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La toma de posesión de
Rodrigo Borjas en
Ecuador, en 1988, me
sumó a un torbellino
maravilloso de trabajo
reporteril, con Fidel en
el centro de todas las
atenciones. Lo que más
me impactó fue ser
testigo de una relación
que más tarde reflejé en
el siguiente artículo:
Maravilla y ternura
Dos gigantes
intercambiaron sueños en
las cumbres andinas.
Sonrisas para el
visitante en jornadas
que hicieron historia.
Atmósfera familiar a
pesar del centenar de
asistentes. El calor
humano se había impuesto
a distantes geografías y
procedencias. La dicha
de llamarse humanos y
tener sueños propios los
hermanaba gracias al eje
insuperable de ellos,
como respectivos
maestros de la
estrategia y de la
plástica.
El anfitrión gozoso y el
homenajeado sorprendido
se enfrentaron a un
inmenso pastel horneado
en casa, iluminados
tanto por las obligadas
velitas, como por las
sonrisas emocionadas de
los asistentes a aquella
insólita ceremonia.
Culminaba una fructífera
visita al primer país de
América Latina en el
cual el Jefe de estado
de Cuba asistía a un
cambio presidencial.
Aquel epílogo informal
de una cargada agenda de
contactos y actos
oficiales tuvo el sabor
de ambrosía terrena. La
visión de dos
corpulencias distintas
—como
reflejo de la diversa
altitud de sus
existencias cotidianas y
de sus propios orígenes—
tenía muchos puntos
comunes. La fraternidad
fue el que más
impresionó mi memoria de
afortunado testigo.
Fidel Castro celebraba
su onomástico fuera de
Cuba, por primera vez de
forma voluntaria, y
mostraba en cada una de
sus palabras y gestos
que se sentía en
familia, satisfecho y
alegre. Así lo subrayó
cuando expresara que ese
era “uno de los días más
felices de mi vida”.
La iniciativa de
festejarle su
aniversario 62 en
aquella casa llena de
mística, arte e
historia, se debía a su
dueño, el pintor Oswaldo
Guayasamín, cuya amistad
—“un
privilegio tan grande”
—
fue el eje emotivo de la
velada que marcó además
la última jornada de la
visita del líder cubano
a Ecuador.
Pocos días después de
aquel memorable
encuentro, fui en busca
de quien fuera llamado
por Fidel “mi hermano
Guayasamín”. En su vasta
residencia del barrio
Bella Vista, en el
Batán, a medio camino de
la cumbre quiteña
opuesta al majestuoso
Pichincha, me proyectó
sus impresiones. De
ellas se desprendía un
entrañable afecto
recíproco. Fui testigo
de una afirmación
excepcional, la de Fidel
Castro cuando consideró
un privilegio el haber
conocido y contar con la
amistad de Oswaldo
Guayasamín, a quien
llamó su hermano.
Muchas otras expresiones
avalaban los profundos
sentimientos del líder
cubano para el insigne
artista ecuatoriano. Por
eso, le pedí que me
hablara de las
sensaciones dejadas por
la primera visita del
Presidente de Cuba a su
casa, a su ciudad, a su
país. Tal y como me lo
dijo lo reproduzco:
“Desde hace muchos años,
cada vez que hemos
estado juntos en La
Habana, siempre había
sido preocupación mía
invitarle a venir a
Quito, que llegara a mi
casa. Y por fin esa
ambición, ese deseo, se
cumplió. Ha sido una
apoteosis para la
ciudad, para el país y
para mí, personalmente,
el que haya venido y
haya podido atenderlo
como en cierta manera lo
soy cuando voy a Cuba.
Para mí fue cumplir un
viejo deseo...
“Hemos sido testigos de
las múltiples
actividades que
desarrolló y aún estamos
sorprendidos por su gran
vitalidad. Yo me
considero un buen
trabajador, de 14 horas
al día, pero cuando lo
veo a él, me sorprendo.
En Quito a veces ni
durmió dos horas en un
día.
