sabia combinación de
otros múltiples
efectivos artilugios
dramáticos y escénicos
en los que se destaca en
primer plano el ingenio
de este director
teatral, y como yo
expresara en mi
comentario (2002) a
tenor de La Celestina,
en su pleno conocimiento
y dominio de las reglas
obligadas para concebir
un buen espectáculo.
Comedia ligera, a la
usanza de todo lo que
representó y trajo
consigo el Renacimiento
y su renovadora
corriente del Humanismo,
esta Noche de reyes,
con excelente versión y
asesoría de Norge
Espinosa, apela a la
doble identidad, al
burlesco, a los enredos,
a la chacota y la farsa
moralizante. Sin
embargo, su real
connotación a partir del
montaje y de los textos,
estriba en que la isla
de Illiría pudiera estar
ubicada, esta vez, en
cualquier geografía
contemporánea, y en que
el dilema de los gemelos
perdidos y reencontrados
transita y pulsa
múltiples aristas del
actual debate social,
tales como el derecho a
la diversidad sexual, el
respeto por lo diferente
y por la elección del
tiempo, del espacio y de
las alternativas de
realización. Todo esto,
aderezado con los
picarescos ingredientes
que Carlos Díaz suele
aportar a sus puestas,
especialmente, los de la
contextualización de las
tramas, no exentas estas
de una fina ironía que
bordea delicadamente —y
por qué no, también, a
veces descarnada y
transgresoramente— lo
nacional.
Contextualización,
además, que en esta
ocasión queda
suficientemente marcada
por el acento criollo y
el gracejo popular que
no ha descuidado ni la
referencia a lo mejor de
nuestro cine.
Ingredientes que
contribuyen,
decisivamente, a que el
espectador se sienta
totalmente identificado
con la trama y la
disfrute a plenitud.
Difícil sería, dado el
equilibrio de las
actuaciones, nombrar
actores, todo lo que
denota el rigor con que
Carlos Díaz elige y
modela el talento y
sobre todo, revitaliza
su elenco. Sin embargo,
injusto sería no
destacar la Olivia de
Mayra Manzano; la Viola
de Claudia Tomás; el
Antonio de Iván Infante;
el bufón de Freddy
Maragoto, los Sires
Javier Fano y Yerandi
Basart, y la María de
Jaime Jiménez, actor que
ha ido creciendo en este
colectivo y que
satisfactoriamente ha
dejado detrás el cliché
del travestismo.
Un detalle que se debe
destacar —impactante
desde el opening—
es el diseño de banda
sonora de Bárbara Llanes
y Marcel Beltrán. A la
selección musical puede
otorgársele también un
carácter protagónico.
Al llegar a la sala, el
primer encuentro del
espectador es con otra
premonitoria sentencia:
“Solo tiene grandeza
quien desea alcanzarla”.
Por sí sola esta
alusión shakesperiana
resulta elocuente.
Considero que Teatro El
Público y su fundador,
Carlos Díaz Alfonso, han
barajado durante dos
décadas sus cartas. A
los espectadores y a la
retroalimentación que el
fenómeno teatral
propicia, habrá de
corresponderles y
otorgarles el
reconocimiento. Valga
entonces, en esta
jugada, un ganado As de
Triunfo para la Noche
de reyes a lo
cubano. |