La Habana. Año X.
13 al 19 de AGOSTO de 2011

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Historias desde la televisión

Eduardo Moya, el audiovisual como arma de la cultura

Paquita Armas Fonseca • La Habana

Decir Eduardo Moya en los pasillos de la televisión y de cualquier lugar donde se hable de audiovisuales, es nombrar la polémica y, por supuesto, el buen hacer en series como Los comandos del silencio y Algo más que soñar, verdaderos hitos de nuestra televisión. Pero este hombre confiesa que de niño era un cinéfilo empedernido. Fue a dar a la televisión porque se lo pidieron y ahora con Sumbe, llega a la pantalla grande aunque una buena parte de sus obras —Sacco y Vanzetti, El último visitante, Vamos a comer perdices, La indagación y otras como El contrato— están concebidas y realizadas como cine transmitido por televisión.

Hombre que junto con la práctica de realizar decenas de programas —no se puede olvidar el musical Mientras tanto— ha cultivado un sólido conocimiento teórico, recio de carácter y decidor de verdades cara a cara, despierta cariño o repudio, pero nunca indiferencia. 

¿Cuándo y por qué sales de Sagua la Grande?

Nací en Sagua la Grande, tres meses después mi familia se trasladó hacia La Habana y aquí me crié. Es decir, mis padres vinieron para acá. No obstante, abuelos, tíos y primos permanecieron en el Central Unidad, municipio de Cifuentes y todos los años íbamos dos veces a verlos, en las vacaciones, al ingenio que yo sencillamente adoraba. Mi padre fue el fundador del sindicato azucarero de ese Central, imagínate en plena dictadura machadista. Allí permanece su retrato en el local del sindicato. 

¿Qué era de niño la televisión para ti?

Yo era ya un cinéfilo vicioso, iba al cine casi todos los días, me fascinaba el milagro de la fotografía en movimiento. Cuando llegó la televisión yo era un adolescente, tenía aproximadamente 12 o 13 años y pensé que ya no tendría que ir al cine, pues lo podía tener dentro de la casa, pero me equivoqué, no tenía nada que ver, la televisión era una sarta de comerciales y programas tontos, por lo tanto, le perdí interés y seguí con mi cine. 

¿Cómo te vinculas al ICRT en 1965?

En ese tiempo yo era un funcionario del ICAIC, pero fue un momento decisivo, porque allí existía un ambiente cultural intenso y todos participábamos en los cine-debates semanales que fueron una verdadera escuela para todos, donde aprendí lo que era el cine de verdad y su importancia cultural. Cuando trabajé en la Cinemateca de Cuba tuve acceso a los archivos de las películas y comencé a ver cine desde una óptica nueva por encima del simple entretenimiento. Allí, gracias a la política trazada por la Revolución para el cine me formé como realizador, sin realizar nada desde luego, era un cambio total y me despertó una vocación.

Un día en la Universidad fuimos convocados por la Comisión Ideológica del Partido para formarnos como Directores de Televisión, porque los directores se estaban marchando del país y se iba a producir un bache en el medio. Fuimos varios los que acudimos a un curso intensivo con los Directores que permanecían fieles al proceso, que eran por suerte los más capacitados y prestigiosos: profesores universitarios como Mario Rodríguez Alemán, y directores como Roberto Garriga,  Antonio Vázquez Gallo y otros. Así entramos en la Televisión a cumplir una tarea revolucionaria: mantener en el aire la señal televisiva, pues en ese tiempo la televisión se hacía en vivo. Y hasta hoy. 

Lo primero que hiciste fue programas musicales y en 1967 Mientras tanto, ¿esperabas que a la larga ese espacio hiciera historia? ¿Por qué?

Fui durante dos años asistente de Manolo Rifat, un extraordinario director de musicales de la Televisión y una extraordinaria persona a quien le agradezco y recuerdo mucho. Era un innovador audaz. En condiciones muy difíciles en aquellos años, él encontraba soluciones estéticas innovadoras y, por lo tanto, era muy cuestionado por los tradicionales. Desde luego yo lo apoyaba.