“A mi casa vino una vez,
a las cuatro de la
tarde. Era la primera
reunión de mi familia
con él solo; conversamos
de cosas tiradas, de
cuando dejó de fumar y
por qué, cosas pequeñas
de la vida de un ser
humano, vivo y vital...
Fue algo bello,
maravilloso.
“Después vinieron casi
300 personas para su
cumpleaños, gentes de
todos los partidos,
algunas extrañas para mi
pensamiento, para mi
vida diaria, gente a las
que incluso les tengo
cierto resquemor. Me
dije: “Bueno, Fidel sabe
lo que hace”. Y por eso
le expresé: “Mira, tú
eres un genio en esto de
la política
internacional, así que
haces y deshaces lo que
tú quieras aquí”.
“En todo Ecuador, a todo
nivel, desde gente de
derecha hasta todas las
gamas de la izquierda,
es el personaje que más
ha conmovido al país. Es
un hombre de gran
sabiduría. Para cada
cosa tiene una respuesta
perfectamente clara.
Cada frase de él, cada
pensamiento, es
verdaderamente un
monumento, una granazón
hecha piedra para muchos
años.
“Cuando habló de mi
mural del congreso, casi
me saca lágrimas. Cosas
así no se ven
fácilmente, además
viniendo de quien viene,
de un hombre que tiene
una sensibilidad
extraordinaria.
“No puedo definir con
palabras convencionales
los sentimientos que
producen en mí el que me
haya considerado su
hermano. Imagínese,
tener hermanos de esa
estatura es para mí...
hablar de placer, de
maravilla, felicidad...
es demasiado poco. Una
tontería. Es la cosa
entrañable de piel
adentro que a uno le
conmueve hasta la raíz
de los pelos.
“Vino a pasar el día que
llegó, a las cuatro,
porque yo lo había
pedido desde hacía mucho
tiempo. Los retratos que
le he hecho siempre han
sido en La Habana y
tengo la ambición (no
tengo ambiciones pero en
este caso sí), la
ambición
—¿sabe?
—
de hacerle un retrato
aquí, en mi estudio, en
mi propia salsa, con mi
música, mis espátulas,
mi paleta enorme... Pero
el día que vino a posar,
todas esas gentes que
había recibido en mi
casa me dejaron
completamente cansado.
Será para la próxima
cita.
“Fidel siempre está con
la voz clara, de una
especie de deseos a
nivel colectivo. A
partir de la Revolución
Cubana hay una voluntad
que va haciéndose cada
vez más incontenible, de
una unidad
latinoamericana, y Fidel
es tan susceptible a esa
voz colectiva que la
hace pensamiento de su
propia voz. La única
salvación frente al
monstruo del Norte es la
unidad de América
Latina, y él lo dice.
Ese es un pensamiento
ahora incontenible en
Latinoamérica. Todos
estamos hablando de lo
mismo. Yo hablo de eso
desde hace 20, 30 años.
De borrar las fronteras
hasta donde sea posible,
fronteras que, además,
son absolutamente
estúpidas, las cuales,
por otro lado, son muy
jóvenes, pues apenas
tienen 150 años...
“Aquí somos una misma
identidad cultural...
Ojalá que algún día
desaparezcan banderas,
himnos, para solo cantar
una cosa, distinta: la
unidad de América
Latina.”
Y aunque solo fueron
eslabones en los
intensos cinco días de
actividad de Fidel en el
corazón de los Andes, en
sus contactos con
Guayasamín se resumieron
vivencias inolvidables,
como fueron su encuentro
informal con el
parlamento ecuatoriano
en pleno, su visita a la
Mitad del Mundo
(Paralelo Cero) y el
recorrido por el casco
histórico de Quito.
Entre las curiosidades
de aquella estancia
descolló que el líder
cubano fue prácticamente
el único punto de no
fricción entre los
gobernantes salientes y
entrantes, a pesar de
que ninguno de ellos,
por otro lado, compartía
su ideología.
Aquella madrugada de
cumpleaños, Fidel
subrayaba la gran
calidad del recibimiento
que le dispensaron en
Ecuador, multiplicación
del cariño y admiración
que en esa velada
personificaban
Guayasamín, su familia e
invitados.
La amistosa acogida
también se había hecho
patente durante una
multitudinaria
conferencia de prensa en
la que como buen maestro
de masas, la afabilidad
y energía, su forma
didáctica y jaranera, le
conquistaron el respeto
y admiración de varios
centenares de
periodistas de las más
diversas corrientes de
pensamiento.
Un episodio singular,
sin embargo, me impuso
la increíble faena de
narrar lo que no pude
presenciar. Una falla en
el mecanismo de aviso me
hizo llegar tarde a una
de las primeras
apariciones públicas del
jefe de la Revolución
Cubana en las calles
ecuatorianas.
Salí de aquel atolladero
profesional con el
siguiente relato:
“Las sonrisas que dejó a
su paso por la plaza
grande de esta capital
compensaron con creces
nuestra llegada tardía a
la cobertura de la
ofrenda floral del
presidente cubano, Fidel
Castro, ante el
monumento a los héroes
de la independencia.
“Al concurrido parque
frente a la casa de
gobierno llegamos un
grupo de periodistas
solo unos minutos
después que el
Comandante Fidel Castro,
como le dicen aquí
familiarmente, realizara
una de sus primeras
actividades públicas, a
escasas dos horas de
arribar a Quito.
“Al indagar entre las
decenas de personas que
entre curiosas y
admiradas leían la
dedicatoria de la corona
de flores al pie del
obelisco que domina la
plaza, una amplia
sonrisa nos respondió,
invariablemente,
acompañada de ‘sí,
estuvo aquí, lo vi con
mis propios ojos’.
“Un anciano nos repetía
esa expresión llevándose
los dedos al rostro,
como para subrayarnos
por dónde le había
llegado la imagen, en
una reiteración llena de
orgullo.
“El limpiabotas de los
portales del
arzobispado,
dependientas de una
tienda, e incluso el
policía de tránsito del
cruce de las calles
Venezuela y Chile, a
pocos metros del
monumento, liberaron
amplias sonrisas al
referirse al Presidente
cubano y su breve
permanencia por ese
sector del casco
quiteño.
“Cierta euforia se
sentía en los
comentarios recogidos al
paso, una especie de
simpatía por encima de
ideologías, respuesta
tácita al fraternal
saludo que hizo el
Presidente cubano a su
llegada al país.
“Cuando abordamos al
genial artesano de las
formas, ya sin la
presión de tener
presente a su ilustre
huésped, aún se
reflejaba el orgullo y
la satisfacción por
aquellos encuentros. A
ese hombre pleno de
amores y odios,
impaciente con el futuro
e implacable con el
presente, le dejamos con
solo una insatisfacción,
la que le impedía
culminar la magia que le
nacía con los Andes,
pintar un cuadro de
Fidel, acompañado de un
concierto de piano de
Schumann, ‘una
maravilla...
terriblemente tierno’.
“Poco tiempo después,
Guayasamín volvió a la
cumbre de sus sueños
pictóricos. El nuevo
lienzo de Fidel se hizo
realidad, y luego se
multiplicó en miles de
réplicas que llegaron a
quienes hicieron
íntimamente público el
homenaje al Comandante
de América, en su
septuagésimo
aniversario.
“Pocos años después, el
pintor, sin advertírselo
a casi nadie, fue a
cobijarse junto a las
raíces de aquel árbol
que me mostrara una vez
en el amplio jardín de
su casa de Quito, y su
Capilla del Hombre
quedó, como la historia
misma, sin concluir.
“Pero el recuerdo de
aquel gnomo genial,
tierno y terrible como
su obra, sonriente y
amable, al tiempo que
enérgico y seguro,
continúa marcando el
maravilloso y eterno
ejemplo de amor y
dedicación al ser humano
que nos legó.”
Esta nota forma parte
del libro Relatos del
más acá, de José Dos
Santos. |