Cuando terminó el curso intensivo de director comencé a hacer musicales, influido mucho por la línea estética que Rifat tenía.  Allí conocí a Silvio Rodríguez, en el programa Música y Estrellas que dirigía Manolo Rifat y en el que todas las semanas presentaba una figura nueva al público. Inmediatamente, supe que ese joven, vistiendo todavía el uniforme verde olivo, era muy talentoso. En esas circunstancias, nació Mientras tanto. Pretendíamos hacer un programa que se separara de la concepción establecida para el espectáculo televisivo, que tuviera un peso cultural y estético diferente.  Así coincidimos Víctor Casaus, el diseñador Ascuy,  Silvio y yo.

En ese tiempo Silvio era un manantial inagotable de canciones, componía a veces varias en una semana y las grabábamos todas semanalmente. 

También nos separamos de la forma de vestir usadas por los intérpretes en la televisión en esos tiempos. No usábamos trajes lujosos ni lentejuelas, eso era interpretado mal, es decir, era un programa iconoclasta que estaba en armonía con la situación de aquellos tiempos. Para no hacer muy largo este relato el programa tuvo una connotación tremenda y era de cierta manera polémico. No me imaginaba que aquella propuesta audiovisual tenía una influencia fuerte entre los jóvenes compositores.  

¿Cuándo comienzas a hacer ficción?

En 1968 me asignan a las Aventuras, primero como codirector y después como director y después como director y guionista. 

¿Qué representa para ti a esta altura Los comandos del silencio? A propósito ¿Cuántas aventuras dirigiste? ¿Cuáles son tus preferidas?

Yo tenía un criterio muy claro: la Televisión cubana debía reflejar la lucha que se estaba librando en América Latina contra el imperialismo, por eso dirigí antes que Los comandos... la serie Rebelión escrita por Maité Vera, que también fue exitosa, pero lo que pasaba en Uruguay era inaudito, una guerrilla urbana puso en jaque al imperialismo y ejecutó a unos de los esbirros yanquis que estaba diseñando lo que después se conoció como el Plan Condor. Este esbirro yanqui fue asesor de los gorilas brasileros y posteriormente de los esbirros argentinos y uruguayos, torturaba y enseñaba a torturar con personas vivas, sobre todo indigentes y marginales, es decir, un fascista puro.

La serie se transformó en un suceso, el tema musical de presentación lo hizo Silvio, lo cantó Sara González y lo grabó con el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. El tema musical de Silvio tuvo mucho que ver con el éxito de la serie, y Cuba conoció a una nueva figura: Sara; además fortaleció mucho la canción política en esos años, pues además del tema de Silvio utilizábamos a Daniel Viglietti y al asesinado cantautor chileno Víctor Jara y temas de Violeta Parra. Yo era un adicto a la llamada Nueva trova y hacía todo lo posible por divulgarla. Por eso, estaba muy contento con el impacto que tuvo la serie en esos años y la recuerdo con mucho cariño. 

Algo más que soñar fue un éxito de público y crítica. ¿Qué factores se unieron para lograr tal objetivo?

En primer lugar, el objetivo de la serie era conquistar jóvenes para que ingresaran en la carrera de oficiales de las Fuerzas Armadas, que sigue siendo una necesidad estratégica para la defensa de un país tan agredido y amenazado como Cuba.

El éxito se debió fundamentalmente a que para lograr ese objetivo había que reunir un grupo de compañeros con talento y deseos de hacer como Eliseo Altunaga, el guionista de la serie; Ángel Alderete como director de fotografía y otros. Además, la conformación de un elenco de artistas excelentes y con experiencia y buscar caras nuevas entre los jóvenes. Se logró reunir un elenco muy bueno. Los jóvenes trabajaron durísimo y fueron ayudados por los actores de más experiencia. Y sobre todo las Fuerzas Armadas pusieron todo su empeño, recursos y asesoría para lograr el objetivo.

El factor fundamental fue el amor que todos le pusimos a este empeño. El tema y la música fue de Pablo Milanés y estos temas trascendieron a los jóvenes, aún hoy cuando Pablo lo canta los jóvenes le hacen el coro, sigue viva la canción como sigue viva la necesidad de defender a la Patria y la Revolución. 

¿La mayoría de tus obras han estado dirigidas a adolescentes y jóvenes?

Sí, siempre pienso en los jóvenes cuando escribo y dirijo, pues ellos deben perpetuar la obra iniciada en 1868, resucitada  el 26 de Julio de 1953 y continuada hasta hoy y deben conocer la historia nuestra y la de América Latina para saber, sobre todo las generaciones actuales, la suerte que han tenido de nacer en un país que se ha liberado para siempre de la esclavitud y la dependencia, en todos los planos.   

¿Qué importancia le concedes a la Televisión en la actualidad?

La Televisión es hoy el instrumento más importante en la lucha ideológica y cultural que libra nuestro pueblo.  El mundo está sometido hoy a la tiranía de la comunicación controlada por el imperialismo. Fabrican mentiras continuamente y como la gente no tiene puntos de referencia las engañan y las llevan al matadero. El control mediático es absoluto y tienen a sus pueblos y a otros pueblos engañados.  Pero la realidad es terca y se manifiesta por medio de las contradicciones existentes.   

Ahora bien, aún no estamos haciendo la Televisión que necesita nuestro país y la humanidad, hay tontos que copian los esquemas estéticos que le imponen al mundo y a este fenómeno no le prestamos la debida atención, pues nos presentan o pretenden presentarnos las formas generadas por ellos como las únicas válidas y así está pasando lamentablemente en otras manifestaciones artísticas. Algunos siguen ligando el éxito al mercado y a la posesión de riquezas. 

Concibo la Televisión como un arma fundamental de la cultura cubana que defienda la identidad nacional, que es plural y en constante desarrollo, y que ayude a nuestros compatriotas a comprender el mundo en que viven y el futuro que tienen que construir. 

¿De qué forma podría contribuir a que nuevas y viejas generaciones comprendan que el mundo actual es un coctel explosivo?

En primer lugar conociendo y haciendo conocer objetivamente el mundo en que vivimos. Abandonar la apología y analizar los fenómenos sociales en profundidad y buscar entre todos la solución de las contradicciones que surjan durante el proceso.   

¿Qué programas no has hecho y quisieras hacer?

Ya no hay tiempo para eso, cualquier programa para mí es bueno. 

Háblame de Sumbe. ¿Cómo llegó este proyecto a tus manos y por qué lo aceptaste? ¿Qué esperas de tu primer largometraje de ficción?

El presidente del ICAIC, Omar González, me hizo la propuesta y la acepté de inmediato, pues soy un admirador de la gesta heroica de mi pueblo tanto nacional, como internacionalmente. Los cubanos en el siglo XX y en el actual han realizado una epopeya increíble, han acometido hazañas tan grandiosas que dejarán boquiabiertas a las generaciones futuras de Cuba y del mundo. Un pequeño país ha resistido por más de 50 años la embestida imperialista y además ha colaborado con la liberación de otros pueblos del mundo y actualmente está ayudando a salvar a la humanidad de la catástrofe. Hemos tenido la suerte histórica de contar con dirigentes extraordinarios, encabezados por nuestro Fidel. África lo sabe bien y lo reconoce. América también lo sabe. Por estas razones acepté con suma alegría reflejar los sucesos históricos que acaecieron en Sumbe. Espero que el pueblo se reconozca como tal en la película.

Hablas de mi película, y no es así, no es mi película, es la película de mucha gente que trabajó en ella directa e indirectamente, y todos de manera creativa. ¿Cómo me vas a apuntar a mí solo el trabajo y la creatividad de tanta gente talentosa y creativa? 

¿Volverás a la Televisión?
 

No tengo que volver a la Televisión, pues nunca me he ido de ella y hace rato que no hay diferencias entre televisión y cine, ahora nos llamamos comúnmente  audiovisuales.
 
 
 
 


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Sumbe, de Eduardo Moya

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